El escribiente

7 de Marzo de 2021 08:30

Los preparados, la nueva novela de Sebastián Chilano

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Los preparados (Obloshka – 2020) es la nueva novela de Sebastián Chilano. Aquel texto que empezó siendo un ensayo y, con el tiempo y las relecturas, mutó en novela. Era claro que aquella historia necesitaba ser narrada y no tanto explicada.

Tengamos en cuenta que pensar la muerte no es lo mismo que pensar en la muerte. Uno siempre mira desde afuera. Siempre LA mira desde afuera. Pero hay una sola verdad  y es que nos morimos. Entonces: ¿qué actitud puede tomar uno frente a ella?

Aparecen tres posibilidades, tres actitudes frente a esa sola verdad: el desafío, el miedo y, por supuesto, la negación. Tres actitudes que han obsesionado a la humanidad a lo largo de toda su existencia. Actitudes que arman un relato de ella y sobre ella. Y, por ende, sobre nosotros. Actitudes que protagonizan este libro y que página tras página desnudan el trabajo de cada uno. El de Ella, matar; el de todos nosotros, vivir.

Es así, entonces, que la vida se vuelve una aventura personal, única e intransferible. Una responsabilidad indelegable que se sostiene deseando, dirán los psicoanalistas.

Si Barthes tenía razón y cada uno de nosotros, lectores, elige el sentido de los textos, para mí uno de los grandes temas del libro, si no el tema del libro, es la vida. Entonces la pregunta puede ser ¿Qué aprendiste de la vida escribiendo sobre la muerte? “No sé si lo aprendí escribiéndolo –reflexiona Chilano- pero sí, al terminar el libro, al entregarlo a la editorial, aprendí como una noción de ‘Bueno, ya hice lo que tenía que hacer’. Porque uno, en algún momento, tiene esa sensación extraña de decir: ‘Yo tenía que llegar a un lugar’. Siempre puede que haya otros, pero yo aprendí que uno de esos lugares a los que tenía que llegar era este. Era escribir este libro, hablar de estos temas, dejarlos por escrito. No sé si la tuve antes con los otros libros, si sé que estoy disfrutando mucho tener esta sensación. Eso sí lo aprendí con este libro, aprendí a  disfrutar de las escenas. Y algo que también puedo mencionar es un dilema que tengo en la vida real y no lo tenía en la ficción hasta ahora. Quiero decir, al ser médico en la vida real yo manejo un lenguaje distinto, más técnico y entonces siempre me cuide a la hora de conversar con alguien. Me pasaba que, cuando escribía, siempre intentaba llevar todo a un lenguaje lejano al médico. Pero este libro lo pensé desde otro lado. Me dije: ‘Si yo quiero escribir un libro honesto porque voy a hablar de mis padres y de mi familia, ¿qué lenguaje tengo que usar? Y aprendí que tengo que usar el lenguaje más cercano a mí.

-Podemos decir que, entonces, más que la muerte el tema del libro es la vida, tu vida. O sea ¿el tema sos vos?

- Seguro que tiene que ver con eso. Al estar más relajado y sabiendo a dónde quería ir pude entender algo de cómo es ser uno mismo y cómo llegó a ser uno mismo a través de mirar a los otros. Revisando los errores y los aciertos de crianza de mi padre puedo entender algunos rasgos míos y algunas actitudes al ver a mi madre, también. No justificarlas, pero sí entenderlas. Y mirando más para atrás, los abuelos, uno se da cuenta de dónde viene y por qué tenía que contar esta historia. Ese ‘yo’ que escribe la novela, en algún momento dijo: esto es un balance, entonces relajate. Porque si esto es un balance y descubrís que no tenés de qué quejarte, mejor y encima hiciste este libro con el que estás contento.

La historia comienza con la experiencia del narrador, el propio Chilano, en sus primeros años de la Facultad de Medicina y sus primeros contactos con los “preparados”, es decir, con los cadáveres que utilizaban para estudiar. El tiempo pasa y los roces con la muerte continúan.

-En tu profesión de médico, ¿cómo fueron aquellas primeras experiencias con la muerte?

- Las primeras experiencias con la muerte, como médico, fueron muy duras, siempre son duras. Uno pierde la dimensión, además es el trabajo de uno. Y yo empecé en internación. Entonces, el contacto con la muerte es mucho más cercano. Ahora que solo hago consultorio no es tan así. Es muy difícil. Yo siempre tengo el recuerdo de una sensación única, que no he visto en ningún otro lado. Sobre todo para los que no somos creyentes, porque la sensación es que hay un traslado. Porque vos estás frente a alguien que muere y, cuando se apaga el cuerpo, deja de existir. Hay un traslado, claramente hay una energía dentro de ese cuerpo que se evade. Y uno dice, ‘¿qué pasa con eso? ¿Se pierde? ¿Pasa a otro plano?’ Pero queda una sensación rara y que se repite. Siempre miro eso, aunque ya son menos las situaciones (creo que la última fue la de mi padre). Es una situación a la que no te acostumbras.

- ¿Es más difícil decírselo al paciente en estado terminal o a los familiares?

- Hay una entrega en los casos terminales del paciente, entonces, a veces, es más fácil comunicárselo. A veces no tenés ni que hacerlo. Porque llega a un punto en esa entrega donde las palabras sobran y no es necesario decirles. Es más, a veces se recomienda no decirles. Si no pregunta, es mejor a veces no decirles.

- Y los que preguntan ¿cómo reaccionan ante su propia muerte?

- Por lo general uno espera a que pregunten, si no lo hacen uno no dice nada. Si la persona te lo pregunta, en mi pobre experiencia, es que ya lo sabe y lo único que busca es la confirmación. Siempre es más difícil hablar con la familia. Porque siempre se dan casos variados: están los que lo aceptan, los que no, el que dice “Hagamos todo lo que se pueda”, el que dice “Déjenlo tranquilo”, el agresivo, el que te va a culpar… porque la familia hace el duelo de diferentes formas.

La historia continúa. A sus días como profesional hay que sumarle sus propios días en su ámbito más íntimo. Poco a poco va armando su historia. Poco a poco te hace recordar tus propias circunstancias y verte reflejado. Su padre, su madre, sus abuelos, su familia más íntima, sus parientes políticos. Todos van desfilando en un escenario netamente marplatense.

Ese paso del tiempo y esos cambios de escenario siempre generan cambios de actitud y de pensamientos. Por eso, ante la llegada de su hijo Chilano modifica su idea sobre la vida y la muerte: “Completamente. Hay una necesidad de vida mucho mayor. Por los dos. Para compartir, para estar, para que sepan que estás, para no generar algo que sea un sufrimiento antes de tiempo, porque sabemos que va a llegar, pero para que no sea antes de tiempo y tenga las mejores armas para enfrentarlo” sostiene sin dudarlo.

Algunos calificaron al libro como un conjunto de anécdotas. Al autor no le desagrada la idea. Es más, está conforme con esa definición. Estamos ante narraciones que había que registrar por escrito, si no se iban a perder. Y esto le da un carácter mayor al de simple anécdota porque, al leerlas, te surgen preguntas, y eso es bueno en cualquier texto.

Nos encontramos con un capítulo dedicado al suicidio. Para Camus, el único problema filosófico. El suicidio es un tema muy revisitado, tanto desde la ficción como desde el ensayo. No es simple de narrar, sin embargo la decisión de meter una nueva voz generó una de las mejores partes del libro. El autor asegura: “Tuve que usar el recurso narrativo de meter otro personaje que dijera esas sentencias que el narrador no podía decir y así ser coherente con el resto de la  novela”.

El texto se acerca al suicidio del abuelo de la voz principal. Un suicidio que no encaja en parámetros normales. Por ejemplo: no hay motivo, no había causa y se encontraron dos orificios de bala en las paredes donde se lo encontró. “Todo es muy llamativo. Porque uno siempre quiere justificar todo y acá quedan muchas cosas que no se pueden” dice el autor.

-¿Cuál es la primera muerte literaria de la que te acordás? Aquella que te hizo preguntarte por ella.

- Sé exactamente cuál es, pero no recuerdo el libro. Para mí es el Corsario Negro de Salgari, que empieza contando que el Corsario Negro con unos compañeros, llegan a descolgar el cadáver del Corsario Rojo, a quien habían atrapado y lo habían colgado en la plaza de la Isla de la Tortuga.  No me acuerdo nada más de ese libro. Pero nada. Solo esa escena. Y la escucho en la voz de mi vieja, porque fue algo que ella me leyó, yo no sabía leer. Recuerdo a los tipos bajando del bote, con esa niebla, en el puerto y cómo caminan hasta la plaza para buscar al Corsario Rojo.  

- ¿Y hubo repregunta ahí o seguiste pensando en el tema solo? 

- No, no. Éramos una familia cerrada, no éramos de hablar abiertamente de esos temas. Como la gran mayoría de esa época.

- ¿Le tenés miedo a la muerte?

- ¿Quién no le tiene miedo a la muerte en el fondo? Ninguno quiere que llegue. Es inevitable, así que es medio contradictorio temerle a algo que va a llegar. Solo espero que llegue, que sea cuando tenga que llegar. Que no se adelante.

Heidegger decía que la muerte siempre es a destiempo. Así como no hay nada más puntual que el destino, la muerte siempre llega demasiado pronto. Y esa es la gran aporía del ser humano: tratar de entender eso, la muerte, como la posibilidad más propia, más nuestra, ya que nos define como mortales, pero a la vez más inexperimentable. Nadie tiene experiencia de su propia muerte, o, al menos, no puede comunicarse esa experiencia. Y esto es lo que genera la sensación más inexplicable y más angustiante del ser humano.

La muerte es silencio. Sin embargo, los seres humanos pronunciamos discursos junto a las tumbas o, tiempo después, traemos con palabras a los que se fueron. Tal vez la cercanía incierta de ella nos incite a buscar y a encontrar la palabra justa: muchas últimas palabras así lo demuestran. Es decir que, la proximidad de la muerte hace, con frecuencia, que la palabra resulte mucho más viva. Sebastián Chilano con Los preparados lo confirma.

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