Se cumplen 50 años del asesinato de Silvia Filler, un crimen que paralizó a la ciudad y quedó impune | 0223

Se cumplen 50 años del asesinato de Silvia Filler, un crimen que paralizó a la ciudad y quedó impune

Una asamblea universitaria interrumpida de forma violenta por integrantes de la CNU terminó con la vida de una estudiante de Arquitectura de 18 años. Si bien los responsables del crimen fueron procesados por el hecho, jamás hubo juicio ni condena. El recuerdo de su hermana Lila Filler: “Fue una arquitecta en construcción”.

Silvia, sobre su tablero de dibujo. Tenía apenas 18 años y hacía unos meses había empezado la carrera de Arquitectura. Su nombre se mantiene vivo a 50 años de su crimen a manos de una patota de la CNU.

6 de Diciembre de 2021 08:15

Silvia Filler tenía apenas 18 años, cursaba el primer año de la carrera de Arquitectura y ostentaba el entusiasmo propio de una chica de esa edad, cuando un grupo de violentos interrumpió a golpes, cadenazos y tiros una asamblea universitaria de la que ella participaba y terminó con su vida. En medio de las corridas, sus compañeros llegaron a verla: estaba sentada en la tercera grada, frente a la entrada del aula del Rectorado en donde funcionaba la facultad y que hoy lleva su nombre y quedó desvanecida, con la cabeza llena de sangre. Eran las 20.05 del lunes 6 de diciembre de 1971 y la organización de ultraderecha CNU (Concentración Nacional Universitaria) había tenido su bautismo de fuego, el primero de una larga lista de hechos que serían juzgados y por los cuales sus autores iban a ser condenados recién varias décadas más tarde. Aunque ese no fue el caso de Silvia: hoy, 50 años después, su asesinato sigue impune.  

Lo que ocurrió en aquella fatídica asamblea fue producto de los tiempos violentos que se vivían en la universidad en aquellos tiempos, en plena dictadura de Alejandro Agustín Lanusse. A la entonces Universidad Católica, creada en 1958 por el obispo Enrique Rau bajo el nombre de Instituto Universitario Libre, le sucedió en 1961 la fundación de la Universidad de la Provincia, que contenía las facultades de Arquitectura y Urbanismo y Ciencias Económicas. Ambas instituciones comenzaron en la década del ‘70 un proceso de integración, escenario que propició un fuerte enfrentamiento entre agrupaciones peronistas de izquierda y derecha.  

Las confrontaciones tenían lugar en el seno de la casa de altos estudios provincial, donde funcionaban el Centro de Estudiantes de Arquitectura y Urbanismo (Ceau) y el Centro de Estudiantes de Arquitectura y Urbanismo (Ceam), este último, de ideas progresistas y con un número mayor de adherentes. Fue justamente esta última agrupación la que, en pos de defender sus ideales, interrumpió una clase de un docente de primer año de Arquitectura (el profesor Chamorro), a quien relacionaban con un tipo de enseñanza autoritaria. El plan, que consistió en arrojar una pastilla de gamexane en el aula donde se encontraba el docente en cuestión, se concretó el viernes 3 de diciembre del ‘71. Las autoridades lograron dar con los dos autores del hecho y, sin esperar la opinión del Consejo Académico, los expulsaron. 

Esto derivó en la convocatoria a una asamblea para el lunes siguiente, a las 18.30. A esa hora, en el aula magna de las instalaciones donde hoy funciona el Rectorado de la Unmdp, Alberdi y San Luis, se concentraron alrededor de 350 estudiantes para discutir los pasos a seguir. Allí también se encontraban integrantes de la Ceau -sector que defendía a Chamorro- y que, según declararon varios testigos, se dedicaron a provocar al resto de los asambleístas. Cerca de las 20, cuando la tensión había llegado a su punto máximo, la agrupación estudiantil conservadora dio paso al ingreso de una patota de la CNU, que entró a fuerza de golpes de puño, cadenazos y tiros. Uno de esos disparos impactó sobre la cabeza de Filler, mientras que al menos otros cuatro alumnos resultaron heridos pero lograron sobrevivir. Ese fue el caso de Marcos Chueque (detenido y desaparecido por la dictadura que se instauró en marzo del ‘76), José Fiscaletti, Oscar Alberto Ibarra y Néstor Vila.

Las crónicas periodísticas del día posterior al crimen se hicieron eco de la conmoción generalizada que se vivió en toda la ciudad.

Si bien Silvia fue trasladada a la Clínica Central de Independencia y 3 de Febrero, la herida le había provocado un derrame cerebral y murió horas más tarde. En las puertas del nosocomio, una multitud aguardaba novedades y exigía justicia. Sería la primera de las numerosas protestas que se llevarían a cabo en Mar del Plata a lo largo de los meses siguientes. "Las versiones señalan a grupos perfectamente identificados como nacionalistas. Escenas desgarradoras se vivieron en la clínica a la que fue trasladada la jovencita asesinada. En la calle, grupos estudiantiles y numeroso público asistían, sin comprender la magnitud del sangriento epílogo del atentado, a los gritos y la desesperación de quienes habían sido involuntarios protagonistas del episodio”, describe un cronista del diario La Capital en la edición del 7 de diciembre.  

Durante las horas siguientes, las escenas de dolor e indignación se replicaron. Miles de personas se agolparon en la puerta de la casa velatoria donde se llevaron los restos de Filler. Al día siguiente, el cortejo fúnebre fue igual de multitudinario y consistió en una lenta travesía por el centro que incluyó un alto en la Facultad de Arquitectura antes de emprender rumbo hasta el Cementerio Parque. Una pancarta con la leyenda “Silvia Filler, otro asesinato policial del régimen" sobresalía entre los presentes, pero, a pedido del papá de Silvia, que pidió evitar incidentes, fue retirada a pocos metros de la sala velatoria.

El crimen de Filler provocó el repudio generalizado de los centros de estudiantes de Derecho, Servicio Social, Ingeniería, docentes de la Universidad, la Universidad Católica, el comisionado a cargo de la intendencia, Juan Carlos Galloti; la UCR, Movimiento Peronista de Base, Partido Comunista y la CGT, entre otros sectores. Por su parte, la investigación sobre lo sucedido arrojó que Juan Carlos “bigote” Gómez y Oscar Héctor Corres fueron los autores de los disparos en la asamblea estudiantil, que concluyó con el primer asesinato perpetrado dentro un aula en todo el país.

Ambos fueron procesados junto a una veintena de personas, pero sólo Corres fue encarcelado: Gómez estuvo prófugo hasta el 31 de mayo de 1973, cuando todos fueron alcanzados por la amnistía decretada por Héctor Cámpora para presos políticos. Otra vez, el repudio generalizado se hizo sentir en las calles marplatenses e, incluso, llegó a haber un cruce de disparos frente a la Facultad de Derecho.  

Carlos “bigote” Gómez estaba vinculado a la CGT local, mientras que Corres era policía y, al momento del asesinato, estaba por recibirse de abogado. Aunque no hay precisiones sobre en qué circunstancias, se sabe que Gómez murió varios años después. Su compañero, en tanto, se convirtió en uno de los principales cuadros de la CNU y llegó a ocupar cargos públicos en Migraciones y el Ministerio de Educación. También fue docente universitario y a comienzos de los ‘90 se propuso para ser juez federal. Recién en diciembre del 2020, en el marco del denominado Juicio CNU 2, fue condenado a cinco años de prisión. Pero fue sólo por su participación de la organización ilícita que constituyó la agrupación parapolicial y ultraderechista que operó en Mar del Plata y La Plata en los años previos al Golpe de Estado del ‘76. En el mismo proceso, el abogado Eduardo Salvador Ullúa fue sentenciado a cumplir prisión perpetua al ser considerado coautor de ocho homicidios.

Para los jueces del Tribunal Oral Federal local, Enrique Méndez Signori, Nicolás Toselli y Daniel Obligado, Corres, en calidad de referente de la CNU, ocupaba un lugar estratégico dentro de la estructura estatal universitaria y en los operativos violentos contra opositores políticos.

El abogado Oscar Héctor Corres estuvo presente al momento en el que el TOF de Mar del Plata leyó la sentencia que lo condenó a cinco años de prisión. Foto: Fiscales.gob.ar 

Silvia, una arquitecta en construcción

Silvia tenía dos hermanas, Lila y Marta y ella era la segunda. A pesar de que tenía cuatro años menos que Silvia, Lila tiene los recuerdos frescos, como si no hubiera pasado medio siglo de aquel acontecimiento que cambió no sólo la vida de los Filler, sino que además fue un hito para la comunidad marplatense y, sobre todo, para la militancia estudiantil. “Es cierto. Pasó una vida entera, en la que podría haber tenido una carrera, trabajo, familia, hijos y hasta nietos”, dice Lila, al cumplirse un nuevo aniversario del crimen de su hermana.

Si bien desde un primer momento quedó claro el rol de la CNU en los disturbios de la sangrienta asamblea y que quienes integraban el brazo armado de la Triple A eran personajes con mucho poder en la sociedad, la familia de Silvia decidió quedarse en la ciudad; aún, cuando, con una población más pequeña a la actual, eran altas las posibilidades de posible cruzarse con los asesinos de la estudiante en cualquier calle. Lila, de hecho, solía ver con frecuencia al exfiscal federal y líder de la CNU, Gustavo Demarchi, tomando café en la esquina de San Martín e Yrigoyen, a escasos metros de donde ella vivía. 

“Toda la historia argentina de los últimos 50 años está concentrada desde el asesinato de Silvia como hito bisagra tanto en Mar del Plata como en el país, porque trascendió los claustros universitarios. Su crimen tuvo un impacto trascendente en el país y en Mar del Plata, directamente detuvo a la ciudad. Incluso, tuvo un gran impacto en los padres de los estudiantes, que empezaron a pensar que era algo que le podía pasar a cualquiera de sus hijos. Porque Silvia no tenía una militancia política, simplemente estaba ahí por una cuestión de solidaridad con sus compañeros”, señala en diálogo con 0223

En ese sentido, Lila, que al igual que Marta es docente de la Universidad Nacional de Mar del Plata, recuerda que tras el crimen en el aula magna del Rectorado el pedido que reiteraban era que “no hubiera otras Silvias”, algo que nunca se logró. “Después hubo 30 mil vidas desaparecidas y hoy hay otras tantas que se terminan desde la violencia de género, el gatillo fácil”, analiza.

En la sede del Rectorado, una placa recuerda que ese fue el escenario donde la CNU tuvo su bautismo de fuego y terminó con la vida de una estudiante de 18 años. 

“Fue el primer caso dentro de la universidad, en una asamblea estudiantil que nada tenía que ver con semejante atrocidad. Allí se debatía en los marcos de debate estudiantil, de posiciones y no había más que alguna corrida o insultos en medio de una juventud enfervorizada. Era el final de la dictadura de Lanusse y empezaba a haber posibilidad de participación, de asambleas y debates sobre la universidad y las carreras de las distintas facultades, aunque el contexto no era del todo democrático”, explica.

A pesar de la repercusión que tuvo el caso, Lila hace hincapié en que nunca hubo un juicio ni condenas por el asesinato de su hermana, lo que profundizó aún más el drama de los Filler. “Mi padre acompañó todo el proceso de ese momento, era la persona que hablaba en los medios. Mi madre era muy fuerte y desde su lugar pudo sostener a la familia y acompañar un proceso de vida desde la pérdida; hizo que pudiéramos reconstruirnos como familia, con todo el dolor que siempre iba a llevar adentro suyo”, cuenta.   

Sin embargo, subraya que los juicios CNU 1 y CNU 2, en donde se juzgó y condenó a los autores de los crímenes de lesa humanidad cometidos en los años previos a la última dictadura -entre los que no fue incluido el de Silvia Filler-, trajo una “satisfacción necesaria porque, como sociedad, nos dio fortaleza el hecho de habernos sacado de encima esa presión de no poder tocar al poder judicial”.