La historia de Gastón: un viaje inesperado lo arrancó de su rutina en Mar del Plata para revelarle su verdadero destino en el País Vasco
Un viaje de voluntariado a Chile transformó por completo la vida de un marplatense estructurado. La historia íntima de un joven que dejó atrás su rutina y su comodidad, cruzó el océano y hoy encontró su lugar en el mundo cerca de los imponentes picos del País Vasco. Alguien que se animó a saltar al vacío sin red, descubriendo en el camino una nueva filosofía de vida.
Lo único que conocía del País Vasco era Bilbao y por el pasado profesional del director técnico de fútbol Marcelo Bielsa. Así como solo conocía algunas palabras en euskera por algún partido visto en su momento.
Gastón Benoffi es marplatense. Hoy tiene 35 años y lleva su vida en aquellos parajes que, según dice, lo eligieron. Es periodista deportivo y, allá por el 2018, un viaje a Chile lo despertó y eligió dejar la comodidad de su ciudad y su casa por la experiencia de sentirse pleno. En este presente, el País Vasco es su lugar en el mundo: “Entonces, ¿por qué San Sebastián? Por obra del universo. Yo nunca elegí San Sebastián. Yo digo que San Sebastián me eligió a mí. Cuando estaba en ese proceso de poder ver qué hacer de mi vida, apareció esta región en mi vida”, cuenta hoy desde algún lugar cerca de los Pirineos.
Pero regresemos en el tiempo. Gastón Benoffi tenía 27 años y llevaba una vida cómoda y rutinaria en Mar del Plata. Tenía su departamento, su trabajo, su familia cerca y sus amigos. Él mismo se define como “era alguien muy estructurado, muy cuadrado”. Y atención al verbo que usa, porque el Gastón que habla hoy está muy lejos de aquel.
El viaje a Chile y el despertar de una inquietud
Sorpresivamente, en noviembre de 2018, Gastón decidió tomarse un mes de vacaciones en Valparaíso, Chile, con la idea inicial de regresar y continuar con su vida habitual. La segunda sorpresa se da con la forma elegida, porque lejos de hoteles o tours, él se presentó como voluntario en un hostal donde trabajaba cuatro horas diarias a cambio de techo y comida, lo que le permitía conocer gente y recorrer la zona.
Aquel entorno fue su primer contacto real con el mundo exterior. Convivir con viajeros de Francia, España, Alemania e Italia lo sacudió: al escucharlos, al oír todos aquellos acentos distintos, sintió que él “no tenía ninguna historia para contar” y se dedicó, entonces, exclusivamente a escuchar y nutrirse.
A mediados del viaje, sintió que algo en su interior se rompía. Fue entonces que decidió llamar a su jefe para pedirle extender la estadía y le dijo: “Sé que lo que estoy pidiendo es una locura, porque soy muy estructurado, porque ni yo entiendo por qué, pero mi cuerpo me está pidiendo algo más”. Logró acordar un mes extra.
El Valle del Elqui y el dilema del “trampolín”
Aconsejado por Javi, el manager del hostal (a quien considera “el creador de este monstruo” por haberle abierto la ventana al mundo), Gastón viajó a dedo hasta el Valle del Elqui. Allí pasó 15 días en un camping en construcción ayudando a Amador, un hombre de 70 y pico de años que llevaba a cabo el emprendimiento.
Su trabajo consistía en recolectar palmeras en los ríos para edificar las cabañas a mano. Vivió en soledad entre jornadas de calor sofocante y noches heladas con cielos repletos de estrellas donde, según cuenta, “caminaba y le hacía sombra la luna”. En ese aislamiento comenzó a gestarse la certeza de que en Mar del Plata ya no tenía nada que hacer, pero él todavía no lo sabía. “Creo que fue ahí donde comenzó a germinar la idea. Por primera vez no solo escuchaba mi propia voz, sino que me atrevía a cuestionarlo todo, a poner en duda cada una de mis certezas”, cuenta.
La anécdota de color la pone el propio Amador que, como lo sabía argentino y solo, todo el día le ponía la música de Gustavo Cerati y Soda Stereo. Los primeros días fueron algo bueno para compensar el desarraigo, pero “todos los días la misma música llegó a resultar cansador, hasta que le dije que si quería podía cambiarla”, recuerda.
Luego de un tiempo, vuelve para las fiestas de fin de año a Valparaíso y las pasa con sus nuevos amigos. La hora de volver se acercaba y las dudas se amontonaban dentro de Gastón.
Al regresar a Mar del Plata en enero de 2019, el contraste entre sus experiencias en Chile y el retorno a su trabajo de oficina monótono resultó insoportable. Fue entonces cuando se hizo la pregunta decisiva: ¿guardaba la vivencia de Chile en una “cajita de cristal” como un lindo recuerdo o la usaba como un “trampolín” para algo más?
Eligió el trampolín. Su madre lo apoyó sin dudarlo. Cuenta que le dijo: “Vos tenés el coraje, vos tenés las alas, ahora tenés que volar”, mientras que a su padre le costó más digerir la noticia porque, según él, se la dio sin mucho tiempo para procesarla, cosa que sí había ocurrido con su madre.
El salto sin red a San Sebastián
Intentando repetir lo ocurrido en Chile, comenzó a enviar correos a hostales europeos hasta que recibió respuesta de un manager argentino en San Sebastián, España, ofreciéndole una vacante de voluntario para abril de 2019. Sin conocer nada y sin buscar nada de información sobre la ciudad, compró el pasaje directo.
Trabajó tres meses en el hostal. Conoció gente y algo de la cultura de la ciudad mientras esperaba la llegada de su ciudadanía italiana.
Pero Gastón es muy inquieto. Entonces, para generar sus propios ingresos, invirtió en una cámara Polaroid instantánea. Paso seguido, salió a las calles a ofrecerle fotos a la gente sin costo, solo lo que quisieran darle a voluntad.
Los objetivos eran claros: la iniciativa le permitía hacer un dinero extra, practicaba el idioma y, además, es un elemento que maneja por ser un profesional de la fotografía.
“El primer día salí a la calle y fue fatal, un verdadero desastre. Se me trababan las palabras, no sabía qué decir ni cómo usar la cámara, hablaba tan despacio o tardaba tanto que la gente se terminaba yendo. Durante las primeras jornadas solo pensaba en volverme. Pero con el tiempo me fui sintiendo más cómodo conmigo mismo y con el lente. Aprendí a observar, a saber a quién apuntar y a perder el miedo. Así fui conociendo gente y aprendiendo de cada persona que se cruzaba en mi camino. Por eso a esa cámara hoy la tengo en un altar”, cuenta hoy Gastón mientras muestra la cámara que lo salvó aquellos primeros meses de estadía.
Posteriormente ingresó por completo al mundo laboral y pasó a trabajar en una cervecería y establecimiento de restauración de moda, donde desde hace cinco años se desempeña como jefe del área, explotando su capacidad de trato con el público y volviéndose una figura con muchos conocidos.
—¿Nunca te dieron ganas de salir de ahí? ¿Nunca te llamó la atención probar en otro lugar?
—No (responde sin dudar). San Sebastián te atrapa porque acá todo está cerca. Ayer nomás me fui a hacer una travesía a los Pirineos: son dos horas y media en auto, literal. Estamos pegados a Francia, a media hora de la frontera. Si bien vine con esa idea lejana de no parar de viajar, con el tiempo me fui sintiendo como en casa. Me sentí muy a gusto conmigo mismo y la ciudad me acogió de una forma increíble. No era solo mi fascinación por el lugar, eran San Sebastián y su gente enviándome señales, diciéndome: “Gastón, te tenés que quedar”.
El desvío de la pandemia y la promesa a su madre
El estallido del COVID-19 a principios del 2020 lo sorprendió en Tailandia. Con la visa denegada y los vuelos cancelados, logró volar en una ruta de emergencia de Bangkok a Finlandia y de ahí a París.
“El mismo día que llego, a la medianoche, había un vuelo de Air France a la Argentina de repatriados. Entonces me dije: “Si ya estoy en la mierda y no puedo ir a ningún lado, me vuelvo a casa”. Y llegué acá y estuve todo el período encerrado con mi mamá pensando en que cuando pudiera volver, volvería a San Sebastián”, afirma Gastón.
La cuarentena lo retuvo entre marzo y agosto de 2020 en Mar del Plata. Antes de volver a irse a España, le prometió: “Mamá, yo vuelvo, me acomodo, consigo un trabajo y una casa, y te venís a visitarme y vamos al pueblo de tu bisabuelo”.
Soñar con aquello en plena pandemia tenía más de locura que de realidad, pero, sin embargo, en mayo de 2022 Gastón pudo cumplir su promesa llevando a su madre a Bagnoregio, el pueblo de donde provenía su antepasado, convirtiéndose ella en la primera nativa argentina de esa rama familiar en pisar el lugar.
Gastón confiesa: “Darle esa posibilidad a mi vieja fue como tocar el cielo con las manos. Sentí que ya estaba, que no le podía pedir nada más a la vida. Después las cosas fluyeron: mi papá vino más adelante, y mamá también volvió. Hoy me doy cuenta de que a mí me mueve una cierta inconsciencia. Si supiera de antemano todo lo que va a pasar, con la película completa en la cabeza, quizás no me animaría a hacer nada. Pero es esa misma inconsciencia, ese salto al vacío, la que al final me moviliza y me permite concretar lo imposible”.
Su forma de ver el mundo hoy y la alta montaña
Con los años, Gastón encontró en la alta montaña y el senderismo una filosofía de vida. Realizó travesías en los Pirineos, varias experiencias en el Camino de Santiago y rutas solitarias de alta exigencia técnica como los Anillos de Picos en los Picos de Europa, donde tuvo que escalar y guiarse solo por GPS durante días.
Las cifras impresionan, pero los pasos pesan más: conoce el noventa por ciento del suelo de Gipuzkoa y ha hecho cumbre en picos que desafían las nubes, como la legendaria Mesa de los Tres Reyes, a 2444 metros sobre el mar. Sumando los tramos del Camino de Santiago y los senderos vascos, contabiliza más de dos mil kilómetros a pie. “Salir a la montaña es mi dopamina”, reconoce al hablar de ese hábito que se volvió refugio. “Es la forma en que le doy de comer al corazón, lo que realmente me mantiene vivo”.
—Generalmente, a mucha gente le cuesta dar ese paso, ese salto al vacío.
—Es verdad, a muchos les da pavor. Y los entiendo, porque el miedo es una constante que nos atraviesa a todos. La diferencia no está en tenerlo o no, sino en la postura que tomás frente a él: están los que actúan a pesar del miedo y los que se dejan paralizar. Porque el miedo, por su propia naturaleza, si no lo enfrentás, te inmoviliza.
—Más allá de tu familia, de esos ritos cotidianos como sentarte a tomar unos mates a la mañana con tu mamá, ¿qué es lo que más extrañás de la Argentina?
—Dejando de lado a mi familia, nada. Absolutamente nada. Estoy tan profundamente convencido de lo que estoy construyendo acá que no me queda margen para la duda. Sé que voy por el sendero correcto. Cuando tenés esa certeza, la nostalgia no encuentra por dónde colarse. ¿Amigos? Sí, a veces. ¿Lugares o la comida? Te las rebuscás. Pero no me doy el permiso ni el espacio para ponerme a suspirar por una caminata por la Rambla. Mi cabeza está puesta al ciento por ciento en este camino.
Gastón cuenta que la distancia mejoró en un 100% la comunicación con sus padres. Pasó del rol de “hijo obediente” a asumir un rol protector de adulto, dándoles indicaciones y cuidándolos. Cuando su padre estuvo muy grave de salud en 2024, sufrió la lejanía, pero mantuvo la cercanía diaria enviándole videos y fotos de sus travesías.
—Pero todo esto tiene un precio…
—Mirá, alguna vez leí un libro que hablaba sobre las cuentas emocionales. Entre abril y mayo de 2024 mi viejo estuvo internado casi un mes por una infección gravísima. Mi papá es diabético y casi no la cuenta. En ese tiempo se me llenó el culo de preguntas: “¿Qué hago tan lejos?”. Fue el momento en que más sentí el peso de esa moneda invisible que deposito todos los días en un banco ficticio por el solo hecho de vivir afuera. Cuando estás del otro lado del mar y la distancia te deja de manos atadas, entendí que el sostén diario allá eran mi hermano y su mujer. Yo solo podía ofrecer cercanía, la única respuesta posible frente a la impotencia geográfica era la presencia afectiva. Por eso convertí mi cotidianidad en una comunicación constante: la primera persona que recibe una foto o un video cuando salgo hacia la montaña es mi viejo. Es mi forma de acortar los kilómetros, de estar presente en su día a día a través de un mensaje, una foto o un selfie tomando mate antes de ir a trabajar.
Gastón afirma que despertó en aquel viaje a Chile. Que a esa experiencia le debe todo lo que es hoy: un Gastón completamente distinto al encorsetado y estructurado que conoció Mar del Plata. Hoy afirma que, al igual que cuando uno lleva adelante el Camino de Santiago, que necesita un buen estado físico que se entrena, también “hace falta una buena cabeza para escuchar tus miedos y tus monstruos en el trayecto”.
Está convencido de estar recorriendo el sendero correcto, pero además sabe que, también igual que en el Camino de Santiago, el final de un camino, un mojón o lo que sea, solo marca el comienzo del siguiente. El verdadero viaje no consiste en acumular kilómetros, sino en tener el coraje de saltar sin red para descubrir quiénes somos cuando nos quedamos solos.
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