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Historias de acá

7 de Octubre de 2019 10:08

Nancy, la capitana

Nancy Jaramillo, la capitana del “Erin Bruce”

Nancy Jaramillo es la única capitana de pesca de la Argentina. La historia de una mujer que se fue al mar para darle de comer a su hijo y sacar a su familia de la pobreza extrema y llegó a lo más alto de su carrera.

Nancy Jaramillo tenía apenas 18 años, un bebé de ocho meses y una vida en la pobreza extrema cuando se embarcó por primera vez como camarera en Puerto Madryn a bordo de un buque pesquero de la empresa Conarpesa. Limpió baños, aguantó días completos sin comer para no descomponerse, aprendió a tejer redes, limpió pescado a bordo y estudió. Hoy, a los 43, es la única capitana de un barco pesquero del país y dirige el destino de 30 hombres que salen a altamar a pescar a hacer mareas que duran entre 30 y 40 días. Pero ese, claro, es el final de una larga historia.

"Empecé por un tema de necesidad. Me había presentado en la Armada, en la Policía y en Prefectura, porque mi idea era tener todos los meses un sueldo seguro, pero no me aceptaban por ser mujer. Hice de todo: vendí carbón en los negocios, fui maestra particular de primaria, empleada doméstica, niñera y con todos eso trabajos ganaba 120 pesos al mes. Pero el tarro de leche para mi hijo salía 80 pesos y necesitaba, por lo menos, dos al mes", dice.

Oriunda de Trelew, Nancy vivía junto a sus cinco hermanos y sus padres en un asentamiento precario de Madryn cuando a los 17 quedó embarazada de su único hijo, Ammiel. "Mi familia era muy pero muy pobre, todo lo hice por necesidad", repetirá a lo largo de la conversación esta mujer a la que se le rieron en la cara cuando se presentó en la sede de Prefectura Naval para llevar un currículum. Sin embargo -y como suele hacer cada vez que recuerda el maltrato que sufrió-, ahora cuenta la anécdota entre risas. Mujeres acá, en la dependencia, no hay ni habrá jamás, le aclaró el uniformado. "Pensar que ahora está lleno", advierte, y se vuelve a reír. 

Era 1996 cuando Nancy obtuvo su libreta de camarera -la única opción para una mujer a bordo de un barco- y enseguida ofreció sus servicios en varias empresas de la pesca, una actividad en pleno auge en el sur del país. Un día la llamaron para subirse al buque “Antonio Álvarez” de la firma Conapersa. "No sabía qué iba a pasar, pero éramos muy pero muy pobres, en serio que éramos muy pobres", insiste. Ante la incertidumbre, su mamá le aconsejó que se vistiera con su mejor ropa, “un jean re gastado, esos que ahora uno usa de entrecasa", explica.

Nancy no sabía en qué se había metido y tampoco tenía a quién preguntarle. Antes de despedirse de sus padres que la habían acompañado al puerto, alguien de la empresa le entregó 50 pesos sin ningún tipo de explicación. Ella tomó el dinero, se lo dio a su mamá y se embarcó. El misterio se develó cuando el barco arribó al puerto de Mar del Plata: esos 50 pesos eran en concepto de viáticos que la empresa anticipaba a sus trabajadores para que compraran su comida una vez que pisaran tierra. Sin plata, sólo se le ocurrió simular que no tenía hambre para cumplir con ese mandato que le habían enseñado en su casa: no se pide ni se acepta nada de nadie. Pese a sus esfuerzos, uno de su compañeros se dio cuenta de la situación y la invitó a comer, oferta que obviamente rechazó de inmediato. Al final, aceptó una parte del sandwich que el hombre insistió en darle; un sánguche de fiambre que se convirtió en su última cena antes de emprender el primer viaje hacia el límite de la zona económica exclusiva del Mar Argentino, a donde el pesquero se dirigía en busca de langostino.

Horas antes de abandonar el puerto cada integrante de la tripulación recibió dinero, esta vez, 150 pesos. Sin poder creerlo, se comunicó con sus padres a la casa de la vecina -ellos no tenían teléfono-, preguntó por el bebé y les contó las novedades en unos pocos minutos.

-¡Mamá, me dieron 150 pesos! 

-¿Por qué te dieron esa plata? ¿Qué hiciste?

-Nada, no hice nada, mamá. Ahora me dijeron que el barco sale mañana...

-¿Cómo es el barco?

-Es re grande, no te imaginás...

-Bueno, hija, tené cuidado, ¿sí?

Después cortó y guardó los billetes en un bolsillo. Un hombre que la había observado se le acercó y le señaló algo que para ella había pasado completamente por alto. “Me dijo ‘nena, perdoná que te haga esta pregunta pero ¿vos trajiste toallitas femeninas? Porque nos vamos dos meses y vos vas a menstruar... Con esa plata que te dieron comprate shampú, jabón y esas cositas…’ ¡Ni se me había ocurrido! En casa, a lo sumo, cuando andábamos bien de plata, usábamos algodón porque era más barato, pero nunca toallitas. Así que me compré algodón y me fui a navegar”, recuerda.

Según sus cálculos, durante su primera navegación perdió diez kilos. “Me vomité la vida”, dice y se ríe la capitana que cuando se pone nerviosa, se ríe más. “Hasta que un día me agarró un gallego y me dijo: escúcheme niña, estamos pasando cerca de Madryn, si no te recuperás, pongo la proa al puerto y te dejo allá. Eso sí, no embarcas nunca más. O te levantas y pones las garras que necesitas, te superas y empiezas a laburar o se termina todo”, se acuerda. El mensaje fue claro y ella sólo pensó en una persona: Ammiel.

En ese entonces, la única comunicación que tenía la tripulación con sus familiares era a través de la radio del barco que se conectaba con la sede del Somu de Puerto Madryn. Por eso una vez a la semana padres, madres e hijos se concentraban en la sede del gremio de los marineros a la espera de noticias de su gente. Pero Nancy no sabía -nadie se lo había dicho-, por lo que pasó los sesenta días sin saber nada de nadie. “Me desaparecí del mapa y cuando volví, mi hijo no me reconoció. Ese ese es el dolor más grande para una madre”, asegura, y por primera vez, los ojos se le llenan de lágrimas que logra contener.

-Éramos muy humildes, pobres en serio, no me quedaba otra.

***

A bordo del “Antonio Álvarez”, Nancy Jaramillo recibió consejos de los más experimentados, aprendió a aguantarse los mareos y también tuvo miedo cada vez que alguno de sus compañeros o superiores la llamaban para hacerle algún comentario en privado. Es que pese a que se había cortado el pelo al ras para pasar lo más desapercibida posible en medio de todos esos hombres, el miedo a que alguno tratara de sobrepasarse con ella la mantenía alerta las 24 horas. 

Un día, un gallego -otro- la llamó a su camarote y de un modo particular trató de llevarle tranquilidad. Dice que le dijo que en un barco dos o tres podían querer violarla, pero el resto iba a defenderla. Esa noche se fue a dormir con una mezcla de sensaciones: necesitaba confiar en que era cierto lo que le había dicho su compañero, pero no lograba perder el temor por completo.

En su tercera marea, a Nancy le dieron una paliza. Fue uno de sus compañeros, un muchachote que al verla pasar entre los camarotes le recomendó que se vistiera con calzas para que se le marcara mejor el culo. Ella todavía no tenía 20 años y le seguían temblando las piernas cada vez que un marinero se le acercaba a conversar, pero esa vez, Nancy se plantó. “Me dí vuelta y le dije: por qué no le decís a la puta de tu mujer que se ponga una calza, cornudo. Me rompió la cara a trompadas, pero fue una forma de hacerme respetar: me banqué los golpes y después no me jodieron más. Aparte, quedó todo ahí abajo, no se enteró el capitán”, explica. Años más tarde, se hicieron amigos y él se disculpó: “Me dijo que se calentó porque yo tenía razón: la mujer lo engañaba y yo justo le toque donde más le dolía. Después de eso quedamos en que si yo alguna vez tenía algún problema, le avisara y él me iba a defender”. En esa época, cualquier inconveniente que surgiera a bordo se resolvía así, a trompadas, y siempre era útil tener un aliado, alguien que hiciera de protector. ¿El costo? Aguantar.

***

En el ‘98, cuando ya tenía varias navegaciones en su haber -se embarcó de forma continua para las pesqueras Harengus, Hamaltat y Wanchese-, Nancy obtuvo la libreta de marinera que la habilitaba a trabajar como ayudante de cocina a bordo, cocinera, operaria de planta y marinera de cubierta. Y tuvo que hacerse su lugar en ese mundo de hombres aprendiendo, incluso, a tejer redes durante las horas del descanso, lo que provocaba malestar en la tripulación, que la acusaba de quererlos hacerlos quedar mal.

-¿Todavía se cree que una mujer a bordo trae mala suerte?

-No, manzana.

“Empecé en el barco limpiando baños de hombres y después, de a poco, fui avanzando. Yo puedo asegurar que no es imposible”, dice. También fue operaria de planta a bordo y realizó tareas que incluyen la carga, lavado y preprocesamiento y clasificado del pescado.A partir de allí, tuvo su objetivo más en claro: quería ser capitana y en eso se concentró durante la siguiente década.

Entre 2003 y 2013, tras haber podido ingresar a la Escuela de Pesca de Mar del Plata -a pesar de que tenía las mejores calificaciones, la institución puso todo tipo de reparos para frenar su admisión-, consiguió los títulos de patrón de pesca costera, piloto de pesca, segundo oficial de pesca, primer oficial de pesca y piloto de pesca de primera. Mientras tanto, debió seguir navegando para sacar a su familia adelante y pagar sus estudios. “Un día, un capitán me llamó aparte y me dijo que tenía un regalo de parte suya y de su esposa. Era un libro que necesitaba y que no me podía comprar porque era carísimo. Era así de grande -dice con las manos-, con las tapas duras, hermoso… No se lo podía aceptar, me daba tanta vergüenza…”, se acuerda y se emociona. Es que Nancy, a pesar de todo, es una mujer agradecida. 

Su debut como capitana de relevo fue en 2013, al mando del buque “Miss Tide”. Tres años más tarde, por fin, logró quedar efectiva como capitana del “Erin Bruce”, cuyos destinos dirige hasta hoy y en el que dentro de una semana saldrá altamar por 30 días.

Hace un par de años se radicó en Mar del Plata, pero reparte sus días en tierra entre Madryn y su casita de Parque Camet, en donde vive junto a su madre. “Me la traje porque habíamos puesto un polirrubro y se fundió, y ella se quedó muy mal. Ahora la tengo conmigo. Tenemos gallinas y una huerta”, cuenta. En el sur quedaron sus hermanos, su padre, su hijo y su nieto. Si bien ahora está en pareja, admite que su vida personal es otra de las cosas que debió postergar porque, a la hora de elegir, ella siempre prefirió irse al mar.

***

Pese de su trayectoria en el rubro, Nancy admite que todavía, a veces, tiene que esforzarse para que la tomen en serio. “Me ha pasado de ordenar una maniobra y que antes de ejecutarla, consulten a otro qué opina”, señala. No obstante, asegura que ese tipo de episodios cada vez son menos frecuentes pero también trabaja duro para que así sea, no sólo por ella, sino por las demás mujeres que están o que quieren ingresar al mundo de la pesca. “En mi tripulación hay dos mujeres y realmente se nota la diferencia. Las mujeres, además de su trabajo, aportan ‘civilización’ en el barco; ahora no se tienen que arreglar las cosas a las trompadas”, se ríe, de nuevo.

-¿Esto era lo que querías ser?

-Síii, totalmente. Hubo gente que tenía mucha fe en mí, incluso antes que yo misma y siento que estoy en mi lugar. 

-Entonces, valió la pena.

-Lamento haber pasado tanto tiempo lejos de mi hijo, pero también sé que si no iba al mar, no comía él ni mi familia. Hoy por hoy, el mar es el único lugar en el que me siento libre.

-La última: ¿ya hay toallitas femeninas en tu barco?

-No, todavía no… Pero ya falta menos (más risas).