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El escribiente

4 de Agosto de 2019 16:32

Kafka y sus pesadillas literarias

Franz Kafka es uno de los escritores más reconocidos. O por su apellido o por la inicial del mismo. Kafka escribió desde su dolor, desde sus experiencias. Praga le dio el marco, su vida y su talento el resto. Cartas, diarios, relatos y novelas inconclusas hacen de su obra una experiencia de lectura fascinante.

Franz Kafka no solo fue un escritor de ficciones de su tiempo. También fue una poética, una representación de su siglo, las preguntas, las interpelaciones, el sentido y la función de la literatura misma.

Jorge Luis Borges dice que las obras de Kafka son pesadillas que él redactó con estilo transparente. Agrega que el argumento, como en casi toda su obra, es de “una terrible simplicidad” y de una intensidad indiscutible.

Con un perfil y un estilo único, Kafka juega con nosotros a través de la literatura. Llega tan alta su marca que logra convertirse en un adjetivo. Pero ¿qué significa que algo es “kafkiano”?  En realidad el adjetivo se refiere a muchas cosas y así se convierte en algo tan conocido por tantos más que los que lo han leído. Dice David Zane Mairowitz en Kafka (La marca editora, 2018) que “Kafka logró exteriorizar ese temor interior, evocándolo a veces de un modo encantador, en forma de narraciones. No tenía una cosmovisión discernible, que se haga reflejo en su obra; ni una filosofía orientadora, sino solo esos sorprendentes relatos que extraía de su clima reconocible, misteriosos y difícil de señalar con precisión, que permitió que los ‘carniceros’ de la cultura moderna lo convirtieran en adjetivo”.

 

Sus novelas El proceso y El castillo tratan de la imposibilidad de acceder a la autoridad máxima, y es por eso que el término “kafkiano” se asocia con la infraestructura burocrática anónima que nos rige hoy en día. Agrega Mairowitz: “de todos modos es un adjetivo que, en nuestra época,  adquiere proporciones casi míticas, irrevocablemente ligado  a las fantasías de condenas y tenebrosidad, ignorando la intrincada broma judía que se forja a  través de la mayor parte de la obra de Kafka”.

Franz Kafka nació en Praga en 1883. Borges lo describe como alguien enfermizo y hosco. Hoy es sabido que su padre lo menospreció durante toda su vida y hasta lo tiranizó. También es sabido que del resultado de esta relación, surgió toda su obra. De su juventud se conoce un amor contrariado y que le gustaban las novelas de viajes.  Trabajó en una compañía de seguros y murió de tuberculosis en 1924 en un sanatorio en Viena.

Dicen que durante su vida  publicó solo tres textos. Consideración (1913), La metamorfosis (1915) y los 14 relatos de Un médico rural en  1929.

El resto es historia conocida también. Su amigo Max Brod desoye su pedido de quemar sus obras y no solo las salva sino que también las publica. Borges dirá que “K. no quería destruir sus obras, si no lo hubiese hecho él, lo que quería era desligarse de la responsabilidad”.

 

El artista del hambre, se supone, fue el único relato que Kafka había autorizado a Brod a publicar. Muchas otras obras quedaron en manos de Dora Diamant, actriz polaca que acompañó al escritor en sus últimos días, hasta que la Gestapo, en 1933, ingresó a su casa y se llevó todo, quizás dando lugar a la voluntad del propio Kafka de quemaran todo lo suyo.

Praga fue el centro de su universo. Nació y vivió gran parte de su vida allí. Sin embargo, paradójicamente, no aparece prácticamente en su obra. En el relato El escudo de la ciudad la describe de una manera inigualable. Dice allí, “todas las leyendas y canciones que nacen en esta ciudad están llenas de nostalgias”. Praga es la nostalgia “kafkiana” en su máximo esplendor. También en El proceso da a entender que esa ciudad es la suya por las descripciones melancólicas de los entornos, así como lo sombrío de las magníficas iglesias y monumentos. Esto generó poca simpatía en los checos (sumado a que escribía en alemán y no en su idioma) quienes tardaron más de diez años luego de su  muerte en conseguir sus primeros textos traducidos.

 

En 1963 se realizó en Liblice, muy cerca de Praga, un congreso sobre el autor en celebración del octogésimo aniversario de su nacimiento. Allí el escritor Ernst Fischer declaró: “Tenemos que ponernos al día con ciertas cosas. Kafka es un escritor que nos concierne a todos”. Desde allí comenzó a considerárselo y a reconocérselo como un protagonista de la cultura local.

Pero llega la Primavera de Praga en 1968 y lo prohíben de nuevo, aunque  dejan su tumba en el cementerio viejo judío. Algunas voces dicen que fue por el atractivo turístico que generaba.

Hoy  Kafka es Praga y viceversa. Él mismo escribió a su amigo Oscar Pollak alguna vez, “… Praga nunca te suelta…” y es tan cierto, como que el propio Kafka tampoco lo hace.

 

De su obra, quizás, la que engloba más su poética es Carta al padre. Todo recae allí. El tema del texto es el propio autor,  pero las coincidencias y la empatía que cualquier lector encuentra en él lo hacen incómodamente atractivo. Allí  pone su vida al alcance de su padre para que este pueda ver lo que ha hecho de su hijo. “Hace poco me preguntaste por qué te temo”, comienza diciendo, y él responde en más de cincuenta páginas. El espíritu transparente de esa carta no llega a igualarse ni siquiera en sus Diarios.

Bajo una estructura simple y un lenguaje sencillo, poblado de expresiones habituales de la vida cotidiana, no solo muestra un catálogo de horrores y maltrataos que le propinaba su padre, sino que también la utiliza para acusarse y justificar su presente.  Por  ejemplo en un apartado cuenta que se sentía en deuda con su padre  si ese día había olvidado pegarle.

Pero no podía entregar esa carta personalmente, entonces decide dársela a su madre para que oficiase de mensajera. Esta la lee y decide devolvérsela.

 Kafka denuncia su angustia existencial y su fundamentación  como consecuencia de la relación que mantuvieron.  La figura de autoridad  fuerte y firme que su padre imponía  logró dominar a un Kafka que confiesa haber resignado mucho de su vida y de su personalidad  para resultarle un buen hijo, para caerle bien. Confiesa también haber sufrido, haberse sentido derrotado. Pero también libre, aunque fuese una libertad ilusoria pero plena en su espíritu. En algún lugar de su obra dice  que esperaba que lo golpeara, al menos así sentía su presencia. Mientras tanto el joven Franz se encerraba más y más en sí mismo y volcaba ese dolor y ese desengaño en su alma para luego imprimirlos en sus primeros escritos. Con más pena y tristeza que culpa, Kafka llena su vacío con literatura y abre en nosotros una duda existencial sobre la “presencia-ausencia” de la figura del padre, encontrándose el lector, en cualquiera de las dos contingencias, es decir, o siendo padre o siendo hijo.

 

Dice David Zane Mairowitz, “Ningún escritor de nuestra era, y quizás ninguno desde Shakespeare, fue tan sobre interpretado y encasillado. Jean Paul Sartre se lo apropió para el existencialismo; Camus lo consideraba un absurdista; su amigo y editor Max Brod convenció a varias generaciones de estudiosos de que sus parábolas eran parte de la elaborada búsqueda de un Dios inalcanzable”.

Esto se debe a que Kafka es un escritor encarnado en su obra. Cada texto, cada relato le dolió en su cuerpo de manera intensa. La experiencia de la literatura en él, así como en la de nosotros lectores, es el desafío de mitificar el mundo. Todos nos apropiamos de Kafka y su obra de maneras diferentes o “kafkianas”.