Una forma de cerrar los ojos: La novela negra de Raquel San Martín que expone cómo toda una comunidad prefiere el olvido
Raquel San Martín reescribe el género policial con Una forma de cerrar los ojos: un thriller psicológico e intimista ambientado en la costa atlántica. Alejada del clásico detective, una antropóloga investiga una desaparición que destapa los silencios, pactos y oscuridades de un pueblo fuera de temporada.
Una forma de cerrar los ojos (La Crujía – 2026) es la primera novela de la escritora, poeta y periodista Raquel San Martín. Se trata de un thriller psicológico e intimista que sacude las aguas del género policial tradicional para proponer algo diferente: una investigación donde la mirada principal no la mueve un comisario, un detective ni un fiscal hastiado, sino una antropóloga.
Ambientada en la costa atlántica argentina durante los meses fríos, cuando el bullicio de la temporada turística se apaga, las persianas se bajan y los negocios cierran, la novela utiliza el aislamiento geográfico como un engranaje narrativo perfecto. La desaparición de una joven llamada Daniela Viale arrastra a la protagonista, Paula Holtz, a un laberinto de silencios comunitarios que conecta directamente con la sombra de otro caso policial ocurrido diez años atrás.
Lo fascinante de esta obra no es únicamente la resolución del enigma, que San Martín, enemiga declarada de los finales abiertos que dejan al lector con sabor a estafa, se encarga de cerrar con precisión, sino el modo en que el policial se halla al servicio de una novela de vínculos.
—¿Cómo surge la decisión de adentrarse en un género tan codificado y exigente como el policial?
—Me gusta hasta teóricamente el género policial. Me gusta pensarlo, me resulta muy atractivo y muy productivo. La historia del género, cómo se desarrolla en distintos lugares, todo eso me interesa mucho. Y bueno, dije: “vamos a probar a hacer uno propio, a ver cómo sale”. Lo primero que tuve fue una imagen y sobre todo un lugar. Yo creo que construí todo alrededor de ese paisaje. Me interesaba mucho que la historia sucediera en un paisaje que no fuera urbano, en un pueblo pequeño, porque el pueblo funciona casi como un personaje más. Un personaje que aparentemente tuviera ciertos poderes de recordar, de olvidar, de esconder, de revelar.
—Ese escenario costero fuera de temporada parece detonar gran parte de la tensión psicológica de la novela...
—Totalmente. Está el bosque y está el mar. El bosque puede ser un lugar idílico de pájaros y árboles, o puede ser el lugar de las brujas y los fantasmas, tiene esa doble lectura posible. Además, quería trabajar con un pueblo de la costa que durante buena parte del año casi no tiene vida, con una dinámica muy diferente a la del verano. Saber qué pasa en ese momento en que las casas están cerradas, el tiempo aprieta, el frío y la oscuridad suman. En una gran ciudad hay una cuestión de anonimato que cambia las reglas, pero en el borde y con naturaleza, el entorno te determina un montón de cosas.
—Uno de los aciertos de la novela es la elección de la protagonista: Paula, una investigadora del CONICET y docente universitaria, muy alejada del estereotipo del detective clásico...
—Yo necesitaba un personaje que pudiera construir de manera verosímil. Como lectora, agradezco eso, cuando no pasa, ves los hilos y decís “no me suena”. Construir un detective tradicional en el policial argentino es difícil porque no existe esa figura pura: están el fiscal, el comisario, el policía. Escritores amigos que trabajan en el mundo judicial saben cómo habla esa gente, pero yo no. No quería a alguien del poder judicial investigando por deber profesional, ni tampoco impulsada por una razón altruista o elevada de búsqueda de justicia absoluta. Paula entra al caso porque le interesa su exnovio y porque está conflictuada con la madre, se engancha por recovecos humanos. Las personas somos más de grises que de blanco y negro.
—La elección de la primera persona narrativa también impone un desafío técnico enorme en un policial, ¿cómo se resolvió?
—Fue una decisión instrumental inicial porque me resultaba más sencillo llevar adelante la escritura en primera persona, podía adoptar la voz e ir alternando los pensamientos con la acción para hacer avanzar esa “maratón” que es escribir una novela. El problema que apareció después es obvio: una primera persona no te permite mostrar al lector lo que pasa en paralelo en otros lados. Por eso necesité crear personajes que repusieran la historia que ella no veía, como los periodistas. La figura de los dos periodistas fue clave también para marcar una cuestión generacional en el manejo de la información.
—Más allá del enigma criminal, la relación con la madre de Paula impregna la novela de una profunda capa vincular. Está distanciada de ella, pero me da la sensación de que a veces la admira…
—Exacto. Me importaba hacer un policial que tuviera un enigma y un caso imposible de soslayar, pero que fuera también una novela de vínculos. El policial te permite tener al lector agarrado con un caso mientras metés temas de actualidad, miradas sobre la sociedad, el mal o la justicia. La relación madre-hija es universal y atemporal. Me gustaba esa ambivalencia de Paula, enojada con su mamá, pero necesitando que le explique cosas que no se anima a preguntar. Al final, el caso se resuelve, pero la transformación interna del personaje deja marcas, como en la vida misma.
La historia se revela como un thriller de sesgo antropológico. La soberbia atmósfera del balneario fuera de temporada, con su frío, su arena y su aislamiento, actúa como un velo que intensifica la tensión asfixiante de la trama. A su vez, la mirada analítica de la protagonista transforma al pueblo en un complejo objeto de estudio atravesado por el pacto del silencio y la prioridad turística
En Una forma de cerrar los ojos, la ceguera no es una falla individual, sino una técnica social: un contrato implícito donde el olvido no es una pérdida de la memoria, sino un método de autopreservación. Fuera de temporada, cuando el paisaje costero queda desierto y las casas entornan sus postigones como si prefirieran no ver, la comunidad despliega una anestesia moral implacable bajo una máxima tan inquietante como precisa: “El crimen perfecto no es el que no se descubre, es el que todo un pueblo quiere olvidar”.
Sobre esa paz artificial sustentada en la complicidad colectiva, en vínculos familiares o de pareja marcados por el desgaste de lo no dicho, la novela construye un doble viaje. Por un lado, el de la protagonista, Paula, quien llega a la costa huyendo de sus propias crisis y de la tentación de mantener la vida “en borrador”. Por el otro, el de una red subterránea de empatía entre mujeres que buscan y custodian los fragmentos de lo ocurrido, negándose a aceptar el silencio.
Entonces, frente a esa tentativa de sepultar el pasado, la novela nos recuerda que la verdad carece de vocación de entierro. Los indicios dispersos, un mensaje anónimo, un altar clandestino, el murmullo de las mujeres que se niegan al olvido, actúan como fisuras por donde la culpa reprimida desarticula la paz superficial del pueblo. Así, valiéndose de las tensiones del thriller, Raquel San Martín edifica una obra de profunda resonancia filosófica, un texto que interroga la fragilidad de nuestros lazos y sobre todo nos enfrenta a esa ineludible intemperie donde la emancipación exige, finalmente, aprender a mirar de frente.
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