El escribiente

28 de Febrero de 2021 11:29

Cartas señaladas

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Muchos aseguran que la historia de la humanidad se puede contar a través de la correspondencia que se ha compartido a través del tiempo. Las cartas, como modo de comunicación y como género literario, nos hacen reconocernos en el espacio íntimo de otros.

Sostiene Carlos Monsiváis en El género epistolar. Un homenaje a manera de carta abierta: “Según creo, la edad de oro de la epístola como género de multitudes se sitúa en los siglos XVIII y XIX, cuando en las cartas se intenta conseguir el espacio donde crezcan, con discreción y audacia, las psicologías individuales, novedad del momento”.

En lo que es la comunicación interpersonal, el ser humano buscó en el género epistolar una forma de expresarse de manera más directa en cuanto a sentimientos, pensamientos e ideas íntimas.

Y tan es así que muchos sostienen que gran parte de la historia de la humanidad puede ser contada si se indaga en las cartas escritas a lo largo de todo este tiempo. Uno puede hallar en la correspondencia que ha cruzado la historia humana desde manifiestos, testamentos, declaraciones, hasta fantasías, entre otros.

Pero se supone que la carta es algo íntimo y que solo alcanza a algunos pocos o solo a dos. Sin embargo, las cartas de aquella época, agraciada para el género, circulan amablemente, permitiéndonos descubrir a sus protagonistas y a nosotros mismos.

Hay características comunes en el universo epistolar, pero estas son muy difíciles de determinar individualmente. La comunicación por carta envuelve al que escribe y al receptor o receptora en contextos muy desiguales. Tal es así que al que escribe lo sobrepasa un temor de antemano sobre cómo será recibida esa carta o si entenderá el tono del mensaje y, por sobre todo esto, la preocupación sobre de que esa carta sea recibida y no se pierda o sea alcanzada por alguien a quien no está destinada. Sabido es que una carta es para alguien en particular, o algunos, pero siempre tiene un destinatario fijado.

La carta es algo privado pero, a su vez, rompe con esa privacidad y se expone abiertamente en un modo íntimo, aunque suene paradójico. El proceso de escritura de una carta se figura como un momento totalmente personal, pero dedicado totalmente a otro. En ella se encuentra toda la voluntad de alguien por manifestar, a través de la distancia y del tiempo, algo a otra persona.

Las palabras, los sentimientos, las ideas perduran mucho más en papel. Al menos era así hasta hace un tiempo (hoy hay más confianza en una memoria digital). Pero las cartas subsisten como género literario donde su condición de testimonio o el prestigio de un autor hacen que nos empujen de lleno a reconocernos en espacios íntimos de otros.

1. De Virginia Woolf para Leonard Woolf

28 de marzo de 1841

Querido:

Tengo la absoluta certeza de estar enloqueciendo otra vez: no creo que podamos soportar de nuevo pasar por uno de esos terribles períodos. Presiento que esta vez no conseguiré recuperarme. Estoy empezando a escuchar voces y no puedo concentrarme.

Por eso, he resuelto hacer lo que me parece mejor. Tú me has dado la mayor felicidad posible. Has sido para mí lo que ninguna otra persona hubiera podido ser. No creo que haya habido dos seres más felices que nosotros hasta que apareció esta terrible enfermedad. No puedo luchar más, sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Ya ves que ni siquiera puedo escribir esta carta correctamente.

Ya no puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has demostrado ser increíblemente paciente conmigo y tener una infinita bondad. He querido decírtelo, puesto que todo el mundo lo ve. Si alguien hubiese podido salvarme, ese habrías sido tú. Ya no tengo nada claro, salvo la certeza de tu bondad. No puede seguir arruinándote la vida por más tiempo. No creo que dos personas puedan ser más felices de lo que lo hemos sido nosotros.

V.

2. De Julio Cortázar a Alejandra Pizarnik

París, 9 de septiembre de 1971

Mi querida: Tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de… Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza -y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte.

Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria.

Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra. Escribime, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.

Julio

3. Del Che Guevara a sus hijos

Marzo 1965

A mis hijos, Queridos Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto:

Si alguna vez tienen que leer esta carta, será porque yo no esté entre ustedes.

Casi no se acordarán de mí y los más chiquitos no recordarán nada.

Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro, ha sido leal a sus convicciones.

Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la Revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario.

Hasta siempre hijitos, espero verlos todavía. Un beso grande y un gran abrazo de

Papá

4. De Atahualpa Yupanqui a Nanette

París. Sábado 29 de junio-85

Querida Mamá:

Hoy amagó, desde temprano, la mayoría del tiempo. Es posible que antes de viajar pueda yo verle el rostro a unos días del verano. Hasta ahora, humedad, ausencia de calor.

El jueves pasé unas horas gratas en casa de Daniel y Annuck, y por supuesto, la “reina” Trilse. Está hermosa, con casi cuatro años y medio, habla dos idiomas muy claros y me recibió vestida de Zorro, con el correspondiente antifaz y el sombrerito andaluz. Comimos asado, sin sal y ensalada y fresas. Daniel va el 25 a Colombia, pero ya sabemos que sus tareas son la Paz y la Solidaridad. Parece que habrá un gran festival de ese tipo en Bogotá. Lo mío, es otra cosa, y, claro, se hace difícil. No obstante, pienso que allá se podrá trabajar. Todo es cuestión de decidirse. Hace 40 años tampoco era fácil, y el mundo sufría el tormento de una guerra despiadada. Éramos jóvenes entonces, es verdad, y más aguerridos en eso de andar a la aventura. Hoy tenemos más experiencia, pero menos caminos. Las cosas se nos presentan como limitadas y problemáticas. Pienso que somos nosotros -en cierto modo- los que inventamos las murallas y las fronteras. Nos

hemos limitado a existir, sin el desvelo ni la intrepidez, como si hubiéramos jubilado la alegría de caminar cantando. Si no hay seguridad, nos escondemos como el caracol o el quirquincho.

Yo miro un poco mi vida y mis guitarras y de a ratos creo que estoy contemplando el fantasma de un duende que signaba mi vida, y que me ha abandonado llevándose mis sueños y mis revelaciones.

Sé que estoy enfrentando a la irremediable vejez, sin haberme preparado para asumirla. Estoy anciano, espiritualmente meditativo y sin condiciones para asumir la derrota. Todo lo que canto, todo lo que toco, y hablo y cuento, es oficio de la memoria, no es impulso del corazón ni del sueño.

Es lógico, entonces, que algunos pichones - aún desconocidos- estén condicionando su vida para un salto con alegría y anhelos de buenos tiempos. Para ganar la luz, hay que preparar la intrepidez aunque la inexperiencia nos haga trampas. Pero para mantener la luz y la paz, debemos merecerla. Bajar los brazos es como decir Adiós, o “me rindo”.

La inseguridad del trabajo en mi Patria hace que no me desprenda del departamento de París. La Argentina no es ahora un mercado abierto y entregado a la tradición de sus paisajes, como no sea cayendo en un chauvinismo desolador y peligroso. Pululan los chantas incrustados en el juego del arte musical, o el teatro, o la TV y los genios de la radio. Y no se debe, creo, caer en las redes no bien tendidas de las Comisiones de Cultura que parecieron monopolizar la actividad del espíritu creador en las provincias, así como en la Capital, amén de aspirar a exportar Cultura a Europa y Norte América, en aventuras casi desdichadas. Desdichadas para la economía de la Nación.

Madre, si todo es así, o nos vamos muy lejos, a una isla olvidada o nos metemos al monte en nuestros pagos, sin que nadie sepa más sobre nosotros ni nuestro destino. Creo que después de 60 años de luchar aprendiendo y reflejando, tenemos el santo derecho de callar bajo los algarrobos hasta que entendamos – si nos preparamos para oírlo- el mensaje de Dios, y aquello que no nos dijeron los abuelos.

Por lo pronto, a conservar los 10 centavos de salud que nos restan, a leer, y pensar que debemos llevar nuestra lámpara lejos.

Mamá. En dos semanas estoy en casa. Te bendigo, te abrazo. Hasta mañana.

Tata

(A quien llama “madre” es a Nanette, su esposa)

5. De Franz Kafka a su padre (fragmento)

Queridísimo padre:

(…) Si resumes lo que piensas de mí, el resultado es que no me echas en cara nada propiamente inmoral o malo (a excepción tal vez de mi último proyecto matrimonial), pero sí frialdad, rareza,

ingratitud. Y me lo echas en cara de una manera como si fuese culpa mía, como si yo hubiese podido cambiarlo todo con sólo dar un giro al volante, mientras que tú no tienes la menor culpa, como no sea la de haber sido demasiado bueno conmigo.

Esta forma tuya habitual de presentar las cosas la considero acertada sólo en el sentido de que yo también creo que tú no tienes en absoluto la culpa de nuestro mutuo distanciamiento. Pero tampoco la tengo yo, en absoluto. Si pudiese llegar a convencerte de ello, entonces sería posible, no una nueva vida, para eso ya tenemos los dos demasiados años, pero sí una especie de paz; sería posible, no que dejaras tus incesantes reproches, pero sí que los suavizaras.

Es curioso, pero una cierta idea de lo que quiero decir sí que tienes. Así, por ejemplo, hace poco me dijiste: «Yo siempre te he querido, aunque exteriormente no haya sido contigo como suelen ser otros padres, precisamente porque no sé disimular como otros». Yo, padre, nunca he puesto en duda, en general, tu bondad para conmigo, pero esa observación no la considero acertada. Tú no sabes disimular, eso es cierto, pero sólo por ese motivo querer afirmar que los otros padres disimulan es, o bien puras ganas de no dar el brazo a torcer, y entonces no vale la pena seguir discutiendo, o bien (y de eso se trata realmente, en mi opinión) una forma velada de expresar que algo no funciona entre nosotros y que tú has contribuido, aunque sin culpa, a que así sea. Si realmente es esto lo que piensas, estamos de acuerdo…

***

Las cartas, la correspondencia, el mundo privado de muchos que reflejan el de otros tantos, por un lado. Las cartas o la correspondencia que da forma a un género literario, por el otro (Drácula, de Bram Stoker; Las penas del joven Werther, de Johann Wolfgang Von Goethe u Ochenta y cuatro, Charing Cross Road, de Helene Hanff, entre otras) hoy nos alcanzan como algo muy lejano. Tan lejano que uno, junto al goce de leerlas, descubre la voluntad de alguien por atravesar el tiempo y la distancia y llegar hasta nosotros.

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