Un mismo espacio, dos boliches: la mística de una esquina inolvidable que marcó a dos generaciones

Frente al mar y con el Torreón del Monje de fondo, una mística casona de la costa albergó los años más dorados de la juventud marplatense. De las fabulosas tardes de matinée a las noches de los noventa, un recorrido por la esquina que marcó a generaciones. 

Archie era un nombre tomado de una historieta.

27 de Septiembre de 2026 14:00

Viamonte y la Costa es, quizás, la esquina más icónica y nostálgica de la noche marplatense. Frente al mar y con la postal imponente del Torreón del Monje de fondo, esa casona de estilo patrimonial albergó a lo largo de las décadas a los boliches más recordados de la ciudad, como Epicurean, Horizonte, Latex, Ritz o el inolvidable Bombay a fines de los ochenta. Sin embargo, a comienzos de los noventa, ese verdadero templo costero alcanzaría su punto más alto de mística y devoción juvenil cuando abrió sus puertas el gigante que marcó a toda una generación: Archie.

La mítica esquina con el paso del tiempo.

El antecedente directo: Bombay

A finales de la década de 1980, la noche marplatense encontró uno de sus refugios más icónicos en esa misma esquina estratégica: la casona de estilo patrimonial ubicada en Viamonte y la Costa, justo sobre la curva que contempla la silueta del Torreón del Monje. Entre fines de 1988 y los primeros años de la década de 1990, la discoteca Bombay ocupó ese edificio con formato de castillo para convertirse en el punto de reunión ineludible de la juventud de la época.

El lugar destacaba por sus amplios ventanales vidriados con vista directa al Océano Atlántico, una postal que combinaba el reflejo de las luces de neón con el rompiente de las olas sobre las rocas. Bombay cobró un protagonismo central tanto en la movida nocturna como en sus concurridas matinées, que convocaban a adolescentes de toda la ciudad vestidos con la estética propia del período: jeans de tiro alto, camperas intervenidas con pines, sacos con hombreras y cabellos batidos.

La propuesta musical estaba alineada con el auge de la radio FM y la consolidación del rock nacional en democracia. En la pista sonaban canciones de Soda Stereo, Virus, Charly García, GIT y Los Abuelos de la Nada, combinadas con la escena internacional del synth-pop e italo-disco de bandas como Depeche Mode, New Order y Duran Duran. La ambientación integraba máquinas de humo, los primeros haces de láser y la tradicional bola espejada, bajo la conducción de DJs de la escena local como Pappalardo y Germán Richards.

La dinámica del local se nutría del trabajo de los tarjeteros en las playas céntricas y de la Costa durante la tarde, encargados de distribuir las invitaciones para las noches y fines de semana. Bombay formaba parte de un circuito costero que integraba otros espacios de la zona como Pío Baroja, Light Power, Neurona y Van Gogh, ofreciendo una alternativa al polo de la avenida Constitución.

Hacia finales de 1990, la discoteca cerró sus puertas, dejando el espacio a nuevas marcas comerciales que continuaron explotando la famosa propiedad de Viamonte y la Costa. Su paso de dos años alcanzó para instalar el nombre de Bombay en la memoria urbana de la nocturnidad marplatense de fin de siglo y dejar el espacio listo para las que muchos recuerdan como las mejores matinées de la ciudad: Archie.

Luces de neón, medio Cadillac y la mística de Viamonte y la Costa

A comienzos de los años noventa, la postal de la noche marplatense tenía un punto neurálgico ineludible: la emblemática casona de Viamonte y la Costa. Por aquel edificio imponente, que ya había cobijado a otros boliches históricos, pasó una discoteca que marcó a fuego a toda una generación adolescente: Archie.

El lugar impactaba desde el ingreso. En un espacio con capacidad para dos mil personas, el diseño interior desplegaba una estética posmoderna inspirada en formas aerodinámicas y en la velocidad. La gran atracción visual era un televisor gigante de cuyo centro salía la mitad de un auténtico Cadillac, que mutó del rojo al crema según la temporada, ocupado por dos maniquíes con vestimenta urbana.

En tiempos donde no existían las redes sociales ni la telefonía móvil, la previa de la noche comenzaba en las playas céntricas y de la zona sur durante las tardes, donde los tarjeteros repartían las invitaciones de mano en mano. Cruzar los molinetes de la entrada exigía la gestión previa con algún conocido de las relaciones públicas o pagar la entrada en una caja donde convivía la libreta de papel con el cartel representativo de la época: "un peso, un dólar".

Las matinées de los fines de semana se convirtieron en un fenómeno social de la ciudad. El público que recién ingresaba a la escuela secundaria encontraba allí su primer espacio de pertenencia. La propuesta incluía entregas de recuerdos en la puerta, pósteres, llaveros y cassettes compilados, la clásica fiesta de la espuma, las elecciones de reinas de los colegios secundarios y un sector de fichines con arcades clásicos como 1942 o Time Pilot para pasar el rato.

La música marcaba el pulso de la pista bajo la conducción de DJs de la escena local como Pedro del Bueno y Miguel Gabín. De fondo, pantallas gigantes proyectaban los videoclips del momento al estilo MTV, desde Roxette hasta el furor de Guns N' Roses tras el estreno de Terminator 2. El escenario del boliche también fue plataforma para el despliegue en vivo del rock y el pop nacional de la época: por allí pasaron Los Pericos, Los Fabulosos Cadillacs, Los Twist, el debut de los Súper Ratones y visitas mediáticas como la de Mario Pergolini.

Hacia 1993, la discoteca cerró sus puertas, dejando tras de sí el recuerdo de un hito en la cultura juvenil marplatense de la década. El ritual de las caminatas de madrugada hacia las churrerías de la costa o el circuito de la nieve terminó de sellar la historia de una esquina que quedó grabada en el mapa nocturno de Mar del Plata.

 

Lo más

leído