Opinión

7 de Mayo de 2018 13:05

Del glifosato al café, el riesgo de desinformar

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Ingeniera en alimentos y especialista en seguridad alimentaria. 

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Las discusiones sobre la posible relación entre el consumo de ciertos alimentos y el cáncer, generan cada vez más controversias y producen una gran confusión en los consumidores. Desde Estados Unidos, más precisamente desde el estado de California, se diseminan por el mundo ciertas advertencias que en lugar de informar y prevenir, despiertan temor y desinforman a la población. Esta polémica volvió a encenderse días atrás, cuando se dio a conocer el fallo de un juez en dicho estado, que busca advertir a los consumidores de café sobre los riesgos de cáncer a los que se exponen al tomar esta bebida. El problema, como en otros casos que han generado un gran revuelo, como el del glifosato, popular herbicida, es que la ciencia no respalda las advertencias. Es decir que se busca imponer una etiqueta, a pesar de que no existe evidencia científica que demuestre la conexión entre el cáncer y dichos productos.

Bajo la llamada Propuesta 65, una ley de control de cumplimiento de la normativa sobre agua potable segura y productos tóxicos, California obliga a los comerciantes a marcar sus productos con etiquetas que contengan advertencias sobre los posibles riesgos de cáncer de sus productos. Si bien la idea en un comienzo era conformar una lista sobre los químicos que podrían causar cáncer para así poder prevenir daños para la salud, la realidad es que la ley está generando cada vez más confusión. En lugar de alertar sobre daños reales, la lista se convirtió en un sin fin de nombres de productos etiquetados como cancerígenos, confundiendo a quienes los consumen al no poder distinguir entre productos que son realmente dañinos para la salud y aquellos que fueron marcados a pesar de que no se cuenta con evidencia científica que demuestre su impacto en la salud. Lo que demuestra que muchas veces, algunas leyes bien intencionadas pueden tener consecuencias negativas.

El debate en torno a los efectos cancerígenos del café, se originaron tras una demanda realizada en 2010 por el Consejo para la Educación e Investigación de Tóxicos, una ONG establecida en la ciudad de Long Beach. A través de su denuncia, el grupo busca que las empresas le adviertan a los consumidores que al beber café, se exponen a la acrilamida, una sustancia química utilizada en diferentes procesos industriales y que está presente en una gran variedad de alimentos como las papas fritas, los cereales o el pan tostado. En el caso del café, la acrilamida se produce al tostar los granos. A pesar de las demandas, el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos, recuerda que diferentes estudios científicos demostraron que no existe un vínculo entre la exposición a través de alimentos a la acrilamida y el cáncer. De hecho, todo el revuelo se generó a partir de un único estudio realizado con roedores, pese a que hasta el momento, no se publicó ninguna evidencia concreta sobre los riesgos para la salud humana.

No es la primera vez que California despierta un debate de este estilo, dejando de lado toda evidencia científica. De hecho, la calificación del café como cancerígeno va en línea con la política de etiquetado y advertencias que el estado viene desplegando desde hace años. Un caso similar al del café, es el del glifosato. El año pasado, la Propuesta 65 volvió a estar en el centro de atención, luego de que se intentara etiquetar al herbicida como posible cancerígeno, a pesar de las numerosas evidencias que demostraban lo contrario. Al igual que con la acrilamida, las acusaciones contra el glifosato provenían de un único estudio publicado por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), asociada a la Organización Mundial de la Salud, en el que se calificaba al glifosato como ‘probablemente cancerígeno’. Sin embargo, investigaciones posteriores llevadas a cabo por la agencia de noticias Reuters, demostraron que dicho informe había sido intencionalmente editado y que se había eliminado toda aquella evidencia que demostraba que no existía una conexión entre el herbicida y el cáncer o las malformaciones congénitas. A esta evidencia, se sumó también la publicación de diferentes informes por parte de instituciones como la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, que ratificaron que no existe un vínculo entre el glifosato y el cáncer. Sin embargo, a pesar de la evidencia científica que demuestra la seguridad del herbicida, las acusaciones dejaron una marca permanente en su reputación y aún hoy, en nuestro país, se debate la prohibición del mismo.

Las acusaciones injustificadas y el empecinamiento en generar advertencias para cualquier producto, se convierten en un arma de doble filo. Marcar todo lo que nos rodea como ‘posiblemente cancerígeno’, hace que aquellos productos que realmente son perjudiciales para la salud, pierdan su estatuto. Es decir, frente al etiquetado masivo, las advertencias valiosas pierden credibilidad. Lo que a su vez genera el efecto contrario al que se busca, ya que en lugar de alertar y prevenir a la población, se genera una desinformación generalizada. Al abrumar a los consumidores sobre todos los productos que consumen a diario, se corre el riesgo de atemorizarnos y de causar un efecto rebote: en lugar de tomar precauciones, simplemente dejarán de prestar atención a las etiquetas. Al no poder distinguir la veracidad de las mismas, los consumidores terminarán ignorándolas, sin importar si se trata en realidad de una sustancia química legítimamente peligrosa o de una campaña de desprestigio contra un alimento seguro.

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