¿Sabías que mucho antes del puerto Mar del Plata tuvo su propio barrio de pescadores?
Antes de que el asfalto y las residencias de lujo transformaran la costa marplatense, los primeros pescadores moldearon la identidad obrera del histórico barrio La Pescadilla. Un viaje al origen de una comunidad que desafío al mar y dejó una huella imborrable.
En Mar del Plata existen geografías urbanas que nacen del contraste y de la necesidad. Mucho antes de que los grandes edificios y el asfalto dominaran la postal marplatense, la franja costera era un escenario donde los aristócratas porteños y el trajín de los hombres del mar debían convivir, muchas veces sin desearlo, bajo el mismo sol.
La historia de esta comunidad comienza a finales del siglo XIX, al calor de la apertura del mítico Bristol Hotel. Fue el propio José Luro, uno de los dueños del establecimiento, quien alentó la llegada de los primeros pescadores de origen italiano. Entendía, con visión aguda, que aquellas barcas y redes le inyectarían un colorido único y pintoresco a la zona de la rambla. Así, marinos venidos principalmente de La Boca, del Delta del Paraná y de las costas del sur italiano, napolitanos, sicilianos, calabreses y procedentes de las islas Eolias, como Lípari o Estrómboli, comenzaron a echar raíces en la ciudad.
Eran, en su mayoría, pescadores golondrina. Durante los meses templados desafiaban las olas, pero en invierno muchos migraban de regreso a sus terruños. Los que decidieron quedarse levantaron humildes casillas de madera sobre la costa, dando forma a una postal cotidiana donde la pesca artesanal era el motor absoluto del sustento diario.
Botes, caballos y velas latinas en la playa Bristol
Las mañanas de aquel tiempo temprano tenían un ritmo ancestral. Los botes abiertos y los lanchones de vela latina varaban en seco justo al sur de la playa Bristol, en un sector antiguamente llamado Del Puerto, mientras sus embarcaciones se guarecían en el viejo Muelle Luro, en Punta Iglesia.
Aquella flota pionera era sumamente rústica. Además de un par de remos, los botes llevaban un mástil de quita y pon para izar una pequeña vela. Para sortear la rompiente y sacar las embarcaciones del agua, los pescadores contaban con una ayuda tan fiel como pesada: cuadrillas de caballos que, junto a hombres como el recordado vecino Francisco Paleo, tiraban de las sogas con fuerza inusitada para dejar las naves a buen resguardo sobre la orilla.
El pescado fresco, sacado del agua casi de manera milagrosa frente a los ojos atónitos de los primeros turistas, se vendía allí mismo, cocinado o crudo, improvisando un mercado al aire libre que impregnaba la costa con el aroma inconfundible de los chupines marinos. Alrededor de 1900, la zona de la costanera comenzó a poblarse de fondas y tabernas que recibían tanto a los marineros como a los veraneantes curiosos.
El nacimiento de "La Pescadilla": El exilio hacia el sur
Sin embargo, el crecimiento vertiginoso del turismo y el proyecto urbanístico de embellecer el área central con suntuosas residencias y grandes parques comenzaron a incomodar a la elite. La presencia rústica de los pescadores en la playa Bristol chocaba contra los planes de modernización de la villa balnearia.
Obligados por el municipio y presionados por los vecinos pudientes, los trabajadores del mar fueron desalojados de la zona fundacional. Comenzó entonces un éxodo hacia el sur que redefiniría el mapa de la ciudad.
Así nació, entre el centro comercial que hoy ocupa el lugar de la vieja Terminal de Ómnibus y la avenida Colón, el célebre y pintoresco barrio La Pescadilla (mientras que un poco más al sur, coronando la loma de Stella Maris, se erguía Tierra del Fuego, bautizado así por las fogatas que los pescadores encendían para combatir el frío en la lejanía).
El pulso cotidiano del barrio que se convirtió en leyenda
Lejos de los lujos del Bristol, La Pescadilla adquirió una identidad comunitaria inquebrantable. En 1902, Manuel Diez fundó el almacén de ramos generales El Nacional en la esquina de Alsina y Garay, el cual se consolidó como el único comercio con expendio de bebidas y el principal punto de encuentro de aquel vecindario obrero.
Con los años, el barrio se transformó en un corredor vibrante. A diferencia de otras zonas exclusivas, el paisaje urbano de lo que hoy conocemos como el entorno de la vieja terminal y las calles Güemes y Alberti respiraba otro aire: allí se mezclaban las fondas, las tiendas y los comercios locales.
De las casillas de madera a la gran banquina
El capítulo final de esta trashumancia costera se escribió en la década de 1920. La devastadora sudestada del 2 de abril de 1924 azotó con crudeza la costa y destruyó numerosas embarcaciones, marcando a fuego la memoria de los pescadores. Ante la tragedia, la solidaridad comunitaria se organizó rápidamente a través de una comisión de vecinos notables que logró reponer las lanchas perdidas en tiempo récord, incorporando en muchos casos los primeros motores a explosión.
Con el avance definitivo de las obras del puerto de ultramar y la inauguración formal de la Banquina de Pescadores, aquellos pioneros que habían comenzado en la playa Bristol, y que habían resistido en La Pescadilla y Tierra del Fuego, completaron su traslado definitivo hacia el sur.
Las casillas de madera y los viejos lanchones cedieron el paso al asfalto y a la gran ciudad moderna. Pero el espíritu de La Pescadilla quedó flotando para siempre en el aire de Mar del Plata, recordándonos que debajo de cada gran urbe turística siempre late el esfuerzo invisible de hombres y mujeres que se animaron a desafiar al mar.
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