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El escribiente

6 de Octubre de 2019 14:27

Intensa experiencia de la mano de José Saramago y su Viaje a Portugal

Portugal crece descuidadamente. Portugal es el marco y fue el inicio de la escritura de José Saramago. Premio Nobel en 1998, el portugués te arroja a la experiencia de conocer y sentir el encanto de su tierra y de su escritura.

Lisboa, ya lo he escrito, parece una ciudad descuidada. Desordenada. Ha ido creciendo hacia arriba en tarrazas y ha crecido tanto que ya casi llega al castillo San Jorge, el que fue construido durante el siglo XI por los musulmanes y que, como todos los castillos, está en la cima de la ciudad. En Lisboa está la Casa Dos Bicos, una casona que data del año 1523 frente al río Tajo, en la parte baja del barrio De Alfama, cerca de la plaza Comercio, que es una de las zonas más antiguas de la ciudad.

Hoy, en ese lugar,  funciona la Fundación José Saramago. Frente a la casa hay un olivo y debajo de él reposan las cenizas del escritor.

Recuerdo mi primer encuentro con Saramago. Fue un encuentro casi forzado. Una profesora de filosofía Medieval, allá por el 2004, sabiamente me recomendó El evangelio según Jesucristo y ahí comenzó una extraña relación con el autor portugués.

De aquella lectura recuerdo lo difícil que me resultó acercarme. Fueron madrugadas interminables acompañado solo por él, por sus textos, por su falta de espacio en blanco en las páginas y por sus verbos. Pierdo el recuerdo de la lectura al aparecer el recuerdo de la narración. Esa fascinante narración que te empuja a descreer y creer permanentemente.

Saramago, el mismo que entrevistó al Subcomandante Marcos; el amigo de Sábato;  el premio Nobel de Literatura, aquel maestro que fue echado de su trabajo por cuestiones políticas y es a partir de ahí cuando decide ponerse a escribir para llegar hasta donde llegó.

Saco y tomo sus mejores palabras. Recorro muchos países y sigo pensándolo. Suspiro y miro su medalla del premio Nobel y pienso y siento que es la primera vez que tengo cerca, al alcance de la mano, una medalla de la cual hablé tantas veces. Pero también está ahí, junto a ella,  su humilde escritorio, su incalculable cantidad de libretas prolijas de apuntes para cada una de sus novelas y para cada uno de sus textos. En ese instante y en ese espacio, recupero la historia de cada uno de sus libros. De cada uno de los Saramago que le dio vida a esos libros. Es admirable. Se sufre al leerlo, pero es admirable. Me sorprendo, me sorprende. Para Saramago, el escribir era una huida constante. Solo valen las ideas de la obra que te interpelan y se intercalan en la vida de los lectores.

La Fundación José Saramago es una muestra permanente de lo que fue y de lo que es el premio Nobel de Literatura del año 1998. José Saramago está por todos lados. Salgo de esa casa, de su casa, e intento huir de su sombra para encontrarme con Lisboa, con Portugal. ¿Y saben qué? El que mejor me la cuenta es el propio Saramago en su obra Viaje a Portugal.

La idea del libro parte de la premisa de que conocer es tratar de comprender por qué son lo que son y están como están. Para eso, José Saramago descubre los lados más auténticos de cada espacio recorrido por Portugal, durante tres viajes en la década del 80.  Él sabe a dónde va, pero también a dónde quiere llevarte.

Viaje a Portugal se editó en 1981 y es uno de esos textos que te transporta. Uno puede confundirse con que solo se trata de una colección de instantes, pero no es así. El arte une cada destino y la literatura en particular, y más de la mano de Saramago, ordena y recrea aquel viaje. Así al escritor le toca avanzar, observar, pensar y responder. A él solo le toca desplazarse  hacia el destino para darle voz propia al mismo Portugal.

El narrador se hace llamar El viajero, logrando confundir y fundir  al protagonista, al propio Saramago y al lector. Lo acompañamos, entonces, por las ciudades y pueblos que conforman ese país a través de las impresiones recogidas por el ojo sensible del protagonista (que es el propio Saramago, pero que también somos nosotros lectores).

Sabido es que para contar primero hay que saber mirar. Saramago lo sabe y nosotros lo aprendemos leyéndolo. Por algo se dijo, cuando le otorgaron el premio Nobel en 1998,  que Saramago logra “Volver compresible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía”.

Es decir que, en este texto, el autor observa, descubre, siente  y cuenta (nos cuenta) Portugal. Se detiene en todos los detalles del  afuera y de su interior, de sus sentimientos y de sus impresiones. No se trata solo de una guía turística, es un viaje hacia la cultura portuguesa y un viaje hacia el interior del propio Saramago. Él mismo ha dicho que “Un viaje no existe si no es en la memoria” y en el alma agregaría yo, o al menos eso se percibe en la lectura.

En forma casi pedagógica resalta la importancia de los monumentos y los momentos históricos de cada lugar. Te deja pensando en lo que no dice, en todo aquello que dejó de decir para que lo repongas vos, lector, o corras a verlo. Aquello que dejó de contarte, aquello que guardó para tu descubrimiento personal es el espejo de lo propio de la experiencia, es esa melancolía y esa sensación de que sos el primero en un espacio ya habitado.

 Saramago te empuja a los detalles. A la voz de cada uno que hace Portugal y al Portugal de cada uno. Pero cuidado, insisto en que no es una guía de turismo. Del mapa que va siguiendo el autor se forma otro nuevo, lo va creando casi  borgeanamente a través de las letras. Lo narrado va dando lugar a la realidad que te esquiva, pero que se deja disfrutar. Viaje a Portugal se trata de un viaje personal revisitando y revisando todo, hasta los sabores y los sonidos del alma portuguesa.