El escribiente

14 de Marzo de 2021 09:56

Las frases y su historia

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Brilla por su ausencia; me vendió gato por liebre o le hicieron el cuento del tío son algunas de las frases más utilizadas en nuestro hablar diario. Pero ¿qué significan realmente? En su origen, ¿se utilizaban en las mismas condiciones que hoy en día?

En nuestro hablar diario utilizamos un sinnúmero de frases hechas, muchas de ellas arraigadas en el tiempo y en el uso popular, sin saber cuál es el origen. En algunos casos, tampoco conocemos su contexto de uso, el que se ha ido modificando con el correr de las eras, convirtiéndose en una frase que se aplica a situaciones completamente distintas de las de su comienzo.

Dichas expresiones, hoy fijadas en la lengua, no siguen su significado de la deducción de las palabras que la componen. La lengua popular, el uso del habla, les ha impuesto una definición muy lejana a la de sus orígenes, pero también distanciada del significado de cada una de sus partes. Hoy, estas frases, representan situaciones mucho más comunes que las de su principio, pero por algo práctico o de imagen potente, su uso se perpetuó en las culturas del habla.

Valen algunos ejemplos para reconocer su uso:

Acá hay gato encerrado: generalmente se utiliza cuando alguien desconfía de que hay alguna causa o razón oculta. Pero tuvo su origen en el Siglo de Oro, donde la costumbre era guardar el dinero en bolsas hechas con piel de gato.

Dio gato por liebre: se utiliza cuando alguien engañó a otro dándole algo de mala calidad.  Su origen responde a las quejas de los parroquianos cuando en las antiguas posadas se les servía gato en lugar de conejo o cordero en sus estofados.

No gastes pólvora en chimangos: se denomina así a aquella situación donde  se gasta o invierte mucho esfuerzo para obtener algo no muy sustancioso. La frase responde, en realidad, a que el chimango, ave rapaz que se alimenta de carroña, cuando uno lo pone al fuego, a pesar de su tamaño, su volumen disminuye considerablemente. Es así que los seres humanos no veían en él algo muy provechoso y siempre tuvieron claro que el valor de la pólvora era excesivo  y no se compensaba con la presa.

Brilla por su ausencia: Según cuenta en sus Anales, Tácito, en la antigua Roma se estilaba que en los funerales se portaran las imágenes de las familias ilustres cercanas al difunto. En el fallecimiento de una mujer muy importante de la época, faltaron las imágenes de Cayo y de Bruto, esposo y hermano de la muerta, quienes no se encontraban porque habían sido imputados por el asesinato de Julio César y habían huido. Todos los presentes comentaban sus ausencias y el brillo que, más allá de las circunstancias, daban al ritual.

Les cantó las cuarenta: se trata de una expresión que surge del juego de naipes  con barajas españolas conocido como Tute. Los  jugadores “cantan las 40” para anunciar que han logrado juntar el caballo y el rey del palo que otorga el triunfo en la mano, sumando, de tal forma, 40 puntos. Hoy se utiliza para representar a aquello aquella que le dijo la verdad sobre algo en la cara a otro o a otra.

Cargar con el muerto: cuentan que durante la Edad Media, cuando se encontraba el cuerpo de una persona sin vida en alguna localidad y era imposible determinar la identidad del homicida, todo el pueblo debía pagar una multa llamada Homicidium u omecillo. Esto generó que, en muchos casos registrados, los habitantes del pueblo, de común acuerdo, levantaran el cuerpo y lo arrojaran en alguna localidad vecina para que estos fueran los que pagaran la deuda correspondiente.

El cuento del tío: Relata Daniel Balmaceda en su Historias de letras, palabras y frases (Sudamericana – 2014): “Aquellos que tuvieron o tienen este tipo de mascotas (gatos) saben que el animalito logra lo que quiere mediante gestos y maullidos que repite hasta conseguir su objetivo. Ese talento para obtener lo que desea se trasladó a nuestra lengua. Engatusar significa “ganar la voluntad de alguien con halagos para conseguir algo”. La realidad es que se engatusaba aun antes de que existiera el término. El oficio de engañar a un sujeto para apropiarse de lo suyo compite entre los más antiguos de la historia universal y de la prehistoria también. En particular, la estafa es una forma de delinquir en la que el ladrón busca que la víctima se crea más inteligente que él. Staffa es un vocablo italiano y define al estribo. Staffare quiere decir “sacar el pie del estribo”. El estafado es aquel que ha perdido el estribo (en este caso, porque se lo han quitado por engaño).

En Buenos Aires se ha vendido de todo. ¿Será verdad que algunos chacareros compraron semillas de alambre de púa en 1880? Nosotros creemos que hay gente que a veces puede pecar de ingenua, pero no tanto. Sin embargo, nos permitimos pensar que pudo haber demanda para la compra de buzones de correspondencia. Un inolvidable amigo, Alberto Thaler, se dedicó a estudiar los “cuentos del tío”, es decir, las estafas clásicas de la historia porteña. Se decía “del tío” porque en muchos casos se invocaba a un supuesto tío, a veces millonario, a veces menesteroso, pero siempre necesario para fortalecer el engaño. Según Thaler, la primera venta de un buzón se dio en septiembre de 1928. ¿Cómo funcionaba el engaño? El delincuente se paraba junto a un buzón varias horas. Sus compinches aparecían de vez en cuando con una carta que le entregaban, además de pagarle un dinero. La víctima, vencida por la curiosidad, le preguntaba qué hacía y el hombre respondía que era el dueño del buzón y estaba recaudando el franqueo que pagaban los remitentes. Luego de establecer una relación de confianza, el delincuente le confesaba que debía vender el buzón porque necesitaba viajar para visitar a un pariente gravemente enfermo. La víctima entendía que era su oportunidad y se ofrecía a comprarlo. Una vez resuelta la operación, el vendedor desaparecía, mientras que el comprador intentaba cobrarles a los que depositaban cartas. Así funcionaba el sistema que derivó en la frase “vender buzones”.

En cuanto a las cartas, también hubo una clásica artimaña en la segunda mitad del siglo XIX. Una mujer, acompañada de dos niños andrajosos, llegaba a la casa de la víctima y llorando le entregaba una carta que, supuestamente, había sido escrita por un vecino o amigo del incauto. El hombre, tomado por sorpresa, se convencía de que conocía al remitente. Además, figuraban nombres de personas que supuestamente habían ayudado a la mujer. Como no quería quedar mal parado, el caballero entregaba una suma de dinero a la estafadora que, una vez finalizada la operación, se dirigía con los chicos a otra casa para repetir la maniobra.

Este sistema de recaudación fue conocido como “llorar la carta”, frase que aún se emplea para referirse a aquellos que pretenden dar lástima.

 

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