Empresarios y guardavidas: la historia de los caboverdianos destacados de Mar del Plata

La historia de Mar del Plata está ligada a Cabo Verde desde sus inicios, por diferentes circunstancias. A horas de disputarse los 16vos de final de la Copa del Mundo en la que Argentina enfrentará a la República de Cabo Verde, repasamos los lazos que unen al archipiélago con la ciudad. 

Nadadores y empresarios se destacaron en la historia marplatense

3 de Julio de 2026 08:02

Por Redacción 0223

PARA 0223

En días en los que se vive la fiebre mundialista, recordamos la historia que une a Mar del Plata con Cabo Verde, horas antes de la diputa del partido por 16vos de final entre la Selección Argentina y el combinado del país africano.

Coelho de Meyrelles, el primer caboverdiano en Mar del Plata

La primer coincidencia entre se da en los inicios de Mar del Plata, antes de la fundación del saladeros que dio origen a la ciudad y la llegada de José Coelho de Meyrelles en diciembre de 1856. Si bien Meyrelles era cónsul portugués, fue el primer caboverdiano que pisó la ciudad.

Nacido bajo los vientos atlánticos de la isla de Boavista, en el archipiélago de Cabo Verde, el destino de este hombre parecía marcado por el mar y la diplomacia. Hijo único de una dinastía luso-caboverdiana, su padre era Antonio Coelho de Meyrelles, un capitán de navío originario de Oporto que ejercía como gobernador militar de las islas; su madre, Florinda de Burgos, era una dama nativa de la vecina Isla Brava.

Llegó a la zona de Mar del Plata a los 42 años, sus pasos se cruzaron con los intereses de la Sociedad Rural, un poderoso conglomerado de capitalistas portugueses liderado por el barón de Mauá. Este grupo buscaba instalar centros de faena industrial en las costas sudamericanas y, al descubrir la notable fertilidad de la actual zona de Mar del Plata, decidió apostar fuerte: le compró las tierras a José Gregorio Lezama por la impresionante suma de 30 000 onzas de oro. 

El asentamiento industrial pronto dio vida a una comunidad. Para abastecerla, Coelho fundó La Proveedora, un almacén de ramos generales que se convirtió rápidamente en el corazón social y en el inevitable punto de encuentro para los habitantes del naciente poblado.

Tres décadas después, los marineros hicieron historia

Con la llegada del ferrocarril en 1886, el progreso del pueblo fue notable y Mar del Plata se consolidaba como una Villa de Veraneo para la aristocracia porteña que se instalaba durante los meses de enero y febrero en sus casonas para disfrutar, entre otras cosas de baños de mar. Fue entonces que, los balnearios se hicieron más concurridos que las autoridades consideraron que era necesario establecer controles que permitan mantener el “decoro público”.

Las corrientes migratorias no solo trajeron, como se cree, inmigrantes europeos a Mar del Plata. Hubo también un grupo de Caboverdeanos que llegaron a la ciudad y, debido a su gran capacidad para nadar en aguas abiertas fueron contratados por el Estado Nacional para desenvolverse como guardavidas bajo el mando de la Prefectura Naval.

Así, en 1908, cuatro marineros - mestizos denominados “filhos da terra” que escapaban del régimen régimen esclavista y la crisis económica imperante- provenientes de la Isla de San Vicente, Cabo Verde quedaron bajo el mando de Juan Carlos Barla, jefe de la por entonces Sub Prefectura Mar del Plata.





“Barla los eligió porque eran expertos nadadores y eran necesarios en una ciudad que durante el verano tenía gran afluencia de turistas porteños”, sostiene Sulleiro al tiempo que destaca que entre los visitantes los denominaban “Vicentinos o caboverdianos”, aunque, para la revista Caras y Caretas eran los “Negros nadadores de Mar del Plata”. “Los negros de la prefectura son maravillosos… parecen haber nacido dentro del agua. De tal modo se manejan dentro de ella, igual que cualquier mortal en tierra firme”, destaca el artículo de la revista de la época.

De acuerdo a las crónicas periodísticas, el mejor nadador del grupo era Sebastián Sosa que además, practicaba la natación de forma competitiva y había obtenido diferentes premios por su desempeño acuático.

Para los medios que veían como una novedad la presencia de personas origen africano en Mar del Plata, Francisco Monteiro, otro de los nadadores “era un verdadero atún” y se convirtió en un héroe local cuando el 12 de diciembre de 1909 salvó a una niña de morir ahogada en el muelle Luro

El Cabo José Luis Alfonso, otro de los denominados “guardavidas importados” también tuvo la atención de los medios de comunicación de la época tras rescatar a un bañista y obtener la medalla al salvataje de Prefectura General de Puertos.

Por último, Francisco Ramos, fue considerado un héroe por locales y turistas en enero de 1911 tras nadar durante cuatro horas para retirar del agua el cadáver de Don Antonio Soto de las costas de Playa Bristol. La acción fue catalogada como una hazaña que le valió el reconocimiento de la Prefectura de Puertos y la sociedad de la época. 

 

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