Aquella estructura de hormigón que fue testigo silenciosa de la fascinante metamorfosis social y cultural que transformó el veraneo en la Argentina

En una esquina céntrica, una estructura de hormigón señaló durante años el origen del turismo marplatense. Esta esquina emblemática refleja la transformación social y urbana que moldeó a la ciudad a lo largo de los siglos, dejando un legado que sobrevivió en la memoria colectiva.

Sobre ese terreno nació la actividad hotelera de la ciudad de Mar del Plata.

17 de Octubre de 2026 08:04

En la esquina de Santiago del Estero y 25 de Mayo, límite con Diagonal Norte, hubo una estructura de hormigón que permaneció detenida en el tiempo por muchos años, exactamente hasta mediados de 2016. Ese espacio y aquella estructura guardaban un capítulo fundamental de la historia local. Pocos de los transeúntes que caminan hoy por el centro de Mar del Plata saben que sobre ese terreno nació la actividad hotelera de la ciudad, mucho antes de la llegada de las masas estivales y los grandes edificios u hoteles.

Del adobe de la frontera a la “Fonda del Huevo”

Durante el año 1853, el francés Fernando Bonnet y su esposa, Juana Fabbre, desembarcaron en Buenos Aires dejando atrás el Viejo Mundo. Tras probar suerte en el puerto porteño y trabajar en el Saladero de Coelho de Meyrelles, Bonnet pisó en 1857 el incipiente trazado de la Laguna de los Padres. Era una frontera recia, habitada por gauchos que acudían a la costa entre carreras de caballos, jugadas de taba y disputas que exigían la estricta mediación del Juez de Paz.

Con olfato emprendedor, Bonnet compró un lote en la manzana que hoy ocupa la esquina de Santiago del Estero y 25 de Mayo. Levantó primero una modesta casa de adobe en 1859 para brindar reparo a los viajeros, pero la demanda creció tan rápido que pronto debió alzar una estructura de ladrillo y planta alta a la que bautizó Hotel Del Globo.

Sin embargo, los paisanos del pueblo prefirieron rebautizarlo con la ironía propia del terruño: la “Fonda del Huevo”. El motivo no era gastronómico, sino una piedra alargada colocada junto a la entrada que servía como banco de descanso y que guardaba una inconfundible forma ovoide. Aquel rincón campestre fue, sin saberlo, el embrión de la industria hotelera marplatense.

La aristocracia y la metamorfosis de la lengua

Con el paso de las décadas, la modesta fonda mutó de piel. Pasó a llamarse “El Picolo Torino” en un guiño de nostalgia itálica, hasta que el 3 de enero de 1903 adoptó su denominación definitiva: Royal Hotel. El modesto hospedaje de frontera comenzaba a vestirse de gala para recibir a una Argentina que descubría el mar.

El ferrocarril, inaugurado en 1886, transformó a Mar del Plata en el refugio estival de la elite porteña. Mientras el ostentoso Hotel Bristol reservaba sus salones para la alta alcurnia, el Royal Hotel, impulsado por la firma José H. Rubertis & Hermano y más tarde junto a Gandolfi, se convirtió en el epicentro de la creciente clase media acomodada y los veraneantes que buscaban distinción sin los rigores de la etiqueta aristocrática.

El crecimiento del establecimiento fue vertiginoso:

  • 1905: Inauguración de las primeras 28 habitaciones sobre Santiago del Estero y 25 de Mayo (tras haber tenido una localización previa sobre Avenida Pueyrredón).
  • 1924: Gran ampliación que llevó al hotel a contar con 212 habitaciones, 40 baños y capacidad para alojar a 450 personas. Aquella temporada histórica pasaron por sus pasillos cerca de 2000 veraneantes.
  • 1943: Se construyó su célebre piscina, proyectada por el arquitecto Raúl Camusso y ejecutada por la firma Sartora Hermanos, hito urbano por ser la primera pileta de una propiedad particular alimentada directamente con agua de mar.

El complejo era un microclima de esparcimiento que incluía pistas de patinaje, salones de juegos y, con el tiempo, hasta el tradicional Teatro Alberdi. Su tradicional pileta de natación, donde muchas generaciones aprendieron a nadar, funcionó hasta 2006.

La ola sindical y el ocaso de un gigante

Hacia mediados del siglo XX, el mapa social del país reconfiguró el paisaje urbano marplatense. La clase alta dio paso al turismo de masas y las organizaciones sindicales comenzaron a adquirir los antiguos palacetes y hoteles tradicionales para el descanso obrero.

En 1965, José Rubertis (hijo) vendió el establecimiento a la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), en una operación gestionada por su entonces secretario general, Augusto Timoteo Vandor. La mítica propiedad, que incluso sirvió como sede provisoria del Banco Nación a comienzos de los años sesenta mientras se construía su edificio propio, pasó a integrar el nuevo perfil del veraneo gremial junto a hoteles emblemáticos como el Hurlingham o el Riviera.

Durante sus años de esplendor sindical, por las instalaciones del Royal Hotel se hospedaron figuras políticas de primer orden nacional, como el presidente Héctor J. Cámpora, además de renombrados artistas y referentes del tango.

El complejo era un microclima de esparcimiento que incluía pistas de patinaje, salones de juegos, pileta y un teatro.

Del desguace a la promesa de un nuevo horizonte

En 1974 la UOM inició la construcción de una imponente torre sobre la estructura histórica. Sin embargo, los vaivenes económicos paralizaron las obras en 1980. El viejo casco original fue demolido a principios de la década de 1970, dejando al descubierto la estructura de hormigón que durante décadas permaneció abandonada.

Aunque la piscina y el teatro resistieron abiertos hasta 2006, el deterioro inevitable condujo a que en abril de 2016 comenzaran los trabajos definitivos de limpieza, desratización y desguace. Aquellas tareas marcaron el cierre definitivo de una era y el inicio de un plan de reciclaje arquitectónico destinado a transformar la histórica manzana en un complejo comercial y residencial contemporáneo.

Casi dos siglos después de que Fernando Bonnet colocara aquella piedra redonda frente a su fonda de adobe, la esquina de Santiago del Estero y 25 de Mayo sigue siendo un testigo silencioso de las metamorfosis de Mar del Plata: el lugar donde el campo se volvió puerto, la fonda se hizo palacio y el turismo elitista dio paso a la ciudad moderna.

 

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