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5 narraciones con fantasma

5 narraciones con fantasma

Por Bernabé Tolosa

Los fantasmas generan miedo. Se origina dicho sentimiento en lo desconocido, en la muerte. La literatura recogió este tópico y lo desarrolló a lo largo de la historia. Desde Homero hasta hoy, los fantasmas son protagonistas de una gran cantidad de historias. Acá cinco narraciones para poder entrar en el mundo literario fantasmal.

“La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo. Y el más antiguo y más influyente de los miedos es el miedo a lo desconocido” señala H. P. Lovecraft en El horror en la literatura.

Podríamos decir que la figura de un fantasma lleva este sentimiento al paroxismo, así como que son una exageración de lo desconocido. Pensemos: son muertos que se niegan a morir porque no saben, no pueden, o  no les permiten hacerlo. Eduardo Berti en Fantasmas dirá que “son almas en pena que al volver ponen en jaque las fronteras entre el mundo real y el más allá”.

La palabra fantasma viene del griego φαντασμα (phántasma) y significaba aparición, manifestación de una cosa que se hacía visible a nuestros ojos pero sin mediar nuestra mente o imaginación. De ahí su relación con la palabra aparecido. En la raíz de la palabra se encuentra brillar, aparecer y hacerse visible. Para la RAE, fantasma ha llegado hasta nuestro días con varias acepciones: 1- Imagen de un objeto que queda impresa en la fantasía; 2- Visión quimérica como la que se da en los sueños o en las figuraciones de la imaginación; 3- Imagen de una persona muerta que, según algunos, se aparece a los vivos;  4- Espantajo o persona disfrazada que sale por la noche para asustar a la gente; 5- Persona envanecida y presuntuosa; 6- Amenaza de un riesgo inminente o temor de que sobrevenga (El fantasma de la b); 7- Aquello que es inexistente o falso. Como es de notar, todas las entradas de una u otra manera aparecen en los relatos con la intención de generar un efecto de miedo en el lector.

En literatura se dice que la primera aparición fantasmagórica la encontramos en Homero. En la Odisea se produce el primer encuentro con espectros de la literatura occidental. Odiseo, luego de un ritual, puede distinguir y encontrarse con su madre, y hasta con el propio Aquiles,  y mantener con ellos un contacto recíproco. De ahí dos características importantes para el género, primero el contacto entre los dos mundos y luego la interacción entre los muertos y los vivos.

Ya en el siglo 1 d. C., Plinio el joven, en una de sus cartas narra cómo se le aparece el espectro de un esclavo en una casa que ha adquirido, fenómeno que no cesa hasta que hace caso al fantasma y localiza el lugar donde estaban sus restos y les da adecuada sepultura.

Así, el listado de motivos y causas de las apariciones se irá ampliando como llevar adelante alguna venganza o por las deudas pendientes que han quedado.

La confrontación con la muerte y la consolidada idea del Purgatorio, ya en la Edad Media, permitía en el imaginario colectivo la posibilidad de que los difuntos regresaran. Desde allí, estas historias no solo se reconocen desde la ficción sino también en otros registros. Es decir que, más allá de las controversias teológicas, los fantasmas continuaron presentes en la vida cotidiana, muy arraigados en el imaginario popular. Las creencias propias de cada territorio donde duendes, hadas y otros espíritus convivían con los vivos, compartían un espacio común con las apariciones fantasmales en todo tipo de relatos sobre encuentros paranormales.

Sin dudas el gótico y el romanticismo marcan la edad de oro del cuento de fantasmas. Aparecen en las obras de Ben Johnson y en las de Shakespeare (Macbeth y Hamlet) y hasta llegar al conocido El castillo de Otranto de Horace Walpole.

Jean Paul Sartre en Las palabras sostiene que en épocas victorianas, “cuando no tenían enemigos visibles, la burguesía se daba el gusto de asustarse de su sombra; cambiaba de aburrimiento por una inquietud dirigida” con respecto al auge de las historias en dicha época.

Así, los fantasmas en los textos pasaron de ser una cuestión espiritual para convertirse en una forma de entretenimiento. La llegada más fácil del libro a los lectores y su desarrollo en las artes plásticas  lograron fijar la figura fantasmal en todos los ámbitos.

Pero luego de esa edad de oro comienzan los primeros síntomas de desgaste. Las formulas se repiten y se toma el tópico como algo relacionado al humor, satirizándolo y llevándolo a perder su esencia, la cual es solo recuperada por algunas pocos buenos escritores y escritoras.

Quedan algunos detalles para dar, como lo raras que son las historias con fantasmas buenos o inofensivos (podemos mencionar dentro de estos casos la obra de Oscar Wilde El fantasma de Canterville), pero por supuesto algunos casos aparecen también. Esto se debe, quizás, a que en la raíz de sus apariciones encontramos el miedo a la muerte y lo desconocido con que cargamos. Más allá de que los fantasmas, en la mayoría de los casos, aparecen como copias del mundo de los vivos, es decir, siempre aparecen con sus atuendos y ropas que llevaba, así como su aspecto. A lo sumo podría agregarse un tono pálido en su rostro que indica que carecían de sangre y que esa palidez es la marca de la muerte propiamente dicha.

A partir del siglo 20 se busca en las narraciones con fantasmas un uso más intelectual y no tan emocional en torno a lo fantástico. Dice Italo Calvino, “como juego, como ironía, como guiño, pero también como meditación sobre los fantasmas o los deseos ocultos del hombre contemporáneo”.

Desde aquel relato de Homero hasta hoy, se perfilan estos relatos para un mismo lado. Se estrechan los lazos entre vivos y muertos, se establece un ritual comunicacional entre las esferas terrenales y las infernales que están bien delimitadas, pero unidas. Por supuesto que el contexto narrativo que ofrece la literatura es inagotable en todas las épocas.

La estética de la visión de lo fantasmal se mantiene también desde la antigüedad. Ellos son etéreos, denominados “sombras” apareciendo en la oscuridad (por supuesto que hay excepciones).

Dice Alejandra Guzmán Almagro en su libro Fantasmas, apariciones y regresados del más allá, que “lo indudable es que algunos de los mejores relatos de aparecidos surgen a partir de las inquietudes y miedos personales de sus narradores”.

Eduardo Berti en su antología Fantasmas cita a James Joyce quien en el Ulises,  para demostrar la imagen del fantasma de la contemporaneidad, dice: “¿Qué es un fantasma? Se preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambios de costumbres

1-El castillo de Otranto de Horace Walpole (novela)

El propio autor aseguró que la historia surgió de una pesadilla y que la escribió en dos meses. Apareció en 1764 y tuvo un éxito inmediato. Quedó a caballo del género caballeresco y de la novela moderna, pero logró el autor instalar los tópicos del castillo gótico y toda su correspondiente maquinaria de fantasmas, calabozos, subterráneos y conventos, así como el uso de las fuerzas de la naturaleza para crear ambientes determinados y la imagen del héroe melancólico y misteriosos, adelantándose a los personajes de Byron. Por ser la precursora de muchos de los tópicos que vendrán después en las historias de fantasmas merece un lugar, aunque al leer la historia uno pueda sentirse desconcertado por las humoradas y los personajes aun chatos para ese contexto.

2- Maese Pérez, el organista de Gustavo Adolfo Bécquer (leyenda)

Se lo conoce más por sus rimas, pero fue un destacado prosista y así lo prueban sus 25 leyendas. En ellas aparecen los elementos góticos propios de la ficción de terror como la muerte y la vida de ultratumba, el embrujo, castillos y fantasmas. En esta en particular encontramos la historia de un músico que se niega al silencio, incluso desde el más allá. El sentir de la hija del protagonista al escuchar nuevamente la música de su padre es uno de los momentos más álgidos de la narración.

3- El espectro de Horacio Quiroga (cuento)

Sin dudas uno de los mayores cuentistas latinoamericanos. Creador de una poética cuentista,  incursionó en el fantástico con asiduidad. Algunos dicen que prefigura con este cuento algunas películas de culto y a La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares.

Horacio Quiroga nos invita a un cine bastante particular, donde los fantasmas y los vampiros de la pantalla no sólo se repiten en cada función, sino que en ocasiones modifican su actuación en favor de pequeñas venganzas personales. La lectura de los cambios de ánimo y sentimientos que pueden producirse en el ser humano  cuando interviene la pasión y el deseo de posesión, son un protagonista más de la narración.

4- The Shining de Stephen King (novela)

Imposible dejarlo afuera. La historia está centrada en el horror que se desata en el hotel Overlook de Colorado, durante la estancia de los Torrance. En el centro de la trama, el resplandor del pequeño Danny, capacidad que le permite al niño comunicarse telepáticamente, ver el pasado, anticipar el futuro y detectar presencias ocultas para el resto de los mortales. Dicen que Stephen King se inspiró en La máscara de la muerte roja de Edgar Allan Poe para escribir El resplandor, además en la novela se cita dicho cuento en varias ocasiones.

5- Ligeia de Edgard Allan Poe (cuento)

Ligeia es la mujer amada que vuelve. Aquella que no podemos dejar atrás. El relato en primera persona lo hace más potente. Dos muertes, una se extraña más que a la otra. Un regreso en otro cuerpo. El amor por alguien que ya no está como una maldición; como algo que atormenta permanentemente en la soledad y genera una búsqueda inquebrantable de aquella en otros cuerpos.

Los fantasmas son muertos que se niegan a morir porque no saben o no pueden o no les permiten hacerlo; son almas en pena, difuntos sin paz a quienes por lo común les ha quedado algo por hacer (una venganza que cumplir, un consejo que dar, un simple acto pendiente) y que, al volver, ponen en jaque las fronteras entre el “mundo real” y el “más allá”. Presenten fantasmas visibles o invisibles, buenos o vengativos, tristes o poderosos, las ghost stories tuvieron su apogeo en la Inglaterra victoriana, pero son tan viejas como el deseo de conjurar la muerte por medio de relatos, y sus antecedentes pueden rastrearse en una antigua carta de Plinio el Joven, en los primeros cuentistas chinos o en la tradición de los kwaidan japoneses. «Fantasmas» incluye cuentos de Charles Dickens, Margaret Oliphant, Ambrose Bierce, Gan Bao, Amelia B. Edwards, Lafcadio Hearn, Louisa Baldwin, Pu Songling, Guy de Maupassant, Saki, Edith Wharton y Sheridan Le Fanu, entre otros.

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5 narraciones con fantasma

Los fantasmas generan miedo. Se origina dicho sentimiento en lo desconocido, en la muerte. La literatura recogió este tópico y lo desarrolló a lo largo de la historia. Desde Homero hasta hoy, los fantasmas son protagonistas de una gran cantidad de historias. Acá cinco narraciones para poder entrar en el mundo literario fantasmal.

“La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo. Y el más antiguo y más influyente de los miedos es el miedo a lo desconocido” señala H. P. Lovecraft en El horror en la literatura.

Podríamos decir que la figura de un fantasma lleva este sentimiento al paroxismo, así como que son una exageración de lo desconocido. Pensemos: son muertos que se niegan a morir porque no saben, no pueden, o  no les permiten hacerlo. Eduardo Berti en Fantasmas dirá que “son almas en pena que al volver ponen en jaque las fronteras entre el mundo real y el más allá”.

La palabra fantasma viene del griego φαντασμα (phántasma) y significaba aparición, manifestación de una cosa que se hacía visible a nuestros ojos pero sin mediar nuestra mente o imaginación. De ahí su relación con la palabra aparecido. En la raíz de la palabra se encuentra brillar, aparecer y hacerse visible. Para la RAE, fantasma ha llegado hasta nuestro días con varias acepciones: 1- Imagen de un objeto que queda impresa en la fantasía; 2- Visión quimérica como la que se da en los sueños o en las figuraciones de la imaginación; 3- Imagen de una persona muerta que, según algunos, se aparece a los vivos;  4- Espantajo o persona disfrazada que sale por la noche para asustar a la gente; 5- Persona envanecida y presuntuosa; 6- Amenaza de un riesgo inminente o temor de que sobrevenga (El fantasma de la b); 7- Aquello que es inexistente o falso. Como es de notar, todas las entradas de una u otra manera aparecen en los relatos con la intención de generar un efecto de miedo en el lector.

En literatura se dice que la primera aparición fantasmagórica la encontramos en Homero. En la Odisea se produce el primer encuentro con espectros de la literatura occidental. Odiseo, luego de un ritual, puede distinguir y encontrarse con su madre, y hasta con el propio Aquiles,  y mantener con ellos un contacto recíproco. De ahí dos características importantes para el género, primero el contacto entre los dos mundos y luego la interacción entre los muertos y los vivos.

Ya en el siglo 1 d. C., Plinio el joven, en una de sus cartas narra cómo se le aparece el espectro de un esclavo en una casa que ha adquirido, fenómeno que no cesa hasta que hace caso al fantasma y localiza el lugar donde estaban sus restos y les da adecuada sepultura.

Así, el listado de motivos y causas de las apariciones se irá ampliando como llevar adelante alguna venganza o por las deudas pendientes que han quedado.

La confrontación con la muerte y la consolidada idea del Purgatorio, ya en la Edad Media, permitía en el imaginario colectivo la posibilidad de que los difuntos regresaran. Desde allí, estas historias no solo se reconocen desde la ficción sino también en otros registros. Es decir que, más allá de las controversias teológicas, los fantasmas continuaron presentes en la vida cotidiana, muy arraigados en el imaginario popular. Las creencias propias de cada territorio donde duendes, hadas y otros espíritus convivían con los vivos, compartían un espacio común con las apariciones fantasmales en todo tipo de relatos sobre encuentros paranormales.

Sin dudas el gótico y el romanticismo marcan la edad de oro del cuento de fantasmas. Aparecen en las obras de Ben Johnson y en las de Shakespeare (Macbeth y Hamlet) y hasta llegar al conocido El castillo de Otranto de Horace Walpole.

Jean Paul Sartre en Las palabras sostiene que en épocas victorianas, “cuando no tenían enemigos visibles, la burguesía se daba el gusto de asustarse de su sombra; cambiaba de aburrimiento por una inquietud dirigida” con respecto al auge de las historias en dicha época.

Así, los fantasmas en los textos pasaron de ser una cuestión espiritual para convertirse en una forma de entretenimiento. La llegada más fácil del libro a los lectores y su desarrollo en las artes plásticas  lograron fijar la figura fantasmal en todos los ámbitos.

Pero luego de esa edad de oro comienzan los primeros síntomas de desgaste. Las formulas se repiten y se toma el tópico como algo relacionado al humor, satirizándolo y llevándolo a perder su esencia, la cual es solo recuperada por algunas pocos buenos escritores y escritoras.

Quedan algunos detalles para dar, como lo raras que son las historias con fantasmas buenos o inofensivos (podemos mencionar dentro de estos casos la obra de Oscar Wilde El fantasma de Canterville), pero por supuesto algunos casos aparecen también. Esto se debe, quizás, a que en la raíz de sus apariciones encontramos el miedo a la muerte y lo desconocido con que cargamos. Más allá de que los fantasmas, en la mayoría de los casos, aparecen como copias del mundo de los vivos, es decir, siempre aparecen con sus atuendos y ropas que llevaba, así como su aspecto. A lo sumo podría agregarse un tono pálido en su rostro que indica que carecían de sangre y que esa palidez es la marca de la muerte propiamente dicha.

A partir del siglo 20 se busca en las narraciones con fantasmas un uso más intelectual y no tan emocional en torno a lo fantástico. Dice Italo Calvino, “como juego, como ironía, como guiño, pero también como meditación sobre los fantasmas o los deseos ocultos del hombre contemporáneo”.

Desde aquel relato de Homero hasta hoy, se perfilan estos relatos para un mismo lado. Se estrechan los lazos entre vivos y muertos, se establece un ritual comunicacional entre las esferas terrenales y las infernales que están bien delimitadas, pero unidas. Por supuesto que el contexto narrativo que ofrece la literatura es inagotable en todas las épocas.

La estética de la visión de lo fantasmal se mantiene también desde la antigüedad. Ellos son etéreos, denominados “sombras” apareciendo en la oscuridad (por supuesto que hay excepciones).

Dice Alejandra Guzmán Almagro en su libro Fantasmas, apariciones y regresados del más allá, que “lo indudable es que algunos de los mejores relatos de aparecidos surgen a partir de las inquietudes y miedos personales de sus narradores”.

Eduardo Berti en su antología Fantasmas cita a James Joyce quien en el Ulises,  para demostrar la imagen del fantasma de la contemporaneidad, dice: “¿Qué es un fantasma? Se preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambios de costumbres

1-El castillo de Otranto de Horace Walpole (novela)

El propio autor aseguró que la historia surgió de una pesadilla y que la escribió en dos meses. Apareció en 1764 y tuvo un éxito inmediato. Quedó a caballo del género caballeresco y de la novela moderna, pero logró el autor instalar los tópicos del castillo gótico y toda su correspondiente maquinaria de fantasmas, calabozos, subterráneos y conventos, así como el uso de las fuerzas de la naturaleza para crear ambientes determinados y la imagen del héroe melancólico y misteriosos, adelantándose a los personajes de Byron. Por ser la precursora de muchos de los tópicos que vendrán después en las historias de fantasmas merece un lugar, aunque al leer la historia uno pueda sentirse desconcertado por las humoradas y los personajes aun chatos para ese contexto.

2- Maese Pérez, el organista de Gustavo Adolfo Bécquer (leyenda)

Se lo conoce más por sus rimas, pero fue un destacado prosista y así lo prueban sus 25 leyendas. En ellas aparecen los elementos góticos propios de la ficción de terror como la muerte y la vida de ultratumba, el embrujo, castillos y fantasmas. En esta en particular encontramos la historia de un músico que se niega al silencio, incluso desde el más allá. El sentir de la hija del protagonista al escuchar nuevamente la música de su padre es uno de los momentos más álgidos de la narración.

3- El espectro de Horacio Quiroga (cuento)

Sin dudas uno de los mayores cuentistas latinoamericanos. Creador de una poética cuentista,  incursionó en el fantástico con asiduidad. Algunos dicen que prefigura con este cuento algunas películas de culto y a La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares.

Horacio Quiroga nos invita a un cine bastante particular, donde los fantasmas y los vampiros de la pantalla no sólo se repiten en cada función, sino que en ocasiones modifican su actuación en favor de pequeñas venganzas personales. La lectura de los cambios de ánimo y sentimientos que pueden producirse en el ser humano  cuando interviene la pasión y el deseo de posesión, son un protagonista más de la narración.

4- The Shining de Stephen King (novela)

Imposible dejarlo afuera. La historia está centrada en el horror que se desata en el hotel Overlook de Colorado, durante la estancia de los Torrance. En el centro de la trama, el resplandor del pequeño Danny, capacidad que le permite al niño comunicarse telepáticamente, ver el pasado, anticipar el futuro y detectar presencias ocultas para el resto de los mortales. Dicen que Stephen King se inspiró en La máscara de la muerte roja de Edgar Allan Poe para escribir El resplandor, además en la novela se cita dicho cuento en varias ocasiones.

5- Ligeia de Edgard Allan Poe (cuento)

Ligeia es la mujer amada que vuelve. Aquella que no podemos dejar atrás. El relato en primera persona lo hace más potente. Dos muertes, una se extraña más que a la otra. Un regreso en otro cuerpo. El amor por alguien que ya no está como una maldición; como algo que atormenta permanentemente en la soledad y genera una búsqueda inquebrantable de aquella en otros cuerpos.

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