¿Cuál es el secreto de la utopía urbanística que desafió al viento y plantó 300.000 árboles en Sierra de los Padres?
Más allá de la rica historia de la laguna, cuna fundacional de la Mar del Plata, la presencia de José Hernández, el legado del cacique Cangapol y el misticismo de la Gruta de los Pañuelos, la creación de Sierra de los Padres atesora un pasado fascinante que merece ser contado: desde los linajes indígenas y el letargo rural, hasta la audaz utopía urbanística de los años 50 que desafió a la piedra para fundar un bosque, transformando el paisaje en un pujante refugio natural hasta convertirse en el primer barrio privado de General Pueyrredón.
Antes del asfalto y el turismo, las sierras de Tandilia y la costa eran territorio de los pueblos nómades Puelches y Tehuelches, liderados por el cacique Cangapol. La necesidad de agua dulce atrajo en 1746 a los jesuitas Falkner y Cardiel para fundar la efímera Misión de Nuestra Señora del Pilar a orillas de la entonces llamada Laguna de las Cabrillas. Aunque los conflictos fronterizos disolvieron el asentamiento en pocos años, la huella religiosa fue imborrable: la cartografía militar y las campañas de Juan Manuel de Rosas terminaron por rebautizar el lugar, de forma definitiva, como la Laguna de los Padres.
El motor oculto de Mar del Plata
Lejos de ser un paraje aislado, este rincón serrano funcionó como el verdadero catalizador de la futura Mar del Plata. En 1856, el portugués José Coelho de Meyrelles adquirió las tierras de la zona e instaló un saladero de carne junto a un muelle de hierro en la desembocadura del arroyo Las Chacras. De hecho, alrededor de ese primer polo productivo, denominado Puerto de la Laguna de los Padres, florecieron los primeros ranchos, almacenes y capillas.
En 1860, Patricio Peralta Ramos impulsó la expansión de la zona y, tras disputas políticas entre sectores serranos y costeros, el gobierno provincial aprobó el trazado oficial el 10 de febrero de 1874, dando nacimiento a Mar del Plata como futura joya balnearia de la élite, mientras las sierras quedaban en un letargo rural.
Mientras Mar del Plata crecía de cara al mar, el sistema de Tandilia mantenía una geografía indómita, despojada de sombra, pero rica en producción agropecuaria. Estancias fundacionales como La Armonía y La Peregrina moldearon la matriz ganadera de la región. Esta última propiedad perteneció inicialmente al terrateniente francés Anacarsis Lanus, y pasó luego a manos de los hermanos Imaz. Finalmente, Joaquín Imaz se consolidó como el propietario definitivo de las cinco leguas cuadradas del establecimiento. Tras su fallecimiento, su viuda, Petronila Heguilar, asumió la gestión de los bienes, logrando en la década de 1880 el alambrado y la división en potreros del predio. Entre 1920 y 1959, Teófilo Bordeu, nuevo esposo de Petronila, tomó las riendas del lugar y le dio un vigoroso impulso administrativo.
A la par del auge turístico costero, la élite porteña comenzó a mirar hacia las alturas. Para fines de 1927, las célebres excursiones en colectivos abiertos, bautizados como La Bañadera, trasladaban a los veraneantes de la alta sociedad a respirar el aire puro de las sierras. Sin embargo, el territorio seguía siendo un espacio privado, rústico y carente de vegetación densa.
El nacimiento de Alfranco: urbanismo de vanguardia
El verdadero punto de inflexión de la zona serrana ocurrió en 1948. Ante el persistente rumor de que la provincia expropiaría las tierras, repitiendo lo sucedido con la laguna vecina, los propietarios decidieron sacar la estancia a remate. Fue en ese escenario donde Roberto Natalio Bonzo vislumbró una oportunidad histórica y les presentó una propuesta revolucionaria a los hermanos Alfredo y Francisco Cobo: fundar un exclusivo centro residencial incrustado en la roca.
Inspirados en las teorías de las "ciudades jardín" de sir Ebenezer Howard, que promovían comunidades autónomas abrazadas por cinturones verdes, los tres socios adquirieron las tierras. El 6 de enero de 1950 quedó marcado como el hito fundacional del Barrio Residencial Sierra de los Padres, bajo la administración de la firma ALFRANCO S.A., un acrónimo nacido de los nombres de sus principales impulsores.
Un tablero perfecto contra el viento
Lo que siguió fue una obra de ingeniería y paisajismo colosal para la época. Un equipo multidisciplinario diseñó una urbanización orgánica: las calles abandonaron la cuadrícula tradicional para amoldarse a las pendientes del relieve y optimizar la luz solar. Todo se estructuró en torno a un circuito principal con una única vía de acceso para garantizar la seguridad y privacidad de los residentes.
Dado que la geografía original carecía de árboles, el proyecto ejecutó una forestación masiva con la plantación de más de 300.000 ejemplares de diversas especies. El diseño incluyó una genialidad paisajística: un pulmón verde en el corazón de cada manzana, concebido para otorgar intimidad a las viviendas y levantar una barrera viva contra los feroces vientos de la región.
Pioneros, cortes de medianoche y la chispa cooperativa
La filosofía de los fundadores fue inusual: los servicios debían preceder a los habitantes. A pico y pala, la empresa abrió cuatro kilómetros de camino desde la ruta, limpió la sierra de malezas y construyó una imponente Torre Tanque en el punto más alto, respaldada por una usina eléctrica en la entrada del complejo.
Durante aquellos años fundacionales, la energía para el bombeo de agua, el alumbrado público y las primeras casas se entregaba de manera gratuita. Sin embargo, el idilio energético tenía un límite estricto: exactamente a las doce de la noche, la usina se apagaba. La oscuridad serrana cobraba un protagonismo absoluto, obligando a los primeros vecinos a sincronizar sus vidas con el reloj del pueblo.
El hito de El Coyúnco
Hacia finales de 1958, la provincia de Buenos Aires tendió una línea de alta tensión hacia Balcarce que cruzaba el paraje El Coyúnco. El almacén de ramos generales de la zona se convirtió en el epicentro de la organización civil. El 4 de octubre de ese mismo año, sobre el mostrador de dicho almacén, un grupo de vecinos fundó la cooperativa eléctrica local. Esta gesta comunitaria consolidó la autonomía del barrio y sentó las bases para la futura declaración del lugar como Reserva Forestal.
El presente del gigante verde
Aquel trazado utópico es hoy una de las realidades demográficas más impactantes de la provincia de Buenos Aires. El crecimiento de Sierra de los Padres se evidencia en las estadísticas censales: mientras que en el 2010 se identificaron 4.249 habitantes estables, para el 2022 la cifra ascendió a 7.033 pobladores, lo que representa un salto notable del 65,5 %. Es decir que, en poco más de dos décadas, la población se expandió un 775 % en comparación con los escasos 803 residentes que habitaban el lugar al comenzar el siglo XXI.
Las últimas décadas han sido testigos de un desarrollo inmobiliario sin precedentes. Al tejido original de chalets residenciales se le sumaron tres modernos centros comerciales de categoría que transformaron la fisonomía urbana, atrayendo inversiones y servicios permanentes. Si bien la población se duplica o triplica durante las temporadas estivales debido al flujo turístico de las casas de fin de semana, el corazón de la sierra late con fuerza todo el año. Hoy, una identidad nativa cada vez más arraigada resguarda el legado de aquellos visionarios que decidieron desafiar la piedra para fundar un bosque.
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