El escribiente

8 de Agosto de 2021 10:46

La biblioteca de Alejandría, el sueño de Alejandro Magno

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Su nombre se reconoce en todos los ámbitos. Fue la madre de todas las bibliotecas e, incluso, se la reconoce en la Web. Sufrió varios incendios, no se sabe cuántos ni qué se perdió en ellos. Sí se sabe que fue muy caro el costo para la humanidad.

En el reinado de Tolomeo II (309-246 a.C) resurge la cultura griega en Alejandría. Con su astucia y poderío pudo expandir el reino de su padre hasta el Nilo, por el Mar Rojo y hasta el norte de Arabia. También utilizó toda la riqueza obtenida en sus conquistas para hacer de Alejandría el centro cultural del Mediterráneo. Dicen que por aquella época se solía decir que “Otras ciudades no son más que las ciudades del país que las rodea; Alejandría es la ciudad del mundo”.

Más atrás en el tiempo, Alejandro Magno había soñado con armar una gran biblioteca en la ciudad que llevaba su nombre, pero recién con la dinastía de los Tolomeo esto pudo hacerse realidad. Es así que la biblioteca real se convirtió en un gran depósito de toda la herencia literaria occidental, logrando que las corrientes culturales griegas se mezclaran y se perdieran en aquello más amplio que fue el cristianismo.

Tengamos en cuenta que durante el siglo IV a.C. la palabra escrita ya se consideraba como la principal forma de transmitir cultura. Y este espacio sería el encargado de conservar la mayor cantidad de obras escritas en griego, además de una buena colección de obras en otras lenguas.

Según cuenta Galeno, los barcos que anclaban en el puerto de Alejandría tenían que entregar sus libros a un funcionario de la biblioteca para que, en talleres especiales, se  realizara una copia para dejar. Cada obra llevaba una inscripción que decía: “Procedentes de los barcos”

En la colección se encontraban diversos materiales, desde obras de filósofos de todas las escuelas, hasta libros de cocina, de magia, de historia natural, de teatro y de poesía. Vale aclarar que no había libros impresos, probablemente ni siquiera codex o volúmenes en forma de hojas cosidas, sino que la biblioteca se conformaba, según detalla Daniel Boorstin, “de rollos de unos treinta centímetros de ancho, que cuando se desenrollaban alcanzaban una longitud de unos seis metros. Cada uno de los rollos contenía tan sólo unas sesenta páginas de un libro moderno. Muchos estaban escritos por los dos lados. En el momento de máximo esplendor la biblioteca de Alejandría contenía probablemente cerca de medio millón de rollos”.

Finalmente, al espacio de la biblioteca se le sumó un museo y un centro de investigación. Allí estaba surgiendo el renacimiento del antiguo pensamiento griego. Pero una de las consecuencias más importantes que se dio en ese lugar fue la traducción de la Biblia hebrea al griego. Boortstin cuenta que “Tolomeo reunió a setenta y dos eruditos judíos y se dice que pidió a cada uno de ellos que tradujera toda la Biblia hebrea. Según una leyenda judía, el sorprendente resultado fue que las setenta y dos versiones eran idénticas. Es posible que los judíos difundieran esta leyenda para persuadir a los gentiles de la inspiración divina del original, pero la comunidad judía resultó víctima de su propia publicidad. Según la tradición, los traductores habían sido enviados a Alejandría, a petición de Ptolomeo, por Eleazar, que era entonces el sumo sacerdote de Jerusalén. Esta versión griega, llamada la de los Setenta (en latín Septuaginta; LXX en forma abreviada), se convirtió en la Biblia de la iglesia cristiana primitiva, donde podían hallarse las profecías mesiánicas de la llegada de Cristo. Cuando los judíos comprendieron que este texto podía ser utilizado para derrotar a sus propósitos misioneros, dejaron de utilizar el texto”.

La Biblia finalmente se expandió por todo el Mediterráneo. Hablamos, en términos de hoy, del Antiguo Testamento que conoció san Pablo.

La biblioteca y todo lo que funcionaba alrededor fue conocida como Museo (la casa de las musas). Ahí, concretamente, funcionaban: actividades de enseñanza e investigación, la biblioteca, colecciones de documentales y artísticas. Es decir, se trataba de un espacio donde se conservaban los textos escritos y se organizaban las tareas en torno al conocimiento que de ellos se desprendían.  El Museo estaba junto al palacio, y tenía un zoológico y una sala de disecciones, un observatorio y la biblioteca. Los Ptolomeos de 300 años antes de Cristo pagaron la manutención de sabios griegos que vivían, escribían y daban clases en el Museo. La investigación y el ordenamiento de los volúmenes se hizo de acuerdo con los principios aristotélicos que dividían el conocimiento entre ciencias de la observación y el logos y la filosofía. Esto es, la matemática, la geometría, la astronomía, la medicina y la mecánica, por un lado, y la especulación y la retórica por el otro.

Se estima que las colecciones del Museo habían ascendido  a unos 500.000 volumina con Ptolomeo II. Y al final de su dinastía ya eran 700.000. Este número obligó a la construcción de un nuevo depósito en el complejo Serapeium

Esta segunda locación se conoció como “biblioteca Hija” y es  de lo poco que queda en la actualidad como ruinas de aquello. Después del gran incendio solo queda de este lugar algún vestigio. Poco se sabe de los ejemplares quemados de la biblioteca Madre: ni cuáles, ni cuántos. Las cifras que se manejan, sin ser datos confirmados por fuentes históricas, hablan de entre 40.000 y 400.000 rollos. Es lo único que se sabe como consecuencia de aquel incendio. Pero tampoco se sabe de las consecuencias de los que vinieron después, dado que, en definitiva, la Biblioteca y el Museo fueron enteramente destruidos por los incendios y los disturbios políticos. Por ejemplo: después de Farsalia, Julio César persiguió a Pompeyo hasta Egipto. Luego de la muerte de este, la guerra prosiguió con Cleopatra contra su propio hermano, Ptolomeo XIII. Este, sitiado en su palacio y viéndose perdido, ordenó incendiar todo. Otras destrucciones tuvieron lugar en la época de Aureliano, durante las guerras contra Zenobia de Palmira. Sin saber cuánto, exactamente, sí podemos decir que seguramente ha sido mucho lo que se perdió.

Alejandría fue la mayor ciudad que el mundo occidental había visto. Una hermosa ciudad, neurálgica y donde la palabra cosmopolita, seguramente, se cargó de sentido. Fue la ciudad donde se contradijo a Aristóteles en cuanto a que la Tierra era el centro del sistema solar y en la que nació la trigonometría y también la alquimia; fue también donde se calculó la circunferencia del planeta con escaso error.

Sin dudarlo, como sostuvo Carl Sagan, fue el germen del mundo moderno. “Lo que sí sé es que no hay noticia en toda la historia de la Biblioteca de que alguno de los ilustres científicos y estudiosos llegara nunca a desafiar seriamente los supuestos políticos, económicos y religiosos de su sociedad. Se puso en duda la permanencia de las estrellas, no la justicia de la esclavitud. La ciencia y la cultura en general estaban reservadas para unos cuantos privilegiados. La vasta población de la ciudad no tenía la menor idea de los grandes descubrimientos que tenían lugar dentro de la Biblioteca. Los nuevos descubrimientos no fueron explicados ni popularizados. La investigación les benefició poco. Los descubrimientos en mecánica y en la tecnología del vapor se aplicaron  principalmente a perfeccionar las armas, a estimular la superstición, a divertir a los reyes. Los científicos nunca captaron el potencial de las máquinas para liberar a la gente. Los grandes logros intelectuales de la antigüedad tuvieron pocas aplicaciones prácticas inmediatas. La ciencia no fascinó nunca la imaginación de la multitud. No hubo contrapeso al estancamiento, al pesimismo, a la entrega más abyecta al misticismo. Cuando al final de todo se presentaron para quemar la Biblioteca no había nadie capaz de detenerla” sostuvo el divulgador científico.

Más de veinte años después de la quema de la biblioteca Hija, la científica y filosofa Hipatia de Alejandría fue tomada en la calle y desollada viva con conchas marinas. Hipatia fue la última científica que trabajó y enseñó en la Biblioteca. La Alejandría de la época de Hipatia —bajo dominio romano desde hacía ya tiempo— era una ciudad que sufría graves tensiones políticas, sociales y religiosas.

Cuentan que Cirilo, el arzobispo de Alejandría, la despreciaba por la estrecha amistad que ella mantenía con el gobernador romano y porque era un símbolo de cultura y de ciencia, que la primitiva Iglesia identificaba en gran parte con el paganismo. A pesar del grave riesgo personal que ello suponía, continuó enseñando y publicando, hasta que en el año 415, cuando iba a trabajar, cayó en manos de una turba fanática de feligreses.  La arrancaron del carruaje, rompieron sus vestidos y armados con conchas marinas la desollaron arrancándole la carne de los huesos. Sus restos fueron  quemados, sus obras destruidas y buscaron que su nombre sea olvidado. Por su parte, Cirilo fue proclamado santo. El historiador cristiano Orosius escribió en el 415, año de la lapidación de Hipatia: "Hay templos hoy, que nosotros hemos visto, cuyos estantes para libros han sido vaciados por nuestros hombres. Y ésta es una cuestión que no admite ninguna duda."

Biblioteca se emplea, en francés, en el sentido de “lugar reservado a los libros”. Con el paso del tiempo, de “mueble” biblioteca se aceptó como “edificio”. La de Alejandría es la madre de todas (incluso de internet). Fue un espacio de conocimiento más que de acumulación. Por ese tiempo buscaron organizar la sabiduría, producirla y reunirla en un punto del mundo. Un cerebro universal donde podemos guardar, para recuperar luego, aquello que hemos olvidado y aquello que aún no conocemos.

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