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El escribiente

2 de Junio de 2019 08:26

Los niños del desierto, una experiencia de Martín Cazenave para redescubrirnos humanos

Médicos Sin Fronteras es una organización médico-humanitaria. Asisten a personas amenazadas por conflictos armados, violencia, epidemias o enfermedades olvidadas, desastres naturales y exclusión de la atención médica. Un médico argentino participó 10 años de la experiencia voluntaria. Sus recuerdos quedaron fijados gracias a la escritura de este libro donde los niños son, a la vez, víctimas y héroes.

Hay libros que nos devuelven algo de humanidad a la hora de leerlos. Por sus protagonistas, por sus historias y por aquello que empujó a su autor a llevarlo adelante. En ellos encontramos sobresaltos de espíritus, reconocimientos humanos, exclamaciones ambiguas, de sorpresa, de angustia, de bronca, así como ejemplos de heroísmo y de las más miserables actitudes humanas.

Los niños del desierto (Plaza & Janes, 2019) de Martín Cazenave  es una travesía por un territorio variado dentro de  la raza humana. Aquel texto que nació en forma catártica ahora se convierte en uno que obliga a repensar cosas y circunstancias tan primordiales como qué nos pasa ante el “otro” que sufre.

Los niños del desierto narra la primera misión de un cirujano de Médicos Sin Fronteras en el corazón de África. Más exactamente en Golo, Sudán, en el medio de una guerra civil. A la hora de relatar el origen del material Cazenave sostiene que él  no fue con la intención de escribir un libro y que no volvió tampoco  con esa idea. “Cuando volví estaba muy movilizado, muy afectado, me costaba conectarme con  mis amigos acá, me costaban las conversaciones y estaba con un fuerte efecto postraumático. Entonces la forma que yo encontré para manejar un poco ese estado fue quedarme mucho tiempo en mi casa solo escribiendo para no olvidarme de lo que había vivido, pero para no olvidarme yo y para poner en papel lo que había sentido”, relata. Y agrega: “El libro no es todo un drama, tiene de todo por supuesto, pero tiene también partes muy alegres. Yo tengo recuerdos muy alegres del lugar”.

El material fue guardado durante diez años. No había intención de publicarlo pero, al revisarlo diez años después de aquella experiencia, generó la posibilidad de una lectura más interesante en otro público. Así, muchos cercanos al autor le manifestaron el valor que podría acarrear dicho testimonio. Un valor humano que engloba la actitud de alguien que hace trabajos humanitarios, pero también la actitud de aquellos que aún viven bajo ese conflicto. Por otro lado, un efecto colateral del libro puede ser también contestar muchas de esas preguntas que surgen todo el tiempo sobre Médicos Sin Fronteras.

-¿Cuándo te diste cuenta de que era eso lo que querías hacer?

-Era un deseo que teníamos con mis compañeros en la universidad. Era como un sueño de esos que el día a día de tu actividad, a veces, no permite que lo concretes, hasta que un día hice un parate y me dije: “Yo lo podría hacer”. En ese momento no era casado, no tenía compromisos serios y tenía otra cosa importante que era el apoyo de los lugares donde yo trabajaba, donde me dijeron que podía ir y cuando volviera continuaría con mi trabajo.

El médico cirujano Martín Cazenave encaró su rol en la ayuda humanitaria pensando en apenas tres o cuatro meses de actividad. Finalmente fueron diez años que generaron experiencias de todo tipo. Fue mucho tiempo recorriendo el mundo y una etapa en su vida que él no duda en reconocer como “una de las épocas más lindas de mi vida, donde lo que uno recibe es mucho más que lo que uno da”.

Él se fue solo de Argentina y luego se encontró con muchos otros profesionales en su misma situación, que venían de Filipinas, Alemania, España y otros puntos del mundo.

-¿Había o notaban violencia para con ustedes, independientemente de la actividad que iban a realizar?

- Uno de los ejes de Médicos Sin Fronteras es intervenir donde hay conflictos armados, pero muchas veces se cree que solo vamos a atender a aquellos que intervienen en el conflicto armado, a aquellos que pelean. Nuestro foco está en la población civil que está afectada o cruzada por este conflicto. Y para llegar a esta población civil no es que nos metemos de prepo sin consultar. Entonces ahí es donde tenemos que preguntar a los sectores armados. Hay que pedirles permiso a los dos actores y dejando bien en claro cuál es nuestra actividad y cuál nuestro interés  y nuestros principios de neutralidad e independencia y demás. Y si alguno de los actores dice que no se puede estar ahí, lo cual lamentablemente pasa en algunos contextos, no nos ponemos en ese lugar. Nos ubicamos en el lugar más cerca de  ese conflicto. Por ejemplo, en Somalia era imposible trabajar en un momento y lo que se hacía era trabajar en el límite fronterizo del país, o sea,  desde el país vecino.

 

-Imagino la frustración que se debe sentir a la hora de negarles la posibilidad de estar allí cuando se quiere ir a ayudar.

- Es súper frustrante que los actores te cierren los accesos, pero esto es parte de lo que generan los conflictos, es lo que llamamos “barreras invisibles”. Hoy en la Argentina, el peor lugar, el lugar más alejado de la medicina que se pueda ubicar, bien o mal tiene algo cerca. En cinco horas se puede llegar a un puesto de salud, a un hospital. En este lugar, desde donde saqué la experiencia para escribir este libro, había gente que había caminado dos días para llegar hasta nosotros.  Y esto se debe a que en los lugares de conflicto los primeros que lo dejan son los profesionales y el conflicto, además, les pone barreras que deben sortear, es decir, no se puede tomar una línea directa para llegar sino que tiene que pegar toda un vuelta enorme por motivos de seguridad.

 En aquellos lugares donde los conflictos bélicos o las desgracias son cotidianos, la población intenta continuar con su vida como si nada. En la propia naturaleza humana, quizás, esté ese instinto de supervivencia que lo lleva a esquivar los males e intentar continuar con un espacio de progreso y sostén. “Yo mismo tenía el concepto de que la guerra estaba presente en todo momento en esos lugares, que está presente todo el día, como que todo el día están peleando los actores y generalmente no es así. Generalmente la guerra es como que toca y se va, como que va mudando de un lugar a otro y la gente que está atrapada por el conflicto tiene que quedarse en el lugar, tiene que seguir su vida y se siguen enamorando, casando, teniendo hijos, sigue criando a sus hijos para que salgan adelante y se siguen formando. Uno cree, además, que cuando va a un lugar de conflictos atiende heridos únicamente, y por supuesto que atiende heridos, pero además las cosas espontáneas del día a día. Las enfermedades del día a día que se atienden en los hospitales de cualquier lado. A esas se suman las víctimas directas del conflicto por los daños colaterales…

-Porque, como dijiste, los profesionales, los médicos, son los primeros en irse…

- Absolutamente, nosotros como Médicos Sin Fronteras estamos acostumbrados a trabajar en lugares donde tienen toda la infraestructura, tienen un hospital, quirófanos. Por supuesto que vamos a lugares donde no hay nada también, pero, por ejemplo, yo que fui a Sri Lanka a un hospital que tenía un nivel muy desarrollado en tecnología pero no tenía profesionales para utilizarlos, en ese caso el único cirujano era yo para más de 20 mil personas. Es cierto, los profesionales son los primeros que se van, primero porque pueden, es decir, tienen los medios económicos y después porque tienen una salida laboral asegurada en otros lugares.

 

En los momentos más conflictivos y de mayores necesidades aparece generalmente lo mejor del ser humano, pero también suele aparecer lo peor de nosotros. A la valentía y la solidaridad muchas veces le hacen frente también las miserias más grandes. Cazenave agrega, “El libro lleva ese nombre porque para mí el foco de atención es la población del lugar donde yo estuve. Los héroes eran ellos por soportar abusos, dificultades, las barreras invisibles y todo el efecto que genera un conflicto armado. Por ejemplo, esa dificultad para conseguir comida, agua, salud, educación y demás, y la valentía siempre la ví en la gente del lugar que te asombra cómo lidia con ese contexto. Nosotros estando ahí teníamos cierta protección. Médicos Sin Fronteras no usa protección armada de ningún tipo, pero el ser una organización mundial y humanitaria hace que los actores respeten un poco nuestra integridad, y entonces lo invisible pasa a ser la población.

-¿Qué cosas te daba bronca ver estando allá?

-En principio dos cosas. Una es ver morir gente que en otro lugar no moriría, especialmente los niños. Eso es realmente muy difícil de digerir y mueren de enfermedades triviales o, como te digo, la falta de acceso a comida, agua o vacunas. Y lo otro es, cuando estás en el lugar y trabajás con gente del lugar, ver cómo la gente de ahí sufre las mismas consecuencias que el resto de la población. Una cosa es leer en el diario que hubo diez detenciones arbitrarias o hubo diez muertos por tal cosa, pero otra cosa es ver las caras de personas que trabajan día a día con vos y verlos ser víctimas de abusos de todo tipo, desde detenciones, maltratos y ejecuciones.

- ¿Sos un tipo creyente, pensaste en Dios en algún momento estando allá?

-Soy creyente y vengo de una familia creyente. No soy practicante. Mis padres son muy católicos y recuerdo que cuando yo salía a mi primera misión mi madre me regaló un rosario y él siempre estuvo conmigo. En el libro está marcada la importancia que tenía para mí ese tipo de cosas al momento de que uno prepara su mochilita y tiene que salir del lugar. Esas cosas son las que más valora, más que una camiseta o sobre otras cosas.

Adelanto del libro Los niños del desierto

“Un niño se asomó, tímido, con los movimientos cautos de un cachorro que descubre el mundo real. Ya no sonreía, ya no bailaba. Yo observaba su cuerpo diminuto solo para preguntarme: ¿Estábamos a la altura de ese niño? ¿Qué habíamos hecho con su mundo?”, se puede leer en el libro. No pude evitar pensar en Nietszche cuando nos dice “el desierto avanza”. El desierto que crece como metáfora de esa imposibilidad de mirar, de reconocer, de sentir al otro. ¿Qué estamos dejando? ¿Avanzamos o estamos retrocediendo?

Siempre aparecen testimonios y acciones que nos recuerdan qué y quiénes somos.  Siempre aparecen motivos para que hagamos inventarios de nosotros mismos ante este mundo que también forjamos y re-significamos constantemente nosotros también.