Centro cultural américa libre

13 de Enero de 2021 11:48

El América Libre y la fuerza secreta de resistir creando

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El América Libre lleva 14 años de historia.

El espacio que ocupa la esquina de San Martín y XX de Septiembre se recuperó en el 2006. Hoy, con más de 14 años, el Centro Cultural América Libre es todo un símbolo de gestión cultural y compromiso. Acá su historia y su legitimación social.

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A medida que me acerco es más fuerte. Durante la espera, por supuesto, se intensifica y, una vez dentro, lo confirmo: este lugar habla. O tengo el deseo de que me hable. Aun en ese silencio del espacio cerrado, él se escucha. Lo que desde afuera era un susurro, adentro retumba: legitimación social.

Grita fuerte: “Legitimación social”.

Es una voz que son todas las voces. Las que pasaron, las que están. Las que vendrán por varias generaciones más.

Legitimación social. El aval de una comunidad a la recuperación de un espacio para, nada más ni nada menos, que compartir cultura. Porque así se resiste. Porque así todo duele menos.

El hoy Centro Cultural América Libre fue antes un edificio abandonado en la esquina de San Martín y XX de septiembre. Pero mucho antes fue una idea. Una idea que está aún hoy debajo de esa fachada y de los murales. Una idea que permanece debajo de todos los que hoy forman el América Libre.

El 2 de septiembre de 2006, esa esquina de la ciudad atrajo todas las miradas. Pero todo eso nace, en realidad, mucho antes. Exactamente un año antes de esa fecha, canalizando las necesidades de una comunidad, desde el espacio Solidaridad Antiimperialista Latinoamericana (SAL) surge una idea: poder montar un lugar donde todo lo que hoy hace y se hace en el América Libre tenga su reconocimiento.

A lo largo de ese año se peina, prácticamente, Mar del Plata en busca del lugar. Se fantaseaba con un montón de opciones y de posibilidades para acceder, que iban desde el alquiler, la compra como se pudiera y hasta la recuperación de algún espacio en desuso.

La búsqueda no terminaba de satisfacer y, de pronto aparece esta esquina: San Martín y XX de Septiembre. Un edificio enorme que estaba abandonado desde hacía nueve años. Ahí funcionaba una sucursal de Anses, y con un espíritu que coincidía con el que se buscaba.

Si algo faltaba para el toque romántico, en aquel año (2006) se llevaba adelante en Mar del Plata el primer Congreso de Cultura Nacional. La voz oficial del encuentro, al darle inicio, sostiene que “hay que recuperar espacios en desuso para ponerlos a disposición de la cultura y del desarrollo de los pueblos”.

Se miraron y coincidieron en el pensamiento: “Nos están diciendo que lo hagamos”.

Las comisiones de trabajo del SAL se duplicaron, pensando en que el panorama no sería el mejor dados los años que llevaba cerrado. Pero la idea primigenia cobraba más fuerza. Y se llegó al 24 de septiembre de ese año bajo una forma muy organizada y muy decididos, todos, a lo que viniera.

Era un grupo de 50 personas, aproximadamente, que se dedicaron a hacer y reforzar vínculos sociales, que lograron que a los pocos días sean 250 los que estaban ahí.

Hoy ese edificio dejó de ser un simple edificio. Pasó a ser un símbolo y se sabe que los símbolos solos no tienen sentido, que estos reciben el poder de las personas que los sostienen. Con muchos apuntalándola, esa esquina es un símbolo muy poderoso que hoy, 14 años más tarde, sigue siendo referencial.

Pablo Guzzo está desde el primer día. A la distancia en el tiempo recuerda: “Fue un ataque tremendo. Los medios titulaban sobre esto como ‘Usurpación’ o ‘Toma de un local’. Cuando nosotros salíamos a hablar lo hacíamos con el que en ese momento fue el lema que usamos para abrir el centro cultural: <<Nuestra forma de resistir es creando>>”. Y era así. Ya había una comisión de cultura pensando qué se iba a hacer acá adentro en ese momento. También se organizó y se pensó el primer festival que se hizo acá, que fue a cuatro días de que entráramos. Y de algún modo íbamos respondiendo a los ataques arreglando el lugar y poniéndolo en condiciones”.

-¿Cómo estaba de fuerte el espíritu del grupo y de la idea por ese entonces?

- Te juro que las ganas y el espíritu estaban para permanecer, pero creíamos que nos iban a sacar enseguida. Pero la resistencia creativa funcionó. Y también lo que pasó es que en esos primeros cuatro días todo fue muy fuerte. A los tres días vienen a desalojarnos. En realidad, caen patrulleros y se arma el operativo del desalojo. Paralelamente se arma como una resistencia muy fuerte acá adentro porque había negociaciones mediantes. Acá enfrente había un café y ahí nos juntábamos y algunos nos decían: “Dejen el edificio y nosotros vamos a conseguir algo mejor”. Entre ellos Carlos Patrani, director del Anses en aquel momento. Es decir que negociábamos, pero siempre bajo la consigna primero salgan y luego hablamos.

El pedido era claro: salir, abandonar esa aventura y sobre todo identificarse: ¿Quiénes eran los que estaban detrás de esto?

Pero la respuesta también era clara. Bajo la mística del Ejército Zapatista de Liberación de Chiapas, todos eran uno con la consigna de resistir creando.

El clima se calentaba. Nadie aflojaba y el hoy América Libre esperaba su chance.

Septiembre 27 de 2006. Desde el mediodía muchos se agolpan dentro del edificio. Para las cuatro de la tarde eran cerca de 70 adentro del espacio tapiado, pero en el exterior, cerca de 300 más de distintas organizaciones sociales y partidos políticos acordonaban el lugar para evitar el desalojo.

Tensión al máximo. Un operativo tan fuerte como la resistencia que se había decidido llevar adelante estaban frente a frente. Pero todo da un giro inesperado.

-¿Por qué nos salió bien? Porque en ese momento el intendente de la ciudad, que era Daniel Katz, no estaba en la ciudad. La asamblea pedía hablar con él y solo con él. Se generó más tensión y más tensión. Entonces alguien le dijo al Juez, delante de la Policía y delante de la que era la puerta principal del América Libre, que recién el lunes siguiente venía el Intendente y se propuso que se esperara hasta ese día para hablar con él. Al escuchar eso el Juez Castellanos reacciona y dice, “¿Qué se está diciendo? Estamos todos acá, se denunció una situación de violencia y ustedes dicen que hay que esperar hasta el lunes. ¿Ustedes dicen que ellos se queden hasta el lunes cuando nosotros veníamos a sacarlos? Diciendo eso se está avalando la toma. Que se vayan todos y esto se seguirá donde se tengan que seguir”.

El operativo se desmantela y el América Libre tiene su nacimiento épico.

Fiesta y celebración. Todos en el interior de un mismo espacio con las mismas consignas. Resistir creando. 24 horas después se abrían las puertas que dan a la calle San Martín y se recibía a mucha más gente. El diario El Atlántico tituló la noticia con “El Centro Cultural América Libre abrió sus puertas”. Ya no se hablaba de un local tomado.

 

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En el espacio vacío resuenan voces. Las columnas sostienen lo insostenible para un Centro Cultural. El estar vacío y en silencio. Algunos ventanales dejan colar algo de luz. Una luz tenue a esa hora de la tarde. Testigos privilegiados de ese romántico silencio son dos objetos de la primera hora: un sofá verde y una guitarra. Ambos objetos son bienes colectivos. Es decir, todos podemos ir a tomarlos y usarlos.

El sofá verde está desde antes de ser el América Libre. Supo de sueños, cansancios y miedos. Aún hoy conforta almas y provoca más de un sentimiento para crear una canción, un poema, una idea que será obra de teatro.

La guitarra llegó con los primeros y fue propicia para la resistencia creadora. Ayudaba en al aguante de las guardias nocturnas y diurnas que se prorrogaron por los primeros seis años. Hoy se mantiene estoica en su rincón. Sigue haciendo lo que mejor le sale: acompañar, vincular.

Bienes de usos comunes. Bienes colectivos. Comunitarios.

Aquellas paredes abandonadas, oscuras, que solo se veían interrumpidas por marcos desechos y ensayos de escaleras lo vieron llorar apoyado sobre las barandas del entrepiso, agotado y en silencio. Pablo Guzzo lloró. Habían pasado cuatro días del ingreso, apenas cuatro días, pero ya estaba en marcha el primer festival. El clima era todo festejo. La idea comenzaba a tomar forma. Hazmereír, Pitu Farías, los Che Joven le ponían alma. Guzzo oteaba el festival desde arriba, emocionado, pero no le sacaba la mirada de encima a la puerta. La puerta principal del América Libre, al fin estaba abierta para cualquiera. Lo que se pensó y se soñó estaba llevándose a cabo. Esa puerta abierta así lo ratificaba.

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Acomodar todo, poner en orden y concretar el inicio del proyecto llevó, aproximadamente, los primeros ocho años. No fue fácil. No faltaron discusiones. Hoy se recuerda muy románticamente, pero todo ese tiempo fue de construir en la diversidad (lo cual es muy rico, pero muy complejo).

Guzzo lo confirma: “Todo se discutió. Todo. Hasta lo más absurdo, por ejemplo si entraban los perros o no al América Libre, o que se hagan malabares en el espacio central. Asambleas y discusiones todo el tiempo. Y así desde lo más chiquito hasta lo más grande, como por ejemplo, la limpieza. Quiero decir que todo era muy romántico, pero no se limpiaba. Entonces alguien tuvo que acordar reglas de convivencia. Y cosas que antes estaban libradas al azar se empezaron a acomodar con una presencia más estable y fija en el lugar”.

Detrás del nombre Centro Cultural América Libre hay una asociación civil, es decir, hay papeles, actas que lo sostienen. De hecho están hoy muy cerca de obtener un comodato sobre él (los infinitos viajes a Buenos Aires y las carpetas presentadas lo avalan). Pero, sobre todo, hay legitimidad social. Desde los primeros días se salió a hablar con el barrio, casa por casa, con cada vecina y vecino del América para contarles el proyecto. Todos aseguran que siempre fueron bien recibidos y que se sienten acompañados desde el primer día.

Sin embargo, el intenso trabajo trae aparejado un cierto desgaste también. Las ideas que se iban actualizando y los espacios por cubrir obligaban al América a tomar resoluciones y a aceptar renovaciones que le den el empujón siguiente y necesario hasta la próxima posta. Y es así como, a los siete u ocho años, la renovación se dio. El América exigía cierto sacrificio y ciertos pasos al costado. Lo dado ya estaba dado pero Él quería más. Por eso, muchos se corrieron a otros lugares para que otros vengan y empujen un poco más al América Libre.

-¿Y hoy qué lugar ocupa en la sociedad?

- Cuando recién hablábamos de legitimidad social pensé: quién no ha estado en el América Libre como espectador o espectadora y ni hablar como artista o en una milonga o programando sus propios proyectos (docentes, colectivos que trabajan en la Universidad, agrupaciones sociales, políticas, culturales). Es interminable la lista de gente que pasó por acá en 14 años y que todavía sigue pasando. Ahora, por otro lado, hay cosas que me desorientan porque he ido a acá a una cuadra y alguien me dice, “no, no sé qué es”. Pero creo que hay un sector de la sociedad que creé que las cosas pueden ser mejores, con solidaridad y con cultura, para los que el América Libre es fundamental, es clave.

El América Libre es toda una época. Encarna ideales de resistencia y denuncia. Reafirma que mucho se puede hacer si se pone el cuerpo. En épocas donde se habla permanentemente de entregar espacios a privados para ser explotados, porque el Estado no puede hacerse cargo, el América Libre grita. Grita de bronca y se pone de ejemplo. Poner el cuerpo. Con esa simple acción concreta, el América llegó hasta acá. Demostrando, enseñando y creyendo en una idea: que la organización social, cultural y popular puede.

Carmen Domínguez habla por primera vez: “El América tiene el peso de ser la casa de cada uno de nosotros desde hace tiempo. Para mí es mi segunda casa. Y así lo viven muchos de los de antes y de los de ahora. Acá adentro hay familias, hijos, padres, tíos, sobrinos. Todas esas familias siguen viniendo y muchas otras se formaron acá. Eso posibilita el América. Ese es el lugar que ocupa en la comunidad”.

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Soy del parecer de que en los detalles hay toda una vida. O una idea. Una parte, partecita, que cuenta todo. O que sugiere todo. Apenas un rincón que sumado se convierte en toda una obra. Entonces me detengo en detalles.

El sol entibia la planta baja. Los murales dan cierto calor y el tiempo, acá dentro, no tiene tiempo. Es casi verano, pero pienso en el invierno. Los que fueron y los que vendrán. Sabido es que el frío busca desalentar tamaño proyecto. Pero ante la adversidad no solo surge más arte, sino que también surgieron manos de una cooperativa que llevó adelante la construcción de la estufa más estufa de por acá. Nació en mayo del 2013 y alcanza para todo el América y los suyos. Y le sobra también. La Rocket hecha a mano y con barro, con ladrillos y con ganas, todos elementos básicos, tiene la función de ponerle calor al calor del América. Más que función tiene la misión de ponerle calor al calor que cruza todo esto. Un calor que sobrepone cultura.

Por el América Libre ha pasado de todo. A partir de la apertura de la puerta sobre la calle San Martín, aquel 20 de septiembre, todo tuvo su tiempo.

Desde el café autogestionado, las vaquitas para conseguir un capital inicial, hasta distintas iniciativas culturales: la biblioteca Paulo Freire, una cooperativa gráfica, otra que produce alimentos y ayuda a comedores barriales, la organización del primer encuentro de muralismo nacional (los que se pintaban en la plaza), el bachillerato para adultos, planes Fines, una cooperativa textil, y se impulsó el encuentro nacional de espacios culturales autónomos. Hasta un festival paralelo al de cine: “El otro festival de cine”. Hablamos de un América con un espíritu muy inquieto.

De los murales a las fotografías y de estas a la oscuridad de su sala de teatro en el subsuelo. Cinco, seis, siete, ocho escalones. De pronto, las gradas. Las que la convierte en un teatro, las que permiten el convivio, las que se levantaron, junto a toda la sala, con aportes de cien pesos de muchos de los habitantes de la ciudad durante el 2008 y el 2009.

Todo un hacer constante. Todo un poner el cuerpo con mucho esfuerzo, como en el mismo teatro, pero con un gusto tremendo.

Hoy, no solo hay funciones (previo a la pandemia y ahora bajo protocolos) sino que también funciona la escuela de teatro Praxis, la cual ya tiene su primera promoción de egresados y egresadas.

Las paredes oscuras. Las luces en posición. Mucho de la última obra presentada aún está por las esquinas. Si uno escucha cuidadosamente, puede que encuentre algunos aplausos también. ¿Qué fantasmas recorren todo esto? “Fantasmas buenos seguramente” se apura a decir Pablo Guzzo. Y agrega: “Te cuento algo que me pasó al empezar todo esto de la pandemia, allá por marzo, abril. Como se sabe, cada cual en su casa. Los primeros días fueron más estrictos. Además, nadie sabía qué iba a pasar. Todos encerrados y con mucho miedo. Yo, en abril más o menos, volví. Un mes sin venir acá. Entré y fue tremendo. Un silencio desgarrador. No sabía cuándo íbamos a volver a verlo con gente, poblado. Resistiendo, creando de nuevo. Por eso creo que los fantasmas de acá son buenos. Son de lucha, de rebeldía, de deconstrucción”.

En su silencio y en sus voces. En sus paredes, en sus pasillos y en sus escaleras, el América vive. Respira y habla un lenguaje secreto que desafía al opresor. Como el salir de una caverna, las escaleras nos llevan hasta el “Palomar”. Nombrado así por el estado en que se encontraba y por quienes eran sus dueñas al momento de la llegada. Cuentan que había palomas muertas sobre las palomas muertas. Y palomas vivas que exigían sus derechos a la propiedad.

Todo, de a poco, fue limpiado. Todo volvió a ser nuevo. Hoy el sol entra por esos enormes ventanales, se ve la plaza magnífica desde ellos y, sobre todo, ese que es el espacio del América más cercano al cielo del Dante, tiene un eco especial. Un eco de todo aquello que pasó por ahí a lo largo de todos estos años, pero por sobre ellos, el eco de lo hecho para celebrar el año de su recuperación.

El 24 de septiembre de 2007 fue una fiesta. Se lo recuerda como el “América Libre no duerme. Un año en 24 horas”. Es así que, desde las ocho de la noche de ese día hasta las ocho de la noche del siguiente hubo actividades en todo el edificio. En el Palomar una varieté, en el entrepiso y abajo, las bibliotecas con actividades, en el espacio central tocaba una banda y así durante todo el día. Uno buscaba perderse en todos esos propósitos. Uno buscaba tan simplemente a otro para seguir adelante. Todos, como los ecos de esa noche que se depositaron en el Palomar, fueron encontrados finalmente por el América Libre.

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-Si soñara ¿qué sueños creés que tendría?

-Seguro el sueño sería el de la libertad de los pueblos. El del fin de la opresión, del sistema opresor. Sueña con eso. Con que no haya pibes que coman de la basura, no hoy. Ahora se recontra acrecentó, con el macrismo se recontra acrecentó, pero siempre, siempre, desde el 2006 hasta hoy viene la gente acá a buscar refugio, a buscar un lugar, una casa, comida. Y hubo gente que no pudimos salvar. Eso fue difícil de aprender también. Nuestras discusiones eran, “Che, ¿vamos a poder salvar a todos?” y no podemos. Y es un garrón, porque se nos iban, se nos morían, los perdíamos.

- ¿Y qué pasaba cuando no se llegaba a salvar a alguien?

- Aprendimos que hay momentos en los que uno se tiene que poner frio. Hay momentos para eso. Y asumir que a todos no se va a poder y ver qué es lo más importante. Tristemente el sistema los multiplica de a miles. Se dieron muchas discusiones, muchos planteos propios y ajenos. Porque eso también demuestra que a veces las revoluciones no solo se hacen de la puerta para adentro. Cruzás la calle y las cosas son completamente distintas. El mundo es una mierda y si algo te lo hace más llevadero es la música, el teatro. Lo que acá se hizo es eso, es acercarlo a muchos para sobrellevar esto de una mejor forma.

Dudo acerca de quién responde. No sé si es Pablo o el propio América. Camino todo el lugar viendo como juegan sus sombras y sus luces, como se siente esa energía que le da voz.

Carmen suma: “Para mí esa es la magia del América. Él logra que acá se rompan todas las estructuras posibles, que todo se iguale”.

-Como si fuese un carnaval permanente…

-Claro. Yo me acuerdo lo que me pasó la primera vez que vine acá a bailar. Fue increíble, yo venía toda estructurada y acá bailaban todos como lo sentían. Y noté como todo eso te transforma y te atraviesa. Es toda otra forma de vincularte. Acá se comparte.

-Y si esto fuese música ¿Qué sería?

-Yo lo relaciono al América con el tango. Podría pensar y nombrar a Che Joven, Sudestada, que fue quien hizo el único tema que tiene el América Libre. Pero si pienso en algo más contundente o algo más general, puedo decir el tango. Podestá, Alberto Podestá, puede ser un nombre que se me ocurre. Además porque la primera actividad que se llevó adelanta acá tuvo que ver con el tango. La milonga del pueblo tiene casi los mismos años que el América Libre.

Dice Rodolfo Braceli que todo camino fue alguna vez sendero y el sendero, antes, huella. Buscamos no la historia del Centro Cultural, sino el ser del América Libre. Aquellas huellas de hace más de 14 años hoy ya son camino. Un camino al que le resta muchos kilómetros aún.

El América Libre resiste cuando hace cultura y su cultura es resistir. Todo lo hace resistiendo y creando. Porque, como las palabras, hace posible que algo de lo que pase tome significado. Y uno lo asimila a través del arte, de la solidaridad. Porque aun en esta sociedad se sigue empujando a gente afuera del escenario del día a día. Pero ahí está el América Libre intentando que se suban de nuevo. Dando cobijo, como decía el maestro Juanele Ortiz, “…de la intemperie sin fin del mundo”.

El América rompe el silencio. Te habla, te grita con sus grandes silencios también. Te contagia su energía. Esa energía que, a pesar de recorrerlo todo, no pude encontrar su fuente. Esa energía que te cruza y te atraviesa. Esa instancia de arte y de cultura que sigue resistiendo mientras piensa en el otro.

 

6 (final)

Quise, para cerrar, conocer un secreto del lugar. Silencio. Las voces comienzan a superponerse y, por primera vez, no se ponen de acuerdo en la historia. Habla el América Libre, habla Pablo, hablan los silencios de ayer. Las voces se pisan

-Hay una caja fuerte.

-Perdón, ¿una caja fuerte tienen?

-Sí. Está cerrada. Está desde que llegamos acá y nunca pudimos abrirla. Es decir, estaba desde hace mucho. Intentamos todo. Pero no sabemos qué hay adentro.

La caja está ahí, impoluta, como ignorándolos. Marca el espacio y el ritmo del que pasa a su lado, del que entra al lugar. “Una caja fuerte”, me repito como si no creyera. ¿Qué guardará?

Termino. Camino por la plaza. Dentro del América el tiempo ignora al tiempo. Resiste. Ahora solo escucho una voz: la mía tratando de ordenarlo todo. El América, como algún dios griego mediante el teatro y la palabra, nos pone de manifiesto los momentos importantes, aquellos donde el ser humano vibra al contacto de lo colectivo. ¿Dónde está la fuente de toda esa energía? ¿De dónde nace aquella fuerza que convierte las experiencias en acciones solidarias y no ya solitarias? Quizás la caja fuerte sea la respuesta. Quizás dentro de ella, a resguardo, en esa caja completamente cerrada, uno encuentre toda esa fuerza, que mueve al América Libre.