“Superfino y elegante”: ¿Te acordás de la gran tienda que vistió a generaciones de marplatenses?

Casa Boo fue un símbolo de una época dorada. La tienda que ocupaba una manzana entera en el centro marplatense marcó el pulso social y comercial de la ciudad. Entre jingles inolvidables, trajes elegantes y vidrieras magistrales, Casa Boo construyó una identidad que quedó grabada en las baldosas.

Si algo definía a Casa Boo era su capacidad para vestir al marplatense.

3 de Abril de 2026 18:46

 Hubo un tiempo en que ir de compras era un ritual familiar y Casa Boo, en Mar del Plata, era el espacio elegido. Se trataba de una manzana entera que lo tenía todo.

Era la década del 70 y la esquina de Avenida Luro y Catamarca se vivía con un ritmo distinto al de ahora. Ahí se encontraba Casa Boo, una mole comercial que no se conformaba con un local: ocupaba la manzana completa y extendía su dominio hasta la calle San Martín. Era el paso obligado para las familias que, de la mano de sus madres, cumplían con el “programa” de la tarde: recorrer sus secciones, deslumbrarse con las vidrieras y terminar el día con una gaseosa y un tostado en el barcito interno.

Ropa para todos

Si algo definía a Casa Boo era su capacidad para vestir al marplatense en todas sus facetas. Desde su famoso jingle, que retumbaba en los entretiempos del Estadio San Martín, “El traje superfino y elegante, el traje cien por ciento interesante, el traje que a todos conquistó, el traje Bristol de Casa Boo”, hasta los legendarios pantalones “Lavi-Listo”.

La tienda era un laberinto de secciones perfectamente aceitado:

  • Accesos: Su entrada principal por la Avenida Luro y su salida por Catamarca.
  • Variedad absoluta: Desde sastrería fina para hombres y vestidos de alta costura para damas, hasta artículos para el hogar y ropa para niños y niñas.
  • La zapatería: Un salón inmenso con entrada directa por San Martín.
  • Sastrería y etiquetas: Donde la prolijidad era ley.
  • El sótano: Un universo oculto de la misma dimensión que el salón principal, donde un montacargas gigante movía la mercadería que muchos empleados clasificaban y etiquetaban sin descanso.

Fue uno de los primeros comercios en implementar vidrieras de gran escala que iluminaban la noche marplatense, creando el concepto de “paseo de compras” incluso fuera del horario de atención.

Detalles que hacen memoria

Quienes caminaron esas veredas recuerdan el nombre de la tienda grabado en las baldosas y los toldos rayados que protegían los escaparates del sol. Pero el ícono indiscutido era el cartel de la ochava: un rombo luminoso de tubos de neón que se encendían y apagaban, marcando el pulso nocturno del centro.

Fue uno de los primeros comercios en implementar vidrieras de gran escala que iluminaban la noche marplatense.

La planta baja estaba casi totalmente despojada de muros de carga, reemplazados por inmensos espacios donde se exhibían los productos. Grandes columnas sostenían techos de gran altura, permitiendo una planta libre donde los sectores de sastrería, zapatería y hogar fluían sin interrupciones. Por otro lado, sus inmensas vidrieras de cristal continuo transformaron la vereda en un corredor escenográfico, donde el interior de la tienda se convertía en parte del espacio público.

Como decía su spot comercial más conocido: “En Mar del Plata: todo lo que necesite para el vestir y el hogar, para la playa y sport”. Al final de cada temporada, se volvía un clásico ver cómo los carteles de liquidación y las ofertas de verano daban paso a los guardapolvos escolares y uniformes para el nuevo ciclo lectivo.

No se caracterizaba por ser una tienda de marcas costosas, sus productos eran económicos, pero se trataba de ropa noble y accesible. “Ir a la tienda” significaba compras, pero también comunidad. Muchos empleados entraron como cadetes y dedicaron su vida entera a la firma, formando una familia laboral que hoy todavía se recuerda con nostalgia. Fue, además, el primer trabajo de muchos y muchas en esta ciudad, incluso, varios lograron hacer carrera allí y solicitaron traslados como encargados a las demás sucursales de la provincia.

El final de una era

El declive no fue un rayo en seco, sino una fragmentación lenta. Hacia fines de los 70 y principios de los 80, el concepto de “gran tienda” empezó a crujir frente a las nuevas galerías comerciales, como la Galería Luro, que ya comenzaba a asomarse.

Las perchas grabadas con el nombre de la empresa que hoy son tesoros en los mercados de antigüedades.

La firma, que originalmente operaba bajo el nombre Goma, Basso y Duro, pero eligió el nombre de fantasía Casa Boo, comenzó a subdividirse. En 1985, tras décadas de ser el faro comercial de la ciudad y haber alcanzado veintiuna sucursales en toda la provincia (Ayacucho, Juárez, Azul, Pigüé, Pergamino, Junín, Chivilcoy, Rauch y Lobería), llegó la liquidación final. Algunas versiones de la época dicen que ese fue el último año en que liquidaron los sueldos de sus empleados, otros señalan el cierre algunos años después. Se vendieron los mostradores de roble, los maniquíes de estilo europeo que adornaban sus famosas vidrieras y hasta las perchas grabadas con el nombre de la empresa que hoy son tesoros en los mercados de antigüedades.

Un eco en la esquina

Hoy, aunque la estructura original está fragmentada en locales menores, el fantasma de Casa Boo sobrevive en las anécdotas. Sin dudas, fue una de las marcas más recordadas e importantes de Mar del Plata.

Queda el recuerdo del guardapolvo comprado a las apuradas antes de las clases y esa caja de cartón rígido con el logo de la tienda que muchas abuelas todavía usan para guardar fotos o de costurero. Porque Casa Boo no fue solo un negocio, fue el lugar donde Mar del Plata aprendió ese hábito de comprar.