Esperar, contener y mantener viva la memoria: la batalla en el hogar de las mujeres de Malvinas
Madres, hermanas, novias de soldados conscriptos desde su lugar contuvieron a los que quedaban en el continente, “aguantaron” y vivieron durante 74 días sumergidas en la incertidumbre de no saber qué pasaba, pero mantuvieron la fortaleza para sostener en pie a la familia que esperaba.
Cuando se habla de mujeres de Malvinas se piensa de manera inmediata en enfermeras o instrumentadoras, mujeres que estuvieron de alguna manera prestando servicio durante el conflicto bélico, pero hubo también mujeres que transitaron la Guerra en silencio, de las que no se habla. Son las madres, hermanas, novias. Mujeres que desde su lugar contuvieron a los que quedaban en el continente, “aguantaron” y vivieron durante 74 días sumergidas en la incertidumbre de no saber qué pasaba, pero mantuvieron la fortaleza para sostener en pie a la familia que esperaba.
Las Llamas, una historia de resiliencia
Para Stella Maris Llamas, Jorge, su hermano mayor era su todo: la imagen masculina de referencia tras la muerte de su padre a los cinco años. Era el que la cuidaba cuando su madre iba a trabajar al Hospital Materno Infantil, le calentaba el almuerzo a la vuelta de la escuela, le daba una mano con la tarea o la ayudaba cuando había una araña en la habitación y ella entraba en pánico. Cuando estalló la guerra, tenía 18 años y una hija chiquita, Jorge 20 años y estaba esperando que autorizaran su baja del servicio militar obligatorio. “Para mí, Jorge es mi hermano, no es un héroe de guerra. Me costó entender que quedó en la historia, que es más que mi hermano”, dice en diálogo con 0223.
En la previa a la entrevista, su mamá Julia González de Llamas había advertido que Stella es reacia a hablar con la prensa sobre su hermano. “Voy a tratar de convencerla”, había dicho a este medio. Cuando llegamos a la casa de Julia (lugar acordado para hablar durante casi una hora de esos fatídicos 74 días) Stella se presenta y nos adelanta que le cuesta hablar de Malvinas no solo con la prensa, sino con cualquier persona. “Prefiero no hablar de eso. Si me preguntas por mi hermano, qué hacía, cómo era, qué le gustaba, hablamos, pero de la guerra, de lo que fue que lleven chicos a la guerra prefiero no hablar”, dice pero entre madre e hija van reconstruyendo la historia.
Jorgito, como le dice Julia, era bromista, alegre. Cuando en el 81 ingresó al Gada 601 para cumplir con el Servicio Militar Obligatorio, no pensaba que iba a ir a la guerra pero, un año más tarde, notó que estaba ingresando más armamento al Gada que el de costumbre e intuyó que “algo pasaba”. “Pensaba que podía ser algo relacionado con el conflicto con Chile, pero no estaba seguro”, recuerda Julia. “A mí no me decía nada”, dice Stella.
El domingo 11 de abril, día de Pascuas, fue la última vez que Julia y Stella se reunieron con toda su familia. “Éramos nosotros tres y mi hija”. Jorge almorzó junto a su madre y su hermana menor y les dijo que al día siguiente partiría a Comodoro Rivadavia. Estuvo en la isla designado en la sección de telecomunicaciones.
Durante el tiempo que duró la guerra, "Jorgito" envió varias cartas, ninguna en tono de queja. “En una carta nos contó que hacía 37 días que no se bañaba. Creo que eso, con lo obsesivo que era por el cuidado personal, debe haber sido de las cosas que más sufrió en las Islas”, dice Julia. Ambas hablan en potencial porque Jorge cayó en combate el 3 de junio cuando un misil impactó en el radar en el que cumplía funciones.
Hasta el 18 de abril que recibieron la primera carta de las islas, las Llamas continuaban con su vida, tratando de que sea “lo más normal” posible. Julia iba a trabajar al hospital y volvía a su casa esperando, mientras realizaba las labores cotidianas, esperaba un llamado, o que llegue una carta o un telegrama desde las islas. Stella, por su parte, se dedicaba a cuidar a su hija pequeña, eso le permitía no pensar en lo que le tocaba vivir, hablaba a diario con su madre y de manera inconsciente trataba de evitar que llegue la noche. “Cuando me acostaba, quedaba todo en silencio y empezaba a pensar…. fueron días sin dormir”
Ambas coinciden en el sentimiento de soledad. "No había un clima acorde a lo que pasaba, salías a la calle y estaban todos festejando el resultado de un partido de fútbol o comentando quién iba al mundial (NdR España 82, donde Argentina quedó en el 11vo puesto)”, dice Julia. Stella acota: “Creo que no había noción de lo que pasaba, no se decía que estábamos en guerra. Alguien venía y te comentaba cualquier cosa y vos pensabas de qué me habla, tengo a mi hermano en las Islas”. “Es que la televisión tampoco decía mucho. Nos enterábamos escuchando radios uruguayas, que ahí sí te decían lo que pasaba en la guerra”.
Así, entre incertidumbre y una fingida normalidad a la espera de las cartas que Jorge mandaba desde la trinchera, trascendió la vida de las Llamas. Hasta que el sábado 3 de junio el mundo para ellas se detuvo y tuvieron que “barajar y dar de nuevo”, como dicen. Stella se levantó como todos los días y comenzó con sus tareas. Julia hizo lo propio, pero estuvo invadida por una sensación extraña toda la mañana. En la radio informaron que Argentina había sufrido un ataque en un radar, ella, antes de tomar su turno en el Hiemi decidió pasar por la capilla de la Asunción de la Santísima Virgen del Hospital y hablar con el padre “Manolo”. “Hablamos un largo rato. El trato de tranquilizarme”.
Con algo de calma, Julia abandonó la capilla y entró a trabajar. Cerca de las 13, sus compañeras le avisaron que el director del hospital la buscaba en la administración. "Me pareció raro porque un sábado al mediodía ya no queda nadie en la administración del hospital, pero mis compañeras insistieron para que fuera", recuerda mientras sus ojos comienzan a llenarse de lágrimas y la mirada de Stella, que sigue atenta el relato, se nubla. Cuando llegó a la oficina, se sorprendió al ver que, además del personal de la recepción, había otros tres oficiales vestidos de traje. Pero nadie tuvo tiempo a decirle nada: Julia se desmayó en el pasillo. Cuando se recompuso, le dijeron que su hijo había sido alcanzado junto a otros tres soldados por un misil que impactó el radar que tenían a cargo. "Ahí confirmé que esa era la sensación que había tenido todo el día", cuenta.
Ese mismo mediodía, Stella recibió un llamado para que se acerque al hospital a ver a su madre, que había quedado en observación. Se organizó en su casa y salió al nosocomio. Cuando llegó, en mesa de entradas escuchó, mientras aguardaba para anunciarse a dos empleadas comentando “Viste que murió el hijo de Julia”. “Así me enteré de la muerte de mi hermano. Se me vino el mundo abajo”, recuerda.
Lo que siguió fue un segundo calvario. Julia entró en un pozo depresivo profundo del que le llevó cuatro años salir. “Cuatro años tirada en la cama”, dice Stella y asegura que desde el Estado no había un sistema de contención para los familiares de los caídos. “No había para los soldados, menos para nosotros”, dice. Julia la corrige: “El director del Hospital me ofreció atención psicológica y del ejercito venían a ver cómo estaba una vez por semana”. “En mi caso no fue así”, sostiene firme Stella y, ambas coinciden en que salió del cuadro que transitaba una tarde que Stella ya sin encontrar una forma de ayudar a su madre optó por “la terapia de choque”.
“Había venido a saludarla, le había traído la nena, me acuerdo y ella en la cama. Le dije está bien, Jorge murió, pero ¿y yo? también soy tu hija. y tu nieta? No querés ver crecer a tu nieta”, rememora. “Ahí me levanté”, asiente Julia.
"Me dieron atención psicológica, médica. Estuve contenida, pero me negaba a aceptar lo que nos habían dicho los militares. Estuve años esperando que Jorge llamara al portero, buscándolo cuando veía un soldado... Fueron años muy difíciles", relata la mujer que recién pudo aceptar la pérdida de su hijo cuando estuvo frente a su tumba, en 1991.
"Cada uno lo lleva como puede, es lo que nos tocó. Yo pude entender que Jorge había fallecido cuando viajé con la Cruz Roja a Malvinas". Para ese viaje, que duró 24 horas, a Julia le entregaron un mapa con la disposición de las tumbas para que pudiera llegar hasta los restos de su hijo. "Yo acepté la muerte de mi hermano, pero me costó entender que mi hermano es un héroe de guerra. Para mí es mi hermano. Cuando le pusieron el nombre Jorge Llamas al jardín, me acuerdo que habían hecho un cuadro con fotos y yo me lo quería traer, porque eran fotos de mi hermano", dice con una sonrisa. "Después, hablando con mi marido dijimos: Jorge quedó en la historia"
"A Jorge ya lo habían identificado y no me fue difícil encontrarlo", dice y recuerda la desesperación de otros familiares que "que daban vueltas por el cementerio, buscando dónde dejar las flores". Julia jamás pensó en traer los restos de su hijo al continente: Jorge Llamas, caído en combate, descansa en suelo argentino.
Las mujeres que se aferraron a la fe en medio de la incertidumbre
En la casa de Beatriz Reynoso se percibía que algo iba a pasar. Era la mayor de dos hermanos, tenía 23 años y su hermano, Alberto, de 19 estaba cumpliendo con el último tramo del Servicio Militar Obligatorio en el Regimiento 6 de Mercedes.
“Le quedaba una semana para el alta”, dice Beatriz en diálogo con 0223 cuando escuchó en una guardia, por radio lo que estaba pasando. A pocas cuadras del Regimiento, en la casa de los Reynoso, Beatriz, su madre tuvo el presentimiento que algo iba a pasar. “Mi madre tuvo esa intuición que algo iba a pasar, que su hijo iba a ir a la guerra y lloraba”.
La historia de Beatriz es en algún punto igual a la de todas las familias que tuvieron familiares que fueron a la guerra. El domingo de Pascuas almorzó por última vez con su hermano, sin saber que existía la posibilidad de no volver a verlo. Con la guerra declarada, el futuro de Alberto estaba escrito: iría a combatir a Malvinas. El 12 de abril, día del cumpleaños de su madre, Alberto viajó a las islas y volvió en uno de los últimos vuelos tras la rendición.
Durante los dos meses que Alberto estuvo en las islas, las Reynoso vivieron sumergidas en la incertidumbre. Beatriz (H) estudiaba Ciencias económicas y trabajaba en un comercio. Cuando su hermano viajó a la guerra decidió dejar de trabajar para acompañar a su madre.
“Íbamos a la Iglesia a rezar el rosario por la tarde a San José Obrero, fuimos a las 24 horas por Malvinas, veíamos las noticias y cada vez que llegaba una carta era un alivio, pro cuando veíamos la fecha volvía un poco esa angustia de no saber qué había pasado desde que las había escrito hasta que había llegado, pensábamos que podía volver a foja cero”
En junio, cuando llamaron de Comodoro Rivadavia a la casa de las Reynoso, el corazón de Beatriz (M) se paralizó por unos instantes hasta que del otro lado del teléfono le informaron que Alberto estaba internado con “pie de trinchera”, es decir, principio de congelamiento. “Lo habían trasladado desde la zona de Dos Hermanas, ahí se dieron cuenta que estaba inmovilizado y le pusieron el cartel “vuelve al continente””, recuerda Beatriz (H).
Para ellas, pese a la incertidumbre que les generaba la guerra y la posterior certeza que Alberto iba a volver, el después fue igual de traumático. Sin contención de ningún tipo vieron como Alberto había retornado al continente con 10 kilos menos y con un trauma post guerra con el que no sabían cómo lidiar.
“En el hospital, cuando fuimos a verlo, él le pidió a mi madre que lo saque de ahí y lo llevamos a casa", dice Beatriz (H) que recuerda que la vivienda familiar de Hurlingham quedaba cerca del campo en el que entrenaban los conscriptos y, el ruido de los disparos eran tortuosos para su hermano, al igual que cualquier sonido brusco.
Tanto Reynoso como las Llamas coinciden en algo: "Llevar conscriptos a Malvinas fue una locura. Cuando un militar elije la carrera sabe que tiene la posibilidad de la guerra, un conscripto no lo elige y el Estado se olvido de los soldados. No solo de los que cayeron que decidieron dejarlos allá y no ir a buscarlos sino de los que volvieron".
Leé también
Temas
Lo más
leído

