Río de Janeiro, de Diego Cano: la tensión de la escritura y la reinvención del mapa urbano

Río de Janeiro, la nueva novela de Diego Cano, despliega una potente cartografía urbana donde la oralidad, la búsqueda existencial y la madurez expresiva se amalgaman. Una obra que elude el exotismo tropical para explorar la tensión del lenguaje, la identidad y el desvarío.

Uno de los logros principales de la novela es que no ignora la escenografía emblemática de Río, pero las despoja drásticamente del sesgo publicitario.

18 de Octubre de 2026 10:31

Hay novelas que responden a un plan prefijado y otras que avanzan al ritmo de su propia intuición, que se construyen en la tensión misma de la escritura, en el riesgo de no saber exactamente hacia dónde conduce el siguiente párrafo. Río de Janeiro (Editorial Mansalva – 2026), la más reciente novela de Diego Cano, pertenece sin duda a esta última estirpe: una obra donde la oralidad, el pulso del idioma y el fracaso existencial trazan una cartografía urbana distanciada de cualquier cliché del paisaje tropical.

“Es una novela que me costó mucho esfuerzo, pero en el buen sentido, no el esfuerzo de que te ejercés alguna presión o no lo podés sobrellevar, sino en el sentido de que le dediqué mucho. Y creo que eso tiene el costado bueno de que estoy satisfecho, muy satisfecho con el resultado. Me deja la vara un poco alta para lo próximo”, reflexiona el propio autor sobre lo que fue el proceso creativo y el compromiso invertido en la construcción de la obra.

El espacio como fuerza viva y la cadencia del idioma

Uno de los logros principales de la novela es que no ignora la escenografía emblemática de la ciudad, están la favela, Ipanema, el Cristo Redentor y los morros, pero los despoja drásticamente del sesgo publicitario. El espacio no es un marco pasivo, es una fuerza viva, casi mítica, en consonancia con la gran tradición narrativa brasileña de João Guimarães Rosa, donde la naturaleza cobra voz e interpela directamente a los hombres.

Por otro lado, se destaca el minucioso tratamiento del lenguaje. El portugués no ingresa a la trama como una ornamentación folclórica ni como un mero recurso pintoresco, sino como una cadencia orgánica que se amalgama al castellano sin fracturar el ritmo narrativo. Resulta inevitable remitirse a la tradición de Manuel Puig, especialmente a la porosidad de Sangre de amor correspondida, por esa destreza para incorporar la polifonía de la calle y la respiración del portugués hablado.

Al indagar sobre esta fluidez y la ausencia de una mirada extranjerizante o turística, Cano despeja las claves de su relación previa con el territorio: “Yo viví en San Pablo dos años y viajé mucho ahí. Entonces quizás eso sale más fácil, vamos a decir, porque está como incorporado... Mi preocupación casi central te diría que era no hacer una cosa exótica, una cosa de turista. Y al mismo tiempo querer ambientar sin estar diciendo todas las cosas cliché y prototípicas de Río de Janeiro. En eso el lenguaje cumplía una función muy importante, porque me obligaba a equilibrar y, por tanto, tratar de ver si podía poner en escena al lector”.

La melancolía de João y la deriva de las capas narrativas

El protagonista, João, encarna la figura del antihéroe o del personaje trágico al que “todo le va mal”. Lejos del mecanismo clásico del policial, la novela se desplaza hacia un terreno cabalmente existencial, permeado por la angustia y el vacío que resuenan en la poesía de Vinicius de Moraes (como en su célebre soneto del Café Lamas). João habita un estado de incertidumbre permanente: bordea el insomnio, la embriaguez y el desvarío, desdibujando la frontera entre la vigilia y el trance, al punto de ignorar si los morros que le hablan son producto de su propia disolución interior.

Frente a la indagación sobre el destino de sus criaturas, Cano confiesa un método donde el juego y la sorpresa priman sobre la intención previa: “Te digo la verdad, no sé qué hace João, porque como voy inventando sobre el momento cuando voy escribiendo. No le puse intención, aunque sé que después, si la vuelvo a releer, tiene una intención. A mí se me ocurre ir jugando. Sí hay un poco de intención de jugar con la imagen del doble cuando lo fusiono con Jingú. Por eso no le puedo dar una entidad mayor que la de irme sorprendiendo mientras lo voy haciendo”.

Puentes culturales y madurez expresiva

Existe también en Río de Janeiro un gesto de justicia literaria. La literatura argentina ha mirado con frecuencia con desdén hacia la monumental producción de sus vecinos brasileños, reduciendo su vasta cultura al ámbito de la música popular. La novela de Cano funciona, en esa línea, como una solapada antología de lecturas y filias personales que busca restituir esa riqueza.

En comparación con sus trabajos previos, donde el detalle minucioso o la matriz policial (La verdulería) marcaban el compás, Río de Janeiro evidencia un claro cambio de piel y una búsqueda de madurez expresiva. Cano asegura que: “Quizás estoy madurando como escritor. Creo en eso un poco, que uno va aprendiendo. No es que no me guste la descripción previa, pero el libro tiene otro nivel de capas. Creo que acá voy de a poco incorporando más cosas y jugando con cosas nuevas. Uno de los miedos que tengo es repetirme mucho. Entonces, ¿cómo hacer algo nuevo dentro de lo que uno mismo quiere hacer? Ahí se genera una tensión que creo que está planteada en esta novela”.

En definitiva, Río de Janeiro se sostiene en ese equilibrio inestable entre la naturaleza desbordante y la fragilidad humana. Una novela de lenguaje trabajado al detalle, que esquiva las trampas del exotismo para ofrecer, en cambio, una reflexión profunda sobre la identidad, el doble y el extravío en la gran ciudad.

Río de Janeiro es una novela que no solo reconfirma la potencia imaginativa de Diego Cano, algo a lo que ya nos tiene acostumbrados, sino que también da cuenta de la evolución de un escritor que rehúsa acomodarse y siempre apuesta a más en sus textos.

 

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