La moderna Mar del Plata de los años veinte seducía con una temporada estival de cinco meses, tranvías accesibles y profesores particulares para los estudiantes que debían materias

Un folleto titulado con orgullo "Mar del Plata: Primer Balneario de Sud América" presentaba a la ciudad como la reina del continente y buscaba seducir a los turistas en los años veinte con una temporada estival de cinco meses. Entre sus múltiples atractivos, ofrecía paseos económicos en tranvías y ómnibus, un servicio único de profesores particulares para que los jóvenes prepararan sus exámenes adeudados y la posibilidad de hacer "vida común" frente al mar.

Para la Comisión Pro Mar del Plata, la temporada estival destinaba cinco meses enteros.

8 de Noviembre de 2026 14:22

Hacia el verano de 1927 y 1928, las páginas de un folleto titulado "Mar del Plata: Primer Balneario de Sud América" revelaban una transformación profunda e invitaban al turista a volcarse a esta zona para su descanso. La ciudad ya no era aquel refugio exclusivo de la alta sociedad porteña y del imponente Bristol Hotel que había dictado las reglas a principios de siglo. La ciudad comenzaba a reinventarse como un espacio moderno, democrático y vibrante, dejando atrás la exclusividad con que contaba hasta ese momento.

Un verano de cinco meses

Para la Comisión Pro Mar del Plata, la temporada estival no se limitaba a unas pocas semanas de descanso. El calendario oficial desplegaba un horizonte generoso de cinco meses enteros, comenzando inquebrantablemente el 1 de diciembre para extenderse hasta el 30 de abril.

Los trenes que partían desde Plaza Constitución, Temperley y La Plata no solo acercaban a los viajeros, sino que ofrecían tarifas promocionales diseñadas con precisión: el boleto de regreso garantizaba la validez exacta hasta el cierre de aquella larga fiesta junto al mar.

Más allá de la élite: la democratización del balneario

La gran conquista de la época fue desterrar el mito de que la ciudad era inaccesible para los bolsillos comunes. Mientras que la estampa aristocrática subsistía en contados hoteles de lujo, la inmensa mayoría de los alojamientos ofrecía tarifas moderadas y centenares de casas de pensión familiares abrían sus puertas a todos los presupuestos.

La vida urbana adquirió un pulso cosmopolita donde convivían, sin rozarse ni molestarse, el personaje más encumbrado junto al más modesto de los empleados, industriales y asalariados.

"En Mar del Plata nadie está obligado a relacionarse con quien no desea", señalaba la publicación, defendiendo una independencia propia de las grandes capitales que se replicaba en playas tan diversas como Bristol, La Perla, Playa Chica o Playa Grande.

Educación al sol y mañanas de juegos

El bienestar de los más chicos ocupaba un lugar central en la propuesta turística. En plena arena, frente al Paseo General Paz, considerado el rincón más bello de la provincia, funcionaba el Gimnasio Infantil Gratuito.

Allí, bajo los preceptos de la higiene moderna, más de quinientos niños de entre seis y catorce años realizaban ejercicios al aire libre cada mañana. Al caer el sol, el mismo espacio mutaba en un Teatro de Verano, donde artistas consagrados ofrecían funciones accesibles antes de que la pantalla grande del cinematógrafo infantil iluminara la noche costera.

Ciudad en movimiento: tranvías y ómnibus de centavos

Moverse por la villa balnearia era un ejercicio de absoluta comodidad. Una red de tranvías eléctricos garantizaba que ningún veraneante caminara más de tres cuadras para abordar un coche que conectaba directamente con la Rambla Bristol, los hoteles y el puerto, donde las barcas de pesca frescas entregaban su botín diario.

Paralelamente, los ómnibus, vehículos grandes, seguros e impecables, recorrían las explanadas costeras por pocos centavos, enlazando puntos clave como el Torreón, Cabo Corrientes o los caminos arbolados rumbo al Parque Camet y la Laguna Brava.

Incluso los estudiantes universitarios y secundarios encontraban facilidades únicas: gracias a una franquicia especial gestionada ante el gobierno nacional, el Colegio Nacional de Mar del Plata permitía rendir los exámenes complementarios de marzo sin necesidad de interrumpir el descanso estival ni viajar de regreso a Buenos Aires.

Además, Mar del Plata garantizaba la tranquilidad familiar durante los cinco meses de temporada gracias a una sólida infraestructura educativa. La ciudad disponía de un numeroso plantel de profesores particulares e institutos de enseñanza de primer orden, algunos de ellos de carácter religioso, que preparaban a los jóvenes para sus exámenes complementarios, permitiéndoles disfrutar del verano sin descuidar sus obligaciones académicas.

El servicio doméstico: entre agencias y consejos de viaje

Organizar la vida cotidiana en la costa también requería previsión en las tareas del hogar. Si bien en Mar del Plata funcionaban agencias locales de colocación destinadas a proveer personal de servicio, la publicación advertía que la disponibilidad de trabajadores domésticos no era demasiado abundante, aunque lograba suplir las necesidades básicas de la temporada. Por esta razón, la Comisión Pro Mar del Plata sugería expresamente a las familias veraneantes que, siempre que fuera posible, viajaran trayendo consigo a su personal principal desde su lugar de residencia habitual.

El costo de la vida: tan accesible como en casa

Contrario a lo que muchos temían, mantener un hogar temporal en la costa no implicaba un descalabro financiero. El folleto aseguraba con datos firmes que los gastos diarios eran iguales o inferiores a los de la Capital Federal.

Los artículos de almacén mantenían sus precios gracias a un flete marítimo eficiente, mientras que la leche, las verduras y las carnes resultaban francamente más baratas gracias a la cercanía con frigoríficos y quintas locales.

Los alquileres de las casas por toda la temporada oscilaban entre los 500 y los 10 000 pesos moneda nacional, aunque la ingeniosa práctica del subalquiler compartido entre varias familias permitía abaratar los costos hasta límites insospechados.

Un legado que late en la memoria

Aquella Mar del Plata de los años veinte supo leer el pulso de los nuevos tiempos. Al combinar el aire puro, la cultura del trabajo compartido, el transporte accesible y una oferta hotelera plural, no solo consolidó su título de primer balneario del continente, sino que también decidió mostrarse como aquel destino donde todos, sin importar el apellido ni la billetera, pudieran aprender a ser felices junto al mar.

 

 

 

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