El arquitecto del Teatro Colón: la nueva novela de Daniel Balmaceda

La novela de Daniel Balmaceda, El arquitecto del Teatro Colón, reconstruye con rigor histórico y pulso de true crime la vida de Vittorio Meano, el genio italiano que diseñó dos monumentos argentinos antes de morir trágicamente a los 44 años. 

"A través de la vida de Meano podemos observar qué significaba levantar obras destinadas a representar a toda una nación", sostiene el autor.

1 de Noviembre de 2026 11:21

“Llegué a Vittorio Meano por el Teatro Colón y enseguida descubrí que detrás del arquitecto había una historia extraordinaria. Un joven italiano que abandona Turín, llega a Buenos Aires, termina al frente de dos edificios monumentales y muere asesinado a los cuarenta y cuatro años. Pero la novela apareció cuando conocí la historia de Luigia. Ahí comprendí que tenía mucho más que la vida de un arquitecto”, sostiene Daniel Balmaceda al hablar sobre su tercera novela El arquitecto del Teatro Colón (Sudamericana – 2026).

Con una rigurosa reconstrucción de época y el ritmo envolvente del true crime, Daniel Balmaceda rescata la vida íntima y la dimensión humana de una pareja atrapada entre el deseo y el escándalo, y reconstruye el final de un genio que murió asesinado a los 44 años, antes de ver inauguradas las cúpulas y salas que inmortalizaron su nombre.

- ¿Cómo trabajaste la carpintería del texto para que la densidad historiográfica no detuviera la fluidez del suspenso policial?

—La investigación fue enorme, pero el lector no tiene por qué cargar con todo lo que investigué. Mi trabajo consistió en decidir qué información hacía avanzar la historia y cuál debía quedarse afuera. El suspenso ya estaba en los hechos: había que administrarlo. Y en este caso había un desafío adicional, porque la vida de Vittorio Meano reúne circunstancias que parecen imaginadas por un novelista. Pensemos en un joven arquitecto italiano que llega a Buenos Aires, alcanza una posición profesional extraordinaria y termina dirigiendo simultáneamente la construcción de dos de los edificios más importantes de la Argentina: el Teatro Colón y el Congreso de la Nación. En medio de esas responsabilidades, su vida privada adquiere una complejidad creciente hasta desembocar en un crimen. Quería que el lector conociera a ese hombre, comprendiera sus ambiciones, sus preocupaciones y sus vínculos personales. Para eso fue necesario reconstruir el Buenos Aires que habitó, los ambientes que frecuentaba y las circunstancias que rodeaban cada decisión. La documentación debía sostener la novela y darle consistencia a cada escena. Y había que conservar algo fundamental: Meano ignoraba el desenlace de su propia historia. El lector debía acompañarlo en esa incertidumbre.

-Para reconstruir parte de la historia recurriste a fuentes italianas de la época. ¿Qué sorpresas te deparó descubrir cómo se leía en Italia el éxito profesional y el posterior escándalo de la trama de América?

—Las fuentes italianas me permitieron recuperar una dimensión que desde Buenos Aires se pierde. Meano seguía perteneciendo, de alguna manera, al mundo que había dejado atrás. Había nacido en una Italia relativamente joven como nación, en una ciudad como Turín, que había sido protagonista de la unificación italiana. Su formación profesional estaba vinculada con esa tradición arquitectónica europea. Y de pronto lo encontramos en Buenos Aires, una capital que estaba construyendo algunos de sus edificios más ambiciosos. Para comprender su trayectoria había que mirar también hacia Italia, donde permanecían sus vínculos familiares y buena parte de su pasado. Los periódicos italianos permiten observar cómo las noticias atravesaban el Atlántico y cómo los acontecimientos de Buenos Aires podían repercutir en las ciudades de origen de aquellos inmigrantes. El crimen produjo una nueva circulación de su nombre, esta vez asociado con circunstancias completamente distintas de las que habían marcado su carrera. Esa doble perspectiva me ayudó a reconstruir a Meano como un hombre que seguía ligado a dos mundos. También me permitió seguir las consecuencias de su muerte más allá de la Argentina y encontrar nuevas piezas de una historia que todavía reservaba muchas sorpresas.

-Tras la muerte de Tamburini surgieron historias y leyendas alrededor de su figura y del propio Teatro Colón. ¿Cómo influyó esa ausencia en Meano y qué lugar ocupan esos relatos en la novela?

—Tamburini fue maestro, protector y referencia profesional de Meano. Su muerte dejó a un arquitecto todavía joven frente a responsabilidades enormes. Hay un aspecto de esta historia que merece ser conocido porque modifica la percepción habitual sobre la construcción del Teatro Colón. Generalmente se menciona a tres arquitectos: Tamburini, Meano y Dormal. Y es correcto. Sin embargo, sus intervenciones tuvieron una duración y un alcance muy diferentes. Tamburini estuvo vinculado con el comienzo de la obra. Meano asumió después su desarrollo y llevó adelante la mayor parte de un proceso sumamente complejo. Dormal intervino en la etapa final, durante aproximadamente los últimos cuatro años de los dieciocho que demandó la construcción. Meano tuvo, por lo tanto, una responsabilidad decisiva en el teatro que hoy conocemos. A eso debemos agregar que también dirigía las obras del Congreso de la Nación. Imagino lo que significaba para aquel joven arquitecto responder por dos proyectos monumentales, con todas las dificultades técnicas, económicas y administrativas que implicaban. La muerte de Tamburini marcó un momento decisivo en su carrera. A partir de entonces debió demostrar que estaba preparado para continuar la obra de su maestro. Y hay algo más: cuando se investiga la construcción del Colón, aparecen historias que permiten asomarse a la intimidad de sus protagonistas. Son episodios que sobrevivieron en recuerdos, testimonios y antiguas publicaciones. Algunos tienen una presencia especial en la novela porque nos acercan a las personas que estaban detrás de aquellos grandes proyectos.

-El destino de Luigia después del crimen aporta nuevas dimensiones al personaje. ¿Cómo interpretás su trayectoria y qué descubrimientos te permitieron comprenderla mejor?

—Luigia fue uno de los personajes que más sorpresas me deparó durante la investigación. Su figura quedó asociada con el escándalo y con las versiones que circularon después del crimen. Los periódicos de comienzos del siglo XX tenían una manera muy particular de presentar a las mujeres involucradas en episodios policiales. Había una enorme curiosidad por sus relaciones sentimentales, su conducta y su vida privada. Todo eso contribuía a construir una imagen pública que podía acompañarlas durante el resto de sus vidas. Cuando empecé a reconstruir la trayectoria de Luigia aparecieron circunstancias que me permitieron comprender mejor sus decisiones y las dificultades que había enfrentado. Era una inmigrante que había llegado a una sociedad con costumbres y expectativas diferentes de las actuales. También era una mujer con aspiraciones, afectos y contradicciones. Su historia continuó durante muchos años después de los acontecimientos que la llevaron a los diarios.

- ¿Qué revela el afán de la Generación del 80 por importar arquitectos e imitar palacios europeos sobre la pampa respecto a las tensiones entre la imagen internacional que la élite argentina quería proyectar y las fragilidades institucionales de la época?

—Para comprender la construcción del Teatro Colón hay que situarse en la Argentina de fines del siglo XIX. Buenos Aires acababa de convertirse en Capital Federal y sus dirigentes tenían una idea muy definida de la ciudad que querían construir. Aspiraban a colocarla entre las grandes capitales del mundo. La arquitectura era una de las expresiones más visibles de ese proyecto. Se convocó a profesionales europeos que aportaron conocimientos, técnicas y experiencias adquiridas en ciudades que llevaban siglos desarrollando sus grandes edificios públicos. El Congreso y el Colón representan dos aspiraciones centrales de aquella generación. El primero debía ofrecer una sede monumental al Poder Legislativo de una nación que estaba consolidando su organización institucional. El segundo respondía a una sociedad que concedía una importancia creciente a la ópera, la música y las grandes manifestaciones artísticas. Pensemos además en las dimensiones del desafío: había que conseguir materiales, contratar especialistas, resolver problemas de ingeniería y sostener obras que atravesaban distintas administraciones. El país crecía a una velocidad asombrosa y sus instituciones debían acompañar ese proceso. Los edificios que hoy admiramos fueron construidos en medio de esas tensiones. A través de la vida de Meano podemos observar cómo se desarrollaban aquellos proyectos, qué dificultades enfrentaban sus responsables y qué significaba levantar obras destinadas a representar a toda una nación.

-Cuando una gran obra pública sobrevive a la tragedia privada y a las faltas morales de sus creadores, ¿a quién pertenece finalmente el sentido del monumento: al genio artístico o a la comunidad que lo habita?

—Con el tiempo, una obra de esa magnitud adquiere significados que sus propios creadores difícilmente podrían haber imaginado. El Teatro Colón lleva las huellas de Tamburini, Meano y Dormal, de los ingenieros y artesanos que participaron en su construcción y de las generaciones de artistas que actuaron sobre su escenario. También pertenece a los espectadores que lo han convertido en parte de sus vidas. Pero conocer la historia de quienes lo construyeron agrega una dimensión muy especial. Pensemos que durante dieciocho años hubo personas que caminaron por ese edificio cuando todavía era una obra inconclusa. Discutieron planos, modificaron proyectos, enfrentaron dificultades y tomaron decisiones que siguen presentes en el teatro que conocemos. Meano dedicó una parte fundamental de su vida a ese trabajo y murió antes de verlo terminado. Esa circunstancia adquiere una fuerza especial cuando uno conoce su historia personal. Me gustaría que después de leer la novela los visitantes recorrieran el Colón con otros ojos, que sintieran curiosidad por las personas que estuvieron vinculadas con su construcción. A mí me ocurre algo parecido desde que terminé la investigación. Ahora puedo imaginar sus espacios llenos de obreros, herramientas y materiales, escuchar las discusiones sobre los trabajos y reconocer algunos de los lugares donde transcurrieron episodios que reconstruí en el libro. También pienso en las historias que permanecieron durante décadas escondidas en expedientes, cartas y viejos periódicos. El teatro conserva muchas de esas huellas. Y ahora, cada vez que entro al Colón, busco a Meano.

Daniel Balmaceda convirtió archivos y memorias en relatos vivos con una narrativa atrapante, reconstruyendo los hechos entre indicios, secretos familiares y expedientes judiciales en una trama que transformará para siempre la mirada de quien cruce las puertas del Teatro Colón.

 

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