Rozenmacher, el maestro de rosas

Se cumplieron cincuenta años de la muerte del gran escritor Germán Rozenmacher. Capitaliza su obra el cuento Cabecita Negra, pero toda ella merece y debe ser leída. 

El autor de Cabecita negra murió en Mar del Plata a los 35 años.

21 de Noviembre de 2021 08:30

En este 2021 se cumplieron cincuenta años de la muerte del escritor Germán Rozenmacher. Fue en la ciudad de Mar del Plata, en un departamento que había alquilado por un fin de semana para venir con su familia. Iba a hacer coincidir trabajo con algunos días de reposo familiar.

Rozenmacher fue un escritor prolífico. Sus textos fueron desde la dramaturgia, el periodismo y la narrativa. Escribió crónicas, aguafuertes,  reportajes y guiones para la televisión. Según el escritor y periodista Eduardo Pogorile, “Él entendía la literatura como un dolor. Al escribir, se quedó con las espinas, pero a sus lectores les entregó un perfume inolvidable”.

A pesar de una variada y fantástica obra, a Rozenmacher  se lo suele traer solo a mención de su cuento Cabecita Negra (cuento que por otro lado ya tuvo su versión en historieta y en formato televisivo). Su reconocimiento ha quedado limitado a ese cuento que suele leerse como una representación inversa de Casa tomada de Julio Cortázar. Uno de los motivos, aparte de la época, es que en él aparece la frase textual “La casa estaba tomada”.

En el cuento, el señor Lanari, dueño de una ferretería e hijo de inmigrantes, sufre de insomnio. Al escuchar un grito en la calle decide salir para ver qué pasaba. Se encuentra a una joven mujer, a la que denomina cabecita negra, llorando y tirada en la vereda. Aparece la policía y pretenden llevarlo detenido por perturbar el orden público, pero él responsabiliza a la mujer e invita al policía a su casa para tratar de arreglar el tema. A partir de las circunstancias, el señor Lanari se sentirá invadido por los “cabecitas negras”.

El autor de Cabecita negra murió en Mar del Plata a los 35 años.

“El relato de Rozenmacher es al mismo tiempo la radiografía semiparódica de un personaje típico. El pobre pequeño burgués avaro, conformista y reprimido, racista que ha abdicado de sus ilusiones y mantiene una relación nostálgica con la cultura… Una caricatura degradada del intelectual que se enfrenta con la violencia y la fascinación de los bárbaros” analiza Ricardo Piglia.

Pero Germán Rozenmacher es mucho más que solo ese cuento. Escribía en los márgenes del realismo y a caballo de la política y la literatura. Debemos sumarlo al grupo de Haroldo Conti, Miguel Briante y Daniel Moyano entre otros.

En la presentación de sus obras completas, editadas por La Biblioteca Nacional en 2013, Matías Raia argumenta: “En resumen, Rozenmacher y sus textos se inscriben en esta zona caracterizada por los tres elementos desarrollados: la escritura después del peronismo, una propuesta realista alternativa y una serie de figuras y tensiones de la época. La obra de Rozenmacher  se puede leer con una nueva mirada de aquella época que ni Walsh ni Cortázar abordaron”.

Rozenmacher era licenciado en Letras y maestro de hebreo. Logró un estilo de escritura donde los personajes tenían más espacio que los narradores, logrando que los hechos estén cargados de impresiones, subjetivados, y en un constante cruce de voces. Gran observador de las costumbres y formas de pensar de la clase media, revelaba siempre algo en sus textos.

Nació en 1936 y él mismo contó que en un examen de literatura inglesa con Borges analizaron su apellido y concluyeron en “Maestro de rosas”. Viajó a Mar del Plata enviado por la revista Siete Días, en la cual trabajaba, a realizar unas notas periodísticas. Según narran las crónicas, su mujer Amalia Chana Figueiredo y su hijo menor fueron al hospital para atender a este último. Germán se quedó en el departamento con su hijo mayor. Las crónicas también hablan de un “accidente doméstico” y otras mencionan una mala combustión de una cocina. Germán Rozenmacher murió con su hijo Juan Pablo la madrugada del 6 de agosto de 1971. Tenía 35 años.

Rozenmacher va más allá de Cabecita Negra. Vale, merece detenernos en la lectura y relectura de sus muchos textos: Réquiem para un viernes a la noche, Adiós al Mono, Cochecito, Los ojos del tigre, Simón Brumelstein, el caballero de Indias o cualquiera de sus escritos para la prensa.

Con buena literatura, Rozenmacher logró comunicar la vida de una época determinada. Logró representar la violencia sufrida y la existencia también. De alguien leí alguna vez (perdón pero no recuerdo de quién) el interrogante “¿Será la ficción una platea de la realidad?”. Quizás Rozenmacher pueda respondernos.

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