Un médico y su paciente, un reclamo cargado de furia y un crimen que paralizó a toda la ciudad

Una llamada desesperada, un reclamo que cruzó la línea del dolor y tres disparos que rompieron la noche. Era el año 1957 y, tras los hechos, el asesino desapareció sin dejar rastro durante once meses, hasta que se entregó con su abogado y confesó el crimen de uno de los médicos más respetados de la ciudad.

En 1957, Mar del Plata perdía a uno de sus profesionales de la salud más reconocidos.

25 de Octubre de 2026 17:13

El reloj marcaba las diez y veinte de la noche de aquel sábado de octubre de 1957. Dentro del Sanatorio 25 de Mayo, el silencio nocturno se quebró con un sonido seco, metálico y definitivo. Tres detonaciones. En el suelo del consultorio número 4, la vida de un médico se apagaba de golpe. Mar del Plata perdía a uno de sus profesionales de la salud más queridos y comenzaba una historia oscura que sacudiría los cimientos de la comunidad.

Dos hombres, un destino cruzado

Por un lado, estaba la víctima. A sus 39 años, el doctor Ramón E. Varela era una figura central de la ciudad. Gastroenterólogo prestigioso, fundador del propio sanatorio donde encontraría la muerte, jefe de servicio en el Hospital Mar del Plata, presidente del Colegio Médico y referente de la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP). Pero, por sobre todas las cosas, era un médico de vocación inquebrantable: atendía gratis a sus amigos y a los desamparados.

Del otro lado, el hombre que apretó el gatillo. José "Chocho" Micalizzi, un comerciante gastronómico de 37 años vinculado al clásico restaurante familiar Chichilo, El Mago del Chupín. Varela era médico de la familia y un conocido de años.  

El detonante: la sombra de la duda

Semanas antes, la madre de Micalizzi había enfermado. Tras una atención inicial y Debido a un viaje programado por Varela a Buenos Aires, la paciente quedó a cargo del doctor Rodríguez Leiro. Ante la ausencia de mejoras, se recomendó su internación en el sanatorio 25 de Mayo. A los pocos días la mujer falleció a causa de un coma diabético.

El dolor se transformó rápidamente en sospecha y Micalizzi Convencido de que a su madre le habían administrado un medicamento desaconsejado para la diabetes, se negó rotundamente a pagar los gastos de análisis clínicos y químicos de la internación.

El conflicto económico y el duelo mal curado crearon una combinación perfecta para la tragedia.

La cita fatal

El sábado 5 de octubre, la tensión llegó al límite. Desde la cocina de un almacén barrial, ubicado en la esquina de Olazábal e Ituzaingó, Micalizzi llamó por teléfono a la casa de los Varela mientras la familia cenaba. Exigió hablar con el médico.

Aunque el profesional le sugirió atenderlo el lunes con más calma, la insistencia y el estado de nerviosismo del comerciante llevaron a Varela a citarlo esa misma noche, a las 22:00, en el sanatorio.

Se encontraron en el consultorio número 4. Varela lo examinó e Inicialmente, lo evaluó y le recetó calmantes para atenuar su estado de alteración. Sin embargo, la conversación derivó rápidamente en un tenso reclamo por los gastos impagos de los análisis.

El médico le reclamó de frente su negativa a abonar la cuenta pendiente y Micalizzi, acorralado por su propio resentimiento, le exigió explicaciones por supuestos comentarios sobre la muerte de su madre.

Según los testimonios que luego se dieron en la justicia, Varela caminó hacia la ventana, suspiró con cansancio y soltó una frase que no cayó bien en Micalizzi.

Sin mediar más palabras, A las 22:20, Micalizzi metió la mano en el bolsillo de su abrigo, extrajo un revólver calibre 38 y disparó al menos tres veces. Dos proyectiles impactaron de lleno en el cuerpo de Varela, uno en la parte baja de la espalda y otro en el pecho, provocándole la muerte de forma casi instantánea.

La fuga y el laberinto de la culpa

El homicida huyó por una puerta lateral del sanatorio, caminó cincuenta metros hasta el bar Pablito, en la esquina de España y 25 de Mayo, y entró al baño. Allí encontró a su amigo Ricardo Pardo, a quien le entregó el arma envuelta en un estuche balbuceando la confesión de los hechos.

Minutos más tarde, intentó buscar refugio moral en su propio entorno familiar. Dejó el bar y se dirigió al comercio de su familia donde le confesó también a su tío que creía haber herido al médico y que quería entregarse. Sin embargo, en lugar de hacerlo, eligió el camino de la clandestinidad. Permaneció oculto durante once largos meses, escondido en la casa de una hermana y en Buenos Aires.

Un eco que trascendió los tribunales

En las primeras 48 horas tras el homicidio, el juez del crimen Carlos Cortinez Quiroga y los investigadores policiales tomaron declaraciones a la telefonista, enfermeras, familiares de pacientes internados y a la viuda de la víctima. Gracias a esos testimonios, la policía logró reconstruir el hecho e identificar formalmente a Micalizzi como el autor.

Durante los meses siguientes se desplegaron intensos operativos, escuchas telefónicas y allanamientos que incluyeron pistas falsas, incluso, en noviembre de 1957, la policía detuvo por error a un empleado del Casino al confundirlo con el prófugo.

El 19 de agosto de 1958, arropado por su abogado, Micalizzi se presentó ante el juez Horacio D'Angelo para confesar su crimen.

Durante el juicio llevado a cabo en octubre de 1958, el fiscal Carlos César Pascual solicitó una pena de 18 años de prisión, argumentando el agravante del vínculo de amistad que unía a las familias. Micalizzi fue condenado y enviado a cumplir su sentencia en los penales de Dolores y Sierra Chica.

Tras diez años de encierro, en 1967 obtuvo la libertad condicional por buena conducta. Gracias a la generosidad de su tío Floro Biondelli, se reinsertó laboralmente en el restaurante Chichilo. Su vida terminó a mediados de los años 70, a causa de una enfermedad terminal.

Por el otro lado, el consultorio N° 4 del Sanatorio 25 de Mayo permaneció cerrado durante un largo tiempo tras el trágico episodio. Años más tarde, las autoridades del establecimiento colocaron una placa de bronce en la biblioteca del sexto piso para rendir homenaje permanente a la memoria del médico y dirigente marplatense.

 

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