El escribiente

2 de Agosto de 2020 08:53

Pandemia o cuando la realidad te coloca en el terreno del arte

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¿Cuál ha sido la función del arte durante esta cuarentena? ¿Tiene una función específica el arte? ¿Esa función, para qué debe ser útil? Sabrina Gil, becaria del Conicet y especialista en lenguaje artístico, nos asegura que hoy la realidad nos coloca en el terreno del arte y no al revés.

El arte bucea en el pasado pero convida riquezas para el presente. A caballo de la interpelación y de lo estético, el arte puede fusionar lo particular con lo universal. Nada de lo humano le es ajeno. Se mete en lo cotidiano y alcanza el espacio y el tiempo, el propio y el de cada uno de aquellos que se paran frente a lo artístico. Pero sabe que todo es dinámico, que todo es devenir. Desde un formato hasta una supuesta función, una supuesta utilidad.

La pandemia y su cuarentena llegaron súbitamente. De repente nos encontramos preguntándonos como se cumpliría todo aquello que leímos o vimos en representaciones estéticas apocalípticas. De repente, también, nos encontramos encerrados tratando de ver cómo se encaraba esa nueva experiencia. Por un tiempo indeterminado todo lo que se conocía como “normalidad” comenzó a mutar en otra cosa muy distinta. Todo lo que nos rodea comenzó a funcionar de otra manera y a verse distinto. El arte también.

¿Cuál es, entonces, el rol que ocupa el arte en este período de cuarentena? ¿Se puede hablar de algún aporte a nuestra condición actual?

Para Sabrina Gil, becaria del Conicet y especialista en lenguaje artístico, podría pensarse al arte en dos roles bien distintos. “Hay uno que fue más visible en los primeros días de la cuarentena, que tenía que ver con aprovechar el encierro para leer aquello que uno había desplazado por falta de tiempo, para ver funciones de teatro  online o conocer museos de todo el mundo a través de una pantalla. Es decir como una demanda de consumir arte”, sostiene.

Sin dudas, hablamos de un fenómeno sumamente interesante. ¿Por qué el encierro llevaría a consumir más arte? Es decir, ¿no se consume más arte porque no tenemos tiempo en realidad?

 Se podría ir más allá de esto y como refuerza Gil, “Hay que ver, también, si hubo algún otro cambio de consumo de arte. Es decir, el que no iba antes a los museos, ¿empezó a visitar museos?; el que no veía óperas, ¿empezó a ver óperas online?  Tal vez no sucedió eso del todo, tal vez no fue tan así. Me parece que responde, esta imagen de que todos consumimos arte en la cuarentena, a que se aproveche ese tiempo a hacer cosas productivas que teníamos demoradas: leer, actividad física, arreglar cosas de casa, aprender algo en particular”.

-Todo junto, sin distinción. La idea es recuperar tiempo…

-  Un fomento de hacer productiva la cuarentena con cosas atrasadas. Y lo más llamativo es que al arte se le está pidiendo que cumpla una función que quizás  está en sus antípodas, que es la de  ayudarnos a mantener la “normalidad” y ayudarnos a mantenernos productivos. Cuando lo más interesante de la experiencia estética no pasa por lo productivo y mucho menos por mantener la normalidad, el orden, lo cotidiano. Es interesante pensar esto: aprovecha uno para hacer pilates que nunca hace o aprovecha a consumir arte, todo en el mismo orden.

Bajo estos parámetros, el arte podría pensarse, entonces, como algo que trae salud, que cura o que entretiene, más que como experiencia estética propiamente dicha.  Es decir que  cualquier manifestación artística podía ayudar a organizar el mundo. Al menos en la división de nuestros tiempos. Estaba el tiempo de trabajo, el del ocio, el del entretenimiento. Todo eso que quedó desbaratado por la cuarentena quiso ordenarse a través de recitales en vivo de músicos, lecturas de escritores por redes sociales, charlas temáticas o la liberación de derechos de obras para que se consuman. Para Sabrina Gil se trata de un reclamo que se le hacía al arte “para que cumpla una función que le es totalmente ajena”.

El valor de una obra de arte es determinado por múltiples y cambiantes factores. Podemos pensar en el económico, en el da la utilidad, en el de la pertenencia social, en el del espectador que se reconoce el él por ese carácter hierático con el que suele contar. De ahí la pregunta sobre el rol que ha cumplido en este instante donde el individuo se ha visto desorganizado en sí mismo. “Acá aparece el segundo rol  que, me parece, el arte está jugando. Pienso en un rol extraordinario en el curso de la cuarentena y es el que propicia un despliegue, yo creo, inusitado de la imaginación. Un despliegue de la imaginación del futuro, de mundos posibles, del mañana incluso, que en contextos más ordinarios no se nos permite porque tenemos un montón de elementos  que nos indican cómo van a ser las cosas mañana, o el mes que viene. Pero este contexto permite un despliegue de la imaginación impresionante en el que aparecen como válidas muchísimas cosas  antes impensadas. Es más, hay como una reinvención del lenguaje, de las imágenes. Pensemos en las imágenes de las ciudades desiertas, animales en lugares muy públicos y turísticos, ¿en dónde hacen eco esas imágenes en nuestra cabeza? ¿En algo que vimos en un noticiero? No. Hacen eco en una película, en un libro, en pinturas” dice la investigadora.

Es decir que el arte, entonces, más allá de su valor como mercancía, adquiere una nueva dimensión. Y hasta una nueva posición donde ubicarse Gil refuerza su argumento: “lo bueno de todo esto  es que la realidad nos coloca en el terreno del arte. Contamos con el arte para leer la realidad más que con la propia realidad”.

Por lo tanto, vale sostener, que hoy contamos con elementos propios del arte para vincularnos con la realidad que nos rodea. Una ampliación de la escala con que la medimos la realidad, al decir de Alejo Carpentier, “de una revelación privilegiada de la realidad”.

-Hablamos de las presentaciones artísticas, pero ¿qué ocurre con la producción artística en cuarentena?  Muchos me han dicho que no se crea más por las condiciones que le toca a cada uno y, también en casos, por la invasión a esa privacidad del espacio y tiempo de la creación.

- Dependerá de cada caso, pero creo que no se produjo más arte. Creo que este mismo despliegue de la imaginación produjo que se reinventen formatos: teatro por zoom, una gorra virtual, talleres por videoconferencias o producciones directamente para las redes.

- También por una necesidad de los propios artistas…

- La cuarentena  también dejó al descubierto grandes condiciones de precariedad. Dependencia de sueldos muy malos, de programas inestables, de contratos basuras y al ponerse en pausa todo esto, ¿qué pasa con la comunidad artística? Queda al descubierto que muchos de ellos dependen de los pocos ingresos que tienen de talleres, de entradas, viven al día y ahí también se están desarrollando fenómenos muy interesantes como experiencias colectivas con exigencias y realidades muy distintas que, a pesar de eso, se tomaron decisiones conjuntas para contrarrestar la mucha precarización y la desprotección.

Hay una buena cantidad de producción artística que está pensada y se está haciendo para consumir por internet directamente. Hay otras que se han tenido que adaptar o han sido adaptadas a la fuerza. En este sentido, el teatro ha quedado en el medio de la discusión.  Ha dicho Rafael Spregelburd que “Por un tiempo indeterminado, ha desaparecido el teatro. Digámoslo así, por lo menos por estos días. No todo el teatro, pero si quizás el teatro moderno, el que había encontrado desde el siglo XIX su cómodo lugar en las salas, huyendo de las plazas, de las calles, los mercados y otras formas de teatralidad medio animal, entre primitivas y medievales. La proximidad está prohibida…”

La situación descripta por Spregelburd en la última edición de la revista Review indica que el gran cambio fue en la experiencia perceptiva. Es decir, el teatro no está pensado para la mediación de una pantalla, sino para la presencialidad, para el convivio, para compartir un espacio y un tiempo. Pero ahora se ve detrás de una pantalla. ¿Es lo mismo? ¿Es la misma experiencia? Gil responde que “Claramente no es lo mismo, tampoco la pintura, la escultura vista así. Ahora, este no ser lo mismo no implica necesariamente una pérdida. Implica una experiencia perceptiva distinta, alternativa. Es más, la sugerencia sería ver aquello que ya se ha visto en vivo en teatro, porque la experiencia estética es otra muy distinta. No hay una cuestión de grado, no es que se pierde un tanto por ciento del placer que puede generar la obra, es algo alternativo”.

Hay que sumar un lenguaje audiovisual, un tiempo que se puede pausar, un nuevo espectador que ve también al resto del público y que ve la totalidad del escenario. También podemos pensar en una pantalla donde están múltiples pestañas abiertas y conviviendo. Los límites se pierden, se confunden. Una experiencia muy distinta.

Es difícil, en muchos ámbitos, separar del arte su relación ambigua con lo sagrado. Así como la idea de que cura o alivia, a través suyo, esa angustia ontológica que nos acompaña permanentemente  por nuestra propia condición humana.  “Yo creo que hay un idea instalada en el colectivo sobre que el arte hace bien, no se sabe bien por qué, pero el arte hace bien. Cura. En parte supone entonces que si el arte cura o hace bien es porque había algo enfermo. O que una enfermedad nos atraviesa. Que también habría que ver cuál es. Esto se acepta así nomás. Pero también cura a quien lo produce, lo que supone la imagen del artista excéntrico, loco, porque alguna patología tiene y por eso hace arte para canalizar, para exteriorizarla.  Eso es también quitarle un poco la racionalidad, la escisión estética y poner al arte en un terreno donde no es para todos  porque no todos estamos en ese grado de locura o de genialidad. Suponiendo esto, entonces, vuelvo a eso que se imagina que es que el arte hace bien”, explica.

Por consiguiente, se le pide al arte que cumpla una función. De ahí que se viera al arte, en el principio de la cuarentena, como algo que nos mantuviera cuerdos, que nos conectara con el afuera, que nos entretuviera. Es decir, siempre mediando el sentido de utilidad o su razón productiva. Defiende Gil: “En el capitalismo vivimos bajo la dictadura de la utilidad. El poeta Paulo Leminski denominó a esto la “dictadura de la utilidad” burguesa. Pero hay cosas que no lo tienen, que no se hacen con un fin, que no son productivas, que no se les puede extraer plusvalía como al amor, la amistad,  el arte o la poesía”.

Ahora se le pide al arte que nos ayude a mantener la “normalidad”. Quizás también se le pida que ordene lo que ya llaman “nueva normalidad” más adelante. Para Gil es “Algo muy alejado del propio arte”.

Tal vez, como pensó Deleuze en algún momento, este nuevo sentido que se le quiere dar, este sin-sentido, “modifique significados y renueve significantes” para pensar y representar mucho después de la pandemia, cuando dejemos atrás la cuarentena y el devenir haga lo suyo.

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