Relatos del horror en primera persona

Hombres y mujeres fueron víctimas de todo tipo de abuso mientras pertenecieron a la secta del City, algunos -incluso- desde su nacimiento. Palizas, torturas, explotación laboral y hasta obligación de tener sexo con sus propios padres, algunos de las situaciones que padecieron quienes integraban la organización religiosa. 

La "secta del City" funcionó durante 50 años en Mar del Plata.

18 de Noviembre de 2021 19:08

Por Redacción 0223

PARA 0223

Los testimonios de las víctimas de la secta del City que lideraba Eduardo De Dios Nicosia y que forman parte de la elevación a juicio de la causa, dan cuenta del horror a las que las sometió el falso “gurú espiritual” durante décadas. Tal es el caso de un mujer nacida en 1977, hija biológica del yogui y de una mujer captada por la organización. Según la testigo de identidad reservada que al nacer fue registrada falsamente como hija de otra persona, al cumplir su primer año, tanto ella como su mamá fueron obligadas a permanecer en Caracas hasta 1980, completamente aisladas del resto de la agrupación.

La entonces niña solía ser apartada del resto de los descendientes de Nicosia e, incluso, de su propia madre. De acuerdo a sus dichos, vio a su mamá por última vez cuando tenía 12 años: su progenitora, considerada una “discípula díscola” que ponía en dudas las decisiones del “gurú”, fue condenada a vivir en soledad en un departamento de Caba. Ello, no obstante, no impidió que debiera continuar con las actividades laborales en condiciones de extrema precarización.

Por su parte, la criatura continuó en cautiverio junto al resto de sus “hermanos” y sufrió tormentos y ultrajes sexuales de parte de Nicosia, en el marco de los denominados “ritos de iniciación” que promovía. Durante su declaración en cámara Gesell, la mujer relató detalles de los severos castigos que recibía por mínimas infracciones: “Durante un mes nos tuvieron todo el día parados frente a una pared. Dormíamos a la noche, al día siguiente, parados. Un vaso de agua, una manzana verde, a la pared, a bañarse con agua fría. Todo el día. Así, un mes. Yo conté los días”.

En otra oportunidad, contó, que ella y otros chicos fueron “encerrados en un cuarto sin poder comer durante un mes, con Seven Up (medio litro para cada uno) y agua”. También relató que durante su infancia debió sortear distintas pruebas para “superar el miedo”: dijo que Nicosia compró dos pumas salvajes, los ató con una cadena larga a un ombú y obligaba  a los niños a pasar delante de ellos si querían ir al baño.

Los abusos de parte de su padre biológico comenzaron con manoseos, cuando ella tenía diez años. “A mis catorce recién cumplidos empezó a penetrarme y fotografiarme. Me hacía vestir bonita, peinada, con tacos, vestidos nuevos. Estaba seis horas fotografiándome”. “Yo quería mucho a mi papá, pero cuando me hacía tener sexo con él, al día siguiente me sentía mal. Ese malestar me duraba meses y meses”, confió ante la justicia.

Cuando la joven cumplió dieciséis, el líder de la secta la obligó a casarse con un hermano de sangre y poco después, producto de los reiterados abusos de Nicosia, quedó embarazada; situación que le valió mayores maltratos. Una vez que dio a luz, la mujer fue separada de su hija y confinada a vivir en un cuarto pequeño. La beba no quedó exenta de los maltratos: sufrió quemaduras, golpes y, ante su reticencia a comer, le introdujeron la comida con un embudo, lo que provocó ahogamiento con secuelas que aún padece. Luego de varios intentos, la mujer logró escapar de la secta en agosto de 2017.

 

Castigos desde su nacimiento

Otra de las víctimas que dio testimonio de su padecimientos dentro de la secta fue una mujer nacida en Venezuela en 1979, hija de Nicosia y otra damnificada de la organización. Como en la mayoría de los casos, los hechos de violencia física, sexual y laboral fueron una constante a lo largo de su vida. Sin ir más lejos, su madre fue castigada y encerrada durante todo su embarazo. 

Desde corta edad, la testigo de identidad reservada fue sometida a largas jornadas en las que alternaba quehaceres domésticos con actividades laborales, pese a lo cual sólo recibía una pequeña ración de comida diaria. A raíz de que controlaba que no tuviera contacto contacto con el exterior, ni siquiera fue escolarizada, aislamiento que le trajo graves consecuencias a nivel emocional. A su vez, también padeció los “ritos de iniciación sexual” e, incluso, Nicosia la obligaba a beber sus fluidos seminales porque “eran buena energía para iluminar”. 

En este caso en particular, la víctima dijo haber sido amenazada con armas de fuego y llegó a ser acusada de practicar la prostitución y consumir drogas para que fuera aislada por el resto de los integrantes de la organización. Producto de los tormentos y torturas sistemáticos, la mujer llegó a sufrir sangrados en sus oídos y tuvo severos desórdenes alimentarios, entre otras cosas. 

Si bien años más tarde logró salir de la secta -estaba radicada en Venezuela-, el vínculo con Nicosia y el resto de los integrantes de la organización no se cortó del todo. Sólo pudo hacerlo una vez que su empleador tomó conocimiento de lo que sucedía y le recomendó dar aviso a la embajada argentina para que tomara cartas en el asunto.

 

Obligado a tener sexo con su propia madre

En el mismo sentido, un hombre nacido en 1975, hijo del “gurú”, relató su vida en cautiverio hasta que logró huir. Más allá de las coincidencia de su testimonio con el de otros damnificados en cuanto a explotación laboral y la constante violencia que padecían, el testigo hizo hincapié en situaciones que, a pesar de haberlas padecido a muy corta edad, lo marcaron para siempre. Según dijo, cuando tenía apenas dos años solía ser lanzado a una piscina por Nicosia para “que despierten a la vida, como parte de una enseñanza”.

Cuando tenía tres o cuatros años, la víctima recibió una brutal paliza, en la que intervino Nicosia y, por orden suya, Silvia Capossiello y otras dos testigos de identidad reservada, que incluyó un corte en la nariz con una tijera de podar. “Después de eso me dejó parado no sé cuánto tiempo. Recuerdo que me desperté en el piso, en su habitación. Me mandó a pararme frente al placard, en puntas de pie. Cuando me desperté estaba en el piso con una mano”, detalló.

También recordó la vez que “alguien había tirado papel higiénico en un inodoro y se tapó. Nos llama a su habitación, que era muy grande, nos hace sentar ahí, todos de loto, en silencio, delante de él. Con un rebenque para caballos le daba palizas a todos los que se distraían. Nos daba indicaciones para ir al baño, para dormir, para comer. Era lo mínimo: dos frutas a la mañana, arroz o caldo, fruta a la noche o galletitas de agua. Fue bastante tiempo. Un mes y medio ahí encerrados, pero con él enfrente. Entraban discípulos, hablaban con él, lo más normal. Decían: ‘es el camino que les está enseñando a los chicos’”.

Los abusos bajo el nombre de “ritos de iniciación” comenzaron cuando el joven cumplió los diecisiete años e incluyó que fuera obligado a tener relaciones sexuales con su propia madre y orgías con otros miembros de la secta, escenas que solían quedar grabadas. “Después de tener relaciones con ella sentía que la cabeza me iba a explotar”, admitió

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