Cynthia Wila y la trampa de la culpa: "Los humanos pagamos con nuestro deseo, y ese es el pago más terrible"

En su nuevo ensayo, La culpa. Esa voz, Cynthia Wila combina psicoanálisis y literatura para desentrañar las deudas simbólicas que ahogan nuestra libertad. Un mapa imprescindible sobre el Superyó, la vergüenza y el desafío de no ceder ante el propio deseo para complacer al Otro.

La única culpa real es haber cedido en el propio deseo para complacer las expectativas del Otro.

11 de Octubre de 2026 10:23

Según Nietzsche, la culpa no es un sentimiento moral ni una falencia del alma, sino el resultado histórico de una relación de deuda basada en el castigo. En la Genealogía de la moral, explica que la "culpa" (Schuld) nace directamente de la "deuda" económica (Schulden) entre acreedor y deudor. La "mala conciencia" aparece cuando las normas sociales impiden exteriorizar la agresividad natural: al no poder salir, el instinto de crueldad se reprime y se voltea contra uno mismo.

Para Jean-Paul Sartre, la culpa no nace de un orden divino ni de un pecado previo, sino de la experiencia radical de la libertad. Al estar "condenados a ser libres", carecemos de excusas: cada persona es responsable absoluta de sus actos. La culpa existencial aparece cuando sentimos el peso insoportable de nuestras decisiones y la mirada de los demás, "el infierno son los otros", descubriendo con angustia que pudimos elegir otra cosa, pero elegimos lo que elegimos.

Baruch Spinoza sostiene algo interesante. Él consideraba que la culpa es una forma de tristeza. Aseguraba que la culpa no es una virtud moral, sino un afecto triste que disminuye nuestra potencia de obrar y amortigua nuestra energía vital. A diferencia de las pasiones alegres, que potencian nuestra capacidad de actuar y entender el mundo, la culpa y el arrepentimiento nos paralizan en la impotencia. En lugar de someterse al castigo o al lamento, la ética racionalista de Spinoza propone reemplazar la condena por la comprensión: entender las causas de nuestros actos para recuperar la libertad y la fuerza a través del conocimiento.

Cynthia Wila acaba de presentar La culpa. Esa voz (Paidós - 2026), un ensayo donde, con la agudeza del psicoanálisis y una sensibilidad literaria única, explora los pliegues de la culpa para transformar un sufrimiento evitable en comprensión. Nutrido por el arte y la filosofía, La culpa. Esa voz se despliega como un libro brújula, valiente y conmovedor, cuya prosa incisiva nos invita a escuchar esa voz interior: el murmullo que señala nuestras faltas o el susurro que enseña a perdonarlas.

"La culpa tiene como un doble juego. Nosotros estamos inmersos en una cultura y, ya desde la entrada a ella, nos dejan una deuda con el Otro. ¿Por qué? Porque dependemos de un otro, porque nos nombra un otro, porque nos hizo entrar al mundo un otro. El otro no solo en el sentido de papá, mamá o quienes nos crían, sino en el sentido del mundo, el lenguaje, la cultura, la sociedad, la religión, la moral, las prohibiciones: el gran Otro, como decimos nosotros. Entonces, cuando somos chicos, estamos imbuidos de esos mandatos, empezando por los religiosos, la culpa judeocristiana. Así, ya en los mandatos religiosos tenemos la voz que nos acusa, que inclusive nos acusa por desear. Ni siquiera solo condena los actos, sino también el hecho mismo de desearlos: no codiciarás, no te enojarás. El que se enoja será culpable, el que desea ya está pecando en su corazón. Todo este conglomerado de enunciados bíblicos que vienen con la cultura ya nos instala en un lugar de deuda. La deuda tiene que ver con la culpa. De hecho, en alemán, el término Schuld designa tanto deuda como culpa. Luego iremos creciendo dentro de esta cultura y dentro de determinadas familias o contextos en donde habrá prohibiciones y exigencias, nosotros los llamamos mandatos, que en principio estarán afuera y, a medida que crecemos, se irán internalizando. Una voz acusadora de la que a veces queremos huir, pero que la terminamos internalizando", comienza diciendo la autora del ensayo La crueldad, aparecido en 2025.

—¿Saber, pensar o estudiar teóricamente cómo funciona la culpa te ayuda de alguna manera a frenar a tiempo o terminás cayendo siempre en sus redes?

—Te ayuda porque empezás a escuchar tus voces internas sin tanta amplitud. Lo que a mí me gusta pensar, e incluso trabajar con los pacientes, es que la culpa es una voz interna que nos acusa: una voz severa que nos denigra y nos incita a ir por más en el dolor. Ese es el costado destructivo de la culpa. A mí me gusta pensar que a esa voz le podemos bajar el volumen e identificar el andamio que la sostiene. Es decir, ¿dónde se gestó este lugar culposo que nos acusa para poder asignarle la culpa a los verdaderos culpables? Y también responsabilizarnos nosotros de las cosas que debemos tener en cuenta con relación a nuestros actos, a nuestras imposibilidades, a nuestras inhibiciones y a nuestras cuestiones sintomáticas. Porque de lo que se trata en realidad, sobre todo en un análisis, es de no ceder tu deseo por culpa, porque la culpa inmoviliza el deseo: te estanca, te retiene, te abruma y te entierra. Es lo contrario al camino de la vida, de la libido, de la apuesta y del proyecto.

Lejos de ser un simple arrepentimiento, la culpa opera como un mecanismo de dominación que nos aprisiona en deudas simbólicas y castigos inconscientes que ahogan el deseo. La autora distingue entre un Superyó normativo, que vela por la ley, y uno destructivo que empuja al exceso, al tiempo que diferencia la culpa, centrada en reparar el acto, de la vergüenza, que hiere al ser y busca el ocultamiento. Al final, superar esa parálisis exige no el olvido, sino asumir la propia responsabilidad: la única culpa real es haber cedido en el propio deseo para complacer las expectativas del Otro.

"La culpa te exige más, siempre te exige más. Es lo que nosotros llamamos goce, el goce superyoico: te exige más destrucción hasta que termina matándote. Y la gravedad de esto es que, si no estás un poco anoticiado de tu goce, de tu forma de gozar, de esta exigencia de autopunición en la que termina todo sentimiento de culpa cuando es excesivo y no tiene límite, estás en riesgo. Están en riesgo no solo tus afectos y tu deseo, sino también tu vida", aclara Wila.

—Quiero ir hasta la parte del libro donde analizás el mandato "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". ¿Por qué ese imperativo funciona en la psiquis como un mandato imposible cuyo costo inevitable es la culpa?

—Estos primeros relatos bíblicos que resumen de algún modo el sentido de la vida, y que se transforman en la ley que rige desde el comienzo adoptando la forma de mandato, son los que generan el sentimiento de culpa instalado desde el origen en nuestra cultura y establecen condiciones de sufrimiento para vivir: parirás con dolor, ganarás el pan con el sudor de tu frente, polvo eres y al polvo volverás, no deberás codiciar (es decir, no deberás desear porque serás condenado, serás culpable). Y el otro es "Amarás a tu prójimo como a ti mismo", algo de imposible cumplimiento y totalmente cuestionable. Freud, apuntando a la libido, decía que no tenemos por qué amar al otro como a nosotros mismos: primero, porque no se ha ganado ese derecho, segundo, porque no todos los humanos merecen ser amados. Y Lacan va un poco más allá y apunta a la pulsión de muerte, a esta agresividad constitutiva que tenemos, que dice que hay una parte de nosotros que se odia a sí misma. Si no, no estaríamos siempre tratando de destruir las cosas que construimos, sintiéndonos culpables si algo nos sale bien o sintiendo que no merecemos algunos lugares, por lo que no intentamos determinadas relaciones o proyectos. Es decir, hay una parte destructiva en nosotros. Entonces, lo que dice Lacan es que, si amo al otro como a mí mismo, compartiré esa tendencia a lastimarnos. Lo interesante es pensar cómo estos mandatos siempre ponen el temor por encima del amor, incluso la renuncia al amor y a su compañero, el deseo, para dar lugar al miedo y a su consecuencia, la culpa. Pero fíjate cómo estos mandatos van impregnando, casi como una mancha de petróleo, los dichos populares: se meten en el discurso cotidiano y aparecen, por ejemplo, expresiones como "Primero el deber, después el placer" o "Cada uno carga con su cruz".

Secuestrado por mandatos ajenos, el deseo humano genera culpa ya sea por responder al propio impulso o por fallar a las expectativas del Otro. Pero liberarse no implica erradicar la culpa, sino atravesarla. Es el camino pasa por asumir una "ética del deseo": dejar de actuar como objeto de los mandatos familiares y sociales para volverse un sujeto capaz de responsabilizarse de sus elecciones.

—Parece que el tema a pensar siempre es el "Otro"...

—Yo te diría que el gran tema acá es el "Otro internalizado". El Otro tiene una voz y unos ojos que después nosotros internalizamos, y nos miran y nos hablan desde adentro. Y esos ojos están a la espera: esperan que paguemos. Y los humanos pagamos con nuestro deseo, y ese es el pago más terrible.

—¿Y si nos quedamos sin deseos? Schopenhauer diría que caemos en el tedio o encontramos la salvación filosófica al darnos cuenta de lo ilusorio del mundo. Y Aristóteles diría que ahí debería aparecer la esperanza, o esa manera hermosa que tenía él de llamarla: "el sueño de los despiertos"...

—Y parecería que no está tan mal, ¿no? Digo, si no tenés esperanza, lo único que hacés es escuchar esas voces torturantes que te dejan en un lugar inmóvil. Me parece que la esperanza no está tan mal: "el sueño de los despiertos", me parece hermoso eso también.

Wila nos enfrenta a una verdad tan incómoda como liberadora: la culpa no es un destino biológico, sino el peaje que pagamos por traicionar nuestro propio deseo para no defraudar la mirada del Otro. La gran lección del libro es que el verdadero coraje no consiste en complacer las exigencias de un tribunal interno insaciable, sino en atreverse a desobedecerlo. Su propuesta resulta ser un manifiesto existencial urgente: bajarle el volumen a las voces oscuras del Superyó y asumir que sanar no es borrar las cicatrices, sino habitarlas. Cynthia Wila logra transformar el peso del autorreproche en una apuesta ética radical: recordar que la única falta imperdonable es haber cedido en lo que verdaderamente somos. Despojarse del corsé de la culpa no significa anestesiar la vida, sino reparar sus grietas con hilos de oro para comprender, de una vez por todas, que no nacimos para pedir perdón por existir.

 

 

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