Frisco Bay: Secretos y anécdotas del boliche que trajo Miami a la ruta 88

A la vera de la ruta 88, el mítico complejo Waterland desafió la rutina marplatense con su estética tropical y noches de rock inolvidables. Entre anécdotas de Soda Stereo y un DJ que llegó al poder, revelamos cinco curiosidades del boliche que marcó a una generación.

Frisco Bay, la discoteca que terminó por forjar la leyenda de una noche mágica, audaz y, a su modo, efímera.

9 de Mayo de 2026 16:45

Durante la vibrante década del 80, Mar del Plata encontró su oasis de vanguardia donde nadie lo esperaba: lejos de la espuma del Atlántico y el murmullo de la Bristol. En un paraje insólito de la ruta 88, allí donde la ciudad se junta con el campo, se erigió Waterland, un complejo acuático que fue mucho más que un parque de diversiones acuáticas, fue el anfitrión de Frisco Bay, la discoteca que terminó por forjar la leyenda de una noche mágica, audaz y, a su modo, efímera.

Apenas a seis kilómetros de la costa, en el kilómetro 5.5, camino a Necochea, la "Feliz" exhibió su faceta más ambiciosa. Inaugurado en 1982, el proyecto nació bajo la promesa del "Miami marplatense". Eran más de seis hectáreas diseñadas para el escape tropical: piscinas de olas que desafiaban la calma del interior, lagunas artificiales, una isla que oficiaba de bar y toboganes de un azul vibrante que prometían una modernidad inédita. Con sus cabañas, búngalos y hasta canchas de golf, Waterland ofrecía a los locales un quiebre de la rutina, una paradoja de lujo y recreación construida, curiosamente, sobre los márgenes de un antiguo relleno sanitario.

Pero el verdadero mito se cocinaba cuando caía el sol. Llegar a Frisco Bay era, en sí mismo, un ritual iniciático. Lejos del bullicio céntrico, la peregrinación hacia el boliche obligaba a los jóvenes a una logística de aventura: micros repletos que desafiaban el frío de la ruta y grupos de amigos que se organizaban para "estar ahí". Entre el rock nacional que estallaba en los parlantes y el vapor de las noches de baile, se escribió una historia de la que hoy solo quedan ruinas, pero que en los 80 fue el centro del universo.

A continuación, cinco curiosidades para entender por qué, a décadas de su cierre, el eco de Frisco Bay sigue sonando en la memoria de la ciudad.

1. El "Miami marplatense" sobre un relleno sanitario

Lo que pocos recordaban, o querían recordar mientras bailaban, es que el paraíso tropical de Waterland y su joya nocturna, Frisco, tenían un origen poco glamoroso. El complejo fue construido, literalmente, sobre un relleno sanitario en la ruta 88. Sin embargo, la magia de los 80 hizo lo suyo: entre palmeras, búngalos y piletas de olas, el público sentía que estaba en la Florida estadounidense, aunque el centro de Mar del Plata quedara a escasos kilómetros.

2. El DJ que llegó a la vicepresidencia

Antes de los trajes de etiqueta y los despachos oficiales, había un joven de pelo largo apodado "Aimé" (o "Emé") que manejaba los hilos de la noche. Amado Boudou, mucho antes de ser vicepresidente, fue el alma mater de Frisco Bay. No solo oficiaba de DJ residente pasando los éxitos de la época, sino que era el organizador estrella de los eventos musicales y festejos en el lugar. Comenzó mezclando canciones, organizando eventos y, luego de un tiempo de militancia, llegó a ser ministro de economía y luego vicepresidente de la Nación.

3. El mito de Soda Stereo: del show suspendido al abrazo inolvidable

La mitología de Frisco está llena de anécdotas cruzadas sobre Soda Stereo. Mientras algunos memoriosos juran haber visto a Gustavo Cerati presentar "Persiana americana" y hasta recuerdan un abrazo del líder de la banda tras el show, otros guardan un recuerdo más amargo: un recital que debió suspenderse en los inicios del grupo por falta de público. Una ironía del destino para la banda que, poco después, llenaría estadios en todo el continente.

Dentro de Frisco Bay en la actualidad.

4. "Garoto" y la barrera del sonido (y la entrada)

Ninguna crónica de Frisco está completa sin mencionar a Rubén Jardón, más conocido como "Garoto". Era el portero implacable, el guardián del derecho de admisión que decidía quién entraba al olimpo de la ruta 88 y quién no. Su figura era tan mítica que los jóvenes de barrios cercanos, como El Gaucho, diseñaban operativos comando: para burlar su vigilancia, se colaban por los campos linderos, caminando entre las vacas en plena oscuridad para aparecer, mágicamente, en el estacionamiento.

5. Miguel Abuelo: el predicador de la pista

Si bien por el escenario de Frisco pasaron Charly García, Los Twist, Los Pericos y hasta Zas, el lugar tenía un dueño espiritual: Miguel Abuelo. El líder de Los Abuelos de la Nada sentía una predilección mística por el boliche. Sus shows allí no eran simples conciertos, sino rituales donde un jovencísimo Andrés Calamaro ya descollaba en los teclados. Para muchos, el mejor Frisco era el que vibraba bajo el magnetismo de Miguel, cuando la disco se transformaba en el epicentro del rock nacional.

El eco del silencio: cuando la música se apaga

Inaugurado con la ambición de los grandes en 1988, Frisco Bay fue mucho más que un éxito comercial, fue el termómetro exacto de la noche marplatense. Sin embargo, en el mundo de la nocturnidad, el amanecer suele ser implacable. Con el paso del tiempo, el brillo del "Miami bonaerense" se fue opacando entre laberintos legales y deudas asfixiantes, llegando incluso a ser cedido al gremio de Camioneros, hasta que el deterioro terminó por devorarse la estructura.

Hoy, la nostalgia es lo único que permanece en pie en el kilómetro 5.5 de la ruta 88. Al visitar el predio, el paisaje es una postal detenida en el tiempo: toboganes de un azul ahora descascarado que ya no conducen a ninguna parte, palmeras resecas que añoran el bullicio y estructuras de madera que resisten el olvido. Lo que alguna vez fue el epicentro del glamour y el descontrol es hoy una ruina silenciosa que, paradójicamente, sigue gritando recuerdos.

Su inauguración se anunció en el diario La Capital.

"Qué bueno sería volver a abrirlo" o "Esos tiempos nunca volverán, pero quedaron en nuestra memoria" son los estribillos que se repiten en cada charla de café cuando surge el nombre de Frisco. Para aquella generación que desafiaba el frío de la ruta, que se colaba entre las vacas para escuchar a Miguel Abuelo o que esperaba el visto bueno de "Garoto" en la puerta, el lugar no fue solo un complejo de entretenimiento. Fue el escenario donde el rock, la adrenalina y los primeros amores se mezclaron para marcar una época imborrable.

Las luces se apagaron hace tiempo, pero en el imaginario colectivo de Mar del Plata, la fiesta de Frisco Bay todavía no ha terminado.