Facundo Pastor: “No ha surgido una instancia de poder más grande que la de Perón. Si seguimos manipulando sus restos, es porque nadie ha logrado alcanzar esa dimensión”

En El cuerpo de Perón, Facundo Pastor disecciona el derrotero del cadáver del general como eje central del poder. Entre el silencio de Isabel y la profanación de las manos, la obra explora una Argentina que aún no logra superar sus mitos más profundos.

El cuerpo de Perón es el nuevo libro de Facundo Pastor, una obra que él mismo define como una novela sin ficción.

19 de Abril de 2026 09:42

Antes de que el libro de Facundo Pastor, Isabel, apareciera, algunos de sus amigos lo leyeron. Uno de ellos fue el historiador Pacho O'Donnell, con quien el autor mantiene un vínculo muy afectuoso. Luego de su lectura, Pacho le transmitió una sensación que había experimentado al recorrer aquel original: “Que Isabel era un libro sobre el silencio”. El libro se publicó en 2024 y el autor, aferrado a esa premisa, comenzó a tirar de la cuerda para entender por qué Isabel había callado durante tanto tiempo, manteniendo ese silencio sepulcral que persiste hasta hoy.

En ese proceso aparece un episodio vinculado a lo que ella experimenta cuando se entera de que habían profanado la bóveda de la familia Perón y cortado las manos del general. Isabel viaja a la Argentina para abrir la causa judicial y, a los veinte días, se dispone a regresar a España. Cuando ya está en el avión y se realizan los preparativos para el despegue, surge una amenaza de bomba. La partida se detiene, se revisa la aeronave y, tras confirmar que no hay peligro, finalmente parte. Al llegar a España, sus colaboradores le informan que, durante su estadía en Argentina, alguien había entrado a robar y vandalizar Puerta de Hierro. En aquel entonces, ella ya no vivía allí y preparaba la quinta para la venta, debido a un litigio con las hermanas de Evita. Al dirigirse al lugar para evaluar los daños, encuentra todo revuelto y llama a una periodista amiga del diario El País, quien llega acompañada de un fotógrafo. Facundo accedió a esas fotos en las que Isabel posa con el desorden de fondo, sin embargo, hay un detalle clave: en un momento, su mucama la llama para que vea algo en la cocina. Sobre la mesa redonda donde desayunaba con Perón, había una estatuilla del Sagrado Corazón de Jesús, parte del mobiliario original, con las manos cortadas. Cuando sus colaboradores, impactados, le preguntan qué sucede, Isabel responde: “Fueron los mismos de siempre”.

El cuerpo de Perón (Aguilar, 2026) es el nuevo libro de Facundo Pastor, una obra que él mismo define como una novela sin ficción.

“Aquella escena, que no incluí en Isabel, disparó en mí la idea de que aquí había algo más que la historia de 1976, esta era la Isabel de 1987”, comienza diciendo el autor. “Así empecé a trabajar, primero indagando en quiénes eran ‘los mismos de siempre’. Luego, investigué la cobertura periodística de la muerte de Perón, consultando la hemeroteca y las columnas de Tomás Eloy Martínez en el diario Opinión. Finalmente, llegué a la tapa del diario Noticias del 2 de julio de 1974, donde Montoneros decidió publicar una portada sin fotos, solo con la palabra ‘Dolor’ y una bajada escrita por Rodolfo Walsh. Hubo una frase de Walsh que me impactó por su vigencia actual: ‘La noticia tardará en volverse tolerable’. Bajo la premisa de que Argentina nunca superó la muerte de Perón, comencé a estructurar este libro. El desafío principal fueron los saltos temporales, ya que la obra abarca desde 1974 hasta 2006, teniendo como eje central ese cuerpo. Al principio me costó, en Emboscada e Isabel las líneas de tiempo eran acotadas, pero aquí decidí dejarme llevar por el derrotero de los restos de Perón”, agrega.

—¿En qué momento te diste cuenta de que habías dejado de investigar un cadáver para empezar a trabajar, en realidad, sobre una forma de poder?

—Alrededor de ese cuerpo lo que existe es una disputa. En realidad, alrededor de los cuerpos siempre hay tensiones y, en este caso, se trataba también de reconstruir de qué manera se disputaban los restos de los líderes peronistas. Teníamos muy presente, y todos lo tenemos por diversos motivos, lo ocurrido con el cadáver de Evita. La repatriación de sus restos, que abordo en este libro, se produjo a finales de 1974, básicamente porque Isabel y López Rega buscaban dar un golpe de efecto ante un gobierno muy debilitado tras la muerte del general, y también porque consideraban que el cuerpo de Perón estaba solo. Nunca abandoné el objeto físico en la escritura: el derrotero del cuerpo fue una constante. Las diferencias aparecían solas, justamente a través de la descripción de lo que le iba sucediendo. En el velatorio, quien disputa el cuerpo es el pueblo, que llena las calles y transmite el mensaje de que se trata de un rito popular y extenso. Esa presión llevó a Casa Militar a pedir a los médicos que intervinieran, ya que el cadáver comenzaba a despedir olor por una putrefacción temprana. Como resultado de esa maniobra se aplicó formol y, de manera involuntaria, el cuerpo de Perón terminó momificado. Después, quienes tironearon de él fueron López Rega e Isabel, que lo trasladaron a una capilla en la Quinta de Olivos para tenerlo como algo propio. Más tarde, al sentir que estaba solo, llevaron también a Evita. Tras el golpe, ambos restos quedaron abandonados en la quinta y, entonces, fueron los militares quienes decidieron su destino. Organizaron un grupo de tareas que se dedicó a sacarse de encima esos dos cuerpos mediante maniobras de inteligencia militar, realizadas en secreto para que el pueblo no se enterara. Luego vino la profanación, después apareció Martha Holgado disputando una supuesta descendencia y, más tarde, los sindicatos, que en 2006 intentaron acercarse en medio de enfrentamientos armados. Una clave para mí, cuando me perdía en la escritura, era volver al cuerpo: él me iba ordenando.

¿Y ese cuerpo era más disputado por lo que había sido o por lo que representaba? Porque es algo que aún no se ha superado…

—Mientras escribía, siempre recordaba algo que me decían durante la investigación: varias personas cercanas a él hablaban de una especie de 'aura'. Perón la tenía, y esa figura la trabajo en el comienzo del libro, donde me permito narrar la muerte desde sus propios ojos. El general estuvo prácticamente agonizando durante diez o doce días, en soledad. López Rega e Isabel se habían marchado de gira por Europa y él quedó solo, acompañado únicamente por la rotación de siete médicos de guardia, designados por los doctores Domingo Liotta y Taiana, profesionales muy jóvenes y tres enfermeras. Ahí estaba Perón, muriéndose en la soledad del poder y de la Quinta de Olivos. Pensé mucho cómo contar ese proceso y finalmente decidí hacerlo a través de su propia mirada, mostrando su deterioro hasta el final.

—Me pareció muy acertada esa primera parte del libro, porque ahí aparece el escritor sobre el periodista. Por otro lado, si el poder necesita encarnarse para circular, ¿qué revela la manipulación de estos restos sobre la fragilidad del mando?

—Revela que nunca se pudo superar. No ha surgido una instancia de poder más grande que la de Perón, si seguimos manipulando sus restos, es porque nadie ha logrado alcanzar esa dimensión. Me parece interesante esa idea que traés del poder buscando corporizarse. Creo que la obsesión de ciertos sectores por los cuerpos involucra a Evita, a Perón y, por supuesto, a los desaparecidos en general. La conquista es por el cuerpo físico. Por eso, me atraía la idea de tratarlo como el personaje central de esta novela histórica de no ficción.

—¿Qué fue lo más difícil de narrar?

—La muerte. Me costó mucho porque considero que es la muerte política argentina de la modernidad. Me interesaba ver cómo contarla rescatando las crónicas de autores que luego fueron grandes escritores, como Tomás Eloy Martínez, Walsh o Peicovich. También fue un ejercicio para interpelar cómo trabajamos hoy en los medios. Antes se hacía sin red, sin cadenas de noticias en vivo, estaba la fuerza de la radio y la mirada del cronista que debía observar el llanto de un obrero que esperaba ocho horas en fila para ver el ataúd de Perón. Cuando salí de esa escena, el libro adquirió un ritmo más cercano al thriller político. Percibo que, cuando en mi texto murió Perón, la narración ganó vértigo y pude escribirla con más fluidez.

—A partir de ahí, aparece el cronista con una narración ágil. Esto me lleva a la última pregunta: ¿Hay algo que decidiste no contar para que la sugerencia fuera más potente que el dato directo?

—Ese es un dilema constante. Existe una disputa evolutiva entre el periodista que soy y el escritor que busca expresarse. El periodista suele estar preocupado por el dato preciso y le cuesta dejar finales abiertos. He tenido que aprender a soltar. A veces el periodista que llevo dentro dice: “Esto no lo publico porque no tengo el chequeo exacto”, especialmente con el misterio del robo de las manos. Sin embargo, la literatura tiene esas licencias. Estoy en una discusión interna sobre la verdad: no hablo de posverdad, sino de cómo funciona la verdad dentro de un libro. En la literatura, la verdad es el verosímil, si el pacto de lectura funciona y el lector se hace carne con los personajes, la obra cumple su cometido, más allá del dato concreto.

El libro de Facundo Pastor muestra cómo la muerte de Perón sigue siendo un territorio sin resolver, atravesado por la manipulación de los cuerpos y las disputas simbólicas. Con una investigación minuciosa, Pastor convierte ese misterio en un relato que atrae al lector y lo confronta con lo que aún no se ha superado.