¿Te acordás de aquellas noches eternas en Sobremonte, cuando la música de la "Avenida del Ruido" parecía que nunca se iba a apagar?

Fundado a principios de los 70, el complejo Sobremonte pasó de ser una modesta casona colonial al boliche más grande de Sudamérica. Tras su cierre definitivo en 2019 por apremios económicos y su posterior demolición, la mítica "Avenida del Ruido" cambió para siempre. Una crónica sobre el boliche que marcó generaciones antes de convertirse en pura nostalgia.

"Danzar es humano, Sobremonte es Divino", rezaba el mantra de la época.

5 de Julio de 2026 09:41

La esquina de la avenida Constitución y Torres de Vera y Aragón hoy huele a nafta y café al paso. Hay un murmullo de motores y surtidores que despachan combustible en la fisonomía renovada de Mar del Plata. Sin embargo, para cualquiera que haya pisado "La Feliz" en las últimas cinco décadas, es imposible mirar ese playón, o pasar por aquel portón ya desteñido, y no escuchar de fondo el eco de los parlantes o los estribillos de alguna que otra canción que sentimos nuestra.

Sobremonte no era un boliche, era un espacio dedicado enteramente al placer nocturno.

De una casa colonial a la "Avenida del Ruido"

Todo comenzó a mediados de 1972, aunque algunos dicen que en realidad fue en diciembre de 1970. El mito nació modesto: una casona de estilo colonial con un parque pequeño en la esquina de Constitución, pensada apenas para 400 personas. Por entonces ya ostentaba su mítica "S" gigante. Eran los años en que aquella arteria marplatense se transformaba de a poco en la "Avenida del Ruido", compitiendo palmo a palmo con gigantes como Enterprise, El Castillo, Sunset o Matokos. Una época, en fin, donde los tarjeteros eran los reyes de la vereda.

Sus orígenes como casa colonial.

Pero el monstruo despertó en los 90. Sobremonte fagocitó el espacio de "El Establo", aquel viejo auto-bar, y se expandió hasta ocupar la manzana entera: 3.500 metros cuadrados que albergaban a más de 4.000 almas por noche, estallando hasta recibir a 8.000 en el pico del verano.

Cruzar la boletería principal sobre Constitución era entrar a un laberinto de doce barras, dos de ellas circulares en el patio, cinco pistas de baile, parques ambientados, pileta climatizada, escenarios para shows, un restaurante cantina, otras lujosas instalaciones y terrazas al aire libre rodeadas de palmeras. Incluso contaba con un "Sobremonte Store" que daba directamente a la calle.

El complejo se convirtió en una maquinaria perfecta. La noche arrancaba temprano en Coyote, el restaurante tex-mex que abría las puertas con sus Margaritas, continuaba en la cantina o la parrilla interna, y se perdía en la madrugada entre mesas de pool y escenarios múltiples. Siempre acompañado por la música. Los estilos y géneros se cruzaban en aquel laberinto preparado para la diversión.

Pasarelas, pantallas y el living de la farándula

"Danzar es humano, Sobremonte es Divino", rezaba el mantra de la época. Y literal: el espacio VIP "El Divino" se convirtió en el epicentro del glamour. Alrededor de su pileta climatizada desfilaban las modelos top de la década, bajo la mirada atenta de decenas de paparazzis y un estricto derecho de admisión.

Unos pasos más allá, inaugurada en 1998, se erguía Velvet (también conocida como The Velvet Electronic Room): una espectacular pirámide de cristal y vidrio dedicada al techno y al chillout. En sus sillones, los jóvenes se turnaban en un par de computadoras para chatear por MSN Messenger, para los pocos que tenían acceso, en un entorno que combinaba confort, pool, música y barra.

Esa misma pirámide fue también el estudio televisivo de varios programas de la época, como Mar de Fondo por TyC Sports de la mano de Alejandro Fantino y Gastón Recondo, viendo nacer a personajes entrañables como Eber Ludueña.

Por sus pistas pasó el mundo. Charly García, Soda Stereo, Los Ratones Paranoicos, Joaquín Sabina y Diego Armando Maradona o Jonah Lomu, la recordada estrella de los All Blacks, entre otros, firmaron el libro de visitas de un templo donde el mismísimo David Guetta desató su fiesta ante miles de almas veraniegas.

El apagón definitivo y la herencia del mito

Como se dijo, en los años setenta comenzó a gestarse la historia de este espacio, todavía tímido, pero con la fuerza de quienes buscaban un punto de encuentro distinto en la ciudad. Durante la década del ochenta, el complejo se consolidó como la referencia indiscutida de la noche marplatense. De la mano de Pedro Del Buono, el encargado de musicalizar aquellas veladas eternas, el boliche se grabó en la memoria de una generación entera: todos, sin excepción, querían formar parte del legendario Club de Sobremonte.

Pero la verdadera explosión llegó en los noventa: la irrupción de la música electrónica y la aparición de los primeros DJ's transformaron la pista en un escenario vibrante, donde la noche adquiría un pulso nuevo y magnético. Fue el tiempo del auge, de las luces y del sonido que definieron a una generación.

Ya entrados los 2000, el boliche amplió su horizonte: se convirtió en pasarela de desfiles de moda y en un espacio habitual para la farándula que cada verano desembarcaba en Mar del Plata con sus temporadas teatrales. Así, lo que había nacido como un sitio de encuentro juvenil terminó por convertirse en un verdadero ícono cultural de la ciudad, testigo de décadas de cambios y protagonista de la vida nocturna marplatense.

Velvet antes de su renovación como café.

La última función del coloso tuvo el ritmo de la cumbia de Damas Gratis en el verano de 2019. Lo que parecía un bache estacional terminó siendo el final. Las facturas de luz de $160.000 y de agua de $80.000 se volvieron impagables para Eduardo Aracil, cara visible del complejo, quien además arrastraba una compleja causa por evasión tributaria desde 2014. Tras 47 años de gloria, las persianas se bajaron para siempre en enero de ese año.

Lo que siguió fue la triste transición del olvido: el abandono, los intentos de usurpación y el desguace del robo hormiga. En marzo de 2022 todo terminó. Lo que quedaba de las estructuras fueron demolidas, 

Hoy, la modernidad intenta consolar la nostalgia. El nuevo proyecto comercial, desde hace ya algunos años, y la estación de servicio que se ubica en aquella manzana respetan las estructuras más emblemáticas: conservaron la pirámide de cristal, hoy un café, los pisos de adoquines, la fuente original y esas palmeras históricas que alguna vez enmarcaron la "Fiesta de los Colores".

Al fin y al cabo, la fisonomía de la avenida Constitución cambió para siempre, pero la nostalgia de los marplatenses permanece intacta. Sobremonte, el complejo que durante casi medio siglo fue sinónimo de vanguardia y diversión, hoy vive con fuerza en nuestra memoria colectiva. Su descomunal oferta de entretenimiento no solo lo convirtió en un ícono indiscutido de la noche, sino que marcó a fuego a distintas generaciones: desde los que bailaban en los 70 hasta los chicos de las últimas matineés. Por eso, al pasar hoy por esa esquina de Constitución, muchos cierran los ojos y todavía pueden sentir el frío del chapuzón en El Divino, el calor de la fiesta de la espuma en las tardes adolescentes y la certeza imborrable de haber sido parte de lo que muchos llaman todavía hoy: “el mejor boliche de Sudamérica”.

 

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