Enfoque global

27 de Octubre de 2020 07:28

Un nuevo Chile

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Los chilenos votaron masivamente para cambiar la Constitucion de Augusto Pinochet. ¿Qué cambios se vienen en el país?

El mensaje de las urnas fue claro y contundente. Casi el 80 por ciento de los chilenos quiere cambiar las cosas y que ello se vea reflejado en una nueva Constitución. Y en ese deseo de cambio caen todos los partidos políticos en la misma bolsa, sea derecha, centro o izquierda. 

Esta es la primera conclusión que se puede ensayar luego del plebiscito constitucional realizado en Chile el pasado domingo. La segunda está relacionada con el origen de movilización popular que puso sobre la mesa una serie de temas esenciales que venían siendo postergados por los respectivos gobiernos.  La estabilidad macroeconómica y la reducción de la desigualdad expresada en el indice de Gini de los últimos 30 años es tan cierta como la enorme necesidad de contar con un Estado que regule aspectos claves como salud, educación o sistema previsional en un país en que el 1% acumula el 33% de los ingresos.

Estas demandas sociales irrumpieron con fuerza y obligaron a las estructuras partidarias a conectarse con una realidad que ignoraron durante demasiado tiempo. El gobierno no tuvo más opción que permitir el avance y garantizar sin condiciones los caminos institucionales para darle forma al plebiscito luego de haber calificado a los ciudadanos indignados como "un enemigo poderoso dispuesto a todo" con quien el Estado estaba en guerra o alimentar descabelladas teorías orientadas a la responsabilidad de Nicolás Maduro en el armado de las protestas. 

Luego de apoyarse en las Fuerzas Armadas y los Carabineros y darle luz verde para la represión y con una imagen por el piso, el presidente Sebastián Piñera solo debió aceptar la ola que se le venía encima y decidir correctamente no manifestarse ni a favor ni e contra de la consulta para mantener neutralidad y presentarse como el mandatario que habilitó el debate, cosa que a todas luces no es del todo cierto. De todas formas, fue inteligente de su parte salir del laberinto por arriba y evitar que el referéndum también sea un plebiscito sobre su propio gobierno al estilo Matteo Renzi en Italia o David Cameron en Reino Unido. Independientemente de como lo recuerde la historia, el mandatario chileno puede usar el inicio de este proceso para lograr una salida tranquila del gobierno en 2021.

La masividad y contundencia del apoyo, tanto al "Apruebo" como a la Convención Constitucional como órgano redactor es una interpelación al conjunto del sistema político sin excepción de las fuerzas progresistas que no pudieron  ni quisieron  implementar los cambios que logró imponer la sociedad. Decidir cambiar la Constitucion y evitar la Comisión Mixta es rediseñar el entramado institucional del país y exponer la falta de confianza de al sociedad con los partidos políticos y eso es algo que la política debe poder cambiar. 

El progresismo tiene la posibilidad de construir una propuesta programática que le permita canalizar el cambio de época, recuperar la credibilidad perdida y resolver sus diferencias para soñar con una victoria electoral. Si no se resignan egos y diferencias la sociedad no tendrá incentivos para participar de las elecciones presidenciales y eso podría configurar un escenario similar al del 2017 con dos opciones de centroizquierda dividiendo el electorado. El referéndum derribó el mito de la sociedad polarizada, cuando hay razones los chilenos se movilizan, acuerdan y votan.

La foto de toda la oposición votando el retiro voluntario del 10 por ciento de los fondos de las AFP en el marco de la pandemia debería ser el horizonte que movilice al amplio campo progresista al que el pueblo chileno y la historia le han dado una nueva oportunidad. 

Por último, y como siempre sucede, cabe preguntarse el impacto regional que puede llegar a tener este proceso, pues, los aventureros y optimistas que se dedican a vaticinar el retorno del ciclo progresista salieron de sus cuevas a vender sus habituales espejos de colores. La realidad es que tanto la dinámica del plebiscito como lo que venga en el corto y mediano plazo se mueven bajo profundas lógicas de realidad chilena. 

No obstante, es correcto poner en dimensión la ola de protestas de octubre/noviembre del año pasado que tuvieron epicentro en Chile, Ecuador y Colombia y el golpe de Estado en Bolivia como parte de un proceso que empezó a dar resultados. En Bolivia y Chile las urnas hablaron, en febrero será el turno de Ecuador y sabremos si estamos ante una tendencia que favorezca a los espacios progresistas. 

Una certeza que deja este proceso largo que está comenzando es que esa agenda de prioridades suspendida  en el tiempo deberá incorporar nuevos actores como el 13 por ciento de la población indígena, jóvenes que se endeudan para estudiar una carrera o que no puede terminarla por problemas económicos, trabajadores que no llegan a fin de mes y jubilados que aportan toda la vida para nutrir el negocio de los bancos y un puñado de fondos de inversión. Al mismo tiempo, un escollo que puede aparecer es que los 155 constituyentes que sean elegidos el 11 de abril del año próximo deberán consensuar una batería de temas sobre una agenda amplia y por momentos, dispersa. 

"Yo pisaré las calles, nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentada y en una hermosa plaza liberada me detendré a llorar por los ausente", cantaba Pablo Milanes casi a modo de presagio de una jornada de celebración que cambió bronca , enojo, represión y muertes por esperanza de cambios en una conquista que sin ese 18 de octubre de 2019 nadie hubiese pensado posible. La historia está comenzando a parir un nuevo Chile.

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