¿Cómo un trágico incendio cambió para siempre el corazón de la Catedral?
Detrás del diseño neogótico de la Catedral de Mar del Plata y del Oratorio Unzué, se esconden dos retablos que son tesoros nacionales. Desde la vanguardia nacida de las cenizas hasta el misticismo bizantino intacto, estas majestuosas obras de arte narran la historia e identidad de la ciudad. ¿Conocías su historia?
“Entre las expresiones materiales del Patrimonio Cultural Eclesiástico (PCE), los retablos son clave en la historia de la transmisión de la fe: presentan un discurso visual adoctrinador, ilustran la prédica de los sacerdotes, ayudan en la configuración del espacio litúrgico y algunos de ellos se revelan como completas obras de arte interdisciplinares”, sostiene la arquitecta Analía E. Benítez en la publicación Los retablos en la ciudad de Mar del Plata, aparecida en la revista I+A Investigación + Acción.
Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de un retablo? Nos referimos a la gran estructura arquitectónica, escultórica y pictórica que decora y enmarca el altar de una iglesia. Su nombre viene del latín retro-tabula (detrás de la tabla), ya que nació de la antigua costumbre de colocar imágenes sagradas y reliquias justo detrás de la mesa del altar.
Más allá de su asombrosa riqueza material, que puede combinar maderas talladas, mármoles, pinturas y relieves, el retablo funcionaba en el pasado como una especie de pantalla de cine o cómic tridimensional. En épocas en las que la mayoría de la gente no sabía leer, estas imponentes obras de arte servían para educar al pueblo. A través de un discurso puramente visual, el retablo narraba escenas bíblicas y vidas de santos, reforzando desde su monumentalidad lo que el sacerdote predicaba en los sermones.
Benítez asegura: “El retablo, en su condición de marco, fue el dispositivo utilizado para que las imágenes alcanzaran claridad expositiva. Configuró el escenario teatral de la liturgia, el dogma, la piedad y la devoción católica, y moldeó intensamente la sensibilidad del fiel”.
Los dos retablos más impactantes de la ciudad de Mar del Plata se encuentran en la Catedral de los Santos Pedro y Cecilia y en el Oratorio de la Inmaculada Concepción del Instituto Saturnino Unzué.
El milagro del fuego y la vanguardia: el secreto moderno de la Catedral de Mar del Plata
La Catedral de los Santos Pedro y Cecilia en Mar del Plata es famosa por sus agujas neogóticas que desafían el viento atlántico. Sin embargo, en su interior se esconde una joya que rompe los esquemas: un retablo moderno nacido de la tragedia que transformó el patrimonio sagrado de la ciudad.
La historia comenzó en 1905. Bajo la dirección del arquitecto Pedro Benoit (hijo), el templo inauguró tres imponentes altares de madera tallada. Estas piezas de estilo neogótico cruzaron el océano en barco desde Francia para encajar de forma perfecta en el templo.
El altar mayor, consagrado a San Pedro, llegó gracias a la donación de la familia de Pedro Luro. A los lados, el diseño se completaba con dos retablos menores: uno dedicado al Sagrado Corazón, entregado por Isabel Elortondo de Ocampo, y otro a la Inmaculada Concepción, cortesía de Julia Elena Acevedo de Martínez de Hoz. Durante más de medio siglo, ese orden francés pareció inalterable.
La tarde en que cambió la historia
El destino cambió la estética del templo el 1º de julio de 1959. Un incendio accidental devoró por completo el altar de la Inmaculada Concepción, dejando un hueco negro de cenizas en los muros de piedra.
Lejos de intentar replicar el pasado, el primer obispo de la ciudad, monseñor Enrique Rau, tomó una decisión audaz. Influenciado por los vientos de renovación del Concilio Vaticano II, el obispo decidió que el nuevo retablo no imitaría el estilo antiguo, sino que hablaría el lenguaje del siglo XX. El encargo cayó en manos del artista húngaro Laszlo Szabó, quien diseñó una propuesta de vanguardia inaugurada oficialmente el 18 de febrero de 1961, coronada por una imagen central esculpida por Iván Ivaninovich.
El proyecto destaca por fusionar con destreza las vanguardias estéticas europeas de la época con materias primas de origen local, dado que, superpuesta al mosaico principal, se presenta una única escultura contemporánea tallada en madera de algarrobo.
El conjunto monumental se inauguró, apenas un año y siete meses después del trágico incendio.
Un lenguaje de piedra, oro y madera local
El nuevo retablo respetó la altura y las tres secciones verticales del original, pero innovó en todo lo demás. La figura de la Virgen se talló en madera de algarrobo argentino, destacándose sobre un imponente mosaico de teselas que narran las Letanías de María.
La mirada se pierde entre símbolos visuales: la Rosa mística, la Estrella de la mañana, el Árbol de Jericó y la mujer del Apocalipsis. En la base, la fuerza de la tierra se hace presente: un banco de piedra con relieves de peces y un cordero sostiene un altar de granito gris, donde descansan las figuras del Tetramorfo que representan a los cuatro evangelistas. El conjunto culmina en el Sagrario, una pieza decorada con gemas preciosas que refuerza un mensaje teológico claro: a Cristo se llega a través de María.
A pesar de que el choque de estilos resulta innegable, el creador de la obra respetó ciertas directrices de la estructura original. Conservó la escala, la distribución de sus cuerpos y calles, y el remate apuntado de los tres paneles principales, logrando así una perfecta sintonía con la mística y la arquitectura gótica del templo. Esta reconstrucción visual fue posible gracias al retablo gemelo, sobreviviente del fuego, que se erige en el extremo opuesto del transepto y que sirvió como modelo directo.
Un faro de modernidad
Introducir arte abstracto y vanguardista en un templo neogótico fue una apuesta arriesgada para la Argentina de los años sesenta. Monseñor Rau logró transformar una pérdida trágica en un hito de la modernidad.
Hoy, este altar no es solo un espacio de fe, es el testimonio vivo de cómo el arte puede renacer de las cenizas para conectar la tradición europea con la identidad y el futuro de la ciudad.
El tesoro dorado del Oratorio Unzué
No muy lejos de allí, frente a la costa marplatense, el Oratorio de la Inmaculada Concepción del Instituto Saturnino Unzué custodia otro universo de fe y arte. Encargado por las hermanas María del Rosario y Concepción Unzué hacia 1912, este retablo mayor fue diseñado por el arquitecto Luis Faure-Dujarric y ejecutado en Roma por la prestigiosa firma Curzio Caponetti-Esegui. Mientras que el exterior del edificio coquetea con las líneas de la Secesión Vienesa, cruzar el umbral del templo implica sumergirse en el misticismo del estilo neobizantino. Allí, una imponente escultura de la Virgen tallada en purísimo mármol de Carrara se recorta sobre un deslumbrante fondo de teselas doradas y estrellas azules, una evocación directa a la “Estrella de la mañana” de las letanías.
La estructura, resuelta en un solo cuerpo vertical, es un despliegue de riqueza material y simbolismo. Las columnas que flanquean a la Inmaculada exhiben relieves del Tetramorfo y capiteles coronados por águilas, conviviendo con detalles naturalistas como palmeras datileras que remiten al éxodo bíblico, guirnaldas de vid y arcángeles tallados en roble. En la base, el sagrario emerge como una obra de arte independiente: una pieza de bronce con forma de trigal incrustada en una estructura de seis tipos de mármoles diferentes, custodiada por la figura del Agnus Dei.
A diferencia de lo ocurrido en la Catedral, este conjunto posee el valor histórico excepcional de haber sobrevivido intacto a los vientos de cambio del Concilio Vaticano II. Al mantener su comulgatorio y su altar original, que luce en el frente un relieve de la Última Cena de Da Vinci, el oratorio se consagra, junto con el templo mayor marplatense, como el otro gran exponente del concepto de María como “mujer sagrario”, ese faro místico que, a través de la belleza visual, conduce a los fieles directamente hacia Cristo.
Ambos altares, nacidos de épocas y búsquedas estéticas distintas, terminan encontrándose en un mismo punto espiritual y patrimonial. Ya sea a través de la audaz vanguardia moderna que floreció tras el fuego en la Catedral, o mediante el deslumbrante misticismo neobizantino que resistió intacto el paso del tiempo en el Unzué, Mar del Plata resguarda en estos dos retablos una misma idea profunda: la de María como ese sagrario vivo que, entre el arte, la historia y la devoción, sigue guiando la mirada de la ciudad hacia lo eterno.
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