La firma del asesino: ¿Fue Walter Sickert el verdadero Jack el Destripador?
Más de un siglo después, el enigma de Jack el Destripador continúa inquietando a Londres. Patricia Cornwell reabre el expediente analizando pruebas forenses modernas que apuntan al pintor Walter Sickert como autor de los brutales crímenes que marcaron, para siempre, la historia de Whitechapel.
El Londres de finales del siglo XIX no era solo la capital del Imperio, era un hervidero de sueños rotos, miseria y hollín. En 1888, el barrio de Whitechapel se transformó en el escenario de una pesadilla que cambiaría la historia criminal para siempre. Un depredador acechaba entre la niebla, dejando un rastro de horror que, más de un siglo después, sigue desafiando a la razón. No busquen acá leyendas urbanas, entraremos en los hechos que desangraron las calles de Inglaterra en aquella época.
Un escenario en carne viva
Whitechapel era una olla a presión. Oleadas de inmigrantes llegaban buscando una oportunidad, encontrando solo hacinamiento y desesperación. En este rincón olvidado, donde la supervivencia se medía en peniques, la policía contabilizaba más de mil mujeres obligadas a prostituirse para no perecer de hambre. Ellas serían el objetivo del terror.
La primera caída: Polly Nichols
El 31 de agosto de 1888, la madrugada se tiñó de rojo. Marianne “Polly” Nichols, una madre de familia arrastrada por el alcohol y la mala fortuna, apareció sin vida en Bucks Row. Había sido expulsada de su albergue por no poder pagar cuatro peniques, su destino final fue un cuchillo que cortó su garganta con violencia feroz. Los médicos, desconcertados, notaron algo inquietante: los cortes sugerían a un asesino con inclinación natural hacia la izquierda. El horror apenas comenzaba.
El bisturí del experto
Apenas una semana después, Annie Chapman corrió un destino similar tras ser vista conversando con un hombre de aspecto extranjero, elegante pese a la oscuridad. Lo que el forense George Phillips halló en la escena desafió la lógica: el asesino no solo conocía la anatomía humana, sino que extrajo órganos con una precisión quirúrgica, casi artesanal. La víctima había sido abierta como un lienzo, y el perpetrador se había tomado la libertad de posar los intestinos sobre su hombro. No fue un arrebato de locura, fue un trabajo metódico de, al menos, quince minutos. La policía, superada y humillada por la prensa, comenzó a patrullar a ciegas.
“Desde el infierno”
En medio del caos, una carta firmada como “Jack el Destripador” dio nombre al mito. Pero fue otra misiva, enviada junto a un fragmento de riñón humano, la que heló la sangre de los investigadores: “Lo freí y me lo comí. Estaba muy bueno”. Firmada “Desde el infierno”, la nota se convirtió en la prueba más terrorífica de la historia. ¿Era una broma de estudiantes de medicina o el trofeo macabro de un demonio real?
El silencio final
La espiral de muerte continuó. Elizabeth Stride y Catherine Eddowes fueron segadas en una misma noche de horror, hasta que el capítulo final se escribió el 9 de noviembre con Mary Jane Kelly. En la intimidad de su cuarto en Miller's Court, lejos de las miradas callejeras, la crueldad alcanzó su cénit. Luego, el silencio.
¿Por qué se detuvo? ¿Falleció el asesino, fue encarcelado o simplemente decidió que su obra estaba completa? Londres se quedó con las dudas, con los archivos cerrados y con un espectro que, al desaparecer en la niebla, se convirtió en eterno.
La mirada de Cornwell
Patricia Cornwell construye en Retrato de un asesino una investigación apasionada y polémica que combina técnicas forenses modernas con un minucioso repaso histórico. Su tesis central sostiene que el pintor Walter Sickert no solo fue un artista obsesionado con la violencia y la figura femenina, sino también el verdadero Jack el Destripador.
El libro se destaca por:
- La aplicación de ciencia forense (ADN, análisis de papel, tinta y caligrafía) a un caso del siglo XIX.
- La reconstrucción del contexto social del Londres victoriano, que muestra la vulnerabilidad de las prostitutas y la indiferencia institucional hacia ellas.
- El perfil psicológico de Sickert, presentado como un hombre marcado por frustraciones personales, misoginia y una vida secreta que habría derivado en crímenes.
Patricia Cornwell describe a Walter Sickert profundamente marcado por frustraciones personales que lo llevaron a un resentimiento constante. Según su análisis, cierta malformación genital y la posible impotencia lo habrían hecho sentir humillado, incapaz de establecer vínculos íntimos satisfactorios y obsesionado con el reconocimiento artístico que nunca alcanzó. Esta combinación de fracaso emocional y profesional habría alimentado un sentimiento de inferioridad y rabia que se proyectaba en su vida y en su obra.
A esto se suma una visión misógina que se reflejaba en su desprecio hacia las mujeres y en su fijación con prostitutas, a quienes retrataba en escenas degradantes. Cornwell interpreta estas representaciones como una proyección de odio y violencia, vinculándolas con los crímenes del Destripador. Además, su tendencia a adoptar múltiples identidades y a escribir bajo seudónimos refuerza la idea de una “vida secreta” que facilitaba la creación del alias “Jack el Destripador”, convirtiendo sus fantasías en actos criminales.
Aunque su hipótesis ha sido cuestionada por historiadores y criminólogos, Cornwell logra un relato intenso que mezcla investigación criminal con narrativa literaria. Más allá de si se acepta o no su conclusión, la obra invita a reflexionar sobre cómo la ciencia moderna puede reabrir viejos misterios y cómo el arte, la obsesión y la violencia se entrelazan en una figura tan enigmática.
En definitiva, Retrato de un asesino no solo busca resolver la identidad del Destripador, sino que plantea un debate sobre la memoria histórica, la justicia pendiente y la fascinación que aún despierta uno de los casos más célebres de la historia.
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