Salvador: los límites de la voluntad y el peso del entorno en la primera novela de Sebastián D’Ippólito

Con una prosa cruda y sensorial, Salvador, la primera novela de Sebastián D’Ippólito, retrata la persistencia de una familia de clase media en los noventa y en la actualidad. Una conmovedora radiografía sobre la marginalidad, los afectos cotidianos y la supervivencia frente al deterioro social a través de mirada de los más chicos.

El texto funciona como una radiografía de los sectores que "se caen del sistema".

27 de Septiembre de 2026 10:44

Salvador (Larria Ediciones - 2026), la primera novela de Sebastián D’Ippólito, se puede leer como una crónica de la persistencia. A través de una prosa que observa el deterioro con una naturalidad cruda, D’Ippólito narra la historia de una familia que, a pesar de las grietas, busca mantener una cohesión artificial. El relato es una exploración de cómo los individuos se aferran a fragmentos de identidad, el asado, la cábala, el recuerdo de un partido de fútbol, cuando el tejido social a su alrededor se ha deshecho.

Pero también se puede leer como una crónica de la marginalidad, la repetición y la búsqueda de sentido en una cotidianidad que se desmorona. Ante la premisa de que hablar es peligroso o inútil, la comunicación en la familia se consuma a través de actos simbólicos como compartir el mate, acumular las deudas en el almacén o preparar el asado. La descripción sensorial es excepcional, con el olor a pomelo, la humedad del puerto, el óxido y la carne del asado, logrando que D’Ippólito haga del entorno un personaje más que no romantiza la marginalidad, sino que la describe con crudeza cotidiana.

—Es muy interesante leer la novela en clave de postal de época, la de los noventa y, lamentablemente, algo de la actual. ¿Cómo buscaste que estos ejes estructuraran el pulso cotidiano de la historia?

—Es, lamentablemente, una postal de época, sí. Está todo ahí: vamos a ver al personaje de Ismael tratando de levantar esa familia como sea, con las herramientas que tiene, que es un auto para usar de remís con viajes que son legales o hasta algunos un poco turbios. Está Estela, que es una ama de casa que por ahí no tiene esas herramientas de haber salido a trabajar, pero quiere también ayudar a su familia de alguna manera, por ahí la forma que encuentra no es la mejor, pero es la que tiene al alcance de la mano. Lo mismo los chicos, están todos atravesados por esa época donde hay que salir a buscarla, salir a pelearla, y eso es lo que se nota, esa cotidianeidad que en el día a día, en el transcurrir de esa novela, y en estos días, está marcado en muchas vidas.

—Y eso, ¿fue pensado de entrada para contar esta historia o eso apareció casualmente como algo que necesitaba la historia para potenciarlo?

—No, inicialmente tenía ganas de escribir algo que tuviera que ver con la representación de esta clase media que está tambaleando, digamos, o agarrándose ahí para no caer del mapa. Y también me interesaba marcar en este escalafón de clases sociales que siempre está el que pertenece a la clase media baja y es el que está peor que el resto y termina peor, pero parece que la clase media siempre está como en el mismo lugar, peleando para mantenerse, aunque siempre hay uno que está un poquito más por abajo, que nadie mira para ese lado, y ese termina cayendo, los que definitivamente se caen totalmente. Me interesaba sí, arranqué con esa idea, y en ese sentido fue muy trabajoso casualmente ubicar o encontrar un registro que coincidiera con esos perfiles.

La estructura narrativa, que vuelve constantemente a los mismos rituales (jugar a las cartas, el remís, el almacén), refleja con precisión la sensación de estancamiento de los personajes. El texto funciona como una radiografía de estos sectores que "se caen del sistema". La implicación es clara: hay una Argentina que no solo está empobrecida, sino que está "oxidada" (como el chulengo), esperando que el viento sople, pero sin expectativas de cambio. La narrativa resulta exitosa porque no juzga, y el uso de los objetos, el chulengo, las copas, la manguera, es magistral para anclar la abstracción de la pobreza en la realidad táctil.

—Una de las cosas que más me llamó la atención fue la presencia de los animales. Aparecen muchos, sobre todo perros (Chicho y Palermo), pero también cotorras, ratas, chimangos... Se configura una especie de zoológico variado en la construcción del entorno. Me pareció que animales como Chicho y Palermo aparecen en los momentos más marcados por el abandono y la violencia. Con Garúa pasa lo mismo: los animales de Garúa van sufriendo a la par de él en la historia... ¿Cumplen una función específica, fue una decisión deliberada o simplemente surgieron de manera orgánica a medida que avanzaba la narración?

—Me estoy dando cuenta ahora con lo que me decís. Sí, el tema de los animales a mí me gusta meterlos, los animales o las plantas en general, digamos. Puede ser que tenga un poco que ver con mi formación de biólogo, aunque no trabajo igual con animales, pero siempre me gusta ese tipo de observación. Pero me quedé pensando en lo otro que me dijiste de los perros, de que sí estaba pensado y trabajado el tema de qué rol cumple en un grupo familiar que está en las condiciones que venimos hablando. O sea, que por ahí a más de uno se le liga una patada o una bronca que viene de otro lado, o una noche que quedan solos los perros porque cada uno está en su lugar o donde tiene que estar esa noche. Pero no lo hice con el grado de conciencia que vos me lo estás preguntando ahora, es decir, que estos perros sean reflejos de... Creo que no lo hice con esa idea, pero lo hice sin querer, digamos, y salió bien.

Al leer Salvador, uno puede encontrar un diálogo intertextual con El juguete rabioso, de Roberto Arlt, publicada en 1926. En ella, Silvio Astier, un adolescente pobre, intenta encontrar una salida a su situación social y económica. La historia transcurre en los barrios bajos de Buenos Aires y muestra trabajos precarios, humillación, marginalidad, pequeños delitos y el deseo de encontrar otro lugar en el mundo.

Aparece ahí una interesante relación entre Silvio Astier y el Pulpo, uno de los protagonistas de la novela de D’Ippólito. No porque sean personajes iguales, sino porque ambos permiten preguntarse: ¿cuánto de las decisiones de una persona pertenece realmente a su voluntad y cuánto está condicionado por el lugar social que le tocó?

En Arlt, Silvio intenta escapar de la pobreza y de la marginalidad, y termina atravesando trabajos, fracasos y situaciones vinculadas con el delito. En Salvador, el Pulpo comienza siendo el chico del barrio, arquero, amigo de Manuel y Garúa, pero su trayectoria posterior muestra cómo ese mundo puede cerrarle progresivamente las posibilidades.

Entonces aparece otra pregunta potente: ¿El Pulpo es responsable de su destino o es también una víctima de las circunstancias que lo rodean?

Volviendo a la novela de D’Ippólito, si uno contrasta al Pulpo con Manuel y Garúa, la historia muestra cómo una misma esquina y el mismo barrio humilde producen tres formas muy distintas de enfrentar los límites impuestos por el entorno: mientras que para Manuel funcionó como un margen estrecho pero digno dentro del trabajo, para Garúa fue el refugio al que regresó tras ser devastado por la enfermedad, y para el Pulpo representó una inercia de violencia y supervivencia inmediata.

—Una de las escenas más reveladoras de los amigos es cuando encuentran la cueva del Pulpo. ¿Qué pasó ahí con la cueva del Pulpo? ¿Cómo aparece esa escena en tu idea de la novela, sobre todo por cómo termina?

—El Pulpo es otro de los chicos que tiene un lugar, hablando de espacios y de pertenencia, ¿no? Tiene su lugar ahí adentro, en el bosque, en el monte perdido, que se llama "la cueva del Pulpo", hasta que sus amigos lo descubren. En términos de lo que quería construir, el Pulpo es ese personaje que yo dije que es el que está un escalón más abajo que el resto, que es ese chico que a todos nos ha pasado por ahí: cuando son chicos juegan a la pelota y siempre hay uno a quien nadie le da mucha pelota, que lo ves que un día vino lastimado, que lo ves mal, y nadie se detiene cuando sos chico a decir "¿qué te pasa?", porque vos vas a jugar a la pelota nomás. Un chico que por una cosa u otra siempre termina separado del resto. Y cuando él va creciendo, cada vez está más separado de lo que son los otros personajes de la edad de él, que eran los tres amigos: Manuel, Garúa y el Pulpo. El Pulpo es este que era arquero y defendía todo el tiempo su territorio, y ahí tiene que ver eso, una cueva en una especie de terreno baldío con muchos árboles, una cueva de gomas de neumáticos, lo que quería hacer es eso: mostrar lo aislado que estaba ese chico.

—Además, no se sabe muy bien qué pasa dentro de esa cueva, ninguno de ellos termina de saber bien qué pasa o qué hace ahí...

—Claro, ¿qué le pasa a este chico que todo el tiempo estuvo separado del resto, ¿no? Porque de los otros tenemos también un montón de preguntas, pero un poco más se sabe, hay una construcción un poco más. Pero este chico siempre estuvo a un costado, siempre está en esa cueva, y ¿qué pasa ahí adentro? Y después, por otro lado, me interesaba contar que esa cueva era un lugar real. Me acuerdo cuando cerca de casa, yo era chico, en un terreno baldío, se ve que en una gomería o varias no sirvieron más las cubiertas que estaban destruidas y había una pila, no sé cuántas, doscientas gomas serían, y ahí habíamos hecho nuestra cueva para jugar.

—A mí lo que me parecía interesante en esa escena en particular es que, a pesar de todo eso que pasaba alrededor, la visión que tienen Manuel y Garúa no deja de ser inocente, porque para ellos no terminan de entender qué pasa ahí. Y ahí te baja a tierra la historia, quiero decir, ellos siguen siendo chicos, a pesar de la realidad que los golpea…

—Siguen siendo chicos, porque ellos lo descubren en un momento, se ven, pero como que también cada uno se mete, sale para su lado, como también son chicos, son inocentes, pero a la vez yo creo que todos perciben que algo había ahí, entonces como que también empiezan a callar desde chicos.

Es entonces cuando, en todo este universo, la memoria actúa como una fuerza que atraviesa los cuerpos, manifestándose a través de los objetos y las rutinas de las familias, trayendo de vuelta los ecos del dolor: la culpa del abandono y la cobardía.

Pero también arrastra aquello que somos. Para visualizar esto, vale señalar un detalle central del Pulpo, que es el contraste entre su cuerpo y su voz: aunque el consumo y la delincuencia le desgastan el cuerpo hasta dejarlo irreconocible, arrugado y lleno de cicatrices, conserva intacta la voz aguda de cuando tenía seis años y la dificultad para pronunciar la "r". Este rasgo simboliza cómo, debajo del delincuente que produce la esquina, permanece el niño que nunca tuvo márgenes reales para construir un destino diferente.

Si algo caracteriza a Salvador, es que la "oportunidad" no se define por el éxito individual ni por la capacidad de escapar del barrio, sino por la decisión de no abandonar al otro. Aunque las circunstancias aplasten los proyectos a largo plazo y conviertan los sueños en chatarra oxidada, la novela demuestra que la verdadera salvación consiste en sostener la mesa puesta, encender el fuego y mantenerse unidos frente a las pérdidas irreparables.

 

Lo más

leído