El misterio tras el salvaje homicidio del dueño de una fábrica de alfajores en Mar del Plata
En 2010, Alfredo Gómez, dueño de la fábrica Trufles en Mar del Plata, fue brutalmente asesinado en su propia planta. Entre pistas que se cayeron, un botín robado y la prenda ensangrentada del asesino, el homicidio del respetado empresario sigue siendo una mancha impune para la justicia local.
Para Alfredo Gómez, el jueves 30 de septiembre de 2010 prometía ser un día como cualquier otro. Temprano estuvo en su lugar en la fábrica que había fundado en 1964, luego almorzó sin sobresaltos junto a su pareja y la nieta de ella, y pasadas las dos de la tarde juntó sus cosas para salir. Quería llegar a la fábrica de alfajores Trufles, sobre la avenida Luro al 4700, casi Don Bosco, antes del cierre de las tres. Gómez era un hombre de costumbres de hierro, sus horarios no fallaban. Por eso, cuando pasaron las cinco de la tarde y no había llegado a su casa, pero además nadie contestaba el teléfono del establecimiento, la alarma fue inmediata. Preocupada por un silencio fuera de norma, su concubina y socia le pidió a su yerno que la acompañara hasta la planta.
El hallazgo en la penumbra
Al llegar a Luro 4780, el panorama aumentó la tensión: el Volkswagen Bora de Gómez estaba estacionado afuera, pero la puerta de blindex de la entrada principal tenía puesta una madera que la trababa desde el exterior. Tuvieron que empujar para entrar. Adentro reinaba la oscuridad. Caminaron a tientas unos metros hasta que tropezaron con la escena: el cuerpo de Gómez yacía en la entrada de un pequeño baño, ubicado justo junto al salón de producción. Tenía el pecho y el abdomen empapados en sangre. Junto a él, había un buzo que no le pertenecía, también bañado en sangre.
Sospechas que se caen
Los forenses determinaron que la muerte ocurrió entre las tres y las seis de la tarde. El último en verlo con vida había sido el encargado de la limpieza, quien además era su sobrino. Al declarar, el muchacho aportó un dato que parecía clave: antes de irse, lo dejó en la oficina conversando con un desconocido de campera oscura y gorra con visera. Otros empleados confirmaron haber visto también a ese mismo hombre.
El fiscal Paulo Cubas siguió esa pista hasta dar con el sospechoso, pero la intriga duró poco. El visitante era un simple comerciante que le compraba alfajores a Gómez para venderlos en Sierra de los Padres y tenían una reunión pautada de antemano que los empleados desconocían. La pista se cerró ahí. Más tarde, los peritajes de ADN también descartaron al propio sobrino, quien lo viera con vida por última vez.
Violencia sin freno
La autopsia reveló una ferocidad que desentonaba con un simple robo. El atacante golpeó a Gómez en la frente con un objeto pesado y chato que lo dejó aturdido. Ya debilitado, le clavó un cuchillo en la espalda. Una vez que la víctima cayó al suelo, el agresor se le subió encima y descargó el resto de los golpes: seis puñaladas en el abdomen y tres en el cuello, además de los cortes defensivos en los brazos con los que la víctima intentó cubrirse en sus últimos segundos.
Poco después, en la planta notaron la falta de dos herramientas cotidianas: un palo de amasar y un cuchillo de cocina usado para limpiar restos de masa. La reconstrucción indicó que los atacantes entraron desarmados y echaron mano a lo que encontraron a su alcance para matar.
Un botín incompleto
Gómez no tenía deudas ni conflictos visibles, pero de su oficina faltaba de todo: la computadora portátil, un reloj de plata de unos 800 euros, su billetera y dos manojos de llaves. La caja fuerte del mueble metálico estaba abierta, sin una sola marca de palanca, se llevaron 40.000 pesos en efectivo de las ventas semanales. Aunque le sacaron las llaves del Bora, el auto quedó abandonado en la puerta.
La prenda ensangrentada encontrada junto al cadáver, que no pertenecía a la víctima, según la policía era la prueba de que el agresor se había cortado durante el forcejeo. Los testigos también hablaron de una camioneta Ford Bronco que merodeó la zona a esa hora con dos ocupantes, así como la presencia de una mujer joven previo a los hechos finales, pero los datos no condujeron a nada. Para los investigadores, el móvil fue el robo, ejecutado por alguien a quien Gómez conocía o que necesitó silenciarlo para no ser delatado.
Aun así, las dudas permanecen sobre si se trató de un atraco que terminó en asesinato o si ingresaron para matarlo y simularon la escena robando elementos del lugar.
Una recompensa sin respuesta
En enero de 2015, el Ministerio de Seguridad bonaerense fijó una recompensa de hasta 150.000 pesos para quien aportara datos. Sin embargo, ni la oferta de dinero ni la mancha de sangre ajena en el buzo permitieron dar con el autor. El crimen del dueño de Trufles quedó marcado por el misterio de una visita que nadie esperaba y una puerta de baño que ocultó a medias un final sangriento.
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