El escribiente

9 de Mayo de 2021 12:30

Lisboa y el encanto melancólico que reflejó en Pessoa

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Muchas ciudades tienen sus autores. Muchos textos tienen sus ciudades. Así como uno piensa en Buenos Aires al escuchar el nombre de Borges, o en Praga al pensar en Kafka, Lisboa tiene su nombre también. Uno que es muchos: Fernando Pessoa.

Suele existir una extraña e intensa relación entre ciudades y escritores. No solo porque son protagonistas directos en sus obras, sino porque también influyen directamente en la personalidad de cada uno. No es siempre evidente, pero existe. Suele uno darse cuenta cuando puede recorrer esa ciudad en sus textos o, bien, encontrar sus textos cuadra tras cuadra en esa ciudad.

“El vínculo de Pessoa con la vida pudo ser perplejo y hasta hostil, pero con su ciudad fue entrañable y total” dice Fernando Savater  en Lugares con genio (Sudamericana – 2013).

Fernando Antonio Nogueira Pessoa nació en una casa de la plaza lisboeta de San Carlos, cercana al teatro del mismo nombre, el 13 de junio de 1888.

Por razones familiares, pasó su adolescencia en la ciudad de Durban (Sudáfrica) y al volver a Portugal ofició de corresponsal comercial extranjero, editor, inventor, traductor, publicista y hasta astrólogo.

Lo más curioso de los hechos es que, después de aquellos nueve años de exilio sudafricano, como Sócrates de Atenas,  ya no abandonaría Lisboa, salvo en contadísimas ocasiones. Sin embargo, se apropió tanto del sentimiento de extranjería  que experimentó en Durban, que se convertiría en una constante de su vida.

Lisboa, la ciudad que imprime un gran sentimiento de nostalgia, es referencia permanente en su obra. Los miedos, sus pasiones, sus arrebatos y su nostalgia están centrados en la obra de Pessoa (así como los de la ciudad en él). Lisboa le debe a Pessoa haber entrado a la literatura universal convertida en una ciudad simbólica, como la París de Baudelaire, la Praga de Kafka o la Dublín de Joyce.

Su primera obra publicada fue, ¿casualmente?, una guía turística en inglés en 1925 y se llamaba Lo que el turista debe ver. Lo otro lo encontraríamos más adelante en sus letras.

Es así que, como él giraba en torno a la ciudad, luego ella giraría en torno a él.

Siempre tuvo que enfrentar problemas económicos y esto se tradujo en un constante cambio de domicilio, buscando ser exactos entre 30 y 40 veces. De hecho, al transitar la ciudad, uno se encuentra con muchas fachadas que se autoanuncian como domicilios del autor.

Savater sostiene que “Los pasos físicos y literarios de Fernando Pessoa dibujan el rostro de Lisboa”. Y es así.

Desde ese melancólico ambiente y hasta una provocativa y furiosa alegría se ven reflejados en sus textos.

Por ejemplo, dentro de sus espacios encontramos el café Martinho da Arcada, en el terreno do pasos,  muy cerca de la Plaza de Comercio. Este se ha convertido en una especie de monumento a su memoria. Pessoa lo frecuentaba, solo o con amigos, y ahora está repleto de fotografías suyas. Es más, está la mesa donde se sentaba resguardada  como muestra dentro de un ambiente de época.

Su intermitente noviazgo con Ofelia primero se extendió entre 1919 y 1921 y se reinició en 1929,  aunque solo por unos meses, ya que encontró su ruptura definitiva en ese  café. Cuentan que solían asistir al café Martinho da Arcada pero se sentaban en mesas separadas porque él no quería una compartida. Charlaban de mesa en mesa y se trataban de usted. Nunca se tutearon entre ellos. 

Sobre Lisboa señorea el hermoso Castillo de San Jorge. Uno encuentra desde ahí una de las vistas más maravillosas de la ciudad. Unos versos del Poeta lo evocan: “Otra vez vuelvo a verte, ciudad de mi infancia pavorosamente perdida, ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí…”.

Llegamos al barrio de Chiado, una especie de barrio de las letras de la ciudad. Quizás el más “pessoano” de todos los barrios. Cerca está el café A Brasileira, llegando a la Praça de Luís de Camões, donde vuelven a aparecer las estatuas que lo representan. De hecho, en el acceso al café, está la tradicional imagen del autor sentado con sus piernas cruzadas.

En el lugar, muchas voces aseguran que Pessoa contaba con el aprecio de los camareros de los tantos cafés que frecuentaba, así como el de muchos que jamás lo habían leído, pero lo reconocían (muy distinto al mundo intelectual que no lo valoraba en ese momento). A pesar de esto, también cuentan, visitaba muchos cafés, pero en realidad mucho no le agradaban porque en ellos no se podía tomar vino.

El río Tajo, aquel que baña  la ciudad de Lisboa y muchos confunden con un mar, era para Pessoa lo que el Nilo para Egipto. “El Tajo baja de España y el Tajo entra en el mar en Portugal… Por el Tajo se va al mundo”, lo reconoce en uno de sus poemas.

La casa donde vivió los últimos quince años de su vida hoy es un museo. En ella uno se encuentra con la habitación auténtica donde dormía y escribía Fernando Pessoa, con su biblioteca, con aquella cómoda donde escribía de pie en muchas ocasiones y con una copia del famoso arcón o baúl donde depositaba los manuscritos, de los cuales muchos aún no se han publicados. Él  dejó sus papeles ordenados en sobres o envoltorios debidamente etiquetados. Ese orden en gran medida se perdió, porque durante 30 años fueron manipulados y alterados por investigadores y editores. Recién en 1969 se inicia el inventario del legado y al concluir en 1972 deja fichado 25.426 originales.

El poeta Fernando Pessoa,  “el poeta impulsado por la filosofía” al decir del catedrático Miquel Uriondo. El poeta de la extraña melancolía, como la de la ciudad: “antigua y señorial” como dice el fado.

Se sabe que Pessoa se desdobló en diversos heterónimos. Estos no solo disimulaban su verdadera identidad, sino que les creaba una nueva. Una nueva personalidad para cada uno de ellos. No eran seudónimos, eran poetas distintos a él. Siempre dijo que  a esos “otros” había que leerlos como poetas independientes. Íntimamente relacionados entre sí, pero  soberanos. Reis como Campos y Pessoa mismo, por ejemplo, eran discípulos de Alberto Caeiro.  En Tensiones filosóficas (Sudamericana – 2001), el filósofo Tomás Abraham sostiene: “Decir que Pessoa dijo todo de sí merece una aclaración. Pessoa dijo algunas cosas de sí, pero otras las dijo Campos. Otro que habló de Pessoa fue Ricardo Reis. Caeiro nada dijo de Pessoa, pero conversó con él, lo sedujo y frenó su ansiedad inquisidora. Antonio Mora poco dijo de Pessoa, pero le dijo algunas cosas, imaginamos, cuando éste lo visitó en el manicomio en el que impartía su sabiduría pagana. Alvaro do Campos y Ricardo Reis discutieron entre sí menospreciando con humor a Pessoa, alentados por cierto celo y por su proximidad con el maestro común: Alberto Caeiro. Pessoa a duras penas entraba en el círculo de los discípulos de Ribatejo, su inconstancia, ciclotimia, confusión habitual, disminuían su presencia que los apóstoles de Ribatejo evocaban como la de un deambulador perdido de Lisboa. Un lisboeta ocultista,  nacionalista monárquico un sebastianista racional, como Pessoa se definía a sí mismo”.

Pessoa y el resto, como los mejores analistas de la subjetividad humana. Aquellos que se encargan de señalar dónde se esconden los mundos, donde nacen los vínculos con uno mismo o con el sentir de una ciudad.

Su biografía es gris y rutinaria, pero los testimonios coinciden en que superada la timidez era un tipo divertido y muy social. Con una mirada que alcanzaba todo y a todos. Alguien a quien le interesaba, más que nada, la búsqueda en sí mismo.

Fernando Pessoa murió en 1935,  a los 47 años. Está enterrado en el Monasterio de los Jerónimos, en su ciudad de Lisboa. Probablemente murió de cirrosis hepática, aunque también se ha pensado en una enfermedad pulmonar, ya que fumaba y bebía mucho.

Él dijo, “Si después de mi muerte queréis escribir mi biografía, no hay nada más sencillo. Tiene solo dos fechas: la de mi nacimiento y la de mi muerte. Entre una cosa y la otra, todos los días son míos”.

George Steiner dice que “Pessoa es uno de los gigantes evidentes de la literatura moderna. Leerlo es entrar en mundos fascinantes y urgentes”. Como recorrer la bella y melancólica Lisboa. Como encontrarse uno mismo en algún fragmento del  Libro del desasosiego.

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