A 21 años del horror que marcó a una madre: "Quisiera borrar octubre para siempre"

El 16 de octubre del 2000, Ariel Bualo, el exesposo de Adriana García, degolló a sus dos hijos para vengarse por la separación. Pero ella se aferró a la vida: en Capital Federal, se casó, adoptó un hijo y hoy mantiene una exitosa carrera profesional. "Mi primer pensamiento del día y el último de la noche sigue siendo Sebi y Valentina", dice, en una entrevista a corazón abierto, con 0223.

La mujer, de 55 años, enfrentó el dolor más profundo que puede tener una madre. Foto: archivo 0223.

17 de Octubre de 2021 08:04

Sebi y Valentina.

Es lo primero que piensa – y lo primero que ve – cuando abre los ojos a la mañana. En ellos piensa, y en el increíble peso que debe soportar en piernas y brazos, en la voluntad de ese cuerpo que traiciona, en lo doloroso que resulta levantarse de la cama a medida que se agranda la herida del tiempo pero sobre todo en este mes, en este mes que prefiere callar y no nombrar y que, si pudiera, arrancaría del calendario para borrarlo para siempre.

No. Despertarse no es fácil para Adriana García. A veces puede demorar horas en asumir la nueva vida en Capital Federal con Christian, su esposo estadounidense desde 2006, con Franco, el hijo que adoptó, y con la doble labor profesional que mantiene como directora de la carrera de Terapia Ocupacional en la Universidad Abierta Interamericana (UAI) y como responsable del centro que fundó para atender a niños con autismo y de patologías similares.

En verdad, el desafío que enfrenta todos los días Adriana es despertarse de la pesadilla que comenzó a vivir a partir del 16 de octubre del 2000, la fecha en que su exposo Ariel Rodolfo Bualo degolló en la casa de Bouchard al 7200 a Sebastián y Valentina, los hijos de cuatro y dos años que tenían en común, para vengarse por la separación que se había consumado cinco meses antes.

Adriana, que dice ver los días grises cuando lee o escucha experiencias extremas como la suya, sabe que nunca se desprenderá de sus hijos ni de los recuerdos del horror pero también sabe que no puede ser “egoísta” y que debe darle lo mejor a Franco, ese amor a primera vista que descubrió a los cuatro años y que aún sigue “malcriando” a pesar de tener cumplidos los dieciocho, a pesar de ser un adolescente con sonrisa de hombre. “Franco me mantiene muy ocupada. Ahora es más grande pero igual me encanta hacerle el desayuno o esperarlo a la noche con la cena, y son esas cosas las que a mí me obligan a levantarme y seguir”, confiesa la mujer.

Soy Mabel

Por lo cruel, lo sangriento y lo dramático, el doble filicidio se convirtió en una de las tragedias familiares más impactantes de la historia de Mar del Plata. La amplísima repercusión periodística y la sobreexposición pública que tuvo que soportar Adriana durante once meses hasta llegar al juicio, donde el psicópata recibió la cadena perpetua, la expulsaron de la ciudad, y especialmente del chalet donde una y otra vez resonaban las voces de sus hijos. “Como no conocía a nadie y nadie me conocía, fue como más fácil proyectar lo que quería hacer en otro lugar”, explica, al desandar sobre su camino de reconstrucción en una extensa entrevista con 0223.

Una vez instalada en Capital, intentó llenar los vacíos de angustia y soledad con una “obsesión por el trabajo” que, como no podía ser de otra manera, derivó en más problemas. Así, en su rol como terapista ocupacional dentro del área pediátrica, supo tener hasta tres trabajos distintos al mismo tiempo pero todo tuvo un límite. Y ese límite recién pudo verlo con claridad a partir del 2002, el año en que empezó terapia.

Ese proceso de contención decidió encararlo con un profesional de amplia trayectoria, especializado en estrés postraumático – el mismo cuadro que marca la vida de los excombatientes de Malvinas – y para Adriana fue y sigue siendo la clave de su estabilidad emocional: ella misma cuenta, por ejemplo, que a partir de las sesiones terapéuticas tomó confianza para anotarse e iniciar el trámite de adopción. “Cada tanto salta el tema de la obsesión y empiezo a trabajar, trabajar y trabajar, hasta que me doy cuenta y vuelvo a bajar. Pero por suerte se me dio por el trabajo y no por otras adicciones. Podría haber sido mucho peor”, apunta.

En Buenos Aires, se hizo conocida por su primer nombre, Mabel, que durante la cobertura mediática del aberrante caso no había tomado mayor trascendencia, y con eso fue suficiente para construir una nueva identidad profesional, despojada – al menos, a primera vista – de antecedentes trágicos y del inevitable prejuicio. De hecho, en el mail de contacto que mantiene en la UAI ni siquiera figura “Adriana”. “Tengo una capacidad impresionante para disociarme porque mucha gente que me conoce no sabe bien qué me pasó ni mi historia ni nada. Por eso me mudé acá, porque quería tener la posibilidad de ser conocida por otras cosas”, afirma.

La lista de lugares por los que pasó Adriana es un testimonio más de la obsesión contra la que todavía debe luchar a sus cincuenta y cinco años. Una escuela ubicada en villa La Cava es la que inaugura ese extenso itinerario laboral. Las cosas en el establecimiento marcharon bien hasta 2006, cuando la madre de uno de sus alumnos se enteró de lo que le había pasado y elevó una queja absurda a las autoridades: pidió apartarla porque temía que Adriana le raptara a su hijo para reemplazar a los suyos. “Hay un prejuicio de cómo queda uno después de vivir una situación como la mía. En algunos trabajos me pasó de que me pidieran un examen psicológico cuando a nadie se lo pedían”, lamenta.

Incómoda con la situación, la marplatense renunció pero en el mismo día le llegó la convocatoria para ocupar su actual cargo de directora en la carrera de especialista en Terapia Ocupacional de la Universidad Abierta Interamericana. A eso hay que sumar su labor de docente en la Universidad Nacional de Villa María, Córdoba, y en otra facultad de Rosario. Y eso no es todo: también está al frente de un centro que levantó con sus propias manos y que brinda atención a unos 200 pacientes.

“Ese consultorio lo armé sola, en mi tiempo libre. Tengo algunos empleados y trato niños y adolescentes con autismo pero también con déficit de atención o u otro tipo de problemas escolares”, detalla Adriana, quien asegura que “no hay ningún secreto” en su permanente apuesta por la vida: “No tomo pastillas ni nada. Se puede salir cuando uno tiene mucha voluntad pero también mucho apoyo familiar. Tengo una mamá de 85 años y dos hermanas divinas, y estoy agradecida a la vida de todo lo que tengo”.

Mamá, siempre

Adriana García nunca dejó de sentirse madre. Y su esposo de Estados Unidos, que ya era padre de dos hijas grandes, le brindó su total apoyo cuando ella le propuso adoptar un hijo. Los vínculos y antecedentes más cercanos en la propia familia también reforzaron la decisión de ampliar el hogar: Adriana cuenta con un hermano adoptivo y hasta su propio padre fue adoptado.

La mujer empezó los trámites con “poca esperanza”, a sabiendas de su pasado de dolor y el impacto que esos capítulos de su vida podían tener en las autoridades judiciales. “Fue una cosa rarísima porque me hicieron todos los exámenes y estudios pero nunca me preguntaron mucho sobre mis antecedentes. Entonces, en una de las entrevistas finales yo dije lo que me había pasado porque no quería que después se enteraran pensando que lo había ocultado y lo comenté y dijeron que no había ningún problema, que me quedara tranquila. Presenté después todos los papeles y a los dos meses ya me estaban llamando para decirme que había un nene de cuatro años. Pensé que era un chiste”, recuerda.

Pero no, no era un chiste. Y ese nene de cuatro años que la esperaba con los brazos abiertos era Franco, el amor que la desveló en su nueva vida en Capital. “Franco es un adolescente como cualquier otro, con todas sus locuras, pero es divino. Y es lo más diferente a lo que podría haber imaginado como hijo. No es por comparar, pero yo estaba acostumbrada a Sebi que era buenazo, re tranquilo y súper obediente y a Valentina que era un poco más rebelde, y me tocó un nenito que me hizo correr las veinticuatro horas y me sigue haciendo correr”, reflexiona.

Vivir o ser víctima

Cuando Adriana evoca los momentos decisivos de la mudanza a Capital, no puede no mencionar a su papá, el hombre que, con palabras duras pero de amor, la guió por un único camino: el de aferrarse a la vida. “Cuando terminó el juicio, yo me decía que ya cumplí y que ya estaba todo dicho, y pensaba que si me suicidaba, mi familia me lo iba a recontra entender porque la verdad que no era fácil la situación. Pero no era lo que merecía mi papá, mi mamá y mis hermanas. Nadie de los que estaba alrededor mío se merecía otra tristeza más. Nadie. Nadie”, comenta, en primer lugar.

El último día del juicio, y con la sentencia ya conocida contra el exesposo, la mamá de Sebastián y Valentina dice que se sentó con sus padres para decidir “cómo iba a vivir”, cómo iba a ser la vida sin sus hijos. “Mi viejo era bastante duro en ese sentido porque insistía con que el suicido es cobardía y me decía que yo no era cobarde, que yo tenía que elegir vivir y vivir bien, que no podía ser víctima toda la vida y llorar como una desgraciada por los rincones. Y de esa manera, yo tomé fuerzas y me levantaba todos los días pensando qué les gustaría a mis hijo que yo estuviera haciendo, cómo les gustaría a ellos que yo me viera”, afirma.

El papá de Adriana, sin embargo, no pudo ser tan fuerte como ella y muy poco después de todo lo que vivió con la traumática partida de sus nietos cayó en una “depresión profunda y terrible” hasta que falleció años más tarde. Y no fue el único: en gran parte de la familia la tragedia caló hondo y de la peor manera. “Una hermana mía también tuvo cáncer; todos fuimos tratando de zafar como podíamos después de eso. En mi familia, cada uno tuvo la repercusión que pudo pero a todos nos tocó mucho y nos sigue tocando”, asegura.

No quiero escribir octubre

Con el paso de septiembre y la llegada de octubre, levantarse de la cama y enfrentar el día es una misión que se torna cada vez más difícil para Adriana. Para no pensar, dice, “inventa cosas”: en 2016, organizó una exposición con tres mil grullas en una Feria del Libro de la ciudad, otro año encabezó una juntada de juguetes y en este 2021 aprovecha – precisamente en este fin de semana del Día de la Madre, al cumplirse otro trágico aniversario – para viajar a Salta con su mamá y sus hermanas. “Intentamos pasar esta semana juntos de la mejor manera. Siempre trato de hacer cosas que me llenen un poco de vida pero igual me duele levantarme todos los días”, señala.

Octubre siempre es así para Adriana: desde aquel fatídico lunes 16 que es así. “Para nosotros, otro aniversario es otra vez… otra vez tener que pasar estos días. Es inevitable, no sé… te digo que si yo pudiera borrar un mes del año, borraría octubre porque ya llega fines de septiembre y empiezo a pensar que no quiero levantarme. No quiero pensar, no quiero escribir octubre”, confiesa, con la voz entrecortada, y dice: "Cuando se cumple esta fecha, todos los años empiezo a llamar a mis amigas y les digo 'qué te acordás, decime qué te acordás' y ellos me cuentan y a mí me hace bien... Es como mantenerlos vivos, en mi memoria, pero los mantengo vivos a mis hijos".

La mujer también dice que, en este mes, la mochila de dolor la siente con más fuerza sobre su cuerpo a la mañana, a la noche, y en los fines de semana. “Me duele levantarme, siento dolor, es muy difícil de explicar. Levantarme a veces es pesadísimo”, insiste, y agrega: “Me duele levantarme y la noche, la noche también. Yo sé que el primer pensamiento del día y el último de la noche es Sebi y Valentina pero no puedo ser egoísta: está Franco ahora, y está Franco todos los días, y eso me mantiene más viva”.

Odio y bronca

A pesar de lo vivido, Adriana no esquiva a los medios. Al contrario: dice que todas las mañanas lee tres diarios, uno internacional y dos nacionales. Le encanta leer. Pero no puede reprimir el “nudo en la garganta” cuando a través de esas mismas páginas se encuentra con casos de violencia familiar extrema, con chicos que se vuelven rehenes y objeto y con una Justicia que nada hace: no puede evitar revivir otra vez lo que ella misma sufrió en carne propia.

“Cada caso que escucho y veo me tira abajo. En esos días, la sensación que tengo es que veo todo pero todo gris, todo me cae mal. Las esperas para que aparezcan esos chicos hasta yo las hago y las vivo, y me pongo a pensar en la cabeza de las mamás, y de las familias y en toda la impotencia que da todo eso. Me genera mucha angustia”, expresa.

Un calvario muy similar al que vivió Adriana en el 2000 tuvo su réplica hace muy poco, en abril, con el caso que protagonizó Tomás Gimeno, quien horrorizó a toda España al secuestrar a sus hijas, Anna y Olivia, en la isla de Tenerife para asesinarlas brutalmente. Luego, arrojó al mar el cadáver de las nenas, de uno y seis años, y él se quitó la vida. Todo fue para vengarse de Beatriz Zimmermann de Zárate, la mujer y mamá de las niñas, que había terminado con él.

“Es increíble ver cómo los hijos a veces terminan siendo un objeto y cómo se romantizan algunas cosas. Todavía se sigue diciendo o que ‘él la quería mucho’ o que ‘él era drogadicto’ y yo digo basta, es un asesino, hay que ponerle el nombre que tienen a esos psicópatas. Eso me da mucha bronca”, insiste, y agrega: “Hechos se dan a cada rato y es inevitable no revivir algunas experiencias cuando uno ve las mismas injusticias”.

Y con los femicidios que proliferan a diario, y las historias repetidas de chicas que denuncian pero no son escuchadas, a Adriana también se le revuelve el estómago de indignación. “El problema ahí es que yo sé cómo se maneja en general la Justicia argentina. Sé que no hacen nada y que a veces uno va, hace la denuncia y después la guardan en un cajoncito. Y encima uno va, hace mucho lío y los que no hacen nada salen en los medios, después los reubican y hasta le dan mejores cargos. Eso me da mucha bronca y odio. Son todas cachetadas que nos dan”, apunta.

Volver al mar

A veintiún años del horror que nunca imaginó, Adriana García no duda cuando dice que quiere volver Mar del Plata: ya ha vuelto en distintas oportunidades, para descansar y disfrutar de unas vacaciones en familia junto al mar, pero ahora dice que quiere volver para instalarse definitivamente y abrazar a la ciudad de la que tuvo que separarse casi por obligación, también por culpa del daño que le provocó su exesposo.

La necesidad de tener cerca a la familia pesa mucho en esa decisión. En “La Feliz” vive una de sus hermanas y otra de sus sobrinas. “Me tuve que ir muy a mi pesar de Mar del Plata. Al principio, obviamente, me quería ir al diablo pero ahora que ya pasaron tantos años me dan ganas de volver cada vez que voy y la verdad que volvería a vivir en la ciudad. Ahí no estaríamos tan solos como acá en Buenos Aires”, explica.

Adriana dice que hasta Franco le confió sus ganas de vivir en la ciudad. Uno de los pasatiempos que tiene el joven es adoptar perros y sueña con poner en marcha un refugio para “perritos abandonados”. “Todo mi futuro lo proyecto en mi hijo, y él me dice que tiene ganas de vivir en Mar del Plata. Así que quizás ese refugio lo terminamos armando allá”, anticipa la mamá, entre risas.

En ese deseo de volver, a Adriana García se le mezclan muchas imágenes y sentimientos. Hay nostalgia, pero también hay angustia y un anhelo profundo por tener una segunda oportunidad en Mar del Plata. En su Mar del Plata. Y en la Mar del Plata de ellos.

De Sebi y Valentina.

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