El escribiente

19 de Septiembre de 2021 09:40

Un Borges revisitado

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Un Borges que alcanza a todos. Sin embargo, cada cual le dará el rótulo que decida: poeta, ensayista, crítico, narrador, lector. Pero hay otro Borges, el reflejo en el espejo que muestran aquellos que han compartido anécdotas o instantes con él.

Hay voces que sostienen que si uno cuenta los libros con anécdotas con o sobre Borges  conseguiría más ejemplares que los que componen la obra del propio autor.

Entrevistas, anecdotarios, paseos, lo que quedó afuera de las entrevistas y, recientemente, alguien que acompañó a Borges en un viaje y lo volcó en un texto, son algunos de los ejemplos de un Borges revisitado.

No todo el mundo ha leído a Borges. Todos, sin embargo, lo han oído. Todos saben cómo hablaba, todos sabrían reconocer su voz. A cierta altura de sus vidas, cuando los toca la fama, los escritores, por lo general ya algo cansados, tienden a relajarse y a compendiar su identidad –todo lo que son, todo lo que los ha hecho célebres- en un álbum de estampas representativas” sostiene Alan Pauls en El factor Borges (Literatura Random House – 2019). El punto es que, en muchos casos, esas estampas representativas son de alguien más y no del propio Borges.

Imposible pensar la literatura argentina sin Borges (¿mucho decir simplemente la literatura?). De los numerosos Borges que suelen visitarnos, el poeta, el ensayista, el crítico, el filosófico, el parodista, el narrador o aquel que reescribe, nos quedaremos hoy con el revisitado. Es decir, aquel Borges que muchos rescatan en sus propias obras. Desde las biografías, hasta algunas respuestas o experiencias que no han dejado iguales a los que lo acompañaban. Vale este compilado de anécdotas para recuperarlo y perpetuarlo aun más en su voz y en su forma particular de contarlas y vivirlas.

  • De Borges, sus días y su tiempo. María Esther Vázquez.

Borges a los ochenta y cinco años (…) físicamente se ha afinado, se ha ennoblecido, ha adelgazado y su rostro antes muy pálido ha tomado el dorado suave de los que caminan mucho bajo el sol. Tiene la cabeza toda blanca y, sin embargo, la piel es sorprendentemente fresca para su edad. Hace bromas amables sobre sí mismo: ‘Sería tan raro que yo me muriera. No por el hecho de morirme en sí, que sería de lo  más común, a todos les ocurre, sobre todo a mi edad; sino que sería raro que yo, tan rutinario, hiciera algo fuera de mis hábitos’”.

“Es bien sabido que la primera conferencia que dio en su vida la leyó en su lugar uno de los amigos, porque él no tenía suficiente valor para hacerlo. Luego, las circunstancias económicas lo empujaron a dar ciclos y cursos enteros. Al principio se animaba, antes de entrar en el salón, con una ginebra, hábito que debió abandonar acosado por una úlcera. Aún hoy, cuando concurre a un congreso, no es improbable que le pregunte a su vecino de mesa: ‘Usted, ¿no tiene miedo?’”.

  • De Con Borges. Alberto Manguel.

Borges no habla mucho de sus relaciones amistosas con los escritores que conoce, pero a veces confiesa que es su lector, como si ellos perteneciesen menos al mundo cotidiano que al mundo del bibliotecario. Hasta en el reino de la amistad predomina la función de lector. Lector, y no escritor. Según Borges, el lector usurpa la tarea del escritor. «Uno no puede saber si un poeta es bueno o es malo si no tiene idea de lo que se propuso hacer», me dice mientras recorremos la calle Florida, deteniéndonos cada vez que alguna frase lo exige. La multitud pasa apresurada y muchos reconocen al viejo ciego. ‘Y si uno no puede entender un poema, no puede adivinar cuál ha sido la intención’  (…) Corneille o Shakespeare, Homero o los soldados de Hastings: para Borges la lectura es una forma de ser todos esos hombres que él supo que no sería jamás: hombres de acción, grandes amantes, valientes guerreros. Para él, la lectura es una suerte de panteísmo, esa antigua escuela filosófica que tanto interesó a Spinoza. Le menciono su cuento El inmortal, en el que Homero vive a través de los siglos, incapaz de morir y bajo diferentes nombres. Borges se detiene una vez más y dice: ‘Los panteístas imaginaban un mundo habitado por un solo individuo, Dios, y en él Dios sueña con todas las criaturas del mundo, incluyéndonos a nosotros. Para esta filosofía, todos somos el sueño de Dios y lo ignoramos’. Y en seguida: ‘ ¿Acaso sabe Dios que unos pedacitos de Él están caminando ahora mismo entre la muchedumbre, por la calle Florida?’. Y deteniéndose otra vez: ‘Pero tal vez esto no sea asunto nuestro. ¿No le parece?’”.

  • De Borges el memorioso. Antonio carrizo.

Carrizo: Pensaba entonces, Borges, que Las mil y una noches seguirá siendo por siempre un libro secreto y misterioso que nadie en realidad conoce.

Borges: Sí. O un libro que todos íntimamente conocemos. Yo creo que es un gran libro. Precisamente porque es anónimo, porque es la obra —sin duda— de miles de autores. . .

Carrizo: Pero. . . ¿cuál era ese libro? ¿Cómo era ese libro? ¿Cómo era el verdadero?

Borges: Y. . . El verdadero será el de cada lector en cada momento, ¿no? Irá cambiando con el tiempo. . . Yo no creo que se olvide Las mil y una noches.

Carrizo: No juzgues al árbol por sus frutos, ni al hombre por sus obras; pueden ser peores o  mejores.

Borges: Sí. Stevenson dijo que un hombre puede matar y no ser un asesino. Sí, los hechos no nos expresan cabalmente. Es la misma idea. Aquí estoy siguiendo a Stevenson. . . Oyendo a Stevenson, en todo caso. Lo cual está muy bien. . . que uno lo oiga.

Carrizo: Nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena, pero nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena.

Borges: Sí. Sabemos que toda nuestra obra es fugitiva, que toda nuestra obra es efímera, pero debemos tratar de hacerla bien. Aunque sepamos que su destino final será el olvido.

Carrizo: ¿Cualquiera sea la obra del hombre? ¿Cualquiera su oficio?

Borges: Sí, claro. Todo está destinado al olvido. Pero no importa, debemos pensar que debemos obrar razonablemente. . . o poéticamente.

  • De Diálogos Borges Sabato. Orlando Barone.

“Recuerdo aquella primera cita con Borges en la librería La Ciudad de la galería del Este, frente a la antigua casa de la calle Maipú (aquel departamento del sexto piso fue vendido a su muerte) para interesarlo en la idea del libro. Recuerdo mi temor inicial: la discordia entre ambos plagada de rumores y malicias de trastienda libresca. Era un sábado del incipiente verano de 1974/1975; el final de una época en la que había sido posible el juego intelectual, el intercambio de ideas y boutades por el mero goce estético.

Borges, ese mediodía, lucía un impecable traje gris claro; su inseparable bastón de caoba; su semblante altivo de ciego que quiere mirar de frente aunque sabe que no puede. Sabato, la tarde anterior en el bar El Dandy ya había aprobado mi propuesta con contradictorio interés y distancia. "Vea, me advirtió quitándose los anteojos en aquel gesto nervioso de los instantes de duda. Aunque los otros días volvimos a encontrarnos con Borges, no sé si ese abrazo espontáneo y emocionado que nos dimos podrá cambiar el curso de las cosas". Se refería a un casual y todavía fresco encuentro que los había unido a ellos en la librería La Ciudad el 7 de octubre: el primero después de aquel largo desencuentro, ya que en su juventud se frecuentaban en la casa de Bioy Casares y en las de otros amigos.  La respuesta de Borges a mi propuesta literaria fue sencillamente "borgeana". Me dijo, aprobándola: "Creo ciegamente en usted".

(…) Todo fluía con afecto. Tanto que Borges -acaso más sensibilizado por las circunstancias- se mostró dolido cuando por razones de planes y de tiempo se decidió concluir con las sesiones. Sabato bromeando le dijo a modo de disculpa: "Pero Borges, si seguimos hablando este va a ser el diálogo eterno". Y enseguida vino la respuesta igualmente jocosa: "Bueno, pero no hace falta hablar, también podríamos encontrarnos en silencio, ¿no?". Cuando se despidieron en el umbral de la casa de Borges ninguno de los dos dijo nada”.

  • De Borges-Bioy / Confesiones, confesiones. Rodolfo Braceli.

“Los dos, solos, frente a la misma ventana: Las palabras que vienen me fueron expresadas por don Borges y por don Bioy Casares en muy distintos ratos de sus vidas, en distintos momentos de este parpadeo de eternidad que tenemos para estar, para respirar. Las oí a esas palabras, las guardé; ahora las desmenuzo, las recupero. Imaginemos la situación: yo retrocedo... me aparto un poco, miro sus espaldas, sus nucas... Ellos, los entrañables viejos, aquí: están sentados los dos frente a una misma ventana. Están juntos. Pero están solos. Hablan, monologan sin mirarse; afuera, detrás de la ventana, la vida sucede. Cada uno dice lo que dice como quien piensa en voz alta.

Borges: Bueno, pasé‚ la noche y aquí estoy, despierto. Sigo con vida, no sé si es una buena noticia.

Bioy: Se va estrechando el número de cosas que puedo hacer, pero quiero hacer las que puedo.

Borges: Usted insistió en regalarme nueces y una barra de chocolate de taza... bueno, muchas gracias. Pero esto, como las condecoraciones de varias universidades del mundo, demuestra que los países y la gente cometen errores. Yo no merezco esto. Tampoco merezco castigo alguno. ¿Quién soy yo para merecer el castigo?... No ser católico me libera del tormento de pensar en mi salvación personal. La confianza en una muerte absoluta me facilita esta espera... De todos modos, muchas gracias por el chocolate.

Borges: Usted me pide que le responda sobre la palabra maestro y sobre la palabra infamia. Si con esas palabras quiere aludir a mis cualidades, le contesto que no tengo nada de maestro, en todo caso soy un alumno cada día más antiguo... Infamias seguramente he cometido; admito el pecado de querer ser escritor, pecado sin duda favorecido por la indulgencia de la gente y la suya además, que ha venido a elogiarme con su atención y hace un rato a entretenerme con la evocación de Greta Garbo y sus ilustres facciones... Otro pecado que cometí -le estoy robando una vez más la palabra a los católicos- es haber sido impiadoso con mi madre. Ella persistía en la esperanza; le agradaba suponer que mi vista algo mejoraba, pero yo no le daba tregua y siempre le contestaba que estaba irremediablemente ciego. Qué me hubiera costado decirle a mi madre que estaba viendo un poco más... Ni cuando ella se moría le concedí la dicha de esa dulce mentira. Bueno, aquí tiene mi respuesta a su interrogante sobre la infamia. Siento una honda culpa por lo que no le di a mi madre... me hubiera costado tan poco... En fin, quisiera tenerla viva por un rato; quisiera que ella otra vez me preguntara cómo estoy de la vista para decirle: Madre, qué curioso, estos días ando mejor, estoy viendo un poco más... Pero ahora ya es tarde para eso, sólo me queda el consuelo de haber aprendido que mucho más importante que las muertes heroicas son las vidas heroicas. Ser un poco más bueno con mi madre... eso hubiera sido heroico para mí”.

  • De Diarios personales de Adolfo Bioy Casares.

“1989 - Bernès me refirió que Borges, unos quince días antes de morir, sintió la presencia de la muerte. Habría dicho: “Ha llegado. Está aquí”. Le pregunté si la había descripto. Bernès contestó: ‘Dijo que era algo externo, rígido y frío’”.

Cada Borges representa una nueva idea, una nueva lectura, un nuevo motivo para volver. Con su estilo cortés, con su voz cansina, con su ingenio por delante, Borges sigue entre nosotros. Con sus ideas y lecturas primigenias, con sus actualizaciones y sus revisitas. "No importa el mérito esencial de las obras canonizadas, importan la nobleza y el número de los problemas que suscitan", dicen que dijo (¿Le hubiese gustado ser una autor canónico?). Hoy, cuando sus textos aún se reeditan, se leen y se piensan constantemente, invita a creer en aquella obligación de repetir historias eternas,  donde cada lector las convierte en una nueva manifestación.

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