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16 curiosidades de la literatura y de las letras

16 curiosidades de la literatura y de las letras

Por Bernabé Tolosa

¿Qué significaba antiguamente la palabra hospital? ¿Qué relación hay entre la ciudad de Dublín, los vikingos y la literatura? ¿Qué libros llevó Colon en su primer viaje a tierras desconocidas? Intentaremos dar respuesta y descubriremos instancias fascinantes de la literatura, de sus autores y su medio. 

Del título de la columna de esta semana pareciera desprenderse algo tan sencillo como simples curiosidades, o como el otro lado de los libros. Pero en realidad, muchas de estas anécdotas o apuntes sobre la literatura, sus autores y las letras nos mostrarán el camino que trajeron hasta nosotros las obras que hoy nos fascinan tanto, así como de qué están nutridas estas historias y qué hay detrás de esa provocación que nos genera.

Desde un mínimo detalle, hasta algún hecho histórico, nos puede contar aquello que tanto afecta al resultado final del texto, en él mismo y en nosotros,  lectores. Es así que mirando aquellas causas quizás encontremos las consecuencias invalorables que surgen.

En esta columna, y tal vez en algunas más, más adelante, se hallarán algunos puntos de vista insólitos que cautivan por sí solos y logran también contextualizar los propios textos, así como el propio acto de leer.

Ojalá este manojo de anécdotas sirvan como un empujón a las obras que las precedieron o a los propios autores que fueron protagonistas de ellas. La intención de mediar entre el contexto y los resultados nos provee intensamente señales sobre quiénes y cómo nos hablan desde la literatura. Empecemos…

1-La palabra millón no existió sino hasta el año 1300. Hasta entonces, la palabra para expresar el mayor número conocido era miríada, la palabra griega para indicar 10.000. Arquímedes, al calcular el número de semillas de amapola en todo el universo que él conocía, usó la expresiones que significaban “miríadas de miríadas de miríadas…”

2- La práctica de unir los caracteres del alfabeto para producir las pequeñas letras que se usan hoy en la escritura manuscrita tuvo su origen en los monasterios de la Edad Media. Los amanuenses encontraron que era más fácil escribir palabras completas sin levantar la pluma del papel. Conectaron entre sí los caracteres individuales en vez de escribir un signo, levantar la pluma y escribir otra letra, y así sucesivamente.

3- Todos los alfabetos principales del mundo han tenido su origen en un alfabeto inventado hace 3.600 años en el Oriente Medio y que se conoce como el Alfabeto Semítico Septentrional.

 

4- Hoy, los hospitales son lugares en los que dan cuidados médicos y quirúrgicos, es decir,  se cura a la gente. En la Edad Media, hospital quería decir “lugar de refugio y descanso para los huérfanos, ancianos y enfermos”: un lugar hospitalario. Este significado sobrevive en nuestras palabras hostal y hotel.

5- Mucho antes de que los europeos inventaran los tipos móviles de metal para imprenta, los tibetanos, chinos y coreanos, en el siglo XV, usaban otros tipos móviles de diferente clase. El motivo principal de los chinos era hacer que los textos de Confucio fuesen más asequibles. Más tarde, entre 1403 y 1484, la corte coreana emprendió ocho grandes proyectos de impresión con tipos movibles.

6- Colón llevaba en su primer viaje al Nuevo Mundo una copia del libro de Marco Polo, en el que éste narraba su odisea de veintidós años de viajes a China, en el siglo XIII.

7- La primera enciclopedia que hubo en el mundo, y la más completa, tenía tres volúmenes. Era la Crónica de Nuremberg, publicada en 1493. Su único autor era Hartman Schedel, un médico de Nuremberg que tenía pasión por coleccionar libros y copiar manuscritos. Su biblioteca personal fue su principal fuente de referencias al compilar la Crónica. Aunque fue publicada a finales de 1493, no contenía la más importante noticia del año precedente: el histórico viaje de Colón.

8- Alrededor de cincuenta volúmenes de las obras de Aristóteles se han conservado hasta la fecha, muchos de ellos debido a una afortunada casualidad. Cerca del año 80 a. de C., los hombres de una legión romana que invadía el Asia Menor encontraron unos manuscritos de Aristóteles en un pozo y los llevaron a su general, Sulla. Sucedió que no existían copias de muchos de ellos y Sulla hizo que fueran llevados a Roma y se volvieran a copiar.

9- La obra maestra de Gustave Flaubert, Madame Bovary, una historia de amor brutal y realista que trataba sobre el adulterio, fue condenada como pornográfica cuando se publicó por entregas en un periódico en 1856. Flaubert fue acusado de ofender la moral pública y la religión. La corte censuró el libro, pero absolvió a su autor. Aunque la novela estaba vendiéndose a miles, Flaubert dijo que deseaba tener bastante dinero como para comprar cada ejemplar, “arrojarlos todos al fuego y no volver a oír hablar del libro jamás”.

10- Muchos aseguran que Ernest Hemingway escribía todas las mañanas desde que salía el sol hasta el mediodía religiosamente. Haruki Murakami se levanta a las 4 de la madrugada para escribir cuatro o cinco horas y luego salir a correr. La escritora PD James aseguró que solo escribía de noche, más allá de la concentración, porque a esa hora su marido dormía. Otros dicen que tanto Lewis Caroll como Philip Roth escribían parados.

11- Herman Melville no destacó como figura literaria hasta mucho después de su muerte, en 1891. Se había desilusionado tanto por el fracaso comercial de Moby Dick (1851) y otras novelas, que renunció a la pluma y se convirtió en un oscuro empleado en la administración de aduanas de Nueva york. Su Bill Budd ni siquiera fue publicado antes de 1924.

12- “Lo siento, señor Kipling, pero usted simplemente no sabe emplear el lenguaje inglés. Este no es un jardín de infancia para escritores aficionados”. Con estas proféticas palabras, Rudyard Kipling, que ya había escrito entonces uno de los mejores relatos en la historia de la literatura, El hombre que pudo reinar, fue despedido de su empleo de reportero por el Examiner de San Francisco.

 

13- El término best seller se utilizó por primera vez en 1889 en el periódico The Kansas Times & Star, en un artículo del diario se hablaba de los libros más vendidos. Pero el término empezó a utilizarse popularmente desde el 9 de abril de 1942 cuando el New York Times sacó “The New York Times Best Seller List”. Desde entonces la frase es un referente del mundo de la literatura.

14- En el siglo X, el visir persa Abdul Kassem Ismael tenía una biblioteca de 117.000 libros los cuales eran transportados en las jorobas de 400 camellos adiestrados para llevarlos por orden alfabético.

15- Según relató Dora Dymant, compañera sentimental de Kafka en sus últimos años, el novelista protagonizó una anécdota que dice mucho sobre su personalidad: “Mientras paseaba por un parque cercano a su casa, encontró a una niña llorando porque había perdido su muñeca. Aquel día entró en el mismo estado de tensión nerviosa que lo poseía cada vez que se sentaba frente a su escritorio, así fuera para escribir una carta o una postal. Decidió escribir una carta en la que la muñeca contara el porqué de su marcha. Había decidido irse a recorrer el mundo. Como la niña encontró consuelo en su lectura, Kafka siguió escribiendo misivas de la muñeca que hablaban de sus viajes, así durante tres semanas. En la última carta, explicaba por qué no podía volver: se iba a casar, lo que suponemos sería una explicación razonable de su abandono para la niña”.

Estas cartas desaparecieron, sobre todo porque nunca pudieron encontrar a la niña “amiga” de Kafka. Jordi Sierra i Fabra, conoció la anécdota a través de César Aira y decidió escribir sobre ello en una obra llamada “Kafka y la muñeca viajera”. También Paul Auster, en su libro “Brooklyn follies”, menciona la anécdota para alabar al escritor y su solidaridad, capaz de crear una obra de arte para una sola lectora.

16- Dublin, los vikingos y la literatura: fragmento de La noche en que Frankenstein leyó el Quijote. La vida secreta de los libros (Booket, 2012) de Santiago Posteguillo.

“…Lo que no sabían era que aquellos vikingos venidos de la remota Escandinavia no tenían prisa esta vez y por eso no los perseguían como en otras ocasiones. No, aquellos vikingos no habían venido a saquear y a secuestrar hombres, mujeres y niños. No. Aquella mañana habían venido para quedarse en la bahía y fundar una auténtica ciudad vikinga que el mundo luego conocería como Dubh Linn, es decir, «laguna negra» en gaélico, el Dublín del siglo XXI.

 

 Cuando uno piensa en la relación entre los vikingos y la literatura, lo primero que le viene a la mente son esas largas e intensas sagas nórdicas que, en el caso de la literatura inglesa, a través del poema Beowulf (el equivalente al Mio Cid en español), marcan el arranque de la literatura anglosajona. Luego Tolkien recurriría a estas sagas como base para recrear su magnífico mundo de la Tierra Media. Todo esto es cierto, pero los vikingos, aun sin saberlo y sin pretenderlo, contribuyeron a la historia de la literatura no ya sólo inglesa sino universal con una acción que nadie pensó que podría ser tan importante: la conquista de Dublín. Y es que, con la llegada de los vikingos, la ciudad creció y se consolidó como un importante eje de comunicaciones marítimas y comerciales en el norte de Europa. Fue un renacer construido sobre mucha sangre inocente, sangre celta que, no obstante, se mezclaría finalmente con sangre vikinga y luego normanda. No sé si será esta mezcla de la imaginación celta con la pasión por las largas sagas de los vikingos lo que produjo el milagro, o si fue el clima eternamente lluvioso y melancólico, pero Dublín, aunque no se sepa demasiado, es una de las ciudades que más han aportado a la literatura. De hecho es Ciudad de la Literatura por la Unesco. ¿Y eso por qué? Porque pocas ciudades han dado a la literatura tantos maestros. Y si no, juzguen por ustedes mismos: Congreve o Sheridan, importantísimos dramaturgos del XVIII y el XIX eran de Dublín, como lo era también el autor, mucho más conocido, de Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift, un ejemplo de sátira social demoledora. Y también nació en Dublín el eterno e inigualable Oscar Wilde, cuyos rompedores epigramas, como «Puedo resistirlo todo menos la tentación» o «En los exámenes los estúpidos preguntan cosas que los sabios no pueden responder», nos resumen bien la filosofía del pueblo irlandés. Como se imaginarán, este segundo epigrama es muy popular entre los estudiantes universitarios, incluidos los míos.

Pero hay mucho más en Dublín: ¿recuerdan el musical My Fair Lady, con Audrey Hepburn y Rex Harrison? Está basado en la obra Pigmalión de Bernard Shaw, otro dublinés que obtuvo el Premio Nobel en 1925, y el Oscar por el mejor guión adaptado en 1938 (cuando reescribió Pigmalión para una primera versión cinematográfica británica, preludio del musical My Fair Lady). Yo creo que con Swift, Wilde y Shaw, además de los mencionados anteriormente, cualquier ciudad merecería ya un lugar privilegiado en la historia de la literatura, pero a estos autores podemos añadir un siempre controvertido Samuel Beckett, que con su apuesta por el teatro del absurdo, con obras como Esperando a Godot, fue merecedor del Premio Nobel en 1969. Esto hace ya dos dublineses con el Premio Nobel de Literatura. Pero además, si uno pasea por la ciudad, no sólo puede ver dónde nació o vivió Wilde o visitar el más que interesante Writers’ Museum [Museo de los Escritores], sino que puede descubrir placas y estatuas repartidas por las calles que hacen referencia a la épica novela de James Joyce: Ulises. ¿Que dónde nació Joyce? En Dublín, por supuesto, donde se educó como escritor y hasta donde dio clases como profesor de lengua. Con Joyce tenemos otro autor internacional que añadir a la gran lista de la ciudad y que, aunque luego viviría fuera de Dublín, quedó literariamente atrapado en la capital irlandesa que le vio nacer, y siempre escribía sobre sus calles, sus esquinas, sus pubs, sus gentes. Y si no me creen relean otra de sus obras, Dublineses, cuyo título no deja lugar a dudas. John Huston hizo una magnífica adaptación al cine del último de los relatos de este libro, «Los muertos». Película memorable.

 

En Dublín puedes encontrar librerías modernas, librerías antiguas, mercadillos de libros usados o bibliotecas absolutamente espectaculares. De hecho, cuando Hollywood buscaba en qué inspirarse para recrear la impactante biblioteca del mítico castillo de Hogwarts de la serie Harry Potter, encontraron la iluminación en la fastuosa biblioteca del Trinity College de Dublín. Nada más entrar en ella, el visitante tiene la sensación de estar en la catedral de las bibliotecas y de que en cualquier momento el adolescente Harry o el malvado Voldemort pueden sorprenderle emergiendo de cualquier pasillo.

Otra escritora dublinesa, Anne Enright, nos explica muy bien este matrimonio indisoluble (estamos en Irlanda) entre literatura y Dublín: ‘En otras ciudades, la gente inteligente sale y hace dinero. En Dublín, la gente inteligente se queda en casa y escribe libros’”.

 

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16 curiosidades de la literatura y de las letras

¿Qué significaba antiguamente la palabra hospital? ¿Qué relación hay entre la ciudad de Dublín, los vikingos y la literatura? ¿Qué libros llevó Colon en su primer viaje a tierras desconocidas? Intentaremos dar respuesta y descubriremos instancias fascinantes de la literatura, de sus autores y su medio. 

Del título de la columna de esta semana pareciera desprenderse algo tan sencillo como simples curiosidades, o como el otro lado de los libros. Pero en realidad, muchas de estas anécdotas o apuntes sobre la literatura, sus autores y las letras nos mostrarán el camino que trajeron hasta nosotros las obras que hoy nos fascinan tanto, así como de qué están nutridas estas historias y qué hay detrás de esa provocación que nos genera.

Desde un mínimo detalle, hasta algún hecho histórico, nos puede contar aquello que tanto afecta al resultado final del texto, en él mismo y en nosotros,  lectores. Es así que mirando aquellas causas quizás encontremos las consecuencias invalorables que surgen.

En esta columna, y tal vez en algunas más, más adelante, se hallarán algunos puntos de vista insólitos que cautivan por sí solos y logran también contextualizar los propios textos, así como el propio acto de leer.

Ojalá este manojo de anécdotas sirvan como un empujón a las obras que las precedieron o a los propios autores que fueron protagonistas de ellas. La intención de mediar entre el contexto y los resultados nos provee intensamente señales sobre quiénes y cómo nos hablan desde la literatura. Empecemos…

1-La palabra millón no existió sino hasta el año 1300. Hasta entonces, la palabra para expresar el mayor número conocido era miríada, la palabra griega para indicar 10.000. Arquímedes, al calcular el número de semillas de amapola en todo el universo que él conocía, usó la expresiones que significaban “miríadas de miríadas de miríadas…”

2- La práctica de unir los caracteres del alfabeto para producir las pequeñas letras que se usan hoy en la escritura manuscrita tuvo su origen en los monasterios de la Edad Media. Los amanuenses encontraron que era más fácil escribir palabras completas sin levantar la pluma del papel. Conectaron entre sí los caracteres individuales en vez de escribir un signo, levantar la pluma y escribir otra letra, y así sucesivamente.

3- Todos los alfabetos principales del mundo han tenido su origen en un alfabeto inventado hace 3.600 años en el Oriente Medio y que se conoce como el Alfabeto Semítico Septentrional.

 

4- Hoy, los hospitales son lugares en los que dan cuidados médicos y quirúrgicos, es decir,  se cura a la gente. En la Edad Media, hospital quería decir “lugar de refugio y descanso para los huérfanos, ancianos y enfermos”: un lugar hospitalario. Este significado sobrevive en nuestras palabras hostal y hotel.

5- Mucho antes de que los europeos inventaran los tipos móviles de metal para imprenta, los tibetanos, chinos y coreanos, en el siglo XV, usaban otros tipos móviles de diferente clase. El motivo principal de los chinos era hacer que los textos de Confucio fuesen más asequibles. Más tarde, entre 1403 y 1484, la corte coreana emprendió ocho grandes proyectos de impresión con tipos movibles.

6- Colón llevaba en su primer viaje al Nuevo Mundo una copia del libro de Marco Polo, en el que éste narraba su odisea de veintidós años de viajes a China, en el siglo XIII.

7- La primera enciclopedia que hubo en el mundo, y la más completa, tenía tres volúmenes. Era la Crónica de Nuremberg, publicada en 1493. Su único autor era Hartman Schedel, un médico de Nuremberg que tenía pasión por coleccionar libros y copiar manuscritos. Su biblioteca personal fue su principal fuente de referencias al compilar la Crónica. Aunque fue publicada a finales de 1493, no contenía la más importante noticia del año precedente: el histórico viaje de Colón.

8- Alrededor de cincuenta volúmenes de las obras de Aristóteles se han conservado hasta la fecha, muchos de ellos debido a una afortunada casualidad. Cerca del año 80 a. de C., los hombres de una legión romana que invadía el Asia Menor encontraron unos manuscritos de Aristóteles en un pozo y los llevaron a su general, Sulla. Sucedió que no existían copias de muchos de ellos y Sulla hizo que fueran llevados a Roma y se volvieran a copiar.

9- La obra maestra de Gustave Flaubert, Madame Bovary, una historia de amor brutal y realista que trataba sobre el adulterio, fue condenada como pornográfica cuando se publicó por entregas en un periódico en 1856. Flaubert fue acusado de ofender la moral pública y la religión. La corte censuró el libro, pero absolvió a su autor. Aunque la novela estaba vendiéndose a miles, Flaubert dijo que deseaba tener bastante dinero como para comprar cada ejemplar, “arrojarlos todos al fuego y no volver a oír hablar del libro jamás”.

10- Muchos aseguran que Ernest Hemingway escribía todas las mañanas desde que salía el sol hasta el mediodía religiosamente. Haruki Murakami se levanta a las 4 de la madrugada para escribir cuatro o cinco horas y luego salir a correr. La escritora PD James aseguró que solo escribía de noche, más allá de la concentración, porque a esa hora su marido dormía. Otros dicen que tanto Lewis Caroll como Philip Roth escribían parados.

11- Herman Melville no destacó como figura literaria hasta mucho después de su muerte, en 1891. Se había desilusionado tanto por el fracaso comercial de Moby Dick (1851) y otras novelas, que renunció a la pluma y se convirtió en un oscuro empleado en la administración de aduanas de Nueva york. Su Bill Budd ni siquiera fue publicado antes de 1924.

12- “Lo siento, señor Kipling, pero usted simplemente no sabe emplear el lenguaje inglés. Este no es un jardín de infancia para escritores aficionados”. Con estas proféticas palabras, Rudyard Kipling, que ya había escrito entonces uno de los mejores relatos en la historia de la literatura, El hombre que pudo reinar, fue despedido de su empleo de reportero por el Examiner de San Francisco.

 

13- El término best seller se utilizó por primera vez en 1889 en el periódico The Kansas Times & Star, en un artículo del diario se hablaba de los libros más vendidos. Pero el término empezó a utilizarse popularmente desde el 9 de abril de 1942 cuando el New York Times sacó “The New York Times Best Seller List”. Desde entonces la frase es un referente del mundo de la literatura.

14- En el siglo X, el visir persa Abdul Kassem Ismael tenía una biblioteca de 117.000 libros los cuales eran transportados en las jorobas de 400 camellos adiestrados para llevarlos por orden alfabético.

15- Según relató Dora Dymant, compañera sentimental de Kafka en sus últimos años, el novelista protagonizó una anécdota que dice mucho sobre su personalidad: “Mientras paseaba por un parque cercano a su casa, encontró a una niña llorando porque había perdido su muñeca. Aquel día entró en el mismo estado de tensión nerviosa que lo poseía cada vez que se sentaba frente a su escritorio, así fuera para escribir una carta o una postal. Decidió escribir una carta en la que la muñeca contara el porqué de su marcha. Había decidido irse a recorrer el mundo. Como la niña encontró consuelo en su lectura, Kafka siguió escribiendo misivas de la muñeca que hablaban de sus viajes, así durante tres semanas. En la última carta, explicaba por qué no podía volver: se iba a casar, lo que suponemos sería una explicación razonable de su abandono para la niña”.

Estas cartas desaparecieron, sobre todo porque nunca pudieron encontrar a la niña “amiga” de Kafka. Jordi Sierra i Fabra, conoció la anécdota a través de César Aira y decidió escribir sobre ello en una obra llamada “Kafka y la muñeca viajera”. También Paul Auster, en su libro “Brooklyn follies”, menciona la anécdota para alabar al escritor y su solidaridad, capaz de crear una obra de arte para una sola lectora.

16- Dublin, los vikingos y la literatura: fragmento de La noche en que Frankenstein leyó el Quijote. La vida secreta de los libros (Booket, 2012) de Santiago Posteguillo.

“…Lo que no sabían era que aquellos vikingos venidos de la remota Escandinavia no tenían prisa esta vez y por eso no los perseguían como en otras ocasiones. No, aquellos vikingos no habían venido a saquear y a secuestrar hombres, mujeres y niños. No. Aquella mañana habían venido para quedarse en la bahía y fundar una auténtica ciudad vikinga que el mundo luego conocería como Dubh Linn, es decir, «laguna negra» en gaélico, el Dublín del siglo XXI.

 

 Cuando uno piensa en la relación entre los vikingos y la literatura, lo primero que le viene a la mente son esas largas e intensas sagas nórdicas que, en el caso de la literatura inglesa, a través del poema Beowulf (el equivalente al Mio Cid en español), marcan el arranque de la literatura anglosajona. Luego Tolkien recurriría a estas sagas como base para recrear su magnífico mundo de la Tierra Media. Todo esto es cierto, pero los vikingos, aun sin saberlo y sin pretenderlo, contribuyeron a la historia de la literatura no ya sólo inglesa sino universal con una acción que nadie pensó que podría ser tan importante: la conquista de Dublín. Y es que, con la llegada de los vikingos, la ciudad creció y se consolidó como un importante eje de comunicaciones marítimas y comerciales en el norte de Europa. Fue un renacer construido sobre mucha sangre inocente, sangre celta que, no obstante, se mezclaría finalmente con sangre vikinga y luego normanda. No sé si será esta mezcla de la imaginación celta con la pasión por las largas sagas de los vikingos lo que produjo el milagro, o si fue el clima eternamente lluvioso y melancólico, pero Dublín, aunque no se sepa demasiado, es una de las ciudades que más han aportado a la literatura. De hecho es Ciudad de la Literatura por la Unesco. ¿Y eso por qué? Porque pocas ciudades han dado a la literatura tantos maestros. Y si no, juzguen por ustedes mismos: Congreve o Sheridan, importantísimos dramaturgos del XVIII y el XIX eran de Dublín, como lo era también el autor, mucho más conocido, de Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift, un ejemplo de sátira social demoledora. Y también nació en Dublín el eterno e inigualable Oscar Wilde, cuyos rompedores epigramas, como «Puedo resistirlo todo menos la tentación» o «En los exámenes los estúpidos preguntan cosas que los sabios no pueden responder», nos resumen bien la filosofía del pueblo irlandés. Como se imaginarán, este segundo epigrama es muy popular entre los estudiantes universitarios, incluidos los míos.

Pero hay mucho más en Dublín: ¿recuerdan el musical My Fair Lady, con Audrey Hepburn y Rex Harrison? Está basado en la obra Pigmalión de Bernard Shaw, otro dublinés que obtuvo el Premio Nobel en 1925, y el Oscar por el mejor guión adaptado en 1938 (cuando reescribió Pigmalión para una primera versión cinematográfica británica, preludio del musical My Fair Lady). Yo creo que con Swift, Wilde y Shaw, además de los mencionados anteriormente, cualquier ciudad merecería ya un lugar privilegiado en la historia de la literatura, pero a estos autores podemos añadir un siempre controvertido Samuel Beckett, que con su apuesta por el teatro del absurdo, con obras como Esperando a Godot, fue merecedor del Premio Nobel en 1969. Esto hace ya dos dublineses con el Premio Nobel de Literatura. Pero además, si uno pasea por la ciudad, no sólo puede ver dónde nació o vivió Wilde o visitar el más que interesante Writers’ Museum [Museo de los Escritores], sino que puede descubrir placas y estatuas repartidas por las calles que hacen referencia a la épica novela de James Joyce: Ulises. ¿Que dónde nació Joyce? En Dublín, por supuesto, donde se educó como escritor y hasta donde dio clases como profesor de lengua. Con Joyce tenemos otro autor internacional que añadir a la gran lista de la ciudad y que, aunque luego viviría fuera de Dublín, quedó literariamente atrapado en la capital irlandesa que le vio nacer, y siempre escribía sobre sus calles, sus esquinas, sus pubs, sus gentes. Y si no me creen relean otra de sus obras, Dublineses, cuyo título no deja lugar a dudas. John Huston hizo una magnífica adaptación al cine del último de los relatos de este libro, «Los muertos». Película memorable.

 

En Dublín puedes encontrar librerías modernas, librerías antiguas, mercadillos de libros usados o bibliotecas absolutamente espectaculares. De hecho, cuando Hollywood buscaba en qué inspirarse para recrear la impactante biblioteca del mítico castillo de Hogwarts de la serie Harry Potter, encontraron la iluminación en la fastuosa biblioteca del Trinity College de Dublín. Nada más entrar en ella, el visitante tiene la sensación de estar en la catedral de las bibliotecas y de que en cualquier momento el adolescente Harry o el malvado Voldemort pueden sorprenderle emergiendo de cualquier pasillo.

Otra escritora dublinesa, Anne Enright, nos explica muy bien este matrimonio indisoluble (estamos en Irlanda) entre literatura y Dublín: ‘En otras ciudades, la gente inteligente sale y hace dinero. En Dublín, la gente inteligente se queda en casa y escribe libros’”.

 

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