Saberse viajeros y lectores

Muchos ven el transitar por un mapa como el transitar por un libro.  Grandes escritores y escritoras trazaron el mundo. Grandes textos nos invitan, también, a descubrirnos en esos mapas. Descubrirnos para no perdernos.

18 de Julio de 2021 08:52

Casi desde siempre se ha utilizado la metáfora del viaje como la vida misma. También desde Gilgamesh para acá  se ha coincidido en que la literatura es el mejor lugar para transformar todo viaje en un discurso o en un relato.

Vida, viaje y lectura comparten su continuidad y su pasión. “Si bien somos animales gregarios que deben seguir los preceptos de la sociedad, también somos individuos que aprenden sobre el mundo al imaginarlo, al ponerlo en palabras, al recrear nuestra experiencia a través de esas palabras” asegura Alberto Manguel en El viajero, la torre y la larva. El lector como metáfora (Fondo de cultura económica – 2014)

Para un viajero el viaje implica no solo un desplazamiento en el espacio, sino también en el tiempo. Para un lector es igual. Lo real, lo imaginario, el cuerpo, el tiempo corren más allá.

El relato de un viajero supone que su visión del espacio recorrido es como una lectura que, más tarde o más temprano, generará otro relato. Así como un viaje, en muchos de nosotros  generará también muchos más. El viaje pasa a ser aquello en que lo imaginado es transformado por la realidad. La del destino, pero también aquella  que había imaginado.

“¡Ah, qué grande es el mundo a la luz de las lámparas! ¡Y a ojos del recuerdo qué pequeño es el mundo!” dirá Baudelaire en Le voyage.

Leemos ciudades y paisajes que primero imaginamos y soñamos. Viajar es posible; lo imposible, muchas veces, es convertirse en un  buen viajero o una buena viajera.

Literariamente hablando podemos mencionar, para comenzar, con Gilgamesh y su errar por el mundo eternamente. Después de elegir las ofrendas de Abel, Dios condena a Caín a convertirse en un vagabundo. Jasón, intrépido marino, explora y busca algo de su honor quitado. Ulises, también viajero y aventurero, pone como destino a su fiel Penélope y su isla. ¿Es la Divina Comedia de Dante la narración de viaje más famosa de occidente? No podría decir que es la más famosa, pero sí, al menos por su destino, la que más viajes ha inspirado. Manguel relata que, “Las descripciones que Dante hace de los reinos que cruza son tan precisas, tan vívidas, tan cartográficamente precisas que, cuando tenía veinticuatro años, Galileo, quien claramente no era el menos empírico de los hombres, pudo dictar dos ponencias científicas, en 1588, sobre la situación y el tamaño del infierno de Dante”.

Múltiples relatos de viaje conforman el nuestro más personal. Así como la lectura es una experiencia única que, casualmente es experiencia si uno no sale igual de ella, te cambia la mirada. El viaje más personal restituye aquel que fuimos antes de la marcha. Con el viaje recuperamos el camino, con la lectura la mirada. Según piensa Agustín, “El acto de la lectura es un viaje por el texto que se lee, que clama para la provincia de la memoria del territorio explorado, mientras, en el proceso, el paisaje inexplorado frente a nosotros disminuye gradualmente y se convierte en territorio conocido”.

Concluyo con dos anécdotas de viajes protagonizadas por literatos para mostrar cómo se cruzan aquellos mapas.

Borges cuenta con un libro titulado Atlas (1984). En él, en un capítulo titulado El viaje en globo compara el viaje en globo con el viaje en avión. Este último, dice, “no nos ofrece nada que se parezca al vuelo”. Describe el encierro en una cabina de metal y vidrio, de las medidas de seguridad y de todo lo que pierde uno del exterior. “La ceguera de Borges devuelve al viaje en globo su naturaleza esencial: la suspensión en un espacio barrido por los vientos” asegura Jorge Monteleone en El relato de Viaje (El ateneo – 1998).

Julio Cortázar y su mujer, Carol Dunlop, relatan el trayecto del viaje que va entre París y Marsella por la autopista del sur. La travesía debía respetar ciertas condiciones, casi reglas de un juego: “1: Cumplir el trayecto de París a Marsella sin salir una sola vez de la autopista. 2: Explorar cada uno de los paraderos, a razón de dos por día, pasando siempre la noche en el segundo sin excepción. 3: Efectuar relevamientos científicos de cada paradero, tomando nota de todas las observaciones pertinentes. 4: Inspirándonos en los relatos de viajes de los grandes exploradores del pasado, escribir el libro de la expedición”, se instruye en Los autonautas de la cosmopista (1983).

El viaje como fuente infinita de inspiración de historias. Gilgamesh, el libro del Éxodo, la OdiseaLa Divina Comedia de Dante, Los cuentos de Canterbury, la Vida de Lazarillo de Tormes, Don Quijote de la Mancha, El Danubio de Magris, La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, En el camino de Jack Kerouac, y la lista continúa. Pero también aparece el viaje como lectura y la lectura como un viaje. Leer para escribir luego. Viajar para narrar y narrarnos más tarde. Saberse viajero o lector alcanza para reincidir en un viaje más o en nuevas páginas. La pasión que nos habita es la misma, el afán por descifrarlos también para no perdernos.

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