Crónica íntima de la vieja terminal de Mar del Plata
La historia íntima de la vieja estación de trenes y terminal de ómnibus de Mar del Plata, un gigante ecléctico que latió en Alberti y Sarmiento desde 1910 hasta su cierre en 2009. Un recorrido nostálgico por los recuerdos, andenes, personajes y rincones que marcaron una época dorada de la ciudad.
Hay esquinas que guardan el pulso exacto de una época. En Mar del Plata, ese latido se concentró durante décadas en el cruce de Alberti y Sarmiento, aunque para otros fue en la esquina opuesta, Alberti y Las Heras. La historia de este gigante de hierro y ladrillos no comenzó con colectivos ni motores ruidosos, sino con el silbido lejano de una locomotora.
El 26 de septiembre de 1886, el entonces gobernador bonaerense, Dardo Rocha, firmó la autorización para extender la línea ferroviaria que unía Plaza Constitución con Maipú. Aquella decisión sembró el germen de lo que, años más tarde, transformaría por completo la geografía urbana. El 10 de diciembre de 1910, con los ramales ya listos, se inauguró formalmente la Estación Mar del Plata Sur, perteneciente al Ferrocarril Sud.
El diseño quedó en manos del arquitecto Jules Dormal, una figura monumental de la arquitectura argentina que había concluido las obras del Teatro Colón tras el trágico asesinato de Vittorio Meano, además de participar en la construcción del Congreso Nacional. Para Mar del Plata, Dormal proyectó un edificio de estilo ecléctico, combinando corrientes con absoluta elegancia. Sin embargo, la obra quedó incompleta: el proyecto original contemplaba una fachada simétrica sobre la calle Sarmiento, flanqueada por dos alas y cúpulas en los extremos. Pero el ferrocarril solo construyó el ala de Alberti, dejando la otra en suspenso, un solar que durante años funcionó como cancha de básquet, y convirtiendo a la imprevista torre del reloj en el extremo visual del conjunto.
Curiosamente, el edificio nació al revés. El flujo natural de los pasajeros que llegaban desde el centro de la ciudad convirtió a la calle Alberti en el acceso principal, a pesar de haber sido planeada como una vía secundaria. Detrás de un imponente paredón sobre la calle Las Heras, que celosamente resguardaba la intimidad de los talleres, la estación funcionó como el gran pulmón de entrada a la Feliz hasta mediados del siglo XX.
De rieles a asfalto: el punto de inflexión de 1955
El destino de la estación dio un vuelco definitivo en 1949, cuando se resolvió la desafectación del servicio ferroviario. Con la estatización de los ferrocarriles en marcha, el intendente municipal Juan José Pereda solicitó eliminar el paso de los trenes. Las vías fueron levantadas y las manzanas linderas, entre Garay y Alvarado, se reconvirtieron efímeramente en circos, parques de diversiones y, más tarde, en tierras loteadas.
En 1950, el viejo edificio comenzó su metamorfosis en terminal de ómnibus de larga distancia. Los colectivos, que hasta entonces operaban de manera dispersa en pequeños lotes y triángulos urbanos frente a la catedral o en Bolívar y Córdoba, encontraron finalmente un hogar común. El lugar fue bautizado oficialmente como Terminal de Ómnibus Presidente Perón.
Pero la política nacional no tardó en sacudir los carteles de la fachada. Tras el golpe de Estado de 1955, las autoridades de la autodenominada Revolución Libertadora se apuraron a retirar el nombre presidencial de la entrada. Sin grandes inversiones ni mejoras estructurales inmediatas, el edificio adoptó el nombre definitivo de Terminal de Ómnibus de Mar del Plata, un rol que custodió incansable hasta su cierre definitivo en 2009.
Los años 80, 90 y 2000. Diez postales y curiosidades de la vieja terminal
El guardián de Londres y las bodas truncas
En lo más alto de la torre flameaba el tiempo medido por un reloj inglés de la firma Gillett & Johnston, activo desde 1844. Sus muros internos guardan una memoria secreta: los afinadores y técnicos dejaron escritas a lápiz las fechas de sus mantenimientos desde 1913. En tanto, el primer piso albergó dependencias estatales, hacia 1965 funcionó allí el Registro Provincial de las Personas, hasta que el personal se negó a ingresar por temor a un inminente derrumbe.
El misterio del paredón fantasma
Hasta no hace mucho tiempo atrás, si uno caminaba por la vereda par de la calle Las Heras, entre Garay y Alvarado, podía rozar los vestigios del primitivo paredón ferroviario. Uno de los pilares del viejo portón de vehículos se mostraba incólume, formando parte de la entrada a la playa de estacionamiento de un hotel gremial. Conservaba empotrados un guardacanto hecho con un riel antiguo y sostenes de bisagras forjados a partir de eclisas en desuso.
La isla de los licuados y el kiosco 24 horas
Cuando uno traspasaba los seis escalones y pasaba las viejas puertas de madera con vidrio que lo recibían sobre la calle Alberti, se encontraba con el hall principal, que recibía al viajero con una postal de locales con las ventanillas de cada una de las empresas de viajes, dispuestos todo alrededor del hall y con una clásica disposición en "isla" de una serie de locales de alfajores, la primera que chocabas al ingresar, y otro de regalos un poco más hacia Sarmiento, frente al ingreso del baño de las mujeres. Luego, hacia la izquierda la tradicional cafetería Colombia y hacia a la derecha, un emblemático kiosco de diarios y revistas abierto las 24 horas funcionaba como distribuidor neurálgico de la ciudad. Al continuar, uno pasaba una puerta vaivén que dividía el hall de las plataformas. A su izquierda, un kiosco también abierto las 24 horas y, hacia el lado de Sarmiento, ya las plataformas numeradas y, continuando en esa dirección, el destacamento de policía y una gran imagen de la Virgen. De continuar hacia el frente, uno se encontraba con un número indefinido de locales de todo tipo, abiertos dependiendo de la hora, desde regalos, libros y alfajores hasta una gran barra de bar, clásica, donde se servían licuados de banana en las tradicionales jarritas de plástico, jugos de naranja y pebetes de jamón y queso bien ordenados bajo la cúpula de vidrio.
La fauna alada del gran techo parabólico
La inmensa estructura de hierro y los arcos originales que cubrían el hall central no solo sostenían chapas de fibrocemento y algunos vidrios armados diseñados para filtrar la claridad, también albergaban a una legión imborrable de palomas y más palomas, cuyo eco constante acompañaba el ajetreo de los andenes traseros.
Un mapa de sabores y oficios urbanos
Así como caminar por las galerías internas que unían los dos lados donde se ubicaban los andenes era adentrarse en un microcosmos autosuficiente, los alrededores también lo eran. A los numerosos hoteles que abundaban por la zona, como el Amelia o el Río Miño, había que sumar dos galerías por Alberti y una por Sarmiento. Había numerosos locales que vendían artículos para la playa, mucha rotisería y laverap, dado que era una zona ocupada por estudiantes que alquilaban sus departamentos por nueve meses, y una importante cantidad de marcas de las cuales muchas, la mayoría, ya no existen. Memoriosos y nostálgicos del lugar recuerdan comercios legendarios como la pizzería La Terminal, la cigarrería Tobacco, el bar Los 3 Nietos, artículos de pesca Pagni, la pinturería La Colonial y la clásica librería Don Quijote. Abajo, en un subsuelo que resiste el paso del tiempo, la mítica pizzería Los 4 mutó en el recordado Los 4 de Charly, donde las pizzas caseras convivían con mesas de billar.
La librería de cristal y los manuales de ninja
Entre los locales gastronómicos y los andenes se erguía una fascinante librería totalmente vidriada. Se trataba de un cuadrado exacto cubierto de libros. Las paredes que daban al exterior eran una visita obligada mientras uno hacía tiempo esperando la salida del ómnibus, observando e intentando leer alguno de los tantos títulos que adornaban las vidrieras. Era un refugio ecléctico donde convivían manuales de mecánica para el inolvidable Fiat 600, guías insólitas para convertirse en ninja, por ejemplo, y las grandes obras de la literatura universal.
Adoquines, taxis y la silueta protectora de la Virgen
La calle Sarmiento era un desfile perpetuo de taxis que esperaban pasajeros, los cuales llegaban luego de cruzar la galería que daba a ese lugar. La otra parada de taxis daba a la calle Las Heras, ahí sin galería, y la galería restante daba a Alberti, donde se encontraban todas las paradas de los colectivos de línea que distribuían a la gente hacia distintos lugares de la ciudad: por Alberti hacia el sur, por Sarmiento hacia el centro de la ciudad. Cualquiera de estos espacios estaba custodiado por perros callejeros que adoptaban la terminal como hogar y dormían sobre cartones que colocaban los trabajadores del lugar en medio del bullicio de valijas golpeando contra el empedrado.
El gran galpón de las encomiendas y el cartel con sombrilla
Hacia el fondo del predio funcionaban los depósitos para el envío y recepción de encomiendas según cada empresa de transporte. Afuera, un enorme cartel de chapa anunciaba con orgullo la postal marplatense, algunos recuerdan también el dibujo tierno de una sombrilla playera, marcando el umbral exacto entre la ciudad que despedía y la ciudad que recibía al turismo argentino.
Las salidas y las llegadas
Los micros solían salir hacia la calle Güemes, que todavía no era un centro comercial como el de hoy, para tomar por ella hacia Juan B. Justo y recorrerla hasta Champagnat y así salir de Mar del Plata. Otras empresas, las menos, tomaban por Sarmiento hasta la costa y luego buscaban la avenida Constitución, haciendo que la propia costa marplatense despidiera al viajero.
La ochava que daba acceso por la esquina de Alberti y Sarmiento
Por ese acceso, era extraño ver gente ingresar. Pero ahí supo haber al principio un local tipo feria, que luego mutó en quiosco para finalizar siendo una telefónica con muchas cabinas y dos teléfonos públicos en su ingreso.
Hoy, bajo la imponente estructura del shopping que funciona en el lugar, solo sobreviven aquellas viejas paredes de la entrada: un portal silencioso que custodia, entre recuerdos y cimientos, el alma de una estación que alguna vez fue el corazón de Mar del Plata y por la que muchos de nosotros pasamos por ahí.
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