Opinión

5 de Julio de 2020 11:01

Los dueños de todo

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22 años. Estudiante de Lic. Economía en la Facultad de Cs Economicas y Sociales de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Secretario de Articulación Territorial del Centro de Estudiantes

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En la cumbre virtual del Mercosur, Alberto Fernández citaba al Papa Francisco y decía que aquí nadie se salva solo: “El mundo en el que vivimos es un gran barco en el que estamos todos, y por mas que algunos tengan camarotes de lujo, es el mismo barco el que esta tambaleando en la pandemia”.

La Oxfam publicó que la riqueza está concentrada cada vez en menos manos: luego de que en 2017 unas 43 personas poseyeran la misma riqueza que 3.800 millones de seres humanos, en 2018 el número de miembros de este selecto grupo se redujo a 26.En el mismo periodo, la riqueza de los milmillonarios aumentó a un ritmo de 2.500 millones de dólares diarios,hasta llegar a 900.000 millones. Al mismo tiempo, las 3.800 millones de personas más pobres del mundo perdieron el 11% de su riqueza.

 

En el mundo prepandemia, el proceso de acumulación y distribución de la riqueza contenía en sí mismo poderosas fuerzas que empujaban hacia un nivel de desigualdad sumamente elevado. A lo largo de este siglo, la tasa de rendimiento del capital superó por mucho la tasa de crecimiento. Por eso, la riqueza originada en el pasado se recapitalizó más rápido que el ritmo de crecimiento de la producción y los ingresos. Como postuló Piketty en2014, alcanza con que los herederos ahorren una parte de la ganancia que les genera sumismo capital para que su riqueza aumente más velozmente que toda la economía en su conjunto.

En estas condiciones, el capital crece tanto que no hay espacio para la meritocracia,ni para la justicia social, que son el cimiento de nuestras sociedades democráticas.El Papa continúa: “Esta tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades”.

El mundo pospandemia deberá ser repensado. Deberemos enfrentar el debate sobre cómo será el mundo que se viene y cómo afrontaremos las desigualdades y asimetrías. En nuestro país, la pandemia generará una caída del producto del 8,2% si el virus se controla, y hasta 10% si continúa el brote, según estimaciones de Ocde. Es momento propicio para debatir herramientas redistributivas y afrontar discusiones históricas no saldadas.

Una de las herramientas más importantes para la redistribución de la riqueza es el sistema tributario, que provee al Estado de los recursos necesarios para financiar las distintas funciones que debe cubrir, según el pacto social de cada época. Pero resulta que, en nuestro país, el 10% más pobre participa más del pago de impuestos que del reparto del ingreso.

De la recaudación total, son muy importantes los impuestos a los consumos y las transacciones, en especial el IVA e Ingresos Brutos, que afectan muchísimo el ingreso disponible de los sectores populares. A la vez, lo recaudado por los impuestos patrimoniales, es decir los tributos que gravan riqueza acumulada, son muy bajos.

El peso de lo recaudado por estos impuestos en Argentina era en 2015 menos de la mitad de lo registrado en Uruguay y un tercio de lo logrado en Canadá, Gran Bretaña y Francia. Ahora, el gobierno nacional parece apuntar, con decisión política, a atenuar la multiplicación de desigualdad con el impuesto a la riqueza: un aporte por única vez, del 2%, para aquellos que hayan declarado un patrimonio superior a los 200.000 millones de pesos. Lo recaudado por este aporte cubriría parte del gasto que el Estado destinó al sistema de salud a raíz de la pandemia.

En varios sentidos, Argentina es ejemplo en el mundo por su rápida, decisiva y oportuna respuesta sociosanitaria, porque entendió que la salida es colectiva. El desafío hoy es pensar un sujeto económico colectivo, donde las distinciones sociales sólo puedan fundarse en la utilidad común, como indica la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

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