El escribiente

11 de Abril de 2021 09:17

Los libros y la memoria

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Este pasado 24 de marzo se cumplieron 45 años del último Golpe cívico militar de la Argentina. Poco a poco se logró ir identificando quién fue quién en aquel ayer y quién es quien hoy en día en torno a aquel hecho. La literatura como instrumento para no perder la memoria.

Cada 24 de marzo trasciende lo cronológico. Hoy, y por siempre, será además una instancia de memoria y recuperación de identidad que no deja de interpelarnos.

La literatura ha sido, y es, parte de esa actividad. Es algo que se adelantó en el tiempo, que lo recupera y que nos obliga a repensarlo permanentemente desde diferentes aristas (en muchos casos dependiendo de la generación que narra).

El periodista y escritor Juan Carrá, con su nuevo libro Ojos al ras de la tierra (Alto Pogo - 2021), nos ayuda a seguir y pensar algunas de esas diferentes aristas. De la charla surgieron muchas obras y, sobre todo, una búsqueda humana sobre aquellas experiencias.

La literatura que alcanza ese período histórico es mucha. Algunas toman el tema como tópico y otras utilizan la época como telón de fondo de otras historias. “Ambas, definitivamente van construyendo un mundo, un tono literario que nos permite reflexionar, quizás de manera más tangencial, y me parece que esos textos son más efectivos con el tiempo” comienza diciendo Juan Carrá. E inmediatamente pone el primer ejemplo: “Pienso en autores como Juan José Saer. Si uno aborda su obra en su conjunto vamos a ver que siempre la política es un elemento. Quizás no es el elemento central de la trama, sino que está por detrás. Siempre hay un trasfondo político que habilita un mundo, que habilita la construcción de un personaje, que habilita a un carácter, o a una forma de ver esos conflictos que se desarrollan interpersonales, a veces demasiado intelectualizados. Pensando en particular, puede uno pensar en la novela Nadie nada nunca y su personaje, el Gato Garay, junto a su novia-amante en esa casa de Rincón, con una narración muy pausada en el interior de esa vivienda, que después con otros textos nos vamos enterando que de esa casa fue de donde lo “chuparon” durante la dictadura y los hacen desaparecer a los dos. A partir de ahí podemos ver en Glosa, también, el final de la vida de Leto, uno de los grandes personajes de Saer, y su vínculo con la militancia revolucionaria. O en la Imborrable, donde encontramos un Tomatis totalmente deprimido en un momento, absolutamente golpeado por el impacto de la dictadura, no solo por la desaparición de uno de sus amigos, el Gato Garay, sino también en su vida personal por cómo se fue disgregando todo ese mundo alrededor de la intelectualidad de ese universo propuesto por Saer”.

-Ahí tenemos una entrada tangencial al tema. ¿Esas formas de narrar responden a la generación que cuenta la historia?

- Definitivamente. Y también se nota dentro de las propias generaciones las cercanías y las legitimidades creadas en torno al tema. Por ejemplo, un libro que se reeditó recientemente es Diario de una princesa montonera (Planeta) de Mariana Eva Pérez. Se aborda el tema de dictadura y Derechos Humanos desde  un lugar del humor negro y desde el uso de un juego entre la ficción y la no ficción que por momentos es muy intenso como lo aborda. E insisto con lo de humor negro, porque uno podría decir ¿cómo entramos a la dictadura con el humor, con la ironía? Estamos hablando de una chica que es hija de desaparecidos, hermana de un chico que fue parido en la Esma y robado por la dictadura. Ella misma, de chiquita, fue secuestrada en el operativo donde secuestraron a su mamá. Entonces, estamos hablando de una víctima del terrorismo de Estado que cuenta su propia historia, pero no lo hace de la manera que esperaríamos que lo hiciera. Lo hace desde el lugar de la ironía y el de la acidez.  Y entra al tema con una contundencia que nos permite reflexionar mucho más sobre determinadas cuestiones políticas en torno a la dictadura y la post dictadura que algún otro texto que va más directo al tema. Ahora, este texto es posible porque estamos en democracia. Y tiene una legitimidad en el campo intelectual porque Mariana Pérez lo escribe desde la experiencia personal. Si este mismo texto lo escribiera alguien que no hubiese pasado por eso, quizás sea cuestionado por cómo ingresa al tema. Incluso ella fue cuestionada en su momento también.

- ¿Puede ser que falte encarar el tema desde la mirada obrera? Ahora solo recuerdo los cuentos Infierno Grande de Guillermo Martínez y La muerte del Ruso León de Pablo Ramos…

- Me parece que ese tema está más trabajado en la no ficción e investigaciones periodísticas desde los movimientos sindicales. Hay un libro que toca muy de cerca a Mar del Plata que es la Noche de las corbatas (Felipe Celesia y Pablo WaisbergAguilar), donde se narra la desaparición de un conjunto de abogados laboralistas. Lo que se está marcando ahí también es la intención política de la dictadura de terminar con determinados avances que la clase obrera había tenido durante los 70. Por ahí acá no se toca tan de lleno el tema desde los obreros en sí, pero sí desde los abogados que defendían a esos trabajadores que comenzaban a ganar juicios y a reclamar firmemente sus derechos.

- Algo para destacar en todo esto es, también, ese paso que se da al salir de lo íntimo y pasar a lo público. Ya deja de ser algo de entrecasa para que muchos más lo conozcan. Se pierde el miedo a contar lo que pasó.

- Sí y tenés diferentes etapas también en eso. Vos tenés una primera etapa donde se pone más el foco en el testimonio, pensemos en Recuerdo de la muerte (Planeta) de Miguel Bonasso, donde se ampara en la ficción porque todo estaba bastante caliente, pero que después termina siendo testimonio de prueba en el Juicio  a las Juntas, y el tema gira en lo testimonial, en recuperar las voces de los sobrevivientes y las historias de los desaparecidos. Una primera etapa que podemos identificar también con escritores y escritoras que habían vivido el tema de manera directa. La narrativa de los hijos y las hijas de esa época tocan otros tópicos. Antes había una búsqueda de poner de relieve el terror y recuperar el testimonio. Más adelante empezaron a aparecer textos que  reivindicaban la militancia que al principio no. Al principio no aparecían muchos porque por esa época empezaba a aparecer la teoría de los dos demonios, entonces lo que era la reivindicación de la militancia no estaba dentro de la circulación. En ese sentido a mí me parece interesante pensar dos textos comparativamente. Uno es el libro de María Seoane y Héctor Ruiz Nuñez, La noche de los lápices (Contrapunto – 1986), y contraponerlo al testimonio de Emilce Moler en sus relatos de La Larga noche de los lápices (Marea Editorial – 2019). Dos textos que hablan definitivamente del mismo hecho histórico pero desde diferentes puntos de vista.

- Muchas veces se suele pensar y leer a la literatura como anticipación. Uno, rastreando en los textos de aquella época, podría encontrar algún antecedente de lo que vendría y de lo que estaba pasando a escondidas en la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar (marzo de 1977) de Rodolfo Walsh, aunque ya estábamos en 1977. ¿Qué obra te parece que se adelantaba a todo eso?

- Yo me voy un poco más atrás y pienso en Oesterheld y El Eternauta (Hora Cero Semanal - 1957). El Eternauta es un texto que si uno lo analiza con la lectura postdictadura, uno está viendo la dictadura diez años antes. Esa invasión, esa nevada mortal, esa necesidad de la resistencia, me parece que ahí hay una, podríamos llamarla, alegoría premonitoria, lo cual es típico de un género como la ciencia ficción. Me parece que ahí tenemos algo que nos está mostrando un sistema, el imperialismo, detrás de los símbolos que usa para narrar la historia propia del género.

- Además se puede pensar, también, desde la figura del héroe colectivo e individual, propio de lo que vino después, según la parte que se tome de la historia gráfica. El héroe solitario de la primera parte y el colectivo de la segunda…

- Absolutamente. Y hay algo que es interesantísimo, y volviendo un poco a eso de que la literatura y las coyunturas políticas terminan generando que los textos terminen siendo rehenes de esas mismas coyunturas. Si uno ve El Eternauta 2, ese que está escrito en plena dictadura y con un Oesterheld en la clandestinidad que le dicta los guiones por teléfono a Solano para que este haga los dibujos, la trama de esa segunda parte, definitivamente, muestra una mirada distinta sobre la política a la del Oesterheld original. Este ya está comprometido con la organización Montoneros, con un compromiso militante muy importante. Luego, la dictadura hace desaparecer a casi toda su familia por eso.

Las historias se superponen, así como las miradas y los estilos. La literatura como medio y fin en sí mismo para acceder a una identidad, para recuperar la memoria de aquellas voces de época. Los textos manifiestan las experiencias de unos que se replican en muchos. Experimentamos como lectores aquellos pasos y aquellas experiencias como nuestras, singularizadas.

“Me gustaría mencionar, también, a Martín Kohan, uno de los autores contemporáneos que con más maestría toca el tema. Hay cuatro textos de Kohan que me parece que son muy importantes: uno es Ciencias Morales (Anagrama – 2007), en el que trabaja la idea de la represión dentro de la escuela Nacional Buenos Aires; luego, Dos veces junio (Debolsillo – 2005), donde hace algo muy interesante que es poner a un personaje, que es un colimba, un sujeto de la sociedad civil que es llevado a las estructuras militares y vive de manera odiada la represión pero del lado de los represores y lo que eso genera en la subjetividad de este personaje. Después está Cuentas pendientes (Anagrama – 2010), que es un texto desplazado temporalmente a la actualidad, pero donde trabaja sobre la figura de los represores ya de viejos y que andan dando vueltas por ahí pero que tienen un pasado bastante denso y, por último, el que sacó al año pasado, Confesión (Anagrama – 2020). Un texto muy interesante donde juega con la relación entre la iglesia y la dictadura. No solo desde lo temático sino también desde la forma, como lo hizo Puig en su momento con El beso de la mujer araña (Seix Barral – 1976).

- Por último, la literatura postdictadura, ¿es una literatura que abre o que cierra?

- Es una literatura que se está permitiendo jugar más con la estética. En ese sentido me parece que abre la posibilidad de pensar la dictadura por lugares más allá de lo testimonial. Más allá del hecho duro, más allá de la cuestión concreta de una persona desaparecida por el Estado. Lo pienso con autores como Felix Bruzzone, por ejemplo, en Los topos (Literatura Mondadori - 2008) o Campo de Mayo (Literatura Random House – 2019). Lo pienso desde el propio Esma (Juan Carrá / Iñaki Echeverría - Evaristo Editorial – 2019), con un nuevo lenguaje, la historieta, metiéndose con un tema denso. Una muchacha muy bella (Eterna Cadencia – 2013) de Julián López y la mirada de un chico sobre el mundo de la militancia de su madre y puedo sumar, por último, La casa de los conejos (Edhasa – 2007) de Laura Alcoba. Me parece que hay una necesidad de abrir más el tema y que aún hay cierta solemnidad sobre él, por eso rescataba al principio Diario de una princesa montonera.

Recuerdos de recuerdos. Experiencias tomadas de las experiencias de otros. La literatura como puente de un perpetuo trabajo que es el de recuperar y no perder la memoria de los argentinos.

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