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Robinson Crusoe, desde la soledad de su isla hasta el niño que fui

Robinson Crusoe, desde la soledad de su isla hasta el niño que fui

Por Bernabé Tolosa

El 25 de abril de 1719 Daniel Defoe publica su novela Robinson Crusoe. Hoy se la considera la primera novela inglesa, así como el primer best seller por la cantidad de ediciones que se hicieron. Lo que puede ser leído como una aventura también oficia de alegoría de otros tantos temas a descubrir. Muchos pensadores y escritores, aun hoy, siguen analizando y pensándola.

Las aventuras de Robinson Crusoe fue el primer libro del que tuve dos ediciones distintas en mi biblioteca. Fue hace un tiempo ya y dos estantes alcanzaban  para sostener todos mis libros. Pero el encanto que había causado aquel protagonista en mí, así como sus técnicas de supervivencia, más esa soledad que lo interpelaba  pero que a su vez lo acompañaba, generaban en mí ciertas ganas de leerlo reiteradamente.

Recuerdo perfectamente ese segundo libro de la colección Robin Hood, con su portada con fondo amarillo y el  protagonista totalmente vestido de verde, con un fusil en la mano, una sombrilla en la otra y la compañía de un perro.

 

Con el tiempo descubrí que Robinson Crusoe era un buen ejemplo de lo que se conoce como literatura de iniciación. Es decir, muchos ingresamos al mundo de los libros y sus lecturas  gracias a él.

Robinson Crusoe de Daniel Defoe se publicó por primera vez un 25 de abril de 1719 y es considerada la primera novela inglesa. Se dice que el autor logró sintetizar en ella una cantidad de fuentes de interés suficiente como para lograr que el texto enganche y atraiga a lectores de distintas épocas, de distintos países y de distintas edades.

Hablamos así  de una novela clásica de aventuras por antonomasia, y aunque por lo general a esta obra se le conoce simplemente por el nombre del protagonista, Robinson Crusoe, el título original, tal como aparece en la portada de su primera edición, es: “La vida e increíbles aventuras de Robinson Crusoe, de York, marinero, quien vivió veintiocho años completamente solo en una isla deshabitada en las costas de América, cerca de la desembocadura del gran río Orinoco; habiendo sido arrastrado a la orilla tras un naufragio, en el cual todos los hombres murieron menos él. Con una explicación de cómo al final fue insólitamente liberado por piratas. Escrito por él mismo”.

En la historia, un personaje ficticio (aunque muchos aseguran que probablemente Defoe tuvo como inspiración los hechos reales ocurridos a Alexander Selkirk) cuenta en primera persona parte de su vida: su pelea con su padre, sus viajes en barco por el mundo, su venta como esclavo y su llegada a Brasil donde prospera. Sin embargo decide viajar nuevamente, su barco naufraga y a él le toca sobrevivir más de 28 años en una isla desierta. Robinson Crusoe siente a aquella isla como su colonia, su espacio dentro de la soledad.  Un día rescata a un prisionero de un grupo de caníbales, a quien bautiza Viernes, convirtiéndolo en su esclavo y su compañía. 

 

Hasta ahí la historia propiamente dicha. Aquel niño lector que podía rescatar pocas cosas de esas primeras lecturas, pero más adelante fui descubriendo nuevas capas, así como a muchos grandes que vertían sus opiniones sobre la obra.

En alguno de los prólogos de sus tantas ediciones, Aránzazu Usandizaga sostiene que una gran mayoría de la crítica coincide en aceptar el “contenido alegórico que se desprende de gran parte de la novela y que se puede entender como uno de los temas que unifica el libro. De acuerdo a este criterio, la aventura de Robinson gira en realidad a su conversión religiosa de tal forma que su reclusión en la isla se puede entender como una metáfora  de las limitaciones que le impone su estado de pecado”. Así, “el triunfo  de Crusoe sobre el medio geográfico y natural que lo rodea  se puede a la vez entender como un símbolo de un triunfo espiritual sobre su alma en pecado”. Podríamos inferir entonces que su aventura espiritual es comparable y equivalente a su aventura real.

Todo el proceso se hace, a lo largo de la historia, en un diálogo permanente con Dios y distintas lecturas de la Biblia. Así, Dios se convierte en el antagonista de Robinson y lo único que lo colma. Al menos es así hasta la llegada de Viernes a quien,  en una primera instancia,  le enseña el idioma ingles y luego convierte  a su religión.

Robinson Crusoe desarrolla en la isla una actividad permanente, trabaja sin descanso día tras día. Además lleva un balance de lo que tiene y de lo que puede conseguir, calcula los costos, gasta prudentemente, guarda la primera cosecha para poder sembrarla de nuevo. Cumple el sueño burgués de varias viviendas y almacenes repletos. A esta lectura marxista algunos agregan: “Crusoe no es un hombre libre ni un defensor de la naturaleza y mucho menos representa el ideal del salvaje no contaminado por la civilización como lo ve Rousseau”. Pero tampoco defiende una utopía, sino todo lo contrario; como señala Pietro Citati. Crusoe recomienda infatigablemente y de forma elocuente las bondades de lo que existe en la tierra y consigue hacer de la isla un emporio económico solo con su esfuerzo y con lo que tiene a mano (y lo que milagrosamente  ha recibido en herencia del barco que aún seguía a flote cuando naufragó).

 

Karl Marx sostenía que las ‘robinsonadas’ no elogian el retorno a una vida primitiva, sino que “anticipan más bien la sociedad burguesa que se preparaba en el siglo XVI y que en el siglo XVIII marchaba a pasos agigantados hacia su madurez. En esta sociedad de libre competencia, el individuo aparece como desprendido de los lazos de la naturaleza, que en épocas anteriores de la historia hacen de él una parte integrante de un conglomerado humano determinado, delimitado”.

Bajo esta lectura, el personaje representa  el modelo del individuo moderno inglés. El verdadero símbolo de la conquista británica es, entonces, Robinson Crusoe “quien naufrago en una isla solitaria, con un cuchillo en un bolsillo y una pipa se convierte en arquitecto, carpinteo, afilador, astrónomo, constructor naval, alfarero, agricultor, sastre y clérigo. Él es el verdadero prototipo del colonizador británico como Viernes es el símbolo de las razas sometidas”, ya que Crusoe rescata a Viernes de lo que él llama los salvajes. “Le hice saber que su nombre era Viernes… Igualmente le enseñé la palabra ‘amo’ y le indiqué que ese era mi nombre”, dice el protagonista en la novela. Viernes se convierte en algo inseparable de Crusoe, en su sombra, en más de un sentido, pero su nueva compañía carece de autonomía. Asimismo permite permanentemente reflexionar al protagonista sobre su entorno y al lector sobre el lugar del sujeto moderno en el colonialismo occidental. Así es que, esta historia de un marinero que luego de naufragar  y vivir solo en una isla, nos revela en realidad el instinto para sobrevivir,  gracias a la razón,  y  la profecía del imperio. El premio Nobel J.M. Coetzee, con respecto a esto, sostiene que lo que muestra la obra de Defoe es que “Crusoe es un hombre cualquiera, que cualquier hombre es una isla y que cualquier vida, vista desde una óptica alegórica, es una vida aislada bajo los ojos escrutadores de Dios. En el caso de Robinson Crusoe se puede ver a Defoe tratando de dar forma, sin lograrlo, a la historia de su héroe  aventurero para que encajase en el modelo bíblico de la desobediencia, el castigo, el arrepentimiento y la liberación”.

Por otro lado, algunos aseguran que, como en ninguna otra novela, en esta se evoca la profunda soledad del ser humano. El mismo diccionario de la Real Academia Española  define al término “robinson” como: “Hombre que en la soledad y sin ayuda ajena llega a bastarse a sí mismo". James Joyce le dedicó varios cursos a la obra de Daniel Defoe. En un apartado sobre Robinson Crusoe sostiene que, “En tales circunstancias, en medio de la dura realidad y en soledad total, el náufrago se lamenta de su suerte, expresa pensamientos complejos, reflexiona sobre la condición humana y manifiesta temores como consecuencia de la exclusión social a la que está expuesto. Pero al mismo tiempo Robinson es el rey de un territorio deshabitado, pequeño pero inmenso, es un monarca que dicta leyes y sueña con un esclavo”.

 

Jacques Derrida dicta un largo seminario, en  2002 y 2003, a la lectura de esta novela junto a la filosofía de Martín Heidegger. El drama robinsoniano en la lectura del filósofo es el drama humano frente al mundo, el hombre en el mundo a partir de la sugestiva y necesaria interrogación de lo más básico y personal de todo sujeto, su propio mundo. Allí Robinson es un hombre y es todo los hombres frente a la ambigüedad de la soledad: abandonado y angustiado frente a una soledad humana absoluta, se reconforta en volverse un amo y señor, rey absoluto de un territorio sin otros.

Joyce rescata de aquel seminario que “uno de los puntos más altos de la angustia de Robinson es cuando un día cualquiera, caminando por la playa encuentra una solitaria huella. ¿Es el anuncio definitivo de la presencia de otros en su isla? ¿O es un engaño, su propia huella abandonada y no reconocida?  Lacan ve allí la importancia de la lógica del significante, la huella propiamente es una impronta, pero que se vuelve significante al borrarse, al volverse un hueco que testimonia una presencia pasada. Esa huella misteriosa lo recluye, lo encierra en su pequeña y férrea fortaleza. Se niega a salir, se asegura no poder ser visto desde ningún lugar, se encierra absolutamente ante la posibilidad de que alguien pueda sorprenderlo en su guarida. Robinson es un rey solitario pero absoluto en su isla. La presencia del otro en tanto huella, o en tanto caníbales cuyo festín presencia escondido entre los árboles y que visitan periódicamente la isla, amenazan tal soberanía”.

Leer la novela con las claves sugeridas por Derrida es un ejercicio muy recomendable. Él se pregunta “¿Qué es una isla?” Y,  si bien no responde esta pregunta finalmente, sí se limita a decir  que “No hay mundo, solo hay islas”. Como si pensar en la isla nos empujara a replantearnos en realidad el mundo, a cuestionar la idea que tenemos sobre aquello que hay afuera.  En la obra de Defoe la isla está pensada no como un simple espacio de acción del personaje, sino ella misma como un personaje más, como una condición de la manifestación de Dios también.

 

Por último, a pesar de que su autor murió en la más triste bancarrota después de haber ejercido cientos de oficios -entre ellos el de espía e incluso el de espía doble- la publicación de las aventuras de su héroe obtuvo un considerable éxito. Aseguran que fue el primer best seller de la literatura mundial con sus 196 ediciones desde 1719 a 1898 y sus 110 traducciones (incluso al gaélico y al turco). Además, le sucedieron innumerables imitaciones y adaptaciones, que en Alemania superaron las doscientas, conocidas como las Robinsonades. Por otro lado, aun hoy en día, sigue utilizándose como materia primaria para otras tantas historias y pensamientos sobre la condición humana.

Un detalle, cuando Defoe escribe Robinson Crusoe tenía ya 55 años. Y si bien la novela le propinó un buen presente literario, en realidad fue un buen futuro literario, ya que en ese momento aún la lectura de tal género no era lo más atractivo para los lectores medio, pero sería la piedra inicial. Dicen sobre él que “es el primer autor que escribe sin imitar ni adaptar obras extranjeras, el primero en crear sin modelos literarios”.

Disfruté mucho aquellas primeras lecturas de la historia, siesta tras siesta. Fue una experiencia iniciadora en el mundo de los libros y en el mundo de la imaginación. Aquellas fueron mis primeras experiencias desde la imaginación, fueron mis primeras alas. Luego vinieron otras lecturas y otras letras, pero es difícil dejar pasar a  las primeras que nos despertaron, que nos abrieron la puerta para ir a jugar entre letras e imaginación. Quizás como dice Jorge Monteleone, “…la lectura en la infancia nunca entra en el olvido y su sola evocación tiene la fuerza de un tesoro largamente prometido al deseo…Creo, agrega, que esas lecturas la dan a la infancia un mundo, y que con los años tal vez se despierta de nuevo ese mundo de la infancia en el acto mismo de leer

 

Robinson Crusoe es un marino de York que, en una expedición por África en barco, es capturado por unos piratas y se convierte en esclavo.

Consigue escapar y es ayudado por un capitán de marina portugués, que se dirige a Brasil. En este último lugar se establece por un tiempo pero surge la opción de navegar nuevamente a África en busca de negros para asistir las necesidades domésticas de él y un grupo de inmigrantes en Brasil; es allí donde el barco naufraga y es el único superviviente, logrando llegar a una isla de la que parece ser el único habitante.

Como medio para sobrevivir, toma todas aquellas armas y provisiones del barco que necesita, a la espera de ser rescatado. Cuando por fin empieza a adaptarse a la soledad (gracias, entre otras cosas, a su conversión al cristianismo) e instalarse en la isla, descubre que no está solo en ella, ya que una tribu indígena caníbal visita la isla frecuentemente para sus rituales y festines. Crusoe inmediatamente considera a los indígenas como enemigos, y ayuda a escapar a uno de sus prisioneros que estaba a punto de ser ejecutado. Como se han conocido un día viernes, Crusoe le llama “Viernes” y forjan una sincera amistad, a pesar de que no coinciden ni en el idioma ni en la cultura. Juntos deciden ayudar a los demás prisioneros capturados por los indígenas, uno de los cuales es un español que también es un náufrago que aguarda la llegada de un barco.

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Robinson Crusoe, desde la soledad de su isla hasta el niño que fui

El 25 de abril de 1719 Daniel Defoe publica su novela Robinson Crusoe. Hoy se la considera la primera novela inglesa, así como el primer best seller por la cantidad de ediciones que se hicieron. Lo que puede ser leído como una aventura también oficia de alegoría de otros tantos temas a descubrir. Muchos pensadores y escritores, aun hoy, siguen analizando y pensándola.

Las aventuras de Robinson Crusoe fue el primer libro del que tuve dos ediciones distintas en mi biblioteca. Fue hace un tiempo ya y dos estantes alcanzaban  para sostener todos mis libros. Pero el encanto que había causado aquel protagonista en mí, así como sus técnicas de supervivencia, más esa soledad que lo interpelaba  pero que a su vez lo acompañaba, generaban en mí ciertas ganas de leerlo reiteradamente.

Recuerdo perfectamente ese segundo libro de la colección Robin Hood, con su portada con fondo amarillo y el  protagonista totalmente vestido de verde, con un fusil en la mano, una sombrilla en la otra y la compañía de un perro.

 

Con el tiempo descubrí que Robinson Crusoe era un buen ejemplo de lo que se conoce como literatura de iniciación. Es decir, muchos ingresamos al mundo de los libros y sus lecturas  gracias a él.

Robinson Crusoe de Daniel Defoe se publicó por primera vez un 25 de abril de 1719 y es considerada la primera novela inglesa. Se dice que el autor logró sintetizar en ella una cantidad de fuentes de interés suficiente como para lograr que el texto enganche y atraiga a lectores de distintas épocas, de distintos países y de distintas edades.

Hablamos así  de una novela clásica de aventuras por antonomasia, y aunque por lo general a esta obra se le conoce simplemente por el nombre del protagonista, Robinson Crusoe, el título original, tal como aparece en la portada de su primera edición, es: “La vida e increíbles aventuras de Robinson Crusoe, de York, marinero, quien vivió veintiocho años completamente solo en una isla deshabitada en las costas de América, cerca de la desembocadura del gran río Orinoco; habiendo sido arrastrado a la orilla tras un naufragio, en el cual todos los hombres murieron menos él. Con una explicación de cómo al final fue insólitamente liberado por piratas. Escrito por él mismo”.

En la historia, un personaje ficticio (aunque muchos aseguran que probablemente Defoe tuvo como inspiración los hechos reales ocurridos a Alexander Selkirk) cuenta en primera persona parte de su vida: su pelea con su padre, sus viajes en barco por el mundo, su venta como esclavo y su llegada a Brasil donde prospera. Sin embargo decide viajar nuevamente, su barco naufraga y a él le toca sobrevivir más de 28 años en una isla desierta. Robinson Crusoe siente a aquella isla como su colonia, su espacio dentro de la soledad.  Un día rescata a un prisionero de un grupo de caníbales, a quien bautiza Viernes, convirtiéndolo en su esclavo y su compañía. 

 

Hasta ahí la historia propiamente dicha. Aquel niño lector que podía rescatar pocas cosas de esas primeras lecturas, pero más adelante fui descubriendo nuevas capas, así como a muchos grandes que vertían sus opiniones sobre la obra.

En alguno de los prólogos de sus tantas ediciones, Aránzazu Usandizaga sostiene que una gran mayoría de la crítica coincide en aceptar el “contenido alegórico que se desprende de gran parte de la novela y que se puede entender como uno de los temas que unifica el libro. De acuerdo a este criterio, la aventura de Robinson gira en realidad a su conversión religiosa de tal forma que su reclusión en la isla se puede entender como una metáfora  de las limitaciones que le impone su estado de pecado”. Así, “el triunfo  de Crusoe sobre el medio geográfico y natural que lo rodea  se puede a la vez entender como un símbolo de un triunfo espiritual sobre su alma en pecado”. Podríamos inferir entonces que su aventura espiritual es comparable y equivalente a su aventura real.

Todo el proceso se hace, a lo largo de la historia, en un diálogo permanente con Dios y distintas lecturas de la Biblia. Así, Dios se convierte en el antagonista de Robinson y lo único que lo colma. Al menos es así hasta la llegada de Viernes a quien,  en una primera instancia,  le enseña el idioma ingles y luego convierte  a su religión.

Robinson Crusoe desarrolla en la isla una actividad permanente, trabaja sin descanso día tras día. Además lleva un balance de lo que tiene y de lo que puede conseguir, calcula los costos, gasta prudentemente, guarda la primera cosecha para poder sembrarla de nuevo. Cumple el sueño burgués de varias viviendas y almacenes repletos. A esta lectura marxista algunos agregan: “Crusoe no es un hombre libre ni un defensor de la naturaleza y mucho menos representa el ideal del salvaje no contaminado por la civilización como lo ve Rousseau”. Pero tampoco defiende una utopía, sino todo lo contrario; como señala Pietro Citati. Crusoe recomienda infatigablemente y de forma elocuente las bondades de lo que existe en la tierra y consigue hacer de la isla un emporio económico solo con su esfuerzo y con lo que tiene a mano (y lo que milagrosamente  ha recibido en herencia del barco que aún seguía a flote cuando naufragó).

 

Karl Marx sostenía que las ‘robinsonadas’ no elogian el retorno a una vida primitiva, sino que “anticipan más bien la sociedad burguesa que se preparaba en el siglo XVI y que en el siglo XVIII marchaba a pasos agigantados hacia su madurez. En esta sociedad de libre competencia, el individuo aparece como desprendido de los lazos de la naturaleza, que en épocas anteriores de la historia hacen de él una parte integrante de un conglomerado humano determinado, delimitado”.

Bajo esta lectura, el personaje representa  el modelo del individuo moderno inglés. El verdadero símbolo de la conquista británica es, entonces, Robinson Crusoe “quien naufrago en una isla solitaria, con un cuchillo en un bolsillo y una pipa se convierte en arquitecto, carpinteo, afilador, astrónomo, constructor naval, alfarero, agricultor, sastre y clérigo. Él es el verdadero prototipo del colonizador británico como Viernes es el símbolo de las razas sometidas”, ya que Crusoe rescata a Viernes de lo que él llama los salvajes. “Le hice saber que su nombre era Viernes… Igualmente le enseñé la palabra ‘amo’ y le indiqué que ese era mi nombre”, dice el protagonista en la novela. Viernes se convierte en algo inseparable de Crusoe, en su sombra, en más de un sentido, pero su nueva compañía carece de autonomía. Asimismo permite permanentemente reflexionar al protagonista sobre su entorno y al lector sobre el lugar del sujeto moderno en el colonialismo occidental. Así es que, esta historia de un marinero que luego de naufragar  y vivir solo en una isla, nos revela en realidad el instinto para sobrevivir,  gracias a la razón,  y  la profecía del imperio. El premio Nobel J.M. Coetzee, con respecto a esto, sostiene que lo que muestra la obra de Defoe es que “Crusoe es un hombre cualquiera, que cualquier hombre es una isla y que cualquier vida, vista desde una óptica alegórica, es una vida aislada bajo los ojos escrutadores de Dios. En el caso de Robinson Crusoe se puede ver a Defoe tratando de dar forma, sin lograrlo, a la historia de su héroe  aventurero para que encajase en el modelo bíblico de la desobediencia, el castigo, el arrepentimiento y la liberación”.

Por otro lado, algunos aseguran que, como en ninguna otra novela, en esta se evoca la profunda soledad del ser humano. El mismo diccionario de la Real Academia Española  define al término “robinson” como: “Hombre que en la soledad y sin ayuda ajena llega a bastarse a sí mismo". James Joyce le dedicó varios cursos a la obra de Daniel Defoe. En un apartado sobre Robinson Crusoe sostiene que, “En tales circunstancias, en medio de la dura realidad y en soledad total, el náufrago se lamenta de su suerte, expresa pensamientos complejos, reflexiona sobre la condición humana y manifiesta temores como consecuencia de la exclusión social a la que está expuesto. Pero al mismo tiempo Robinson es el rey de un territorio deshabitado, pequeño pero inmenso, es un monarca que dicta leyes y sueña con un esclavo”.

 

Jacques Derrida dicta un largo seminario, en  2002 y 2003, a la lectura de esta novela junto a la filosofía de Martín Heidegger. El drama robinsoniano en la lectura del filósofo es el drama humano frente al mundo, el hombre en el mundo a partir de la sugestiva y necesaria interrogación de lo más básico y personal de todo sujeto, su propio mundo. Allí Robinson es un hombre y es todo los hombres frente a la ambigüedad de la soledad: abandonado y angustiado frente a una soledad humana absoluta, se reconforta en volverse un amo y señor, rey absoluto de un territorio sin otros.

Joyce rescata de aquel seminario que “uno de los puntos más altos de la angustia de Robinson es cuando un día cualquiera, caminando por la playa encuentra una solitaria huella. ¿Es el anuncio definitivo de la presencia de otros en su isla? ¿O es un engaño, su propia huella abandonada y no reconocida?  Lacan ve allí la importancia de la lógica del significante, la huella propiamente es una impronta, pero que se vuelve significante al borrarse, al volverse un hueco que testimonia una presencia pasada. Esa huella misteriosa lo recluye, lo encierra en su pequeña y férrea fortaleza. Se niega a salir, se asegura no poder ser visto desde ningún lugar, se encierra absolutamente ante la posibilidad de que alguien pueda sorprenderlo en su guarida. Robinson es un rey solitario pero absoluto en su isla. La presencia del otro en tanto huella, o en tanto caníbales cuyo festín presencia escondido entre los árboles y que visitan periódicamente la isla, amenazan tal soberanía”.

Leer la novela con las claves sugeridas por Derrida es un ejercicio muy recomendable. Él se pregunta “¿Qué es una isla?” Y,  si bien no responde esta pregunta finalmente, sí se limita a decir  que “No hay mundo, solo hay islas”. Como si pensar en la isla nos empujara a replantearnos en realidad el mundo, a cuestionar la idea que tenemos sobre aquello que hay afuera.  En la obra de Defoe la isla está pensada no como un simple espacio de acción del personaje, sino ella misma como un personaje más, como una condición de la manifestación de Dios también.

 

Por último, a pesar de que su autor murió en la más triste bancarrota después de haber ejercido cientos de oficios -entre ellos el de espía e incluso el de espía doble- la publicación de las aventuras de su héroe obtuvo un considerable éxito. Aseguran que fue el primer best seller de la literatura mundial con sus 196 ediciones desde 1719 a 1898 y sus 110 traducciones (incluso al gaélico y al turco). Además, le sucedieron innumerables imitaciones y adaptaciones, que en Alemania superaron las doscientas, conocidas como las Robinsonades. Por otro lado, aun hoy en día, sigue utilizándose como materia primaria para otras tantas historias y pensamientos sobre la condición humana.

Un detalle, cuando Defoe escribe Robinson Crusoe tenía ya 55 años. Y si bien la novela le propinó un buen presente literario, en realidad fue un buen futuro literario, ya que en ese momento aún la lectura de tal género no era lo más atractivo para los lectores medio, pero sería la piedra inicial. Dicen sobre él que “es el primer autor que escribe sin imitar ni adaptar obras extranjeras, el primero en crear sin modelos literarios”.

Disfruté mucho aquellas primeras lecturas de la historia, siesta tras siesta. Fue una experiencia iniciadora en el mundo de los libros y en el mundo de la imaginación. Aquellas fueron mis primeras experiencias desde la imaginación, fueron mis primeras alas. Luego vinieron otras lecturas y otras letras, pero es difícil dejar pasar a  las primeras que nos despertaron, que nos abrieron la puerta para ir a jugar entre letras e imaginación. Quizás como dice Jorge Monteleone, “…la lectura en la infancia nunca entra en el olvido y su sola evocación tiene la fuerza de un tesoro largamente prometido al deseo…Creo, agrega, que esas lecturas la dan a la infancia un mundo, y que con los años tal vez se despierta de nuevo ese mundo de la infancia en el acto mismo de leer

 

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