Esa crueldad con la que convivimos desde siempre
Cynthia Wila acaba de presentar su nuevo libro: La crueldad. El origen de lo humano, un ensayo que permite y ayuda a pensar el mundo y las relaciones. Desde las grandes cuestiones de la historia hasta las “microcrueldades” diarias que arrastran el sentido de lo humano.
Desde siempre, la crueldad ha sido una de las manifestaciones más inquietantes de la condición humana. Definida por algunos pensadores como la inhumanidad y la impiedad en los actos, la crueldad no solo se expresa en la violencia física, sino también en la indiferencia, el abuso de poder y la manipulación emocional. Filósofos como Michel Foucault han analizado la crueldad en relación con el poder y el castigo, señalando cómo las sociedades han utilizado el sufrimiento como herramienta de control.
Por otro lado, en la literatura, la crueldad también ha sido un tema recurrente. Desde los tormentos descritos por Shakespeare en Macbeth hasta la brutalidad psicológica en Los hermanos Karamázov de Dostoyevski, los escritores han explorado la capacidad humana para infligir dolor, muchas veces como reflejo de estructuras sociales opresivas.
Esta introducción responde a la lectura del nuevo libro de Cynthia Wila: La crueldad. El origen de lo humano (Paidós – 2025). En este, la autora explora la crueldad desde una perspectiva filosófica y psicoanalítica, pero sin olvidar que su comprensión puede ayudarnos a reflexionar sobre la ética y la naturaleza humana, así como su reconocimiento en los actos cotidianos.
“No sé si todo el mundo se pregunta por la crueldad; yo creo que está como muy a la vista de todos, pero no sé si hay una real conciencia de la crueldad que nos avasalla desde afuera y de la crueldad que nos empuja desde adentro. Por eso quizás me animé a escribir este libro, porque me parece que hay que tomar conciencia no solo del imperativo de la época, que más tiene que ver con ser feliz, la satisfacción inmediata, conseguir lo que querés, sino realmente con cuestiones que son bastante abrumadoras y que tienen que ver con la agresividad que se pone de manifiesto, sobre todo en toda esta red tecnológica que nos avasalla y nos engloba”, comienza diciendo Cynthia Wila sobre el porqué de su obra.
Pero las ideas y el contexto van aún más allá. Por eso es interesante pensar, durante el proceso de lectura, en un sistema capitalista que es totalmente perverso y que nos empuja constantemente a estar uno sobre otro en pos de algo, aunque no se sepa exactamente qué es.
Wila agrega: “El humano tiene aristas que tienen que ver con esta pulsión de muerte que viene con nosotros, esta energía salvaje que nace con nosotros y que tiende a destruir o a destruirnos. Y, en personas que no aprendieron a desarrollar la capacidad de la empatía o del amor, esta energía suele transformarse en actitudes crueles, primero con el entorno, con la pareja, con amigos, con subordinados, en relaciones laborales y luego, y lo que sería aún más cruel, con uno mismo. Nosotros somos muy crueles con nosotros mismos, sostenemos lugares de dolor, buscamos el dolor, buscamos el más allá del placer y eso los animales no lo hacen”.
—Ahora, más allá de esta actitud animal, ¿los humanos, por el contrario, necesitan deshumanizar al otro o a uno mismo para ser crueles?
—Es muy interesante la pregunta. Yo creo que la necesidad de deshumanizar o de cosificar al otro tiene que ver con crueldades muy excedentes, con matanzas en donde la tecnología está al servicio de la muerte, como sucedió por ejemplo en el Holocausto o en tantas otras matanzas, incluso hoy en día. Entonces, me parece que ahí sí ponemos al humano en el lugar de la cosa; Martha Nussbaum decía: ‘No hay necesidad de nombrar una cosa como cosa porque la cosa es una cosa’, pero ya cosificar a un humano es quitarle su esencia, su carácter de humanidad, y ahí está el problema. Me parece que en estas cuestiones de asesinatos masivos de la tecnología puesta al servicio de la muerte, como decía Adorno, me parece que ahí sí hay una necesidad de objetivar al sujeto, de convertirlo en objeto, y muchas veces cuando nosotros hablamos de crueldades con uno mismo, muchas veces también nos quitamos el carácter de sujetos; digo, cuando nosotros estamos a merced de la agresión del otro, por ejemplo, en alguna pareja o en algunos ámbitos como pueden ser laborales, amistosos, y nos ofrendamos a la agresividad, a la crueldad, al menosprecio del otro, también nos estamos colocando en un lugar de objeto y dejamos de lado nuestras emociones e incluso nuestros deseos.
La lectura me llevó a pensar en los escritores rusos como Dostoyevski o Tolstoi. Estos, en sus obras, muestran cierta crueldad en los protagonistas, pero en muchos casos uno podría decir que casi como producto de la atmósfera cruel en la que se desenvuelven. Jugando con esto, pienso mientras leo el libro de Wila, sobre si la crueldad, pulsión de muerte mediante, se puede despertar en el sujeto a raíz de esa atmósfera cruel en la que se encuentra. La autora explica: “Vos sabés que Freud hablaba de la identificación de las masas. Entonces, hay una cuestión humana que tiene que ver con la identificación y en masa pasa más desapercibido. Lo hacemos todos. ¿Cómo me voy a quedar afuera? ¿Cómo voy a ser distinto? Y, además, si la masa abre la agresión, si la masa abre el salvajismo, es muy contagioso. Ese es el peligro, que el salvajismo es contagioso, mucho más que la bondad; miremos el mundo y nos vamos a dar cuenta”.
—Es un gran tema para pensar, ya que también tenemos para poner como elemento que la humanidad ha sido una raza cargada de ideas religiosas. Se supone que ahí las masas iban detrás de una idea de bien, pero, como decís, siempre fue más el salvajismo o la crueldad…
—Sucede que con las ideas religiosas tenemos un problema, que es que los dioses que proponen la religión, incluso los de la mitología, son muy crueles. Entonces, ya desde las ideas religiosas, por supuesto escritas por humanos, hay una propuesta cruel en función de creer, adorar, respetar siempre bajo términos o premisas que son de una crueldad que asusta. Siempre el imperativo...
—Claro, el Dios del Antiguo Testamento es muy cruel…
—Sí, y es tremendo el Dios que aparece por la boca de Jesús en el Nuevo Testamento. Nadie queda a salvo porque siempre está bajo la lupa del pecado.
—Sería como: hay un nuevo contrato entre nosotros, pero recuerden que yo soy aquel también…
—Claro, entonces, me parece que estar todo el tiempo bajo una lupa que, si vos no actuás de determinada manera te van a castigar, estás infringiendo la ley, estás pecando y vas a ser castigado y luego tendrás que perder el paraíso e irte al infierno, eso también son mandatos, premisas y dogmas terriblemente crueles. Ahora, en los preceptos bíblicos también hay bondad. Entonces, tomemos eso, tomemos la bondad de los preceptos bíblicos para los creyentes, tomemos la bondad de los actos nobles para los no creyentes, tomemos una ética que tenga que ver con quién quiero ser en el mundo y cómo quiero ser, si quiero que me importen los demás o ser un egocéntrico y mirarme solo a mí, que en su caso también estaré en muchos momentos en lugares crueles conmigo; tomemos una estética de quién quiero ser, una estética más al modo de los griegos, en relación a la persona noble, a la persona empática…
—Como decían los griegos, hospitalaria con ese otro que no conozco…
—Exactamente, en definitiva, más humano.
—En algún momento planteaste que la llegada de la IA es un nuevo golpe al ego de la humanidad, como el descubrimiento de que la Tierra no es el centro del universo, que el ser humano es un eslabón más en la cadena evolutiva y que la mente humana no es completamente consciente ni controlable. Es decir que algo, ahora, nos supera en tiempo para resolver una situación y que guarda mayor cantidad de información que la que almacenamos los humanos y hace relaciones más rápido también…
—Para mí, nos quedaba el privilegio de la inteligencia, de la intuición, de la creatividad; lo particular de lo humano es lo imprevisible, lo que hace que alguien le diga a otro: “No me esperaba esto de vos” o “¿Por qué decís esto? ¿Por qué haces tal cosa?”. Y me parece que vinimos nosotros a infringirnos a nosotros mismos, como humanidad, nos vinimos a destronar una vez más, nos destronamos de este lugar de privilegio que teníamos. Inventamos máquinas a las que le adjudicamos un saber llamado inteligencia que es muy peligroso porque, para algunas cosas me parece que está muy bien, por ejemplo, para los avances científicos, para descubrir algunas cosas con relación a enfermedades o etiologías que no tenemos hasta ahora conocimiento, pero ojo, tengamos cuidado con poner nuestras emociones en manos de una máquina que no tiene sensibilidad ni tiene sorpresa, ni tiene música ni tiene la posibilidad de subjetivar, es decir, de hablarle uno a uno, de leer las cuestiones inconscientes, de entender el entramado emocional con relación a la historia de cada sujeto; ojo con eso.
—Por último, quería preguntarte por la relación entre la crueldad y el poder, sobre todo ese poder que se cree que se tiene sobre los animales, por ejemplo, y que permitiría ser crueles con ellos…
—Bueno, si nosotros partimos de la premisa de que la pulsión de muerte está en el origen de lo humano y que a veces toma ribetes crueles con nosotros y con los propios humanos, imaginate en una relación de poder donde tenemos el privilegio de la inteligencia por sobre el animal; imaginate cómo no vamos a ser crueles sintiéndonos más poderosos que ellos. Somos crueles con los animales, somos crueles con la naturaleza, somos crueles con nuestro propio planeta. Entonces, la crueldad, el salvajismo, la destrucción se ve en el lugar doméstico más íntimo, en nuestra casa y en la casa en la que vivimos y habitamos que es nuestro planeta. Entonces, me parece que está todo dicho.
Wila dice: “Se puede renunciar a la crueldad en función de la belleza”. Y Ernesto Sabato, quien es citado en el libro, sostiene: “Lo admirable es que el hombre siga luchando y creando belleza en medio de un mundo bárbaro y hostil”. Quizás ahí radica el origen de lo humano: en eso que es sabido, pero que al menos todavía puede encaminarse hacia otro lado, hacia un mundo donde su destino no sea el perderse violentamente, sino el encontrarse con los demás.
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