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El escribiente

1 de Diciembre de 2019 09:00

Familia adicta, el relato crudo de Mauro Federico y su hijo para salir del infierno

Familia adicta (Ediciones B, 2019) está escrito por Mauro Federico y su hijo Ariel. Así, a cuatro manos, nos narran la historia de una adicción que pedía a gritos ser escuchada pero que nadie oyó. Una historia honesta y descarnada en la que un padre narra cómo fue el proceso para dejar atrás la culpa y hacerse responsable; y el hijo, adicto, cómo fue el suyo, desde que tocó fondo hasta que hizo su última rehabilitación.

El silencio de aquel que pide ayuda es un silencio doliente. Impuesto por el que no escucha, padecido por el sufriente. Todos necesitan distancias. Mirarse y ser mirados. Ese silencio desconcentra anónimamente para luego dejarse olvidar por todos. Pero el olvido no hace desaparecer ni los dolores, ni los pedidos, ni los oídos sordos. Algo en algún momento debe reaccionar. Uno u otro. Algo que oficie de grito, de llanto, de auxilio.

Familia adicta (Ediciones B, 2019) es un texto donde un padre y un hijo cuentan cómo es salir del infierno. Mauro Federico y su hijo, Ariel Federico, nos suman a sus propias circunstancias del “darse cuenta” que alguien amado pide ayuda. Nos hacen parte del dolor de un padre durante esa instancia  donde se deja atrás la culpa y se hace uno responsable de lo que ocurre alrededor. 
Este libro provoca una innumerable cantidad de inquietudes y la primera surge del mismo título. ¿Qué significa que una familia sea adicta? ¿Quiere decir que todos consumían drogas? “Estamos acostumbrados a ligar rápidamente la palabra adicción con el consumo directo de drogas, pero la adicción es algo mucho más abarcativo que el mero consumo de una sustancia estupefaciente”, aclara el propio Mauro Federico.

-¿Qué sería más abarcativo?

-Cuando nosotros nos ponemos en primera persona y decimos que somos una familia adicta, no estamos diciendo que consumimos o lo hicimos en algún momento; sino que, en el caso de mi hijo Ariel, él asumió la posición de ser el adicto consumidor y todos nosotros, de algún modo,  hemos formado parte de un acompañamiento tácito, pasivo en algunos casos o incompetente en otros para darle las respuestas que él en algún momento necesitó cuando surgieron preguntas y nosotros estábamos ausentes. Y cuando digo nosotros hablo de todo su entorno, desde su padre que soy yo, de su mamá y hablo de algunos de  sus amigos también. Esto me parece que es el gran interrogante que a uno le surge cuando enfrenta este laburo que nos costó mucho tiempo procesar, más allá de los tratamientos que llevamos adelante con Ariel que nos llevaron más de diez años.

Si bien la conclusión es la presencia, el disparador del texto es la ausencia. Esa ausencia que genera dolor y arrepentimiento, así como impotencia y culpa. Visto a la distancia, todo aquello demuestra como con casi nada puede uno hacer casi todo. Pero en aquel momento no había tiempo de pensar. Solo había que oír y vivir al lado de aquel que gritaba en silencio. 

La adicción es una enfermedad que requiere, como todas, un abordaje que trasciende lo sanitario, lo médico. Sin embargo, como es una enfermedad que está ligada a cuestiones sociales y afectivas, además de lo médico hay que ponerle  un aspecto social y uno psicológico. Ahora bien,  lo último que entraría en discusión en estos aspectos a tener en cuenta para tratar al padeciente es la cuestión de la seguridad. El relato a cuatro manos de Mauro y Ariel Federico  logra  identificar claramente cuál es tamiz por el cual el Estado mide e interviene sobre este flagelo de la sociedad. Mauro lo ejemplifica mejor, “Un adicto no debe ser una persona que termine en un calabozo. Y esto es lo que pasaba con mi hijo. Cuando él tenía contacto con la policía (con el Estado) mi hijo terminaba detenido en un calabozo y eso es lo que nosotros señalamos como uno de los principales inconvenientes. Lamentablemente el Estado tiene una escasísima presencia en las áreas donde los adictos requerirían algo más activo y una exagerada presencia en estos aspectos que están ligados, supuestamente,  a una cuestión de seguridad, pero que nosotros lo atribuimos a esa intención de hacer estadísticas con el número de detenciones o de drogas decomisadas. A mi hijo lo detuvieron varias veces, pero nunca le pudieron hacer ni una causa, primero porque era menor y segundo porque la sustancia que tenía en su poder eran menor a la cantidad permitida para consumo personal”.

-El Estado lo primero que hace es mandarte a la policía y luego toda la sociedad que sigue negando el problema, silenciándolo…

-Una de las primeras enseñanzas que recibimos con Ariel en todo este proceso tuvo que ver con la etimología de la palabra adicto. La palabra adicto significa etimológicamente, lo que no se dice. El adicto es aquel que no dice. La adicción es la incapacidad para usar las palabras de manera adecuada para expresar lo que siente la persona que la padece. Y esta falta de palabra tiene mucho que ver con lo que nosotros sostenemos es el principal inconveniente que padece un adicto: el silencio. Si hay un enemigo a enfrentar acá no son las sustancias, es el silencio fundamentalmente. Porque, lamentablemente, somos una sociedad que, sobre todo en sus estratos medios y altos, el consumo de drogas, la adicción cualquiera, es invisibilizada. En los otros, en los estratos más bajos,  hasta parece morboso ir a mostrar como los pibes se matan consumiendo paco o matan para conseguirlo.

En una gran cantidad de situaciones los problemas se tapan en los propios círculos familiares, que, en vez de enfrentar la problemática, de ponerlo de manifiesto y de poder hablarlo, primero internamente y luego ante la asistencia necesaria y requerida de un dispositivo, lo callan, lo esquivan. “Esto es muy complicado, porque  vos no reconocés  que padeces una enfermedad, que es el primer paso para sanarse,  simplemente atribuís esto a un 'bueno, es pendejo', que ojo, es lo que me pasaba a mí, yo lo cuento porque era lo que me pasaba, no señalo en esto a nadie, sino que fue lo que viví. A mí me decían 'che, tu pibe consume'  y yo decía 'y, bueno,  es pibe, es marihuana'.  Siempre buscaba minimizar ante las alertas que mi propio entorno me daba y mi propio pibe también, lo que pasaba, lo que nos pasaba” sostiene. 

-¿Qué te convenció sobre la situación? ¿Cuándo diste lugar a la certeza?

-Hubo dos elementos que a mí me convencieron. Lo primero fue mi hermano. Él me alertó sobre que Ariel estaba consumiendo de una manera problemática. Y el segundo episodio es el propio Ariel que empieza a tener manifestaciones más violentas de las que meramente puede tener un adolescente a los quince años, como la violencia familiar. Por ejemplo el pibe comienza aponerse violento dentro de nuestra propia casa y en un principio eso fue lo que me hace reaccionar y, en combinación con los dichos de mi hermano, me obligan de algún modo a empezar a mirar aspectos que hasta ese momento yo había dejado pasar. Ahí confronto esa realidad y ahí, creo, que él se asusta y acepta la primera ayuda.

La adicción no es una enfermedad que se cure, lamentablemente. Se puede controlar, pero uno la lleva por siempre. La persona que padece una adicción, además de su hipersensibilidad, su incapacidad de poder procesar lo que ocurre, lo que lo rodea, lo que lo daña, está  carente  de un proyecto de vida, no ve  futuro y no encuentra  en su vida un atractivo. Hoy Ariel Federico está alejado del consumo de sustancias desde ya hace cinco años, viviendo en otro país, y ejerciendo su profesión 

Ambos, padre e hijo, sobrevivieron al concepto de experiencia. Experiencia como aquello que no te deja igual, luego del tiempo sucedido. Ni Mauro, ni Ariel, ni su entorno más cercano quedaron igual después de todo esto. Hasta este mismo texto, escrito a cuatro manos, con el dolor de lo vivido y el dolor de lo recordado, con esas canciones que ofician de títulos y con la felicidad de mirar esta época con mejores ojos, ya no es el de ellos. Ya no les pertenece, su intención es que sea de otros que lo necesiten y encuentren en él instrumentos para evitar los silencios y aliviar el dolor.  

-¿Dónde depositabas tu fe en ese momento, sos un tipo creyente, pensabas en Dios?

-Muchos tratamientos se basan en la creencia religiosa, nosotros no abordamos ninguno de esos fundamentalmente por Ariel. Yo tengo algún vestigio de mi formación religiosa que me hace aún tener la sensación de que hay alguien que puede darte una mano en un momento de angustia y mirás al cielo y decís: “Dios mío, cómo hago ahora”. Pero mi hijo es mucho más agnóstico, entonces decidimos no abordarlo desde ahí. Yo creo que primero uno se apoya en al amor. La relación entre nosotros venía de controversias y las relaciones familiares nos eran adversas para poder demostrar ese amor. Pero a lo largo de los años de tratamiento nos quedó en claro que estaba  muy presente en nuestra historia. El amor fue fundamental.  

En ese marco de contención, de sostén familiar y de amigos, hay dos figuras que se destacan a lo largo de todo el libro, es decir, de todo el proceso. Por un lado, la abuela materna de Ariel y por otro el abuelo paterno, Vicente, quien le brindaba a Ariel mayor contención con sus silencios que el propio padre con sus pocas palabras. “Mi viejo  es una de esas miradas que yo a veces levanto la cabeza, trato de buscarla y la encuentro. Porque mi viejo era un tipo de pocas palabras, como bien lo describe Ariel, pero que aprendió a decir mucho más que los que tal vez usamos la palabra  de manera recurrente. Creo que ese entendimiento que logró Ariel con su abuelo, a partir de las palabras justas y necesarias, fue fundamental también. No es casual que la muerte de su abuelo, mi viejo, la señalemos en el libro como uno de los dos hitos más importantes de nuestra historia. Tanto la muerte de mi papá, como la muerte de la abuela materna de Ariel, que eran sus dos referencias, fueron importantes. Casi más importantes que los roles que ocupábamos la madre y yo. Con ellos vivos quizás hubiese sido más sencillo encontrar el camino de salida, pero la vida nos enfrenta a estos desafíos y creo que a lo largo de estos años tanto Rosi como yo, aprendimos a ser mejores padres de lo que éramos” sostiene.

Escuchar. Amar. Sostener. En ello se busca lo que falta y lo que desborda. Mucho dolor puede caber en el silencio. Peor aun si es el silencio de un ser amado, de un ser por el cual darías tus días. Cuesta reconocer qué hay en las palabras de los otros. Más cuesta en sus silencios. El texto nos nombra desde aquello que podemos decir en situaciones difíciles, pero más  nos conforma desde las verdades que somos capaces de oír y a veces esquivamos.