Enfoque global

1 de Septiembre de 2020 06:42

Los desafíos de la Bolivia que viene

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Bolivia debe votar en un escenario de alta conflictividad y sin garantías de transparencia. ¿Qué país recibirá quien gane las elecciones?

En menos de dos meses, Bolivia tendrá algo más que una elección presidencial. Definirá ni mas ni menos que su recuperación democrática y un nuevo comienzo de la vida institucional. Las urnas dirán si ratifican el camino iniciado con el golpe de Estado contra Evo Morales o retorna a un proceso que vocación inclusiva. 

Hay muchas dudas respecto a la transparencia de los comicios, pues, la cosa viene mal de origen y no hay mucho margen para confiar. No obstante, lo que si se puede confirmar es que, gane quien gane, Bolivia no será la misma. 

Sea quien sea el próximo presidente/a, el escenario político estará caldeado, con sectores movilizados intentado imponer su agenda y una crisis global que impedirá volver a la senda de crecimiento sostenido con inflación baja de los 14 años de Evo. 

Desde la renuncia forzada del presidente electo democráticamente hasta hoy, pasó mucha agua bajo del puente. Represión, denuncias de todo tipo (desde narcotráfico, hasta terrorismo, pasando por estupro) contra un ex presidente exiliado, ofensiva judicial contra opositores y un gobierno que no pude lograr consenso ni siquiera para armar un frente electoral común. 

El informe del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas presidido por la ex presidenta de Chile, Michelle Bachelet, volvió a poner al país del altiplano en el ojo de la tormenta con un informe que destaca las violaciones a los Derechos Humanos, detenciones arbitrarias, uso desmedido de la fuerza de parte de la Policía y el Ejército con represión y muertes, discriminación de parte del poder político y persecución judicial. 

Se destaca el rol de las fuerzas de seguridad en las represiones en Senkata (Cochabamba) y Sacaba (La Paz) que dejó 9 fallecidos y el nulo avance para condenar a los culpables, 30 muertos desde que comenzó el levantamiento contra Evo Morales y el discurso violento y racista y amenazas a medios de comunicación y escraches a instituciones autónomas como la Defensoría del Pueblo de parte de integrantes del gobierno de Añez o sectores cercanos. 

Como suele ocurrir con estos reportes, están muy bien documentados con más de 150 entrevistas entre dirigentes políticos, funcionarios y representantes de la sociedad civil. La conclusión  a la que llegó la oficina fue de la necesidad de llevar a cabo un proceso electoral transparente y con garantías. De esta manera, el informe pone presión en un gobierno que, como lo definió el periodista Julio Peñalosa reúne una formula destinada al fracaso: ineptitud y corrupción. 

Además de la delicada situación de los Derechos Humanos y la gravedad de la pandemia, Bolivia tendrá que celebrar las elecciones en un contexto de conflictividad creciente que expuso divisiones tanto en el régimen como en el amplio campo progresista boliviano. 

En el caso del gobierno, mientras un sector avanzó en la construcción de mecanismos de diálogo con las autoridades parlamentarias y el Tribunal Electoral para consensuar un cronograma electoral, otra línea  representada por los halcones como le ministro del Interior, Arturo Murillo y los llamados “civicos” de la derecha radicalizada de Luis Fernando Camacho y Marcos Pumari  que se abrazaron a la idea de suspender las elecciones hasta nuevo aviso e incluso, plantearon la inhabilitación del MAS y la proscripción de su candidato.

En el frente opositor también hay tensiones que se agudizaron durante las dos semanas de bloque de carreteras y movilizaciones. La diferencia se basa en que mientras algunos consideran que el MAS es una maquinaria que solo piensa en las elecciones, los movimientos sociales y diferentes ramas que se desprenden de la Central Obrera Boliviana desconfían de la transparencia de las elecciones y consideran que la mejor estrategia es un plan de lucha sostenido con el epicentro puesto en las calles con el objetivo de presionar de manera que tal que Jeanine Añez tenga que renunciar. Este camino se torna sinuoso cuando tenemos en el horizonte un proceso electoral. 

Las tensiones son viejas y se concentran en el malestar que produce que Evo Morales y su equipo digiten las acciones desde Buenos Aires. Inclusive, algunos días después de la salida de Evo del país, había malestar por el grado de desconexión del partido con los movimientos sociales que resistieron en el territorio. 

El dilema alrrededor de un liderazgo fuerte que ya no controla el Estado es un denominador común de todos los espacios de izquierda de la región que tuvieron que volver a caminar en el desierto. “Todavía creen que están en el gobierno”, dijo un dirigente disgustado con el evocentrismo que reina en el MAS. 

Es casi una obviedad decir que los sectores que difieren con la idea de que el MAS solo se concentre en el proceso electoral terminarán votando a Luis Arce Catacora, pero eso no elimina las disidencias en cuanto a la estrategia. Si el MAS vuelve al poder, habrá un fuego que caliente desde abajo y, como siempre ocurre, incomode por mas coincidencias ideológicas que existan. Por otro lado, si gana la derecha, el protagonismo de la oposición al nuevo gobierno será disputado por estos nuevos liderazgos. 

La falta de pulso de la cúpula del MAS en el exilio quedó demostrado cuando el propio Evo Morales fogoneó las movilizaciones de sectores que orgánicamente no le responden directamente y luego las consideró un problema porque envalentonó a los radicalizados que militaron para que no haya elecciones. “La agenda electoral es lo de menos, queremos que se vaya Añez y construir una nueva desde abajo”, me dijo una referente de los espacios que protagonizaron los bloqueos. 

El MAS, aún debilitado electoralmente por las protestas, tiene la ventaja de enfrentar a un gobierno que nunca pudo hacer pie y está dejando un tendal de muertos en una crisis sanitaria manejada de forma pésima. Jeanine Añez corre de atrás y Carlos Mesa no tiene una base social fuerte que, en caso de ganar, lo acompañe para conducir una crisis que podría llevárselo puesto en un dejavú del 2003.

El primer desafio para todos es lograr que las elecciones se desarrollen con normalidad, transparencia y mucha observación internacional, el segundo y más complicado será construir la autoridad del Estado para gestionar la crisis y controlar un grado de conflictividad muy alto. 

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