“Hay que darle para adelante”: prepara panificados en su casa, los vende en un semáforo y sueña con abrir su propio local
Leo llega todas las mañanas a una esquina de Punta Mogotes con su producción. Los vecinos ya lo conocen y no hay quién pierda la oportunidad de charlar. Esta es su historia.
Por Redacción 0223
PARA 0223
Cuando todavía no salió del todo el sol, Leo ya está en el semáforo de avenida de los Trabajadores y Sicilia, en Punta Mogotes. Lleva una bandeja con panificados caseros, una sonrisa y la costumbre de saludar a quienes pasan.
Medialunas, chipá, cremonas, bizcochitos y alfajores de maizena son parte de la producción que prepara en su casa y que, cada mañana, sale a la calle en busca de clientes.
Su historia empezó mucho antes de instalarse en esa esquina. Trabajó durante 12 años en la Armada, tuvo experiencia en la pesca y también cuenta con títulos de electricista y mecánico. Pero decidió apostar por algo propio, pensando especialmente en su familia.
“Tengo tres chicos y a mi señora. Como de chiquitito siempre fui panadero, decidí empezar a hacer bizcochitos”, contó Leo en diálogo con 0223.
Primero caminaba por el barrio ofreciendo lo que producía, hasta que encontró el punto que cambiaría su rutina. “Caminé y caminé y encontré este lugar. En un día vendí todo, cuando días antes no lo lograba. Entonces empecé a hacer más y a venir acá”, recordó.
Desde entonces, la esquina se convirtió en su lugar de trabajo. No importa demasiado el clima: hubo lluvias, vientos y tormentas, pero Leo siguió llegando. “Siempre acá, en el mismo lugar”, dijó.
Su jornada comienza a las 6.15 y termina cuando se acaba la mercadería. Como máximo, cerca de las 11.15 o 11.30, porque después tiene otra obligación impostergable: ir a buscar a sus hijos a la escuela.
La variedad también fue creciendo con el tiempo. A los primeros bizcochitos les sumó cremonas y, poco a poco, incorporó medialunas dulces y saladas, chipá, alfajores de maizena y bizcochitos de queso, grasa, chicharrón y semillas. “Las medialunas dulces vuelan a la mañana”, contó entre risas.
Todo lo prepara en su casa, ubicada a apenas cuatro cuadras del semáforo. Esa cercanía le permite sostener una rutina que, además de ser su fuente de ingresos, representa un proyecto a largo plazo.
“Trabajo hay”, aclara cuando habla de la posibilidad de conseguir empleo. Sin embargo, explicó que busca otra cosa: “Quiero construir algo para mí y para la familia, para el día de mañana. Lamentablemente, un sueldo no paga lo que debería pagar”.
Por ahora, con la venta en la calle consigue “la diaria” y también guarda algo de dinero para seguir creciendo. Cada máquina nueva que puede comprar representa un pequeño paso hacia ese objetivo. “Si Dios quiere, antes de la temporada tendré algún local para laburar más cómodo y habilitarlo bien, como corresponde”, proyectó.
En la esquina también fue construyendo un vínculo con quienes pasan. Leo no solamente ofrece sus productos: conversa, saluda y reconoce a muchos de los clientes habituales. “Yo charlo con todos los que puedo: con el que me baja el vidrio, ya sea que me compre o no. Yo paso y voy saludando a todos”, contó.
Esa constancia también es parte del trabajo. “Los autos ya me reconocen y me dicen: ‘Che, loco, venís siempre’. Y obvio, si vengo un día y al otro no, pierdo la confianza de la gente”.
Incluso las banderas que decoran el puesto tienen una historia. Leo cuenta que había prometido poner un mástil si Argentina se consagraba campeona en el Mundial 2026. El resultado no fue el esperado, pero las banderas quedaron como parte de la postal de la esquina.
Mientras espera que cambie el semáforo y otro auto baje la ventanilla, Leo sigue con su rutina. Entre una bandeja de chipá y unas medialunas, sostiene una idea sencilla pero enorme: trabajar por cuenta propia, ahorrar de a poco y construir algo que algún día pueda convertirse en un local. “Hay que darle para adelante”, resumió.
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